19 de Enero de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

Narración y narrador

El planteo narrativo se inicia en un tono realista y, consciente de su obligación estética de cautivar al lector, la voz narradora busca la seducción a través de alusiones a experiencias con las que el receptor puede identificarse fácilmente: los inconvenientes de tratar de leer en un colectivo en marcha. En la apertura del texto es fácil advertir la presencia del cuerpo como un objeto de atención por parte del narrador, actitud que recorrerá por entero la narración y que contribuirá poderosamente a la unidad de efecto que Edgar Allan Poe reclamaba como esencial para el cuento; y aunque se trate de una nouvelle, el recurso es muy efectivo.

La sintomatología que lleva al protagonista al hospital no es precisa, pero es suficiente para colocar al cuerpo en situación de objeto de la preocupación de tal protagonista y de la atención del lector. Esta objetivación del cuerpo como lo observado inaugura una brecha en el personaje: surge una división entre cuerpo, lo objetivo y, digamos, su mente, instrumento de lo subjetivo, brecha que irá ahondándose al ir progresando la narración, para desaparecer luego en un movimiento de integración final al legar al desenlace.

En este punto, encuentro iluminador lo que Michel Foucault plantea como tesis general respecto a la relación entre sociedad y cuerpo: la existencia de una “economía política” del cuerpo en la cual se sitúan los sistemas punitivos. El cuerpo, inmerso como está en el campo político, es la presa inmediata de las relaciones de poder (Foucault 32). La metaforización del hospital se completa y se expresa a través de la presencia de ese cuerpo que va a ser dominado. El cuerpo es el objeto del deseo de los factores de poder, y sobre él estos factores ejercerán sus atribuciones a discreción: observarán, palparán, inyectarán, tomarán la temperatura, auscultarán, encerrarán, todo con la fruición de quien ha encontrado el más valioso de los rehenes, para finalmente apropiarse de él sin apelación posible.

La conciencia del cuerpo como manifestación de vida abre la novela y se reitera con intención evidente de constituirse en una isotopía vertebradora. Para indicar la sorpresa de la visitante desconocida al no encontrar a quien espera ver en la habitación del Paciente, éste dice: “En su horror, se olvida de su cuerpo. Los dedos de su mano derecha, abandonados, se aflojan” (9), para señalar más adelante: “Poco a poco va recobrando el control de su cuerpo” (10). De la observación de un cuerpo ajeno, el narrador pasará a experimentar su cuerpo como objeto de manipulación por otros. La revisación médica a la que es sometido por el equipo liderado por la doctora Sánchez Ortiz, desarrollada casi como un ritual de corte sado-masoquista, coloca al cuerpo en situación protagónica, que asume, renovada, en cada acto médico sucesivo, para culminar en el momento previo a la operación: “Mi cerebro se esforzaba en desasirse del pesado abrazo del sedante cuando llegó la camilla. Sentía la lengua torpe y los brazos y piernas me respondían sin ganas, como en los últimos tramos de una borrachera. Mi propio yo, lúcido y aterrorizado, se agazapaba en las profundidades de mi cuerpo, que ya no obedecía a sus controles” (65).

Lo crucial de esta secuencia se vincula con la segmentación explícita de cuerpo y conciencia, apareciendo la violación (en un sentido amplio, no sexual) del cuerpo como la violación de la integridad del individuo, la agresión capaz de separar psiquis y soma a través del miedo como ejercicio supremo del poder sobre otro. En los últimos tramos de la narración las cosas no han cambiado mucho:

Desde la semana pasada se está haciendo un examen exhaustivo de cada una de las partes de mi cuerpo, empezando por los dos extremos, la cabeza y las extremidades inferiores. A la altura del esternón, los resultados deberían coincidir en un diagnóstico definitivo. Ayer, por ejemplo, me hicieron un nuevo electroencefalograma y me tomaron muestras de los hongos que tengo entre los dedos de los pies. (104)

A partir de allí, la desintegración deja de percibirse como tal. La resistencia activa a tal tratamiento sería simbólica de rebelión y protesta, pero tal reacción no se manifiesta en el Paciente, lo cual constituye un sema de fundamental importancia. La ausencia de rebeldía y la gradual aceptación de la violación de la integridad somática implican una falta de resistencia que sólo puede comprenderse en términos de la caracterización del personaje. La construcción del protagonista como narrador ingenuo, señalada más arriba, es vital para la efectividad del discurso irónico. D.C. Muecke nos dice al respecto: “the ironist, instead of presenting himself as a simpleton, puts forward in his place a simpleton or ingènu who is to be regarded as distinct from the ironist (the ingènu may ask questions or make comments the full import of which he does not realize)” (57-58).

Shua elabora al narrador con marcas que delatan una falla en su capacidad para leer los datos de la realidad de manera completa y eficaz, aún para sus propios intereses. En la mejor tradición del Mark Twain de Huckleberry Finn, sus comentarios a menudo establecen un código entre autor y lector que escapa a la imaginaria comprensión del narrador. La información que nos llega sobre la vida pasada del Paciente lo muestra como oficinista gris, lector del James Bond de Ian Fleming, de Selecciones y de Popular Mechanics, más bien solitario, con una inofensiva pero fuerte manía por el orden y la limpieza. Son sus observaciones las que van definiendo su bondadosa, mansa naturaleza, así como su incapacidad para detectar segundas intenciones en las actitudes del prójimo: “La Pochi, una prima que me saqué en la lotería” (41), nos dice.

La relación del Paciente con cada uno de los demás personajes da pie a Shua para caracterizarlo como lo que Northrop Frye considera el héroe típico del modo irónico, esto es, “inferior in power or intelligence to ourselves, so that when we have the sense of looking down on a scene of bondage, frustration or absurdity” (34). Estamos ante un héroe cuyas potencialidades para la vida son inferiores a las del común de los mortales, lo que lo hacen apto para su papel de víctima inocente. Por otra parte, su falta de contacto con la realidad exterior sugiere una atmósfera un tanto onírica, lo que enfatiza la relevancia del tema de la alienación. La narración esta concebida, entonces, en un tono irónico sostenido por la brecha entre lo dicho y lo que se quiere decir, entre el narrador ingènu y la realidad ficcional que describe.