11 de Diciembre de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

Lo que se cifra en el nombre

El primer rasgo de identidad de un sujeto es su nombre. El nombre es un escudo de armas, una huella digital o una cicatriz. El nombre, el apellido, el apodo elegido, el apodo infligido, las extirpaciones acometidas, los subrayados, los desplazamientos, las iniciales intermedias, todos los cambios y continuidades en el interior de un nombre propio son la cáscara, la epidermis de la identidad.

El abuelo Gedalia, el punto de partida del relato genealógico que es El libro de los recuerdos, decide—se ve obligado a decidir—la reescritura de su nombre para poder emigrar a América, utilizando los documentos de otro: “Murió Gedalia Rimetka, medianamente joven, de bigotes. Con su documento fue el abuelo al consulado de América, la verdadera, la del Norte, y le dijeron que no. No lo bastante joven murió Gedalia, no lo bastante joven como para pasar por el abuelo” (11). En el capítulo titulado “El apellido Rimetka” se explica el origen del nombre de la familia:

El Gedalia original, el que murió en Polonia [. . .] nunca se llamó exactamente Rimetka.

El apellido Rimetka fue el producto de una combinación de fineza auditiva y la arbitrariedad ortográfica de cierto empleado, sumadas a su particular forma de interpretar un documento escrito en una lengua desconocida, más su concepto personal sobre el apellido que debía llevar en el país un extranjero proveniente de Polonia. [. . .]

Los Rimetka tuvieron, así, un apellido intensamente nacional, un producto aborigen, mucho más auténticamente argentino que un apellido español correctamente deletreado, un apellido, Rimetka, que jamás existió en el idioma o en el lugar de origen del abuelo, que jamás existió en otro país ni en otro tiempo. (15-16)

Reescribir el nombre propio: El libro de los recuerdos pone en escena la más precisa y central metáfora de la construcción identitaria; una metáfora adámica. Gedalia Rimetka es el primer hombre de una familia, de un nombre; el primero de una serie; nadie existe antes que él, ni en la novela, ni en el universo porque él inventó—en co-autoría con anónimos funcionario estatales— su propio nombre.3

La novela opera dos borramientos: el del nombre original de Gedalia, el de su identidad anterior, europea (reduplicado al interior del texto por el abuelo para el resto de la familia, borramiento que a su vez es reflejado en el Libro de los Recuerdos, donde no aparecen rastros de ese primer nombre), y el del apellido original, transmutado en Rimetka tras el ingreso al puerto de Buenos Aires. Al sentar las bases del relato de la historia familiar en estos enredos y reescrituras nominales, la novela explicita la material base (Argentina, inmigración judía, principios del siglo XX) de la construcción identitaria que pone en escena. Lo que me interesa, sin embargo, no es la relación que la novela establece con la experiencia histórica de los inmigrantes judíos en Argentina, sino el significativo lugar inicial que ocupa la invención de la identidad, invención escritural cuyos trazos, podría pensarse, no son otros que la novela familiar que sigue a ese gesto fundacional. El acto de autoconstrucción que lleva a cabo el abuelo Gedalia—olvidar su nombre, apropiarse de uno nuevo—es una de las dos condiciones de posibilidad de la saga, de toda la novela, que, en definitiva, no es otra cosa que el relato generacional del modo en que el nombre Rimetka es reescrito con la letra manuscrita de cada uno de los cuatro hijos de Gedalia y la Babuela. Se sabe que la experiencia vital, la vida, es la suma de los lugares en los cuales dejamos inscripto nuestro nombre.

La otra condición de posibilidad de la novela familiar es el Libro de los Recuerdos, como señalan las siguientes pasajes de la novela: “hay cosas que no se deben contar, que no se pueden pensar. Si no está en el Libro de los Recuerdos, por algo será: será que no es algo para recordar” (71). Y: “[El Libro de los Recuerdos] nunca dice todo, nunca dice ni siquiera lo suficiente” (109). Enigmático y contradictorio en sus recortes y exclusiones, el Libro de los Recuerdos—al igual que El libro de los recuerdos—oculta la historia del nombre original del abuelo, lo que permite que los Ritmeka puedan ser. Ser Rimetkas. Ser novela.4