19 de Junio de 2018
Portal Educativo de las Américas
  Idioma:
 Imprima esta Página  Envie esta Página por Correo  Califique esta Página  Agregar a mis Contenidos  Página Principal 
¿Nuevo Usuario? - ¿Olvidó su Clave? - Usuario Registrado:     

Búsqueda



Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

El “agujero negro” de la dictadura militar en la Argentina (1976-1983)

En una entrevista personal con Ana María Shua en 1991, la autora me habló acerca de los años de la dictadura, diciendo: “Uno tenía la sensación de estar escribiendo alrededor de un agujero negro, que no se podía tocar, y que era lo único sobre lo que tenía sentido escribir. Y todo lo demás era banal, era trivial, y era inmoral. Era inmoral estar usando la palabra para algo que no fuera contar lo que nos estaba pasando.” El “agujero negro que no se podía tocar” representa el período conocido como el Proceso, o la Guerra Sucia, durante el cual la Argentina atraviesa el momento más violento de su historia y en el que Ana María Shua escribe Soy paciente, en medio de circunstancias de exilio y persecución.1 En una entrevista con Rhonda Buchanan, la autora le cuenta: “Hacía poco que había vuelto de Francia, donde vivía casi un año. Mi hermana había tenido que exiliarse en Estados Unidos. Mis dos primas maternas estaban viviendo en España porque sus respectivos novios (eran también dos hermanos) habían desaparecido. Yo tenía mucho miedo” (295). Como bien lo ha demostrado el informe del CONADEP (Comisión Nacional Sobre la Desaparición de Personas presidida por Ernesto Sábato) titulado Nunca más, los años 70 y 80 están definidos por la dictadura militar, los desaparecidos, las tumbas colectivas y anónimas, la tortura y el asesinato ejercidos con total impunidad. Miedo que, tal como lo caracteriza Tulio Halperín Donghi, transformó la realidad de cada argentino en todas sus instancias:

Una experiencia que, como la vivida por la Argentina en la última década, hace del terror una de las dimensiones básicas de la vida colectiva, redefine necesariamente el horizonte en el que se desenvuelve la experiencia de cada argentino: su relación con su país, su ciudad, la calle en que vive no puede ser la misma después que por años ha visto en ellos los lugares en que acecha la muerte. (71)

Terror y violencia que, aun cuando afectó a toda la población, se focalizó en especial en los vastos sectores de intelectuales y profesionales. Al respecto, Andrés Avellaneda, en su excelente estudio Censura, autoritarismo y cultura: Argentina 1960-1983, analiza el modo en que la censura y autocensura operan durante esos años y cita a María Elena Walsh, quien en 1979 afirma: “Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro” (48). Ana María Shua, por su parte, evoca la autocensura como constante en su vida y escritura durante el Proceso: “Al no haber reglas de juego claras, al no haberse especificado lo que se podía y lo que no se podía, eso daba lugar a que se jugara en toda su amplia libertad la autocensura. Porque la autocensura no es más que el terror” (Corbatta 1991). Y aunque la autora se muestre remisa a aceptarlo, diciéndole a Buchanan: “Nunca, ni remotamente, quise hacer con Soy paciente una metáfora de la dictadura” (295), en la entrevista conmigo concede: “Yo creo que en la obra de todos los autores argentinos que hemos escrito en los últimos años tiene que estar presente todo eso que vivimos, y sufrimos, de alguna manera.

La pregunta que me planteo en este trabajo es de qué manera la realidad histórica, social y cultural argentina durante la dictadura militar, está transpuesta literariamente en Soy paciente (1980). Me interesa también explorar la presencia de cierta impronta kafkiana que la emparenta con otras obras (en especial con la de Ezequiel Martínez Estrada) inscribiéndola en una línea particular de indagación y crítica de la realidad nacional argentina. Sabemos que Soy paciente recibió el Primer Premio (compartido) en el Concurso Internacional de Narrativa organizado por la Editorial Losada. Transcribo un aparte de uno de los jurados, Eduardo Gudiño Kieffer, de la contratapa del libro:

Soy paciente es un título con doble sentido, y un texto con muchos sentidos y muchos niveles de lectura. El primero, el anecdótico, divierte con la aventura de un personaje que se interna en un hospital y vive dentro de él, los avatares más lógicos y disparatados al mismo tiempo. Pero debajo de ese desarrollo bien narrado pueden advertirse otras intenciones; quizá la de reflejar simbólicamente la situación de la humanidad en el mundo actual; quizá la de penetrar en la intimidad de cada individuo a través de unas circunstancias particulares. Cada lector se encontrará aquí con su propia versión de la paciencia, en una prosa directa y sin concesiones.

Concuerdo con Gudiño Kieffer en lo que se refiere a los muchos sentidos que encierra el texto, y consecuentemente, a los muchos niveles de lectura que posibilita. Coincido con sus afirmaciones acerca del primer nivel, el anecdótico, que divierte. Pienso, sin embargo, que su comentario acerca de las intenciones de la obra es demasiado vago y, posiblemente, escamoteador porque lo que no se dice es que de hecho ese simbolismo es la estrategia narrativa que sirve a su autora para transponer una situación real de la Argentina en esos años. Leídos ambos en los años 90, sabemos que tanto el simbolismo de la autora como la ambigüedad del crítico responden a la censura y represión ejercidas por el gobierno militar en ese momento. Recordemos la cita del historiador Halperín Donghi, donde se hacia referencia al terror y a la violencia imperantes, o la de Andrés Avellaneda citando a María Elena Walsh, y el proceso de interiorización que Ana María Shua admite cuando afirma: “Porque la autocensura no es más que el terror.”

En ese sentido la novela de Shua consiste en la transposición literaria de una realidad que se evoca mediante la alegoría y el símbolo para llevar a cabo su reconstrucción y su crítica. En “Política, ideología y figuración literaria,” Beatriz Sarlo busca, dentro de la literatura escrita durante la dictadura militar, “trazar algunas líneas descriptivas y de interpretación frente a un corpus heterogéneo” (30). Ve, en primer lugar, una crítica del presente (aunque la narración está situada en el pasado) al que se figura mediante recursos que operan por desplazamiento (el uso de la elipsis, la alusión y la alegoría). En el caso de Soy paciente se postula una realidad absurda al interior de un espacio cerrado, el hospital, donde un protagonista (cuyo nombre desconocemos) es objeto de innumerables agresiones ante las cuales se rebela al principio para irlas luego aceptando en un proceso de resignación gradual:

La libretita donde anotaba mis Motivos de Queja no la puedo encontrar. Empecé a buscarla para anotar una lauchita gris que se asomó el otro día a mi pieza. Las ratas no me asustan por mí sino por las palomas. A la libretita la tenía debajo de la almohada: la debe haber confiscado la enfermera jefe en una de sus visitas de control. No me preocupa: en parte porque contra ella no decía nada y en parte porque ya no tengo tantas quejas como al principio.

Después de todo esto es un hospital y cualquiera sabe que los hospitales son malos, que no hay gasas ni algodón, que a las enfermeras les pagan poco. Muchas circunstancias que empezaron siendo molestias se van transformando en costumbre. (75-6)

El protagonista es paciente en un doble sentido: por un lado es un paciente versus los doctores y todo el personal del hospital; por otro, es paciente versus un ambiente hostil que no sólo abarca al hospital sino también al mundo de afuera. Y su paciencia va acompañada de otras virtudes pasivas: el silencio que pasa de obediencia a auto-imposición; el ejercicio de cierto humor negro que descubre lo ridículo y grotesco ocultos en casi todas las situaciones a las que se ve sometido; el uso de un raciocinio exagerado de causas menores y la observación de hechos nimios que invierten su sentido cumpliendo así un papel fuertemente subversivo. O sea que la paciencia, con todas sus variantes, termina siendo una estrategia de resistencia. Más aún: la paciencia se convierte en una empresa a perfeccionar día tras día. Constituye una ética que comporta una ascesis y una desposesión, a la vez voluntaria e impuesta.

Hay que recordar aquí que una de las premisas que justificaban el accionar del gobierno militar—después de 1976—era la concepción de un país enfermo que debía ser curado. Enfermedad del cuerpo y del espíritu que debían ser erradicadas mediante la restauración del orden en esa “cruzada” regida por Dios, la patria y la familia. Basado en esa convicción, el cuerpo social fue sometido a todo tipo de vejaciones: represión, censura y autocensura, prisión, tortura, muerte. En una entrevista, aparecida en La Opinión en 1981, dice Shua: “Los escritores que escriben sobre el país, no están en el país. Los escritores que estamos en el país, recurrimos a técnicas metafóricas. [. . .] Somos los reyes del eufemismo. Nuestro lenguaje y nuestro humor están hechos de alusiones” (4).

Simbólicamente la novela enuncia la consideración de toda disidencia como enfermedad y el silencio y la aceptación como única salida; el empobrecimiento físico y moral mediante sutiles formas de tortura; la prohibición de toda posible lucha solidaria mediante el uso de la sospecha, el castigo y hasta el privilegio; la sustitución de reinvidicaciones importantes por preocupaciones inmediatas (los sueldos bajos), o triviales (el campeonato de truco, por ejemplo, que podría equipararse en el plano real con el Mundial de Futbol o con la banalización de la Guerra de las Malvinas). Cuando el protagonista, sometido a cirugía por error, se enfrenta con su médico, se desarrolla el siguiente diálogo:

—Pégueme—fue lo primero que me dijo el doctor Goldfarb—. Pégueme que me lo merezco.

En ese momento yo no tenía fuerzas para obedecerlo, pero me prometí pegarle apenas me encontrase más repuesto.

—No sabe el bien que me va a hacer: me siento tan pero tan culpable. Lo confundieron con un paciente de otra habitación. Si yo hubiera estado presente, ese error no se hubiera cometido.

Y como para demostrarme que la operación no había tenido nada que ver con mi intento de fuga, me firmó inmediatamente el formulario en el que solicito el pase de salida, es decir, la Tarjetita Rosa. (70)

En una palabra, lo que subyace a todo el texto es la subversión como enfermedad, merecedora de cuidados pero, sobre todo, de una extirpación radical, de cirugía. La enfermedad, también la locura, son los rótulos asignados a la disensión, la anomalía, la contravención y la subversión. Recordemos, al respecto, el mote de “locas” asignado a las madres de la Plaza de Mayo. En “La Argentina durante el proceso: las múltiples resistencias de la cultura,” Francine Masiello anota la relación entre cuerpo, censura y resistencia: “la escritura de oposición [. . .] devuelve al cuerpo al centro del discurso de manera que puede hablar la verdad sobre su propia opresión. Mostrando los abusos notorios a que ha sido sometido, el cuerpo expone pues las estrategias del régimen y obtiene una nueva identidad como combatiente” (26).

Decíamos que en Soy paciente el protagonista, internado en un hospital para hacerse una serie de exámenes médicos, es operado sin necesidad y por equivocación como el primer paso de una serie de agresiones físicas y espirituales que culminan con su reducción total. Evoluciona, entonces, de un estado inicial de confianza en sí y en sus derechos (lleva consigo la ya mencionada libretita en la que comienza anotando prolijamente sus quejas) a la aceptación resignada de un estado de cosas contra el que no se puede rebelar. El ausente doctor Tracer evocado—al estilo del Godot de Beckett— por el protagonista (“Doctor Tracer, ¿por qué me has abandonado?”, 119) provoca en el enfermo una exclamación que se repetirá casi textual en otra narración, en este caso, la película “Hombre mirando el sudeste” (1987) de Eliseo Subiela, también centrada en la metáfora hospitalaria.

En Crítica y ficción, Ricardo Piglia se refiere al relato “médico” que circula durante la época de la dictadura:

el país estaba enfermo, un virus lo había corrompido, era necesario realizar una intervención drástica. El Estado militar se autodefinía como el único cirujano capaz de operar, sin postergaciones y sin demagogia. Para sobrevivir, la sociedad tenía que soportar esa cirugía mayor. Algunas zonas debían ser operadas sin anestesia. Ese era el núcleo del relato: país desahuciado y un equipo de médicos dispuestos a todo para lavarle la vida. En verdad, ese relato venía a encubrir una realidad criminal, de cuerpos mutilados y operaciones sangrientas. (180)

Por su parte Frank Graziano analiza, en Divine Violence la concepción del cuerpo enfermo del país, desde un punto de vista psico-sexual vinculado con la cristiandad y el espectáculo de rituales primitivos, durante la Guerra Sucia.

En la novela de Shua, el hospital (como microcosmos de un país enfermo) aloja el desorden, los abusos, la tortura, la violación de los derechos civiles, la censura, el descontento económico e incluso el uso de las mismas fórmulas acuñadas por los militares para implantar la sospecha y reforzar la culpa. Cuando el protagonista le cuenta a su amigo Ricardo que ha sido operado por equivocación, éste dictamina: “Los cirujanos son todos unos sádicos, pero si te operaron por algo será” (74, mi énfasis). En el prólogo del ya mencionado Nunca más se lee:

En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección, el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiese caer en aquella infinita caza de brujas, apoderándose de unos el miedo sobrecogedor y de otros una tendencia consciente o inconsciente a justificar el horror: “Por algo será”, se murmuraba en voz baja, como queriendo así propiciar a los terribles e inescrutables dioses, mirando como apestados a los hijos o padres del desaparecido. (9, mi énfasis)

En el texto de Shua, el paciente—a diferencia de Alicia, la protagonista de la película “La historia oficial” (1985)—sufre un proceso de conocimiento que no lo libera sino que, por el contrario, lo somete a una total pasividad. Pese al uso frecuente del humor que a menudo da paso al grotesco, el absurdo y la caricatura, la novela de Shua presenta una visión sin esperanza del individuo en una situación que lo supera, y que concuerda con el estado de ánimo de los escritores que se quedaron en el país en ese período. En el reportaje con Rhonda Buchanan así lo expresa la autora: “No sufrí como escritora los años de la Dictadura, sino como persona: los sufrí por la muerte de tanta gente cercana que conocía, tantas personas que todavía, a veces, vuelven en mis sueños” (296).