23 de Abril de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

La microcuentística de Ana María Shua

El filósofo chino Chuang Tzu, que vivió en el siglo IV a.C. fascinó (y sigue fascinando) a los escritores de este siglo. Octavio Paz lo tradujo en 1957 y lo publicó en la revista México en la cultura. Escribió de él: “Creo que Chuang Tzu no sólo es un filósofo notable sino un gran poeta. Es el maestro de la paradoja y del humor, puentes colgantes entre el concepto y la iluminación sin palabras” (1). En ese mismo año, Borges y Bioy incluyen en Cuentos breves y extraordinarios, dos de sus textos, uno de los cuales es “El sueño de Chuang Tzu”: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre” (20).

Por una operación mental que desestima el orden cronológico, estas líneas hoy se nos revelan borgeanas y parecen ser la síntesis de muchas ficciones del autor de El aleph.4 Pero las transcribo aquí por otra causa: “El sueño de Chuang Tzu” es seguramente el microcuento que más descendencia ha tenido en la literatura latinoamericana.5 Es más: de algún modo contiene a la mayor parte de sus descendientes, incluido el más famoso de ellos, “El dinosaurio” de Augusto Monterroso. En Argentina, casi simultáneamente con La sueñera, aparece Cuentos del exilio de Antonio Di Benedetto, cuya sección “Espejismos” reúne una colección de microcuentos basados en las oposiciones mundo real-mundo onírico e imagen real-imagen especular. Son los temas eternos caros a Borges, a los que habría que agregar, como un caso particular del primero, la concepción solipsista del mundo: somos porque hay un dios que nos sueña o nos piensa.

La sueñera arraiga también en esta milenaria tradición, consigna mil y una formas de transgredir la infranqueable línea divisoria entre el sueño y la vigilia, pero pronto van desprendiéndose de la inventiva de Shua otras oposiciones, realidades multiformes, mundos secretos que tienen la difícil coherencia del absurdo, la informulable lógica de la imaginación. Este material narrativo, una singularísima forma del decir conciso, y la omnipresencia del humor, caracterizan no sólo a este libro, sino a toda su narrativa brevísima. La tarea de exploración de posibilidades continúa en Casa de geishas (1992),6 y no se limita a la invención de historias, se extiende al aspecto formal, indaga mecanismos, atiende a la multiplicidad de los sentidos, pliega sobre sí mismo el texto, una y más veces, suma referencias, gana en complejidad y belleza.