18 de Enero de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

Si (como el griego afirma en el cratilo)9

Muchos críticos y escritores (Marshall Berman y Marcelo Birmajer, por ejemplo10) postulan que buena parte de la identidad judía reside en el hábito recurrente de contar historias. Generalmente formulado de manera vaga e imprecisa, este enunciado tiene, sin embargo, una fuerte carga de verdad. Pensemos, por ejemplo, en una escena judía que contenga los núcleos significativos narración e identidad: el séder de Pésaj. Pésaj concentra dos sentidos muy fuertes de la identidad judía. Por un lado, se trata de la festividad en la que se recuerda el pasaje del pueblo judío de la esclavitud hacia la libertad, transición en medio de la cual recibirá de manos de Dios y de Moisés, sucesivamente, las Tablas de la Ley, es decir, aquello que le va a otorgar identidad, diferencia, respecto del resto de los pueblos y supondrá el nacimiento de lo que hoy conocemos como “Civilización Occidental” (aunque los judíos nos enteraremos de esto mucho tiempo después de terminada la orgía alrededor del becerro de oro). Por otro lado, este núcleo identitario es recordado generación tras generación en la primera parte del seder, cuando los adultos le cuentan a los chicos (o viceversa, según las costumbres particulares de cada familia) la historia de la huida de Egipto. He aquí, entonces, una escena tradicional de narración oral, con los cambios y adaptaciones que el paso del tiempo incorpora. En el placer y el regodeo que los adultos experimentan con este despliegue narrativo (sólo para los más chicos entre los chicos, el relato de la odisea de Moisés tiene carácter informativo: una función utilitaria y pragmática), que de manera significativa se repite año tras año, efectivamente reside una parte importante de la identidad judía (tanto como en las bedtime stories que los padres cuentan a sus hijos, está el germen de la identidad literaria de un sujeto lector). Este placer intergeneracional, autonomizado por su espesor y densidad respecto de las narraciones y los sujetos, resulta fundamental en relación a los cuentos brevísimos de Shua. El placer por contar historias (disciplina que tiene sus reglas, modalidades y tradición particulares) es el principio constructivo de los relatos brevísimos de Casa de geishas.

Pero esto no alcanzaría para leer allí la construcción de una identidad judía. Y en este sentido, Casa de geishas refuerza esta operación identitaria a través del trabajo sobre un relato tradicional: la leyenda del Golem. En realidad, el capítulo completo del libro en el que están incluidas las reescrituras golémicas está dedicado a la práctica de la reescritura (como lo indica su título: “Versiones”) de relatos culturalmente cristalizados para darles una nueva forma (brevísima) e imprimir sobre su curso conocido desviaciones narrativas.

La elección de la leyenda del Golem no es casual. Se trata de un relato significativo tanto en el contexto de la literatura—fue retomado por Mary Shelley, Meyrink, Kafka y Borges, entre muchos otros—como en el interior del judaísmo: la creación de un Golem es, para la Cábala, la prueba de que La Torah cifra a Dios y su capacidad creadora.11 Pero por sobre todas las cosas, el relato del Golem es la más perfecta metáfora de la construcción verbal, de la literatura como ingeniería del lenguaje, porque después de todo, el Golem, el homúnculo hecho con tierra y agua, no es más que un texto construido por un muy buen lector (el Rabino, el cabalista) de otro texto (la Torah). Y es un texto porque solamente ante la inscripción de la letra, del Verbo (tal como es concebido por la Cábala), la tierra cobra vida, trasciende el ser barro para transformarse en algo más, tal como el sonido, el fonema o la inscripción, la mera marca, se transforman en lenguaje, en escritura y en literatura, y porque el Golem cobra vida cuando el rabino escribe sobre la frente del muñeco de barro la palabra emet (verdad); y muere cuando el rabino borra la primera letra aleph y queda la palabra met (muerto).12

Luego de los “halagos y alabanzas” que recibió La sueñera, según nos informa el prólogo de Casa de geishas, el nombre de Ana María Shua quedó indisolublemente ligado al cuento brevísimo. “Versiones” es la zona del burdel donde el género reafirma su identidad, donde cita a sus precursores o donde los inventa, donde se pone en evidencia la matriz productiva de la narrativa oral, como, por ejemplo, la importancia del ritmo y la musicalidad. Casi todos los relatos aquí reescritos proceden del relato oral de diferentes folklores y mitologías. En definitiva, el cuento brevísimo de Shua se autoafirma, refuerza su autonomía y explicita su tradición. Entonces, me parece evidente que la reescritura que supone la serie golémica, dentro de la sección titulada “Versiones,” debe ser leída, no ya como el procedimiento que constituye una identidad particular, sino como una muy importante parte de la identidad genérica brevísima, como el componente judío de esa identidad intraliteraria, autónoma.

Reescrituras, versiones, variaciones, en el sentido musical del término que son derivaciones, desviaciones de un tema principal, nuclear, en este caso la leyenda del Golem. Reescritura reduplicada, “Golem y Rabino III” pone en escena la operación que constituye a la serie: “(esta historia sucedió, con variantes, muchas veces)” (83). Variaciones, en “Golem y Rabino I,” sobre la creación del homúnculo como metáfora de la creación de Dios, que literaliza la “semejanza” prohibida para generar enredos de naturaleza picaresca, como si se tratara de una comedia de Neil Simon:

Se cuenta la historia de un Golem rebelde a quien cierto rabino modeló a su propia imagen y semejanza y que, aprovechando el notable parecido de sus rasgos, tomó el lugar de su Creador. Esta verídica historia es absolutamente desconocida porque nadie notó la diferencia, excepto la feliz esposa del rabino, que optó por no comentarlo. (81)13

Variaciones, en “Golem y Rabino III,” sobre el núcleo narrativo de la sumisión del Golem a su amo, en términos de inversión paródica: es el rabino el que se rebela a seguir siendo amo “Y el Golem se vio forzado a realizar la más difícil de las tareas: ser amo de sí mismo” (83). O, sobre el mismo núcleo narrativo, “Golem y Rabino IV” revela la paradoja de la sumisión llevada a sus últimas consecuencias: “¡No me obedezcas!—ordenó su Amo al perplejo Golem que, ansioso por cumplir su orden, la desobedeció al instante, mostrándese aún más servil que de costumbre” (84). Variaciones, finalmente en “Golem y Rabino V” sobre las instrucciones del Sefer Yetzirah para la construcción del Golem que ponen en escena las dificultades y sufrimientos de la construcción golémica-textual: “veintisiete errores acechan en las sombras, repiten a coro los salmos para confundir al rabino, qué difícil inscribir así en la arcilla blanda, oh señor ayúdame, la fórmula cromosómica completa” (85). Brevísimas reescrituras, variaciones sobre el monstruoso ser de barro judío que es, entre otras cosas, un texto y una identidad posible.