16 de Enero de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 66
Año: 1999
Autor: Christopher R. Thomas
Título: Medio Siglo de la Organización de los Estados Americanos: Panorama de un compromiso regional

colectivos de administración no son una novedad ni son originales en los emprendimientos regionales. Ambos mecanismos ya han sido utilizados en la búsqueda de respuestas regionales al desarrollo. La concentración y la dinámica de las necesidades actuales, sin embargo, podrían hacer hoy que estos mecanismos resulten oportunos y funcionales, en especial respecto de la orientación multipartita sostenida en la Declaración de Santiago. Los dos mecanismos, establecidos tras la primera Cumbre  —el Grupo de Revisión de la Implementación de Cumbres (GRIC) y la Comisión Especial de Gestión de Cumbres — también fueron reconfirmados en Santiago de Chile. Las reuniones cumbre periódicas y los dos órganos que dan continuación a sus tareas constituirán, por tanto, los instrumentos a través de los cuales esta agenda hemisférica será definida, orientada, revisada y evaluada en cuanto a su implementación por los Estados miembros. En el contexto de la decisión de la cumbre, el GRIC y la Comisión Especial se integrarán en órganos consultivos y asesores hemisféricos de más vasto alcance. Se ha identificado pero aún no se ha definido el papel de la Organización de los Estados Americanos en este proceso.

La agenda de la Cumbre es necesariamente muy general y abarca todo el sistema interamericano. Por consiguiente, no es posible ni práctico que la Organización asuma la totalidad de esa agenda. La Carta de la Organización y las decisiones de las Cumbres son totalmente compatibles en sus objetivos de cooperación y desarrollo regionales. Todos los temas identificados por la Cumbre han sido ya abordados en el contexto hemisférico. La amplitud de la cobertura y su orientación política plantean, por tanto, cinco cuestiones a los Estados miembros de la OEA:
  • ¿A través de qué foro regional se puede integrar e implementar constructivamente esta agenda?
  • ¿Dónde se ubica la OEA, como foro político regional central, en la promoción, consecución e implementación de esta agenda hemisférica, y con qué recursos adicionales?
  • ¿Cuál será el carácter de esta agenda en el contexto del papel regional actual de la Organización?
  • ¿Qué repercusiones tiene esta agenda política más amplia en el desarrollo regional práctico, específicamente en relación con los programas y proyectos de cooperación técnica?
  • ¿Cómo podría la Organización gestionar su agenda específica y ser un protagonista funcional en la implementación de la agenda más amplia de la Cumbre?
Desde el punto de vista administrativo, las respuestas a las cuestiones de política señaladas sólo pueden emprenderse a través de mecanismos de interacción. Uno sería concentrarse en un número seleccionado de puntos del temario de la Cumbre, de prioridad regional, en conjunción con organizaciones del sistema interamericano, si ello pudiera determinarse. En el caso de la Cumbre de Santiago de Chile, se identificó el tema prioritario de la educación, aunque el plan de acción definitivo abarcaba una gama de prioridades más amplia. El mérito de este enfoque dudoso es que facilitaría en lo inmediato la gestión del proceso. Sin embargo, podría inhibir el impulso básico de desarrollo en momentos en que el espíritu regional se inclina por el reconocimiento de la interconectividad de la función de desarrollo y la reconocida necesidad de una acción integral. Otro mecanismo sería la elaboración de una doble administración constructiva que mantendría la identificación de dos o más agendas. A este respecto, en el contexto de los objetivos de la Carta, la Organización serviría para incorporar las decisiones de la Cumbre, según corresponda, dentro de sus mandatos, a las prioridades de política y a la identificación y elaboración de programas de acción. Estos programas de acción se formularían en colaboración con otras organizaciones regionales, con órganos no gubernamentales, con la sociedad civil y con otros protagonistas sociales interesados. Los resultados de este proceso informarían las consideraciones del Grupo de Revisión de la Implementación de Cumbres y de la Comisión de Gestión de Cumbres, que, en realidad, podrían consolidarse en un solo órgano. En los casos en que los resultados del proceso de la Cumbre incidan en los programas de la Organización ya en curso, podrían aquéllos ser reexaminados para su incorporación por la Asamblea General y rediseñados para consolidarlos con los programas existentes o para formar la base de nuevos programas, conforme lo determinara la nueva Comisión de Revisión de la Implementación y Gestión de Cumbres. Existe una ventaja en el mantenimiento de esta función administrativa doble de la agenda hemisférica, puesto que cuando el ímpetu de la Cumbre haya servido su causa regional, la constante que permanecerá será la Organización.

El mantenimiento de la constancia de la Organización es vital para sus miembros. La identidad regional que ha establecido la Organización a lo largo de medio siglo constituye una lección humana en crecimiento, desarrollo y madurez. También constituye una experiencia social cuya perspectiva es regional y subregional. Éste es un logro singular tan importante como el que comporta haber alcanzado una cultura democrática. Esa experiencia ha dado lugar a una conciencia acerca de las particularidades de los Estados miembros individuales y de los grupos de Estados miembros. Ello abarca y comprende todo el espectro de los Estados insulares, las naciones subregionales y subcontinentales y los emprendimientos totalizadores afines. En las circunstancias actuales, la Organización se encuentra, por tanto, histórica y psicológicamente, en una posición nunca alcanzada para la construcción de una acción integrada coherente. Ahora debe consolidar plenamente su identidad regional. Éste es el desafío fundamental de sus miembros, en momentos en que traza su derrotero futuro.

La fuerza de toda empresa está en función de sus partes. A esta altura de la evolución de la Organización, el mecanismo de las cumbres es vital para su rumbo futuro. A su vez, para la función de las cumbres, es también fundamental el mantenimiento de una agenda de la Organización negociada en forma continua. Por lo tanto, el proceso de las cumbres debe servir a la causa de una agenda estructurada en el contexto global de la cooperación y el desarrollo hemisféricos.

En los últimos cincuenta años, la Organización de los Estados Americanos se ha transformado en el órgano continental preeminente merced a su constante accionar en pro de un consenso hemisférico en todas las áreas vitales para la seguridad, la paz y el desarrollo integral de la región. El nuevo siglo planteará nuevos desafíos. También anuncia nuevas oportunidades para responder a la evolución del contexto político del Hemisferio.

La Organización vio la luz cuando acababan las dos guerras mundiales y en el contexto de su secuela de conflictos y tiranteces que marcaron medio siglo en las relaciones internacionales. Actualmente, en el contexto de la disipación de las hostilidades militares, pero de amenazas más sutilmente peligrosas para el futuro bienestar de la humanidad, casi todas las esferas de la colaboración regional e internacional han asumido importancia política. Los albores del nuevo siglo ofrecen por distintas vías una ocasión singular para marcar el ritmo y trazar el rumbo de lo que vendrá. En sus condiciones y en sus circunstancias, toda nuestra región comparte una perspectiva común. Por lo tanto, el siglo XXI no puede plantear al liderazgo de nuestra Organización sino una meta: traducir su proyección en la realización del potencial de los pueblos de la región a través de la sinergia de las acciones y la determinación de todos los protagonistas sociales. A este respecto, la construcción de una cooperación solidaria funcional para el desarrollo y la prosperidad se transforma en una función legítima de una organización regional y dinámica.

En la Declaración de Santiago, que emanó de la Segunda Cumbre de las Américas, celebrada en Chile en 1998, los Jefes de Estado y de Gobierno del Hemisferio propugnaron el fortalecimiento y la modernización de la Organización de los Estados Americanos y de las demás instituciones regionales, en razón del papel cada vez más importante que deben asumir frente a esta amplia agemda del diálogo y la cooperación hemisféricos. Ésta es, en esencia, una agenda política. La vigencia de la OEA en el siglo XXI estará en función de cómo integre la dimensión política en los instrumentos de cooperación ya definidos. El eje de esa vigencia debe ser la consolidación, el pleno afianzamiento y la constante vigilancia de la cultura política en todo el Hemisferio.