23 de Junio de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

Soy paciente, microcosmos kafkiano de la Argentina bajo la dictadura

En Soy paciente el hospital constituye el microcosmos que mima la realidad del país como un todo en donde prima el oportunismo y la corrupción; un universo poblado por enfermeras que se quejan de su sueldo (“por lo que me pagan”), de un enfermero que reparte pizzas en la ambulancia “para equilibrar su economía” y de una enfermera jefe quien, obsesionada por combatir el alcoholismo como fuente de todos los males posibles, representa la moralidad hipócrita instaurada en la Argentina por los militares. El hospital, como metáfora de un país enfermo, se opone al sistema hospitalario de los países del Primer Mundo: al comienzo el protagonista evoca recurrentemente la realidad-diametralmente opuesta—de Felix Leiter, amigo de James Bond: “No es el caso de Felix Leiter. En cuestión de segundos, Bond ha logrado que una ambulancia lo lleve al hospital: aquí no hubiera tardado menos de una hora. [. . .] porque en Estados Unidos todo se hace con más eficiencia. Claro, también los sueldos son otra cosa. Los médicos, allí, ganan lo que quieren” (13). Dentro del hospital, el quirófano simboliza, sin duda, la sala de torturas en donde la música funcional enmascara los gritos de dolor (66-67), en tanto que el hospital, visto como un todo, constituye la cárcel (59). La familia del protagonista (su prima y sus tíos) representan parte del sistema de represión y censura imperantes que, desde su situación de individuos, reproducen sin sentido crítico. Cuando llegan las cartas del hermano del protagonista, quien primero se encuentra en París y después en Brasil, sus tíos se encargan de censurarlas:

Mi hermano está en París. La carta habla de los días feos y nublados, de mujeres y medialunas y de las calles de París que son tan lindas. Algunas frases están tachadas con tinta negra. Gracias a mi tía, me entero de cuál fue el criterio de censura. Se trataba de descripciones escabrosas y frases en las que se describía el gusto del paté de foie gras trufado, las masitas de almendra y las de frutilla.

—Las taché para que no te hicieran sufrir. (55)

La mayor forma de represión reside, sin duda, en el hospital-cárcel. En una ocasión en que el protagonista intenta escaparse, haciendo aerobismo por los pasillos, el portero lo detiene en la puerta principal y, ante sus protestas, afirma: “Pero no, hombre, como va a estar encerrado, esto no es una cárcel. Todo lo que tiene que hacer es conseguir su tarjetita rosa. Un trámite” (59). La reclusión así impuesta determina la pérdida de sus vínculos con el mundo exterior y un progresivo deterioro y empobrecimiento físico y moral. Sus impulsos de resistir se van debilitando, las quejas iniciales que anotaba prolijamente en su libretita dan paso a la resignación; sus intentos de rebelarse se transforman en silencioso asentimiento. Un ejemplo de ello puede verse en sus relaciones con la enfermera jefe. Cuando él recién llega al hospital, su presencia lo atemoriza y busca su protección mediante una buena propina; más tarde descubre que le da mejores resultados dejarla hablar de sus temas favoritos—las plantas de interior y los peligros de la bebida en los seres humanos—y no sólo la escucha sino que soporta distraídamente las requisas diarias a las que somete su habitación:


Me pregunta con ritmo de ametralladora cómo estoy, cómo me siento, dónde me duele, por qué me internaron, qué estoy leyendo, de qué trabajo, cuál es mi plato preferido. [. . .] Justifica la requisa diciéndome que los pacientes tienen prohibido esconder bebidas alcohólicas en su habitación, que de mí no sospecha porque se ve que soy una persona seria y abstemia pero que más de un disgusto tuvo en la vida por confiar en hombres que parecían serios y después eran igual que todos, que el puesto se lo tiene que cuidar porque el sueldo será bajo pero algo es algo y si no se preocupa ella no se lo va a cuidar el vigilante de la esquina.

Quisiera interrumpirla para explicarle que en las esquinas no hay más vigilantes, que ahora andan todos en coches patrulleros. (40)


Se desliza allí, en esa respuesta que no da, un indicio de lo que sucede afuera y de lo que el hospital es sólo una versión reducida, un microcosmos que mima los conflictos, la violencia, el desorden del país. O sea, la siguiente ecuación: paciente/homólogo de ciudadano pasivo; hospital/homólogo de una Argentina sometida; Argentina/hospital como un lugar de jerarquías institucionales que someten a los pacientes/ciudadanos con métodos diversos pero sumamente eficaces.4 Y tan debilitada está la resistencia del paciente, tanto ha aprendido en su esforzado ejercicio de la paciencia que, cuando finalmente obtiene la entrevista con el director para solicitarle que autorice su salida, decide quedarse. Al final lo encontramos—ya han pasado muchos años desde su internación—en la Sala General donde ha sido trasladado mientras desinfenctan su habitación. Allí asiste a la llegada de un nuevo paciente al que le dan el mismo ritual de bienvenida que a él entonces le brindaran; pero ahora él está adentro, jugando al truco y entonando resignado5—o impotente para cambiar su suerte—la misma canción:


El que entra en esta sala
ya no se quiere ir,
quedate con nosotros
que te vas a divertir.

Catéter por aquí,
y plasma por allá,
el que entra en esta sala
no sale nunca más. (20/138)