22 de Abril de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

Creencias, rituales y transgresiones

A partir de los dos epígrafes que abren esta novela, su autora permite ingresar un conjunto de saberes, dados como seguros e irrefutables, que organizan la circulación de los cuerpos en la sociedad, pautan un sistema posible de intercambio, regulan las posibilidades del placer y establecen las diferencias fundamentales, imprescindibles entre las conductas deseables femeninas y masculinas.

Sobre los personajes femeninos, centralmente sobre Laura, pesan una fusión de creencias que se presentan en la transmisión generacional, de madres a hijas, naturalizadas por el discurso social. Lo que se espera de una mujer, lo que se le permite a una mujer, lo que una mujer puede o no hacer, desear, pensar aparece inscripto en la educación que una mujer recibe. Y desde esos mismos epígrafes, junto con el mandato que instala una creencia, Ana María Shua desarticula el lugar común con la propuesta de un nuevo ritual y parodiando el tono didáctico e instructivo de los manuales, término muy presente en toda la novela, por mención expresa o alusión:

Como a toda mujer, se me acusa de ser también araña, se espera de mí esa segregación constante de hilos pegajosos que debo aprender a constituir en red para justificar la cobardía de los hombres, convencidos de mi avidez por sus líquidos vitales cuyo sabor repugnante y amargo ni siquiera imaginan, cuya vergonzosa escasez no se atreven siquiera a concebir (con decir que a veces necesito tres o cuatro para una sola comida).

Para atraerlos, no hay como descubrir ocultando. Un poco de orégano por aquí y por allá y aros de cebolla en los lóbulos de las orejas para disimular los anzuelos. Cuando hay cardumen, mantenga la calma: no es conveniente atrapar a más hombres de los que se puede consumir en un invierno. La primavera los vuelve flacos y tornadizos, toman un fuerte sabor acidulado y su conservación resulta problemática.2

Los dos epígrafes señalan muchas de las direcciones que tomará la historia de esta novela: la construcción de una protagonista que se cuestiona acerca de las acusaciones, mandatos y horizonte de expectativas que reciben y a los que deben responder las mujeres, el peso del ser mujer a la hora de elegir cómo vivir y qué hacer, la necesidad de argumentar sobre el desvío de las normas pautadas por consenso social, la obligación de aprender a ser mujer y a comportarse como mujer de manera unívoca e irrevocable, la reversión de lo consabido al atribuirle a la mujer un rol activo y al hombre un rol pasivo, los saberes cotidianos femeninos colocados al servicio del placer y el conocimiento femenino sobre el propio cuerpo y el del hombre.

A través de los cuestionamientos de la protagonista, la novela va desplegando y tirando abajo esas creencias que se han cristalizado en la sociedad como principios indudables. Este eje narrativo se sostiene a lo largo de toda la novela pero se intensifica a través de dos imágenes fundamentales: la del aborto y la del embarazo.

La escena del aborto, que aparece narrada en el capítulo IV “Cirugía menor,” regresa en el recuerdo de Laura muchas veces como posible escena traumática. En ese momento, Laura está sola, pero guarda un secreto y comparte un riesgo junto con otras que, como ella, transitan por un escenario clandestino e ilegal, jugándose la vida. Esta idea da vueltas en la construcción de esta escena y en el pensamiento de Laura. El placer y la culpa: el castigo que debe pagar por transgredir un mandato y a la vez el grado de compromiso vital al que están expuestas todas esas mujeres que se suceden para abortar. Incluso, la escena se desdobla al presentar un posible arrepentimiento y abrir el conflicto de esa decisión. Cuando la situación parecía olvidada, reaparece en forma de miedo: miedo a no poder quedar embarazada, miedo a que el hijo que está por nacer pague la culpa de haber matado al anterior. Comprobar que esa creencia aprendida por boca de otras mujeres es cierta y se repetirá implacablemente con ella amenaza a Laura constantemente. El lector comprueba, sin embargo, junto con la protagonista, que el ritual de la transgresión, la elección del placer, una sexualidad libre y negarse a ser madre no conlleva el castigo firmemente anunciado. La creencia se evidencia como construcción cultural, como relativa y engañosa. Para la protagonista se desenmascara incluso como mentira.

Capítulo a capítulo el vientre de Laura va creciendo. La avidez por la comida, el sobrepeso, los antojos, la hipersensibilidad, la dificultad para moverse, la importancia de hacer gimnasia y preparar sus pezones responde a lo esperable y conforma una rutina. No hay efecto sorpresa ante la gula de Laura, ante la asistencia a las consultas médicas o al gimnasio, ante la costumbre de preocuparse por el ajuar del bebé. El discurso médico, la comercialización en torno al cuidado del cuerpo antes y después del parto, los manuales y revistas sobre el embarazo aseguran las zonas de lo permitido y lo prohibido. No así en lo que respecta al placer y a la sexualidad de una embarazada. La novela se cierra con la desarticulación de dos creencias: la imposibilidad de excitarse durante el embarazo, el privilegio del sentimiento maternal sobre el deseo femenino. La heredera de la señora Laura se lo agradece desde el vientre: Laura ha logrado romper un eslabón más de las cadenas con que su madre la había atado a la realidad. Ahora puede simultáneamente procrear sin perder su condición de mujer. Pero debe hacerlo sola: sin marido, sin madre, sin médico. Laura puede seguir disfrutando de su cuerpo, a escondidas en el baño, mientras lleva a cabo una rutina de higiene. El erotismo desplaza, suspende, revoca la economía del placer que la sociedad productiva impone. El erotismo le permite a Laura reinterpretar las reglas que hace circular el discurso médico.

La creación de una historia que tiene como protagonista a una embarazada es la transgresión más importante que Shúa realiza con respecto al canon de la novela erótica. Las protagonistas de Justina o los infortunios de la virtud del Marqués de Sade, Historia del ojo de Georges Bataille, Roberte esta noche de Pierre Klossowski, Historia de O de Pauline Réage o Nueve semanas y media de Elizabeth McNeill, por citar unas pocas novelas, no son madres. El erotismo aparece totalmente alejado del rol materno. Las madres, cuando aparecen, sirven para regular o para prostituir.

En Los amores de Laurita, la protagonista es la contrafigura de los modelos femeninos que ofrecen estas ficciones con tanto peso en la configuración del canon de la narrativa erótica. Ella va a establecer sus propios rituales, que parecen más definidos por la impronta del deseo personal que por las necesidades sociales de regular el erotismo y la sexualidad. Aunque su hija recibe por vía intrauterina una sensación más que un saber, el camino de Laura ha sido solitario, ha tenido que aprender a escuchar su propio deseo en medio de la interferencia producida por la educación que ha recibido y las creencias que circulan como moneda corriente. A pesar de esto, toda la novela va preparando el cambio, la ruptura con que estalla la historia de Laura en los últimos párrafos. La señora Laura, que ha obedecido muchas pautas sociales y rutinas que se le imponen a una mujer embarazada, ha sido fiel a su propia historia de transgresiones, se ha permitido el placer y no ha sufrido tampoco esta vez castigo alguno. La novela deja entrever que es posible que el placer con placer se pague:

Los espasmódicos movimientos de su vagina han desencadenado como reacción una serie de contracciones bastantes fuertes del músculo uterino, que poco a poco van disminuyendo en intensidad y frecuencia. Tampoco esta vez se iniciará el trabajo de parto. Agotada, satisfecha, se acuesta vestida sobre la cama.

Laurita está profundamente dormida. Pero en su vientre, enorme, dilatado, alguien ha vuelto a despertar. Es un feto de sexo femenino, bien formado, con un manojo de pelo oscuro en la cabeza, que pesa ya más de tres kilos y se chupa furiosamente su propio dedo pulgar, con ávido deleite. (196)

Los amores de Laurita le hace jaque mate, a partir del erotismo, al sistema de creencias sociales que se basan en las prohibiciones, los miedos y el castigo. Propone, desde la construcción de la protagonista, un desplazamiento hacia los rituales personales, individuales. Frente a las grandes verdades y generalizaciones, que esta novela cuestiona, sólo parece posible la búsqueda del propio placer. No son los mandatos externos los que se imponen. Es aquello que el propio cuerpo pide.3

Por otra parte, un conjunto de prácticas y creencias han variado por el avance de saberes específicos. Sin embargo, a pesar del discurso legalizador que las sostiene, la resistencia ante ese cambio se hace sentir. Es el caso de las innovaciones que han tenido lugar en el cuidado de las embarazadas y que señala diferencias entre las tres generaciones que están en juego en la novela: abuela, madre, hija. Una diferencia se revela como fundamental en el imaginario que ofrece el texto: hay cambios que ya están asimilados, aún con resistencias presentes, que son tema de conversación, que son percibidos tanto por mujeres como por hombres, que no producen cuestionamientos del otro:

La señora Laura comenta que a su madre le resulta llamativa la frecuencia de sus visitas al médico obstetra, ya que ella misma habría comenzado las consultas (pocas, breves y espaciadas) hacia el final del embarazo.

—¿Tu mamá se extraña? Lo que será tu abuelita, entonces —dice el hombre.

—Uh, mi abuelita ni hablemos. Hace el cálculo de lo que pagamos cada visita, le suma los intereses y se vuelve loca. Imaginate ella: tantos hijos y a la partera no la veía hasta que no estaba con los dolores.

El pregunta, entonces, aunque conoce la respuesta, qué edad tenía la abuelita cuando nació su primogénito, el padre de la señora Laura. Desmintiendo el concepto popular de que los niños, en la actualidad, alcanzarían más rápidamente la madurez estimulados por los medios de comunicación, Laura recuerda que cuando nació su padre su abuelita tenía sólo dieciséis años. (10 - 11)

El último párrafo puede leerse como una puesta en abismo: Los amores de Laurita “desmiente” un conjunto de saberes y creencias tenidos por ciertos e indiscutibles.