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e historia: Presencia de la Guerra Sucia en Soy paciente de Ana María Shua
Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua
El “agujero negro” de la dictadura militar en la Argentina (1976-1983)
En una entrevista personal con Ana María Shua en 1991, la autora me
habló acerca de los años de la dictadura, diciendo: “Uno tenía la sensación
de estar escribiendo alrededor de un agujero negro, que no se podía tocar,
y que era lo único sobre lo que tenía sentido escribir. Y todo lo demás
era banal, era trivial, y era inmoral. Era inmoral estar usando la palabra
para algo que no fuera contar lo que nos estaba pasando.” El “agujero
negro que no se podía tocar” representa el período conocido como el Proceso,
o la Guerra Sucia, durante el cual la Argentina atraviesa el momento
más violento de su historia y en el que Ana María Shua escribe Soy
paciente, en medio de circunstancias de exilio y persecución.1
En una entrevista con Rhonda Buchanan, la autora le cuenta: “Hacía poco
que había vuelto de Francia, donde vivía casi un año. Mi hermana había
tenido que exiliarse en Estados Unidos. Mis dos primas maternas estaban
viviendo en España porque sus respectivos novios (eran también dos hermanos)
habían desaparecido. Yo tenía mucho miedo” (295). Como bien lo ha demostrado
el informe del CONADEP (Comisión Nacional Sobre la Desaparición de Personas
presidida por Ernesto Sábato) titulado Nunca más, los años 70 y
80 están definidos por la dictadura militar, los desaparecidos, las tumbas
colectivas y anónimas, la tortura y el asesinato ejercidos con total impunidad.
Miedo que, tal como lo caracteriza Tulio Halperín Donghi, transformó la
realidad de cada argentino en todas sus instancias:
Una experiencia que, como la vivida por la Argentina en la última
década, hace del terror una de las dimensiones básicas de la vida colectiva,
redefine necesariamente el horizonte en el que se desenvuelve la experiencia
de cada argentino: su relación con su país, su ciudad, la calle en que
vive no puede ser la misma después que por años ha visto en ellos los
lugares en que acecha la muerte. (71)
Terror y violencia que, aun cuando afectó a toda la población, se
focalizó en especial en los vastos sectores de intelectuales y profesionales.
Al respecto, Andrés Avellaneda, en su excelente estudio Censura, autoritarismo
y cultura: Argentina 1960-1983, analiza el modo en que la censura
y autocensura operan durante esos años y cita a María Elena Walsh, quien
en 1979 afirma: “Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de
borrar ya incrustada en el cerebro” (48). Ana María Shua, por su parte,
evoca la autocensura como constante en su vida y escritura durante el
Proceso: “Al no haber reglas de juego claras, al no haberse especificado
lo que se podía y lo que no se podía, eso daba lugar a que se jugara en
toda su amplia libertad la autocensura. Porque la autocensura no es más
que el terror” (Corbatta 1991). Y aunque la autora se muestre remisa a
aceptarlo, diciéndole a Buchanan: “Nunca, ni remotamente, quise hacer
con Soy paciente una metáfora de la dictadura” (295), en la entrevista
conmigo concede: “Yo creo que en la obra de todos los autores argentinos
que hemos escrito en los últimos años tiene que estar presente todo eso
que vivimos, y sufrimos, de alguna manera.”
La pregunta que me planteo en este trabajo es de qué manera la realidad
histórica, social y cultural argentina durante la dictadura militar, está
transpuesta literariamente en Soy paciente (1980). Me interesa
también explorar la presencia de cierta impronta kafkiana que la emparenta
con otras obras (en especial con la de Ezequiel Martínez Estrada) inscribiéndola
en una línea particular de indagación y crítica de la realidad nacional
argentina. Sabemos que Soy paciente recibió el Primer Premio (compartido)
en el Concurso Internacional de Narrativa organizado por la Editorial
Losada. Transcribo un aparte de uno de los jurados, Eduardo Gudiño Kieffer,
de la contratapa del libro:
Soy paciente es un título con doble sentido, y un texto con
muchos sentidos y muchos niveles de lectura. El primero, el anecdótico,
divierte con la aventura de un personaje que se interna en un hospital
y vive dentro de él, los avatares más lógicos y disparatados al mismo
tiempo. Pero debajo de ese desarrollo bien narrado pueden advertirse otras
intenciones; quizá la de reflejar simbólicamente la situación de la humanidad
en el mundo actual; quizá la de penetrar en la intimidad de cada individuo
a través de unas circunstancias particulares. Cada lector se encontrará
aquí con su propia versión de la paciencia, en una prosa directa y sin
concesiones.
Concuerdo con Gudiño Kieffer en lo que se refiere a los muchos sentidos
que encierra el texto, y consecuentemente, a los muchos niveles de lectura
que posibilita. Coincido con sus afirmaciones acerca del primer nivel,
el anecdótico, que divierte. Pienso, sin embargo, que su comentario acerca
de las intenciones de la obra es demasiado vago y, posiblemente, escamoteador
porque lo que no se dice es que de hecho ese simbolismo es la estrategia
narrativa que sirve a su autora para transponer una situación real de
la Argentina en esos años. Leídos ambos en los años 90, sabemos que tanto
el simbolismo de la autora como la ambigüedad del crítico responden a
la censura y represión ejercidas por el gobierno militar en ese momento.
Recordemos la cita del historiador Halperín Donghi, donde se hacia referencia
al terror y a la violencia imperantes, o la de Andrés Avellaneda citando
a María Elena Walsh, y el proceso de interiorización que Ana María Shua
admite cuando afirma: “Porque la autocensura no es más que el terror.”
En ese sentido la novela de Shua consiste en la transposición literaria
de una realidad que se evoca mediante la alegoría y el símbolo para llevar
a cabo su reconstrucción y su crítica. En “Política, ideología y figuración
literaria,” Beatriz Sarlo busca, dentro de la literatura escrita durante
la dictadura militar, “trazar algunas líneas descriptivas y de interpretación
frente a un corpus heterogéneo” (30). Ve, en primer lugar, una crítica
del presente (aunque la narración está situada en el pasado) al que
se figura mediante recursos que operan por desplazamiento (el uso de la
elipsis, la alusión y la alegoría). En el caso de Soy paciente
se postula una realidad absurda al interior de un espacio cerrado, el
hospital, donde un protagonista (cuyo nombre desconocemos) es objeto de
innumerables agresiones ante las cuales se rebela al principio para irlas
luego aceptando en un proceso de resignación gradual:
La libretita donde anotaba mis Motivos de Queja no la puedo encontrar.
Empecé a buscarla para anotar una lauchita gris que se asomó el otro día
a mi pieza. Las ratas no me asustan por mí sino por las palomas. A la
libretita la tenía debajo de la almohada: la debe haber confiscado la
enfermera jefe en una de sus visitas de control. No me preocupa: en parte
porque contra ella no decía nada y en parte porque ya no tengo tantas
quejas como al principio.
Después de todo esto es un hospital y cualquiera sabe que los hospitales
son malos, que no hay gasas ni algodón, que a las enfermeras les pagan
poco. Muchas circunstancias que empezaron siendo molestias se van transformando
en costumbre. (75-6)
El protagonista es paciente en un doble sentido: por un lado
es un paciente versus los doctores y todo el personal del hospital; por
otro, es paciente versus un ambiente hostil que no sólo abarca al hospital
sino también al mundo de afuera. Y su paciencia va acompañada de otras
virtudes pasivas: el silencio que pasa de obediencia a auto-imposición;
el ejercicio de cierto humor negro que descubre lo ridículo y grotesco
ocultos en casi todas las situaciones a las que se ve sometido; el uso
de un raciocinio exagerado de causas menores y la observación de hechos
nimios que invierten su sentido cumpliendo así un papel fuertemente subversivo.
O sea que la paciencia, con todas sus variantes, termina siendo una estrategia
de resistencia. Más aún: la paciencia se convierte en una empresa a perfeccionar
día tras día. Constituye una ética que comporta una ascesis y una desposesión,
a la vez voluntaria e impuesta.
Hay que recordar aquí que una de las premisas que justificaban el
accionar del gobierno militar—después de 1976—era la concepción de un
país enfermo que debía ser curado. Enfermedad del cuerpo y del espíritu
que debían ser erradicadas mediante la restauración del orden en esa “cruzada”
regida por Dios, la patria y la familia. Basado en esa convicción, el
cuerpo social fue sometido a todo tipo de vejaciones: represión, censura
y autocensura, prisión, tortura, muerte. En una entrevista, aparecida
en La Opinión en 1981, dice Shua: “Los escritores que escriben
sobre el país, no están en el país. Los escritores que estamos en el país,
recurrimos a técnicas metafóricas. [. . .] Somos los reyes del eufemismo.
Nuestro lenguaje y nuestro humor están hechos de alusiones” (4).
Simbólicamente la novela enuncia la consideración de toda disidencia
como enfermedad y el silencio y la aceptación como única salida; el empobrecimiento
físico y moral mediante sutiles formas de tortura; la prohibición de toda
posible lucha solidaria mediante el uso de la sospecha, el castigo y hasta
el privilegio; la sustitución de reinvidicaciones importantes por preocupaciones
inmediatas (los sueldos bajos), o triviales (el campeonato de truco, por
ejemplo, que podría equipararse en el plano real con el Mundial de Futbol
o con la banalización de la Guerra de las Malvinas). Cuando el protagonista,
sometido a cirugía por error, se enfrenta con su médico, se desarrolla
el siguiente diálogo:
—Pégueme—fue lo primero que me dijo el doctor Goldfarb—. Pégueme que
me lo merezco.
En ese momento yo no tenía fuerzas para obedecerlo, pero me prometí
pegarle apenas me encontrase más repuesto.
—No sabe el bien que me va a hacer: me siento tan pero tan culpable.
Lo confundieron con un paciente de otra habitación. Si yo hubiera estado
presente, ese error no se hubiera cometido.
Y como para demostrarme que la operación no había tenido nada que
ver con mi intento de fuga, me firmó inmediatamente el formulario en el
que solicito el pase de salida, es decir, la Tarjetita Rosa. (70)
En una palabra, lo que subyace a todo el texto es la subversión como
enfermedad, merecedora de cuidados pero, sobre todo, de una extirpación
radical, de cirugía. La enfermedad, también la locura, son los rótulos
asignados a la disensión, la anomalía, la contravención y la subversión.
Recordemos, al respecto, el mote de “locas” asignado a las madres de la
Plaza de Mayo. En “La Argentina durante el proceso: las múltiples resistencias
de la cultura,” Francine Masiello anota la relación entre cuerpo, censura
y resistencia: “la escritura de oposición [. . .] devuelve al cuerpo al
centro del discurso de manera que puede hablar la verdad sobre su propia
opresión. Mostrando los abusos notorios a que ha sido sometido, el cuerpo
expone pues las estrategias del régimen y obtiene una nueva identidad
como combatiente” (26).
Decíamos que en Soy paciente el protagonista, internado
en un hospital para hacerse una serie de exámenes médicos, es operado
sin necesidad y por equivocación como el primer paso de una serie de agresiones
físicas y espirituales que culminan con su reducción total. Evoluciona,
entonces, de un estado inicial de confianza en sí y en sus derechos (lleva
consigo la ya mencionada libretita en la que comienza anotando prolijamente
sus quejas) a la aceptación resignada de un estado de cosas contra el
que no se puede rebelar. El ausente doctor Tracer evocado—al estilo del
Godot de Beckett— por el protagonista (“Doctor Tracer, ¿por qué
me has abandonado?”, 119) provoca en el enfermo una exclamación que se
repetirá casi textual en otra narración, en este caso, la película “Hombre
mirando el sudeste” (1987) de Eliseo Subiela, también centrada en la metáfora
hospitalaria.
En Crítica y ficción, Ricardo Piglia se refiere al relato “médico”
que circula durante la época de la dictadura:
el país estaba enfermo, un virus lo había corrompido, era necesario
realizar una intervención drástica. El Estado militar se autodefinía como
el único cirujano capaz de operar, sin postergaciones y sin demagogia.
Para sobrevivir, la sociedad tenía que soportar esa cirugía mayor. Algunas
zonas debían ser operadas sin anestesia. Ese era el núcleo del relato:
país desahuciado y un equipo de médicos dispuestos a todo para lavarle
la vida. En verdad, ese relato venía a encubrir una realidad criminal,
de cuerpos mutilados y operaciones sangrientas. (180)
Por su parte Frank Graziano analiza, en Divine Violence
la concepción del cuerpo enfermo del país, desde un punto de vista psico-sexual
vinculado con la cristiandad y el espectáculo de rituales primitivos,
durante la Guerra Sucia.
En la novela de Shua, el hospital (como microcosmos de un país enfermo)
aloja el desorden, los abusos, la tortura, la violación de los derechos
civiles, la censura, el descontento económico e incluso el uso de las
mismas fórmulas acuñadas por los militares para implantar la sospecha
y reforzar la culpa. Cuando el protagonista le cuenta a su amigo Ricardo
que ha sido operado por equivocación, éste dictamina: “Los cirujanos son
todos unos sádicos, pero si te operaron por algo será” (74, mi
énfasis). En el prólogo del ya mencionado Nunca más se lee:
En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección,
el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiese caer
en aquella infinita caza de brujas, apoderándose de unos el miedo sobrecogedor
y de otros una tendencia consciente o inconsciente a justificar el horror:
“Por algo será”, se murmuraba en voz baja, como queriendo así propiciar
a los terribles e inescrutables dioses, mirando como apestados a los hijos
o padres del desaparecido. (9, mi énfasis)
En el texto de Shua, el paciente—a diferencia de Alicia, la protagonista
de la película “La historia oficial” (1985)—sufre un proceso de conocimiento
que no lo libera sino que, por el contrario, lo somete a una total pasividad.
Pese al uso frecuente del humor que a menudo da paso al grotesco, el absurdo
y la caricatura, la novela de Shua presenta una visión sin esperanza del
individuo en una situación que lo supera, y que concuerda con el estado
de ánimo de los escritores que se quedaron en el país en ese período.
En el reportaje con Rhonda Buchanan así lo expresa la autora: “No sufrí
como escritora los años de la Dictadura, sino como persona: los sufrí
por la muerte de tanta gente cercana que conocía, tantas personas que
todavía, a veces, vuelven en mis sueños” (296).

