21 de Octubre de 2017
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INTERAMER
Número: 67
Año: 1999
Autor: Eloísa Trellez Solís y Gustavo Wilches Chaux
Título: Educación para un futuro sostenible en América Latina y el Caribe

Indicadores subjetivos de calidad de vida

Existen indicadores que sin duda alguna dan una idea más o menos acertada sobre las condiciones en que se desenvuelve la vida de una comunidad específica. Entre estos indicadores están el acceso a servicios públicos esenciales (agua potable, servicio de alcantarillado, recolección y tratamiento de desechos sólidos, etc.), los medios de comunicación (teléfonos, vías), los materiales de construcción para viviendas, las oportunidades educativas y la cantidad de médicos o de camas hospitalarias per capita. Otros indicadores de la calidad de vida son los índices de desnutrición y mortalidad infantil, a partir de los cuales es posible conocer las condiciones básicas de existencia de quienes habitan una región determinada.

Sin embargo existen otros indicadores que podríamos llamar “indicadores subjetivos de calidad de vida”, los cuales están relacionados con los modelos de “éxito” que predominan en una determinada cultura. Particularmente en los contextos urbanos de nuestros países, estos modelos de éxito están íntimamente ligados con la capacidad de consumo de bienes materiales, de energía y de servicios. En América Latina la mayoría de estos modelos no surgen de procesos propios de evolución cultural, sino el resultado de la importación de modelos y estilos de desarrollo. Especialmente la televisión y el cine transmiten símbolos externos del poder y del éxito del mundo industrializado, los cuales son adoptados sin beneficio de inventario. Mientras algunos de los sectores sociales en Latino América y el Caribe carecen de casi todo cuanto resulta esencial para la supervivencia cotidiana, otros sectores persiguen, a cualquier precio personal, social o ambiental, niveles de consumo propios de las élites más privilegiadas en países desarrollados.

Irónicamente en el desarrollado Norte estas mismas élites se preocupan cada vez más a cerca de las consecuencias sociales negativas derivadas de modelos de éxito fundamentados en el consumo. Ellas lamentan la aparente disminución en la importancia de los “valores tradicionales”, lo cual se traduce en la disminución de la tolerancia, del autosacrificio, la cooperación, la compasión, la responsabilidad, la amistad, la valentía, la perseverancia y la fé.11 En otras palabras, los frutos de la competencia y el consumismo están generando un descontento creciente, a la par con una cada vez mayor desilusión acerca de la sostenibilidad de una vida social basada predominantemente en tales prioridades de adquisición.

La Agenda 21 llama la atención sobre la urgente necesidad de que especialmente en los países del Norte se adopten modalidades de “consumo sostenible”. Al menos teóricamente, la Declaración de Jefes de Estado y de Gobierno resultante de la cumbre de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, manifiesta consenso en lo que este documento denomina “responsabilidad común pero diferenciada”. Este término se refiere al compromiso de los países más desarrollados para disminuir sus índices de contaminación y degradación ambiental, al tiempo que insiste en que
un empeño especial debe destinarse a los grupos que tradicionalmente han quedado al margen de los beneficios del crecimiento económico y del desarrollo humano, como las poblaciones indígenas, las comunidades minoritarias, y la mujer y el niño pobres.
Los jóvenes y los niños y niñas de hoy y sus descendientes deberán aprender y lograr lo que las generaciones que los hemos antecedido hemos sido incapaces de lograr por ignorancia o estupidez: armonizar la satisfacción individual con la colectiva, los intereses del corto plazo con la sostenibilidad en el largo plazo, el bienestar personal con la sanidad de la tierra. Lo anterior requiere que desarrollemos nuevos “indicadores subjetivos”, que nos permitan medir y percibir el éxito no en términos de acumulación material sino con base en criterios más humanos y complejos.

Retos para el futuro
  • Proveer a las futuras generaciones de los instrumentos necesarios para que les sea posible mirar con ojos críticos el mundo que heredan.
  • Consolidar estrategias de educación en etapas tempranas, tanto desde aproximaciones formales como informales, que promuevan la formulación de criterios de evaluación relevantes, posibilitando a las generaciones futuras encontrar vías propias en la búsqueda de un mundo más sostenible.
  • Desarrollar orientaciones educacionales que preparen para un mundo global, en el cual podamos medir el éxito en una base local en términos de nuestras propias necesidades y nuestros propios satisfactores.12