21 de Junio de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 62
Año: 1997
Autor: Emilio Carilla
Título: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

El mexicanismo de Alarcón

Aunque se trata de algo muy conocido, resulta conveniente sintetizar el pensamiento de Pedro Henríquez Ureña sobre este tópico. Como el propio autor lo recordó, su primer aporte tomó forma de conferencia, en México (publicada en México, 1913, y republicada en La Habana, 1915). Claro que su real difusión la alcanzó al ser reimpresa, sin notas, en los Seis ensayos..., de 1928.1

Pedro Henríquez Ureña reaccionaba en su conferencia contra críticos españoles (Menéndez y Pelayo entre ellos) que consideraban que el origen mexicano de Alarcón no tenía mayores reflejos en su obra. En fin, que pertenecía, en rigor, a las letras españolas del siglo XVII, sin diferencias esenciales con los dramaturgos españoles de su tiempo.

Frente a esta actitud, Pedro Henríquez Ureña procura sentar que el ámbito donde nació Alarcón (donde nació y pasó parte de su vida) no era un simple dato anecdótico y que, por el contrario, Alarcón lleva a las letras españolas rasgos que sólo se explican por su carácter de americano. Fundamentalmente, diferencias sociales y psicológicas, y que destaca como rasgos de mexicanismo: “la cortesía exagerada, distanciadora; el sentimiento discreto, el tono velado, el matiz crepuscular”.

Como ya he dicho, el autor volvió en diferentes ocasiones sobre el tema, pero no amplió mayormente (ni aun ante reparos que se le formularon) su tesis inicial. Mejor dicho: mantuvo la tesis, pero sin darle un desarrollo pormenorizado, acorde con lo revolucionario del intento.2

Desde nuestra perspectiva (y a más de setenta años de la conferencia de México) no resulta difícil, me parece, distinguir las dos derivaciones —en pro y en contra— que determinó el enfoque del maestro dominicano. En el primer caso, es justo mencionar los nombres de Dorothy Schons (en primer lugar), Alfonso Reyes, José Juan Arrom, Charles V. Aubrun... en el segundo, buena parte de los nombres alineados por Antonio Alatorre en su revisión del problema (especialmente, Samoná, Usigli, Abreu Gómez, Fernández Mac Gregor, Casalduero, y el propio Alatorre, claro3...)

Como ramificación positiva, que intenta nuevos fundamentos, debemos considerar, sobre todo, el estudio de Dorothy Schons (the Mexican Background of Alarcón, publicado primero en el Bulletin Hispanique y reproducido en PMLA, Menasha, Wisconsin, 1942, LVII, 89-104). Dorothy Schons procura mostrar que la educación recibida por el dramaturgo en México (de manera especial, de los franciscanos), así como el rigor de la Inquisición en la Colonia, tuvieron influencia en el teatro alarconiano, al que considera español en la superficie y mexicano en su espíritu. Por supuesto, conviene agregar de inmediato que, si Dorothy Schons aspira a dar mejor respaldo a la tesis de Pedro Henríquez Ureña, la verdad es que no aporta elementos decisivos en su favor. Y algo parecido hay que decir, más allá de la simpatía que nos merecen, de las acotaciones (o notas breves) que encontramos en Alfonso Reyes, Arrom y Aubrun.4

Por mi parte, reitero que Pedro Henríquez Ureña enunció una tesis que, por su carácter, hubiera necesitado un desarrollo mucho más detallado y una más pertinente ejemplificación. Eso sí, conviene agregar que si Don Pedro daba importancia al tema (sobre todo en relación a sus ideas vinculadas al “americanismo literario”) no por ello pensaba que la personalidad de Alarcón se agotaba con la sola defensa de su raíz mexicana.5