October 23, 2017
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Collection: INTERAMER
Number: 62
Year: 1997
Author: Emilio Carilla
Title: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

PRÓLOGO

PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA:
UNA LECCIÓN DE AMERICANISMO.
A CINCUENTA AÑOS DE SU MUERTE

Pocas figuras intelectuales latinoamericanas han tenido la proyección continental de Pedro Henríquez Ureña. Don Pedro nunca dejó de sentirse dominicano, pero Santo Domingo debe tener por honor el que uno de sus hijos más preclaros sea patrimonio de toda la América hispánica.

Además de reiteradas estadías de estudio o residencia en Estados Unidos, Cuba y España, Henríquez Ureña vivió dos largas y significativas jornadas en México como participante activo de la vida cultural y educativa, y residió los últimos veinte años de su vida en Argentina, donde enseñó abnegadamente y recogió el respeto de los mejores intelectuales de ese país.

Pero Pedro Henríquez Ureña no fue un hispanoamericano cabal solamente por motivos de “americanería andante”, como diría Alfonso Reyes. Lo fue por razones más esenciales, especialmente por la forma espontánea y sin distingos de vivir con igual naturalidad todo lo hispanoamericano, no importa de dónde procediera. Sus páginas revelan verdadera ubicuidad vivencial, la facultad de sentir con la misma naturalidad cualquiera de nuestras manifestaciones culturales, trátese de Rubén Darío o de Sor Juana, de Hostos o de Rodó, del barroco mexicano o del pensamiento en el Rio de la Plata. El maestro dominicano parecía heredero de aquellos hispanoamericanos de la primera época de la Independencia, que sólo hablaban de “América”, que se sentían “americanos” antes que de cualquiera de nuestras tierras en particular.

El suyo fue también un americanismo abierto, intenso pero no provinciano, genuino pero sin ilusión de autosuficiencia cultural. Fue, en primer lugar, justo con España. Ante todo, mediante el estudio; y también por el juicio histórico. Y no por eso ignoró las fuentes autóctonas, desplazadas, pero no totalmente eliminadas, por la conquista. Así, escribió: “Nuestra vida espiritual tiene derecho a sus dos fuentes, la española y la indígena...”. La personalidad cultural hispanoamericana la vio como la suma orgánica de varias cosas: completos trasplantes externos; supervivencias de las raíces étnicas originarias; préstamos europeos que luego se hicieron material propio por adaptación a la circunstancia americana; y creaciones originales del mundo americano. Un fenómeno complejo, como lo es siempre la cultura y la vida en que ella se basa. Ningún simplismo fácil, ni teórico ni ideológico.

Por España nos insertamos en la cultura occidental: “Pertenecemos a la Romania, la familia románica que constituye todavía una comunidad, una unidad de cultura, descendiente de la que Roma organizó bajo su potestad”. Y más atrás sentía a Grecia, uno de sus grandes amores juveniles, compartido con sus compañeros del Ateneo de la Juventud de México.

Por todo ello nos enseñó que nuestra originalidad no se funda en la negación de la cultura occidental, sino en su asunción crítica. Hemos hecho por mucho tiempo de la cultura occidental el paradigma y la medida del valor, al punto casi de ignorar lo propio y de sentirnos inferiores. Descubierto el exagerado eurocentrismo de esa posición hemos pasado a denunciarla como cultura de la dominación. Más allá de exageraciones y de verdades parciales (inclusive más allá de la realidad de la dominación), quizás convenga verla sin más como cultura, para examinar qué de ella es también nuestro, parte de nuestra imagen. Esto no impide reconocer otros componentes en el retrato, y sobre todo no impide la independencia de criterio para proseguir en la búsqueda y en la creación de nuestro verdadero ser. “Herencia no es hurto”, escribió el maestro dominicano. Tampoco señal de inferioridad.

Y también en esa búsqueda fue maestro Pedro Henríquez Ureña, al señalarnos un camino válido para llevarla a cabo. La senda que nos indicó es la del trabajo duro y disciplinado, y la exigencia con nosotros mismos. La personalidad propia, vino a decirnos, no es un problema de color local sino de calidad —la misma que asombra en su obra.

Lo resumió en aquella ajustada y rica expresión suya: “El ansia de perfección es la única norma”. “La expresión genuina a que aspiramos —escribió— no nos la dará ninguna fórmula, ni siquiera la del ‘asunto americano’: el único camino que a ella nos llevará es el que siguieron nuestros pocos escritores fuertes, el camino de perfección, el empeño de dejar atrás la literatura de aficionados vanidosos, la perezosa facilidad, la ignorante improvisación, y alcanzar claridad y firmeza, hasta que el espíritu se revele en nuestras creaciones acrisolado, puro”. Basta trasladar esta afirmación del terreno de la literatura al de la cultura en su totalidad para tener el método y la esencia de un programa que vale para cualquier tiempo.

Una actitud que destaca el esfuerzo, la disciplina y la persistencia, un voluntarismo de la perfección, que en Henriquez Ureña no se limitaba al plano intelectual por la importancia que daba al “deber de justicia”, puede también contribuir a superar una tradición latinoamericana de subordinación histórica —desde la plena colonia hasta la condición periférica— que pesa negativamente sobre el ánimo de la región. El haber adquirido conciencia de esa tradición ha llevado, naturalmente, a señalar las causas externas que la provocaron. Se ha desarrollado así una abundante literatura que destaca los aspectos negativos de la posición que históricamente hemos ocupado en el mundo, y cuyas exclusivas categorías referenciales son el colonialismo, el genocidio, la opresión, la dependencia. Todo cierto, pero no suficiente. Que fuimos dominados y subordinados ya lo sabemos. La denuncia, con toda justificación, ha resonado en el ámbito americano desde el grito de Fray Antón de Montesinos en La Española (“¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales?”) hasta la dramática exhibición de nuestras venas abiertas. Hasta aqui, justo y cumplido. Lo que corresponde ahora es salir de la noria de la queja. No porque la crítica no esté justificada, no porque algunos de los que la ejercitan no abriguen también un sueño constructor más allá de ella, sino porque la repetición casi mecánica del tema permite sospechar que, para otros muchos, la crítica tenga más de afición y de estado permanente que de trampolín para el gran salto; además de que la insistencia unilateral en la culpa ajena pueda no ser el mejor disparador de la fuerza propia o se preste para disculpar nuestras fallas.

Sin dejar de asumir el pasado, mejor camino pareciera ser el de introducir un cambio de énfasis: poner toda la energía en seguir ejemplos —la esencia del ejemplo, claro está— como el de Pedro Henríquez Ureña, maestro de utopía, y sublimar en contenidos positivos y en alta creación cualquier negatividad de nuestro pasado. Ningún pueblo ni región del mundo ha tenido una historia idílica. Ninguno recibió de nadie, en donación graciosa, su futuro. Salieron de su limitado presente con su esfuerzo y como pudieron, en uno o cien intentos. No somos excepción a esa norma. Y la eterna inculpación de los obstáculos, sin el diseño de una alternativa viable, real y realista, no nos hará avanzar un solo paso.

Tal vez eso es lo que quiso decir Henríquez Ureña cuando, en uno de sus más bellos trabajos, “Patria de la justicia”, culmina la expresión de su intención utópica con estas palabras: “Amigos mios, a trabajar”. Tal vez también en eso consista su mejor lección de americanismo.

Juan Carlos Torchia Estrada