20 de Septiembre de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

Víctimas y victimarios

Shua limita el espacio de la acción, logrando una concentración temática que privilegia el efecto claustrofóbico y la drástica concentración y reducción de opciones posibles. Esta limitación autoimpuesta contribuye además a aguzar el ángulo de visión determinado por el único, innominado narrador, a quien, para simplificar, llamaremos Paciente.

En el cosmos clausurado del hospital, el narrador participa de un rito en el cual hay victimarios y torturas rituales que anulan gradualmente la resistencia de la víctima y lo someten cada vez más al arbitrio de los poderes que rigen el “culto,” alimentando en esa víctima la convicción de que es incapaz de enfrentar al mundo por sí mismo. La víctima, que ingresa en el hospital sin temores ni preconceptos de ningún tipo, se va adaptando gradualmente a la rutina de las humillaciones varias a las que es sometido: análisis, transfusiones, la enfermera que, ante la duda acerca de la naturaleza de la inminente operación, opta por rasurarlo de pies a cabeza, los cirujanos que lo operan de algo de lo que él nunca se entera. Pero tal “tratamiento” no es otra cosa que una especie de “domesticación” a la que se va habituando: “Muchas circunstancias que empezaron siendo molestias se van transformando en costumbre. A las palomas, sin ir más lejos, les tomé cariño y ahora le pido siempre a la Pochi que les ponga miguitas de pan en el alféizar de la ventana” (76).

El personaje sufre una conspiración fraguada por poderes sobre los cuales no tiene ningún control, y de quienes no recibe ninguna explicación. Mejor dicho, explicaciones hay, pero la lógica que las rige escapa de toda coherencia racional, respetando solamente una retórica: la del absurdo. Sorprendido en el trance de buscar un vaso de agua a la noche, el doctor Goldfarb, en pleno romance con la prima Pochi, le grita: “— Lo único que me faltaba: un paciente sin diagnóstico paseándose por los pasillos en la mitad de la noche. Cuando sepa lo que tiene, ¿qué me espera?” (82). Todo este accionar se resume en la actitud de la enfermera jefe, Cara de Caballo, cuando, al rasurar al paciente, sin querer, le provoca cierta reacción y su sexo, “que había casi olvidado las bondades de semejante tratamiento, empezó a reanimarse como una oruga que se despereza una mañana de primavera. Un hábil papirotazo lo volvió a su abatimiento de costumbre” (64).

Este incidente es uno entre muchos que están diseñados para acentuar la isotopía de la prohibición, pero adquiere singular relevancia como elemento metonímico del impulso vital, erótico, destruido por su antagonista, el impulso anti-vital, tanático. La referencia de la voz protagónica al “abatimiento de costumbre” de su sexo, metonimiza la permanente abulia vital en la que las fuerzas que rigen el hospital le exigen permanecer. Los reclamos instintivos del cuerpo sano son visualizados como potencialmente peligrosos, y deben ser reprimidos de raíz. Shua, sin explicitarlo, sugiere que la política de tal gesto está diseñada para que al cabo de muchos “no puedo,” el paciente ya comience a pensar en términos de “no quiero,” adaptándose a la prohibición como quien recorta su personalidad a la medida de un molde de dimensiones muy inferiores a las de las potencialidades inherentes a su calidad de ser humano, aún cuando no se trate de un ser humano de virtudes heroicas.

Hay en el espacio distópico creado por Shua una suerte de “argentinización” de la distopía digna de señalarse. Las distopías tradicionales, desde el Inferno de Dante hasta 1984 de Orwell, ofrecen un implacable orden predeterminado a cuyo dominio ha de ajustarse todo lo que allí ingrese. Lo que ha sido diseñado para tal fin, cumple con rigor su propósito y no existen fallas en el funcionamiento de la gran maquinaria de represión. O si tal falla existe, constituye una anomalía que crea consecuencias fatales para el sistema, como el error en la gestación “in vitro” del protagonista de Un mundo feliz de Aldous Huxley. El hospital de Shua responde, en cambio, a la visión que los argentinos tenemos, y no sin motivos, de nuestras propias instituciones. La magnitud de la ineficiencia que impera en el hospital se advierte en casi todas las secuencias, sobre todo a través de diversos incidentes regidos por percepciones falsas, generalmente de efecto cómico. Cuando la visitante del ocupante anterior de la habitación entra, ve al nuevo paciente y exclama “¡Está muerto!”, creando un equívoco un tanto macabro para el protagonista, entramos en un clima en el que el humor negro va a plantearse generalmente asociado a efectos inesperados de falencias endémicas en el funcionamiento de la institución. La falta de información adecuada de esta visitante es una minucia comparada con todo lo que sucede después, desde los médicos que están ausentes cuando se los necesita hasta la impericia en la lectura de los análisis y, horror, la intervención quirúrgica cuya localización y motivo jamás se precisa. Por esa vía, se llega al humor negro total, que consagra a la eficiencia de la ineficiencia como factor de demonización del accionar de los “profesionales de la salud”: “El otro día, por ejemplo, entró de urgencia un matrimonio que había sufrido un terrible accidente automovilístico: en la operación, a él le rehicieron la cara de la mujer y a ella la de su marido” (117).

La disciplina laboral es pobre, y la relación de la prima Pochi con el Doctor puede desarrollarse sin problemas en la guardia. La venalidad es la regla, y así vemos al chofer de la ambulancia a la búsqueda de ganancias extras con el transporte de pre-pizzas y con el alquiler de la ambulancia a parejas, por hora. La burocracia no es un mal menor entre los que obstaculizan el logro de los sencillos objetivos que se propone el protagonista, el más audaz de los cuales es el de volver a su casa. Cuando nuestro Paciente ya cree estar curado y listo para abandonar el hospital, no se le permite hacerlo porque le falta la tarjeta rosa, para obtener la cual necesita una foto, que no se puede sacar porque aún está pelado y sin cejas. Y cuando por fin tiene la foto, se entera de que, además, necesita una carta de recomendación para acceder a la famosa tarjeta. Por supuesto, el médico que tiene que darle la carta no aparece.

El absurdo, la realidad reducida a la falta total de sentido y coherencia entre vía y fines, causa y resultados, aparece como único territorio posible adonde inscribir la propia existencia. Hay aquí ecos del existencialismo de mitad de siglo, con la premisa aquella de que el suicidio no es solución porque, después de todo, la vida es lo único que se tiene. Y el absurdo se nutre con elementos simbólicos extraídos de los aspectos más conflictivos del Occidente post-industrial: desde el punto de vista tecnológico, la maquinaria, aparentemente destinada a curar; desde el punto de vista tecnocrático, la burocracia; desde el ángulo político, la apariencia de legalidad de las tramitaciones; y en el aspecto social, el egoísmo y la búsqueda del poder y del placer. El individuo, el desprotegido paciente, llega a decir: “Me gusta que me saquen sangre. Eso quiere decir que no me han olvidado” (33). El miedo a la soledad, al no ser tenido en cuenta, a la oscuridad de la noche, hace de la desintegración física un mal menor.

La metáfora hospitalaria, enriquecida por los diversos personajes que detentan el poder institucional y que integran el grupo de los “victimarios,” que insisten en anular el accionar del protagonista, funciona en una dirección precisa: explorar la situación de la persona en estado de sometimiento.

Pero si bien los victimarios más notorios se identifican como miembros del cuerpo médico del Hospital, los rasgos negativos de la naturaleza humana en general están nítidamente subrayados en la presencia de personajes que no pertenecen al Hospital, tales como la prima Pochi, el amigo Ricardo y los compañeros de oficina del Paciente. Todos ellos comienzan por acercarse al protagonista con aparente intención de ayudar, pero tarde o temprano surge el verdadero yo en forma de un desvergonzado aprovecharse de la ingenua pasividad de aquél. La prima Pochi, solícita en un principio, continúa con sus visitas nocturnas sólo mientras dura su relación con el doctor Goldfarb, y su papel en la liquidación de los bienes de su primo es desvergonzadamente protagónico. La variedad de modos con que los compañeros de oficina y el amigo Ricardo esquilman al Paciente es sólo comparable a la variedad de procedimientos médicos a los que el hospital lo somete.

El hospital, lejos de tener el monopolio del poder destructivo, es un fragmento, institucionalizado, de un mundo que funciona mal. Hay, sin embargo, un detalle interesante: Shua parece hacer una distinción entre los personajes no-médicos y los que lo son. Los no-médicos, con la excepción de la monjita “Manzanita,” actúan movidos por el más puro egoísmo: satisfacción de sus placeres, obtención de dinero. Los vinculados con el arte de curar, los profesionales de la salud, en cambio, parecen buscar el poder por el poder mismo, estableciendo normas y medidas destinadas a prolongar la estadía del paciente sólo para satisfacer su voluntad de ejercer la autoridad, ya que su accionar no deriva en ningún beneficio económico. Dice el Presidente de la Cooperadora: “usted sabe, el director recién se ha recuperado de su enfermedad y sufre un gran dolor cada vez que uno de sus pacientes se quiere ir del hospital” (135).

No podemos ignorar cierto carácter paradójico en la relación dominador-dominado tal como la plantea Judith Butler a partir de algunas ideas de Michel Foucault: la constitución del dominado incluye su aceptación psíquica del dominador como parte de sí mismo, y no sólo como externo a él. Esto constituiría la aceptación tácita de la situación, que es la que Shua desarrolla con su paciente, respondiendo a los planteos de Butler particularmente en lo que se refiere a la necesidad psicológica de aceptar este proceso de identificación/sometimiento por razones de integración social. Nuestro Paciente, vemos, teme a la soledad más que a cualquier otra cosa, por lo que encuentra su felicidad en la aceptación casi gozosa de un sojuzgamiento que le garantiza compañía y alimento:

Where social categories guarantee a recognizable and enduring social existence, the embrace of such categories, even as they work in the service of subjection, is often preferred to no social existence at all. How is it, then, that the longing for subjection, based on a longing for social existence, recalling and exploiting primary dependencies, emerges as an instrument and effect of the power of subjection? (Butler 20).

Es decir, la aceptación de la sujeción supone la aceptación de valores diametralmente opuestos a los que nuestra cultura valora como positivos: independencia, libertad, determinación, auto-confianza. Estos valores son rechazados y en su lugar emergen el deseo de supervivencia, la sumisión, la indiferencia por los ideales, la pusilanimidad. La recompensa por tal elección no es despreciable: la atención de las necesidades materiales básicas para la vida. Shua las simboliza en la oferta por parte de las autoridades del hospital de riquísimos manjares a ser incluidos en el menú diario si el paciente decide quedarse.