19 de Julio de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 66
Año: 1999
Autor: Christopher R. Thomas
Título: Medio Siglo de la Organización de los Estados Americanos: Panorama de un compromiso regional

II. La Nueva Visión

Cincuenta años de interacción han determinado el crecimiento y la madurez de los miembros integrantes de la Organización. La conciencia regional, impulsada por la acción conjunta de los Estados miembros, ha fortalecido la agenda regional y ha generado un impulso para una acción hemisférica concertada a través de la formulación de una nueva visión de la Organización. Esta nueva visión encuentra su expresión en la Declaración de Montrouis, aprobada por los Estados miembros en Haití, en 1995, en el curso del vigésimo quinto período ordinario de sesiones de la Asamblea General de la Organización.

La Declaración de Montrouis da el tono y establece el contexto para la orientación conceptual y práctica de la Organización en su acción en el siglo XXI. En congruencia con decisiones anteriores de la Organización, la Declaración de Montrouis impulsó la centralización de la cuestión del desarrollo y estableció parámetros de acción regional conforme a los cuales se podrá impulsar la consecución de algunos aspectos de ese objetivo general. Entre ellos, el desarrollo sostenible, la promoción de las comunicaciones y la información, el combate contra la corrupción pública y privada, la intensificación de la cooperación entre los Estados miembros, el combate contra las drogas, la condena de toda forma de terrorismo, el fomento de la cooperación hemisférica respecto de la conservación del medio ambiente, la participación plena de la mujer en el desarrollo de la región, la participación de los jóvenes en el adelanto socioeconómico, el diseño equitativo de un acuerdo de libre comercio, el fomento de la cooperación y la complementariedad con otros órganos, organismos y entidades del sistema interamericano, la garantía de la máxima objetividad, eficacia y eficiencia en el programa de becas y capacitación, la institución de medidas adecuadas de fomento de la confianza, entre los Estados y dentro de ellos, para abordar las preocupaciones de seguridad de los Estados de la región y, en particular, de los Estados más pequeños de la región, la protección de los derechos de los pueblos indígenas, el fomento de los derechos humanos, la promoción efectiva de la cooperación técnica y el vehemente repudio al tráfico ilícito de armas.

En relación con la cuestión global del desarrollo integral, los Estados miembros, por la vía de la Declaración de Montrouis, asumieron el siguiente compromiso:
Su compromiso con la plena ejecución de las resoluciones adoptadas por el vigésimo período extraordinario de sesiones de la Asamblea General para hacer efectiva la cooperación solidaria para el desarrollo y en particular para apoyar la lucha contra la pobreza extrema que afecta a gran parte de la población del Hemisferio, observando la necesidad de establecer un amplio diálogo sobre cooperación financiera bilateral y multilateral, inversión y deuda, expansión y apertura del comercio interregional, y cooperación técnica, científica y tecnológica.1
Posteriores declaraciones y conferencias de la Asamblea de la Organización se han concentrado en estas prioridades de la Declaración de Montrouis y las han ampliado. La implementación de estas prioridades ya ha comenzado. Quizá, el hecho más reciente en este sentido sea la Convención contra la Producción y el Tráfico Ilícitos de Armas de Fuego, Municiones, Explosivos y Otros Materiales Relacionados, que la Organización suscribió en 1997. Esta Convención, elaborada y negociada bajo el liderazgo de México, constituye un importante aporte social y político en relación con las preocupaciones globales de seguridad del Hemisferio por la paz, el desarrollo y el progreso económico.

La elaboración inicial de una nueva visión para la Organización fue primero introducida por el Secretario General Gaviria a fines de 1994. Precedió, en algunos aspectos, a un hecho político significativo de la región: la celebración de la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno, en Miami, en diciembre de 1994. La Nueva Visión y la Cumbre de Miami son hitos en la evolución de la agenda de desarrollo hemisférico. Como se señaló, la primera reunión de Jefes de Estado fue convocada en la Ciudad de Panamá, en 1956. Se atribuye a esa reunión la consolidación de la institucionalización de la cooperación técnica y el correspondiente programa de becas que fuera incorporado a las actividades de la Organización a comienzos de los años cincuenta. El espíritu de Panamá también se señala como responsable de la posterior creación del Banco Interamericano de Desarrollo, en 1960. La segunda reunión de Jefes de Estado fue convocada en Punta del Este, Uruguay, en 1967. En esa ocasión, los Jefes de Estado emitieron la Declaración de los Presidentes de América. Esa Declaración puso de relieve el objetivo de la integración económica de la región a través de la consolidación de los grupos subregionales de la época. La mayor parte de los Estados miembros de la CARICOM no eran entonces miembros de la Organización. La Cumbre de Miami también puso de relieve el objetivo de la integración económica del Hemisferio, primordialmente a través del vehículo de una empresa de libre comercio continental.

Los temas de Panamá y, más aún, los de Punta del Este, Miami y Montrouis no son incompatibles ni dispares. En realidad, en esencia se refuerzan mutuamente: Panamá introdujo las cuestiones de la cooperación técnica y de las becas como agentes del desarrollo socioeconómico nacional y regional. Punta del Este estableció un amplio objetivo regional para el desarrollo hemisférico a través de la integración económica incremental de la región; Miami elaboró un plan de acción esencialmente destinado a ese amplio objetivo, y Montrouis prescribió los parámetros de acción a través de los cuales se impulsaría la consecución de ese mismo objetivo. Desde esta perspectiva, podría identificarse un primer empeño orientado a la acción en 1956 (Panamá) que se desenvolvió en 1967 (Uruguay) y que evolucionó a través de la historia de los emprendimientos socioeconómicos regionales generados por la interacción de los Estados miembros, como se señaló antes, ya en los años noventa. Ese empeño regional parecería haber fraguado a través de las decisiones políticas colectivas en circunstancias cambiantes, en Managua (1993) y México (1994) para dar finalmente sus frutos en diciembre de 1994, a través del Plan de Acción de Miami, elaborado por los Jefes de Estado y de Gobierno. El carácter telescópico que adquiere esta cuestión en 1994 ofrece una lección histórica: que las organizaciones, como los organismos vivos, atraviesan períodos de crecimiento y evolución y que esos procesos están condicionados e informados por una interacción progresiva.

La transición de la determinación de los Estados miembros en pro de la integración regional ha evolucionado ahora decisivamente, transformándose en un compromiso. El Plan de Acción de Miami (1994) y la Declaración de Montrouis (1995) han generado un impulso para ese compromiso regional que se ha sostenido luego en la Declaración de Santiago (1998). Además, una cultura democrática fortalecida ofrece la oportunidad para dar concreción a ese compromiso. La presencia de los Estados anglófonos del Caribe como miembros de la Organización plantea también una coyuntura oportuna. Por lo tanto, parecería existir una convergencia de circunstancias para que la Organización dé con sus miembros ese enorme salto a la era de la globalización. Las condiciones también son adecuadas puesto que la Organización se encuentra en los últimos años del siglo XX con una agenda hemisférica amplísima, que goza del respaldo consensual de sus miembros y del acuerdo regional en general. Como lo señaló acertadamente el Secretario General Gaviria:
Todas las naciones del Hemisferio trabajan de consuno para enfrentar este gran desafío que tenemos por delante. El enfrentamiento y la desconfianza mutua han sido sustituidos por el diálogo y los intereses comunes.2
La adaptación de la estructura y los mecanismos de la Organización y la configuración y reconfiguración de su agenda deben ser, pues, requisitos previos fundamentales para una acción regional concluyente. A este respecto, una dirección política integrada, la creación de vínculos orgánicos eficaces y la extensión estructural serán requisitos esenciales en la creación de las condiciones óptimas para alcanzar la meta de la integración regional. La pertinencia de estas cuestiones queda claramente de relieve en el punto 35 de la Declaración de Montrouis, que establece lo siguiente:
La necesidad de fortalecer la Organización y adecuar su funcionamiento interno para que pueda cumplir con las responsabilidades que se le han asignado. En tal sentido, [los Estados miembros] solicitan al Consejo Permanente y al Secretario General que, dentro del ámbito de sus respectivas competencias y de manera coordinada, realicen las reformas que fueran necesarias para asegurar eficacia, eficiencia y transparencia en el funcionamiento interno de la Secretaría General, promoviendo una mayor colaboración y complementariedad con los otros órganos, organismos e instituciones del sistema interamericano. Asimismo, instruyen al Secretario General para que asegure el apoyo técnico y los recursos que requieran los consejos, el Comité Jurídico Interamericano y sus órganos subsidiarios.3