21 de Abril de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

Subversión, identidad y memoria

La cuestión judía en la obra de Ana María Shua me permite comprender mejor la otredad y las formas en que la diáspora lleva al punto de origen. El judaísmo comparte con el tema del mestizaje la confluencia de múltiples idiomas y varias geografías en el territorio de América Latina. De hecho, es el nuevo mestizaje de los años noventa.

En la década de los ‘80 y a principios de los años ‘90 se produce un caso inusitado en la historia de la literatura hispanoamericana; se escucha la voz judía que hasta entonces estaba marginada. Es una voz que cobra una perspectiva amplia y multifacética: las mujeres escriben sobre su comunidad y su historia con distintos puntos de vista, ya sea desde la fábula, lo autobiográfico, o de ciertos aspectos centrales de la historia oficial. Sus narrativas incluyen los movimientos migratorios causados por la guerra y por la permanente diáspora.

El caso de las escritoras judías es fascinante y único hasta la fecha. Las historias poseen un carácter oral, casi ritualístico, donde lo sagrado adquiere un sentido mágico, como si las escenas de la Europa de pre y post Holocausto se trasladaran a los paisajes luminosos del trópico o al sur de América. Las autoras juegan con la palabra y con escenas que presentan el claroscuro de sus visiones históricas y literarias.

En su mayoría, estos textos son obras de escritoras que pertenecen a una elite privilegiada, la clase media, que intenta recuperar y hacer resonar la voz de las madres, tías, abuelas y bisabuelas; es decir, la experiencia de aquellas mujeres que viajaron a América en transbordadores de segunda clase, asumiendo plenamente su condición de emigrantes. Ellas dan vida al telar ancestral de las voces de las viajeras que escaparon de la persecución, para insertarse en el espacio de un recuerdo histórico-mítico que también confluye con el presente.

Ana María Shua es, sin duda, una de las más destacadas escritoras argentinas. En 1994 aparece la novela El libro de los recuerdos (Buenos Aires: Sudamericana, 1994). Antes había publicado otros dos libros relacionados con la cuestión de la identidad judía. Los amores de Laurita (Buenos Aires: Sudamericana, 1984) es una novela cuya protagonista es el equivalente en Buenos Aires de una “princesa judía” neoyorquina. Risas y emociones de la cocina judía (Buenos Aires: Grupo Editorial Shalom, 1993) es una obra que reúne recetas y anécdotas de la cocina judía, contemplando su inserción y adaptación al contexto argentino, que habla del amor, humor, magia y poesía presentes en las tareas propias de lo culinario. En El libro de los recuerdos, Shua narra lo que significa pertenecer a una familia argentina, con abuelos inmigrantes que de alguna forma, luego de un largo errar por el mundo, llegaron a la América equivocada, a la América del Sur y no a la del norte, la deseada, la poderosa.

Shua presenta la armonía y el desamor, los grandes y pequeños escándalos de la vida, sus coloridos hombres y sus apasionadas mujeres. Lo que interesa y conmueve en esta obra es la constante interrogación acerca de cómo, cuándo y por qué se hacen los recuerdos y qué postura toma la autora frente a ellos. Esto lo logra con obsesionante preocupación por el recuerdo visto en la voz de los múltiples narradores. Así El libro de los recuerdos plantea la forma en que se articula la historia, lo que se escoge y lo que no se escoge incluir como experiencia válida. Esta obra se puede considerar como el correlato de la historia de las mujeres campesinas que también cuentan, recopilan y eligen ciertos códigos y mensajes para recordar. Las analfabetas escriben su palabra a través de la pluma de las escritoras y, por ellas, saben que la única frontera confiable es la literatura porque permite presentar lo hablado con toda la riqueza y pobreza de su carácter doméstico y cotidiano. Shua lo confirma diciendo en la novela: “El Libro de los Recuerdos es nuestra única fuente absolutamente confiable. Por eso es tan fácil enojarse con él. Porque lo que dice es cierto, pero nunca dice todo, nunca dice ni siquiera lo suficiente” (109).

Esta observación de Shua presenta aspectos centrales sobre los cuales reflexionar, ya que articula en forma poderosa la expresión de las formas sagradas y míticas, y los rituales de toda memoria. La literatura testimonial tratada en estos textos presenta esta dialéctica como el juego que se da entre mito, metáfora y transfiguración de las formas en que se articula la memoria, recuerdo, deseo y olvido, y las épocas históricas en que éstos se insertan.

Al final de su obra, Shua retrata “La Epoca del Miedo,” del terror. La literatura, en cambio, es la cara luminosa de la sombra, a través de la palabra florecemos. Si toda la inmigración judía a Hispanoamérica está motivada y señalada por el miedo a entrar a espacios poco conocidos y muchas veces inusitados, a través de un texto que enfatiza la realidad a través de la parodia, Shua señala, con mayor intensidad el miedo en los años de la dictadura en Argentina, un sentimiento que tiene claras resonancias con el terror producido por el Holocausto:

Era justamente la falta de normas claras con respecto al señalamiento lo que provocaba esa clase de miedo tan especial. Unos insistían en que había que tomar solamente agua mineral y responsabilizaban de la situación a los que preparaban la sopa o el café con agua de la canilla. Otros decían que no había que leer ciertos libros o escuchar cierto tipo de música. A un autor que publicaba su primer libro de cuentos, el editor le pidió que revisara el texto y sacara todas las malas palabras (113).

Eliminar las palabras significaba no contar o negar la historia y Shua, a través de su novela, repudia la negación, para decir no al olvido.

Moviéndose hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, unas voces anónimas cuentan la historia de la famila Rimetka, recreándola a cada momento y cuestionando constantemente lo que está escrito, lo que se recuerda, lo que se dice y lo que no se dice, la verdad y la mentira. Con este espíritu de transgresión, la memoria de los Rimetkas se reinventa a través de la reescritura de varias narradoras femeninas que pertenecen posiblemente a la tercera generación de la familia. La autora es audaz y subversiva en su revisión del recuerdo: en vez de mantenerse en el lugar asignado a la mujer que escucha y registra fielmente lo que se dice, es la mujer que inventa lo que se oye. En un acto de desafío feminista, desobedece la palabra de la antigua tradición patriarcal, que dice que una mujer no puede siquiera estudiar el Talmud. Shua se encarga de la tarea de cuestionar, subvertir y reescribir El libro de los recuerdos tal como lo conserva su familia.

¿Cómo se elabora y cómo se mantiene viva la memoria? Es precisamente en el proceso de escribir que se recupera y teje. La indígena reconstruye el recuerdo en su tela y al hacerlo arma y amarra su destino. La mujer víctima de la dictadura militar también arma la memoria por medio de telas hechas de despojos y palabras: los materiales de la pobreza. La memoria se convierte en la esencia de lo femenino; es red, hilo y tejido silencioso que narra las historias que permiten recuperar la identidad.

Como postula Tamara Kamenzain en Texto silencioso: Tradición y vanguardia en América Latina (México: UNAM, 1983), los textos de las mujeres han estado cercanos al silencio, al cuchicheo y a los cuartos de la servidumbre; son los ritos que hablan de las raíces y del reencuentro consigo mismo; historias que se mueven entre el amor y el desamor. Son cantos, vivencias y especulaciones sobre el pasado, pero también sobre los modos de habitarse en el presente; porque la escritura de las mujeres es en sí misma una crónica de la memoria y de la imaginación. Son tejidos y urdimbres de exilios y regresos, palabras de mujeres que siempre vuelven en el maíz, en el viento, en una cruz o en una estrella.