21 de Junio de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

Hibridación y alusión narrativa

Como gran parte de la minificción contemporánea, los textos de esta serie se fusionan con otros géneros literarios, y principalmente extraliterarios.
En la historia de la minificción hispanoamericana encontramos una magnífica tradición de instrucciones absurdas, que incluyen parodias de problemas matemáticos, recetas de cocina, preguntas filosóficas, ejercicios de redacción y análisis lingüísticos (Del Valle) a la manera humorística del “Manual de Instrucciones” de Julio Cortázar en sus Historia de cronopios y de famas. En La sueñera se continúa esta tradición, al ofrecerse instrucciones inesperadas para actividades comunes. Así, por ejemplo, la efectiva instrucción final que se propone para escapar de una persecución es, precisamente, despertar (55). En otro caso se ofrece a las lectoras un grupo de recomendaciones generales de carácter práctico: “No se debe regurgitar cometas en la mesa ni extraerse jamás los filodendros ante el hombre amado, no hablemos ya de obturar los conductos de un simposio en el que están presentes figuras oficiales. Queda muy bien, en cambio, servir el helado en copas de champán” (Texto 246, 107).
En otros casos, los mitos populares son invertidos e ironizados. Por ejemplo, cuando se requiere una doncella para liberar al héroe, la narradora señala con indignación que ella no es ninguna doncella (27) o al crear un aforismo apócrifo, como el que afirma que “Toda bruja tiene su escoba o la desea” (Texto 213, 93).
En esta serie también hay algunas alegorías de carácter filosófico (11) o psicoanalítico (24), siempre ligadas a la experiencia de lo siniestro. Y por supuesto, también hay horror, como forma arquetípica del relato oral. En algún caso, el animal que narra cómo despedaza a las mariposas, termina su relato con la cola clavada a un árbol (62). En otro caso, el miedo nos recuerda la estrategia con la que vence a sus víctimas: las acecha más allá del umbral (65). También la tradición oral es aludida, al invertir el consejo de guardar un diente debajo de la almohada y esperar a que llegue el ratón; en este caso, cuando a un ratón se le cae un diente, no duerme, por si acaso (79).
En otro momento se subvierte la leyenda del origen de Las mil y una noches. En esta nueva versión, más creíble que la tradicional, nos enteramos de que al escuchar las historias contadas por Sherezada, el rey se dormía de puro aburrimiento. En cambio, las historias que conocemos fueron escritas por Dunyasad, la hermana menor de Sherezada (85). También se nos cuenta cómo Sansón, al despertar de una pesadilla de calvicie, se sintió aliviado de que Dalila le cortara un mechón de su abundante cabellera (179). Y en un mélange mitológico se nos relata cómo se impidió que Newton descubriera la Ley de Gravedad, cuando Guillermo Tell partió la manzana en dos y Eva ofreció una mitad de esta manzana a Adán (250).
La fábula por antonomasia es la de Caperucita, que en esta versión tiene un giro muy moderno y malicioso: “Con petiverias, pervincas y espicanardos me entretengo en el bosque. Las petiverias son olorosas, las pervincas son azules, los espicanardos parecen valerianas. Pero pasan las horas y el lobo no viene. ¿Qué tendrá mi abuelita que a mí me falte?” (Texto 21, 20). Otra variante maliciosa de una fábula conocida nos relata cómo, mientras Aladino duerme, su esposa frota la lámpara (100), o cómo la liebre sueña que la tortuga le gana, y decide despertar y ganarle en tres saltos (105), sin faltar una versión hiperbólicamente lenta de la Bella Durmiente (176). Pero tal vez el momento más espectacular en relación con las fábulas clásicas es la revelación de que, en contra de todas las expectativas,
Lo cierto es que las sirenas desafinan. Es posible tolerar el monótono chirrido de una de ellas, pero cuando cantan a coro el efecto es tan desagradable que los hombres se arrojan al agua para perecer ahogados con tal de no tener que soportar esa horrible discordancia. Esto les sucede, sobre todo, a los amantes de la buena música. (Texto 214, 93-94)
También algunas frases famosas reciben este tratamiento lúdico. Por ejemplo, Shakespeare es aludido en un contexto insólito: “¿De qué materia están hechos los sueños? Desconozco los suyos, caballero. Los míos están hechos de queso Gruyere y son muy ricos, un poquito picantes. Eso sí: con los agujeros hay que tener cuidado” (Texto 12, 16). Un notable caso de auto-ficción es el epígrafe mismo de La sueñera, tomado de Max Brod, el cual es objeto de diversas variantes en el interior del libro (66, 67, 68). Pero sin duda la alusión más alegórica en relación con la tradición literaria hispanoamericana es la que se hace a “El guardagujas” de Juan José Arreola:
Esperando la llegada del tren en la mitad del campo, vestidos de domingo, conversando, compartiendo el contenido de las cestas, sin preocuparse por la ausencia de terraplén, de durmientes, de vías, con la gozosa, silenciosa certeza de que ningún absurdo tren vendrá a quebrar las dulzuras de la espera. (Texto 212, 93)