20 de Septiembre de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 62
Año: 1997
Autor: Emilio Carilla
Título: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

NOTAS

1. Cf. Pedro Henríquez Ureña, “El teatro en la América española en la época colonial”, INET, Cuadernos de cultura teatral 3 (Buenos Aires, 1936).

2. Alguna vez le planteé (en sus últimos años, y época de mi mayor frecuentación a Don Pedro) la necesidad de ampliar sus estudios sobre el mexicanismo de Alarcón, pero no encontré en él una respuesta firme.

3. Cf. Antonio Alatorre, Para la historia de un problema: La mexicanidad de Ruiz de Alarcón (1956); ver la versión final en James A. Parr. Critical Essais on the Life and Works of Juan Ruiz de Alarcón (Madrid, 1972) 11-43 y 263-276.

4. Cf. Alfonso Reyes (Teatro, ed. Ruiz de Alarcón (ed. de Madrid, 1948) XXXIX-XLIII; Id., Diario (México, 1969) 225 y 263, etc.); José Juan Arrom, Esquema generacional de las letras hispanoamericanas (Bogotá, 1963) 56-60; Charles V. Aubrun, La comedia española (1600-1680), trad. J. Lago Alonso (Madrid, 1968) 135.

5. Me parece oportuno detenerme en el minucioso estudio de Antonio Alatorre, citado precedentemente.

Son elementos positivos del artículo el deseo de recoger todos (o casi todos) los testimonios vinculados al problema. Algunos se le escapan si bien reconocemos que el material es abundante. En esta dirección, debemos también considerar el respeto con que trata a Pedro Henríquez Ureña, a pesar de no coincidir con su tesis.

Valoramos igualmente como positivas sus objeciones a ciertos enfoques sobre Alarcón, enfoques apoyados sólo en muy débiles conjeturas. Claro que la tesis de Pedro Henríquez Ureña, aun con sus defectos, es otra cosa. Y Alatorre piensa lo mismo.

El crítico mexicano repara, como tantos otros, en la insuficiencia del estudio de don Pedro. Por supuesto, hay distintas maneras de subrayar esta insuficiencia. Además, si bien es asunto harto complejo el planteo de “rasgos nacionales” (y esto como paso previo), no me parece que sea gratuito. Una cosa es reconocer dificultades, y otra, distinta, negarle posibilidad individualizadora. Sobre todo, en la forma no exclusiva en que lo pretendía Pedro Henríquez Ureña. (Y conste que subrayo, de nuevo limitaciones en el ahondamiento de su tesis).

Menos convincente me parece Alatorre al considerar “brillantes”, como oposición, razonamientos de Casalduero (destinados, es adivinable, a negar el posible “mexicanismo”) y que, en parte, le sirven de apoyo. También, al dictaminar que se trata de un “falso problema” y al declarar clausurada la polémica.

Resumiendo: considero útil el artículo de Alatorre por el replanteo detallado del problema y por aciertos parciales de crítica. No lo podemos condenar (es obvio) porque tome partido, y aunque su estudio se titule Para la historia de un problema... En cambio, me parece cuestionable su pretensión de cerrar, olímpicamente, la disputa.

En fin, creo más justo, una vez más, declarar insuficiente la tesis de Pedro Henríquez Ureña (por falta de desarrollo, por cuestionables fundamentos, etc.). Pero, de ninguna manera, considerarla abolida y bajar la cortina definitivamente sobre el debate. Esto es lo que opino en este momento de la disputa, y con tanta acumulada bibliografía sobre el tema.

6. En forma paralela, no resulta exagerado admitir también, como tradición popular, la existencia de un “andalucismo” de raza, vinculado a los hispanoamericanos en general. Deducimos esto, valgan los ejemplos, de párrafos de Sarmiento y Groussac. Dice Sarmiento: “En la campaña de Buenos Aires se reconoce todavía el soldado andaluz... (Facundo, cap. 1). Y por su parte Groussac atribuye las “inexactitudes” de Sarmiento y de Vicente F. López a “un achaque de la raza”. Agrega; “El andaluz, como el provenzal —y en grado menor— es inveraz, desinteresado y casi inconscientemente, por simple arrebato artístico o, como se diría en frenología, “instructividad imaginativa” (El viaje intelectual, 2a serie [Buenos Aires, 1920] 8).

7. Antonio de Alcedo, Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occidentales o América, V (Madrid, 1789). El testimonio había sido indicado ya por Max Leopoldo Wagner. Igualmente, recordaba Wagner el juicio ratificador de Salvá, en 1845. (Ver M. L. Wagner, “El español de América y el latín vulgar”, trad. Carlos M. Grünberg, Cuadernos I, 1 [Buenos Aires, 1924] 91-92). Y ya que menciono este estudio de Max L. Wagner, corresponde citar también algunos de sus párrafos definidores:

Se ha creído en América que la base del español a ella trasplantado era el idioma de Andalucía y de Extremadura....Hasta el siglo XVIII, sólo Cádiz y Sevilla ejercieron el monopolio comercial del mercado de las Indias Occidentales. (52 y 53)

Ha habido en América colonizaciones de carácter muy regional, prescindiendo de la inmigración primitiva sur-española y de la posterior formada de gentes de toda España...(79)

8. Rufino J. Cuervo, “El castellano en América”, Bulletin Hispanique (Burdeos, 1901), III): Ver ahora los reparos de Guillermo L. Guitarte, Sobre el andalucismo en América (ed. de Bogotá, 1960) 1-64. Es cierto que Cuervo escribió que “Toda la península dio su contingente a la población de América”, pero, no se ocupó con especial hondura del problema. Más bien, diversos indicios muestran que Cuervo aceptaba a veces la tesis corriente del andalucismo. Lo que ocurrió fue que Pedro Henríquez Ureña dio a la cita fragmentaria de Cuervo mucho de su propia convicción (y eso es lo que subraya con claridad Guitarte).

Ver, en la dirección señalada (es decir, la andalucista), Ramón Menéndez Pidal, Manual de gramática histórica española, 8a ed., Madrid; Américo Castro, “El habla andaluza”, Lengua, enseñanza y literatura (Madrid, 1924) 66; Tomás Navarro, Pronunciación española, 3a ed. (Madrid, 1926), con alternancias; Rodolfo Lenz, “Ensayos filológicos americanos”, Anales de la Universidad de Chile LXXXVII (Santiago de Chile, 1894) 126-128, con alternancias...

9. “La pronunciación, de base española general, ha adquirido caracteres que en parte se asemejan a los del habla andaluza, como sucede en todas las Antillas”. (Pedro Henríquez Ureña, El español en Santo Domingo [Buenos Aires, 1940] 164-167).

10. Conozco diversos juicios de Amado Alonso. Destaco, por su lugar, éste:

Yo tengo en cuenta, sobre todo, que el andalucismo del español de América se debe mantener, dejando de lado los argumentos impresionistas, con el análisis integral del sistema lingüístico (o si se quiere reducir, del fonético) del español americano y del andaluz.

Este análisis yo lo he hecho con todos los elementos a mi alcance (nunca completos sobre todo por la gran variedad regional, tanto del andaluz como de los hispanoamericano), y resulta que la única región donde existe alguna correspondencia plural es la de las Antillas y tierras costeras del Caribe.

Sólo el Caribe coincide con Andalucía en algo más que el seseo y el yeísmo. La base del español americano no es el andaluz del siglo XVI en lo que tenía de disidente del castellano. (A. Alonso, “La base lingüística del español americano”, Estudios lingüísticos. Temas hispanoamericanos [Madrid, 1953] 15-16).

Conviene agregar que, en una nota, Amado Alonso anuncia aportes de su colaborador Peter Boyd-Bowman sobre estadísticas de conquistadores y colonizadores. Finalmente, señala que Pedro Henríquez Ureña alentaba, en sus últimos años, la revisión de su tesis, si bien no nos da mayores detalles (A. Alonso 48-49).

11. Ver Guillermo L. Guitarte, Andalucismo, 19-120. Ver, también, la buena síntesis que del problema nos da Juan M. Lope Blanch en su libro sobre El español de América, Madrid, 1968, págs. 39-50. Precisamente, Lope Blanch apunta que, al publicar M.L. Wagner, en 1949, su libro Lingua e dialetti dell’ America Spagnola, se inclinaba ya hacia la tesis de Pedro Henríquez Ureña. En efecto, esta aseveración es fácil de comprobar (ver M.L. Wagner, pág. 81).

12. Ver Peter Boyd-Bowman, “Regional Origins of the Earliest Colonist of America”, PMLA LXXI (Baltimore, 1956) 1152-1172)

13. Guillermo L. Guitarte, “Cuervo, Henríquez Ureña y la polémica sobre el andalucismo de América”, Vox Romanica XVIII (1958) 363-416; reimpresión, con el título “Sobre el andalucismo en América”, Thesaurus XIV (Bogotá, 1959). Utilizó la separata de esta última: Bogotá, 1960, págs. 1-64.

14. Cf., Rafael Lapesa, Historia de la lengua española (ed. de Madrid, 1959) 350; Id., El andaluz y el español de América (PFLE, II, Madrid, 1964) 173-182; José Pedro Rona, Aspectos metodológicos de la dialectología hispanoamericana (Madrid, 1958) 32; Ramón Menéndez Pidal, “Sevilla frente a Madrid”, Estructuralismo e historia. Homenaje a André Martinet, III (Madrid, 1962) 99-165; De los Lincoln Canfield, “La Pronunciación del español en América”, Orígenes del español americano, (Bogotá, 1962) 65-74; Tomás Navarro, prólogo a la obra de D.L. Canfield, págs. 7-18.

15. En los últimos años han aparecido una serie de estudios vinculados al español de las Islas Canarias y, no menos, al atractivo tema de la repercusión de los canarismos en América (en ocasiones, como vehículo de andalucismos). Claro que la importancia de las Islas Canarias, en este sentido, es sobre todo perceptible en el siglo XVIII: Ver, al respecto, J. Pérez Vidal, “Aportación de Canarias a la población de América”, Anuario de Estudios Canarios I (1955) 91-197; Diego Catalán, “Génesis del español atlántico. Ondas varias a través del Océano”, Simposio de Filología Románica (Río de Janeiro, 1959) 233-242; Manuel Alvar, El español hablado en Tenerife (Madrid, 1959); Manuel Alvarez Nazario, La herencia lingüística de Canarias en Puerto Rico (San Juan de Puerto Rico, 1972); Manuel Alvar, prólogo al libro de M. Alvarez Nazario; Nicolás del Castillo Mathieu, reseña del libro de M. Alvarez Nazario, con especial referencia a los canarismos en Colombia, Thesaurus XXXI (Bogotá, 1976) 573-577.

Cabe agregar que no se ha hecho aún un estudio detallado sobre los canarismos en el Río de la Plata. El trabajo promete visible gratificación.