22 de Julio de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 62
Año: 1997
Autor: Emilio Carilla
Título: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

El andalucismo del español americano

A este problema dedicó también Pedro Henríquez Ureña varios estudios. Fundamentalmente, con el afán de reaccionar contra la idea corriente de que el español de América aparecía en sus comienzos fuertemente influido de andalucismo. De manera especial, se manifestó en una polémica (no muy detonante) mantenida con el filólogo Max Leopoldo Wagner.

En realidad la tesis tradicional (“identificación vulgar, popular” según el dominicano) afirmaba, por lo menos desde el siglo XVIII, que el andalucismo era evidente en el español de América y que esa influencia se debía al predominio de andaluces en la época de la Conquista y la Colonización.6 Pedro Henríquez Ureña recuerda el nombre de Antonio de Alcedo como un jalón importante de esta idea.7 En fin, respaldos esenciales eran considerados el yeísmo y el seseo como notas distintivas del español de América.

A comienzos del siglo, Rufino J. Cuervo puso algunos reparos a esta idea. (Por lo menos, así lo entendió Pedro Henríquez Ureña). Sin embargo, filólogos como Menéndez Pidal, Tomás Navarro, Lenz, Bourciez, aceptaban la tesis tradicional.8

Dentro de tal situación, y al publicar en 1921 sus Observaciones sobre el español de América, I (en la RFE), mostró Pedro Henríquez Ureña su discrepancia, discrepancia que poco después, al publicar M.L. Wagner su estudio sobre El español de América y el latín vulgar, tuvo ocasión de exponer en forma especial. Asistimos así al cambio de publicaciones: El supuesto andalucismo en América (1925) de PHU; El supuesto andalucismo en América (1927) de Wagner; y Observaciones sobre el español en América, II (1930) y Sobre el problema del andalucismo dialectal de América (1932) de Pedro Henríquez Ureña.

Como el propio Don Pedro reconoce, hay algunas coincidencias entre los dos, si bien el eje principal muestra aún la divergencia. Wagner, en lugar de andalucismo, prefiere hablar de surespañolismo, y hace entrar en la sustentación de su tesis a andaluces y extremeños como base de la primitiva población hispanoamericana. Además, ve el surespañolismo no en toda América sino en determinadas regiones: Las Antillas, México Oriental, Venezuela, Colombia, Argentina y Chile. Es decir, particularmente en las tierras bajas.

Por su parte, Pedro Henríquez Ureña acepta que en las tierras bajas de América hay semejanzas con el andaluz, si bien tales semejanzas —dice— no permiten sostener la identificación lingüística, que muchos aceptan, entre Andalucía y la América española. Y en lo que se refiere al aceptado predominio de andaluces en la conquista y colonización del Nuevo Mundo, Henríquez Ureña muestra también su divergencia. Se apoya, particularmente, el listas de nombres de pasajeros, pertenecientes todos a los siglos XV y XVI. Pasajeros cuyo origen está probado, o que puede defenderse con verosimilitud. Reúne así la nómina de 4.209 pasajeros españoles y portugueses que pasan a América, y cuya procedencia resulta conocida. De ellos, señala, casi el 44% corresponde al norte de la península, y casi el 43% al sur; los demás a tierras intermedias y laterales.

En fin, hace hincapié Pedro Henríquez Ureña en la no necesaria identificación entre América y Andalucía establecida sobre la base del yeísmo y del seseo. Sobre el yeísmo, como no exclusivamente andaluz, ni como rasgo general en Hispanoamérica. Y sobre el seseo, como rasgo igualmente parcial. Para sentar por último su tesis de que en los comienzos del español de América se reflejan aspectos de diferentes regiones de España, y no de una o dos regiones en particular. Las semejanzas fonéticas entre el español de las Antillas, por ejemplo, y el andaluz obedecen —señala— a fenómenos paralelos y no a una relación de causa y efecto.9

Hasta el final de su vida reiteró Pedro Henríquez Ureña su tesis, con leves variantes. Y llegó a contar con la adhesión de destacados filólogos: en primer lugar, claro, con la de Amado Alonso (con alternancias);10 y otros, como Alwin Kuhn, Bertil Malberg, Serafim da Silva Neto.11

En los últimos cuarenta años, diferentes investigaciones han reaccionado contra la tesis del filólogo dominicano. Desde diversos ángulos y con diversidad de razones. Mencionaré particularmente los nombres de Peter Boyd-Bowman, Guillermo L. Guitarte, José Pedro Rona y Rafael Lapesa. (En todos los casos, con el respeto que merece la obra de Pedro Henríquez Ureña).

Como sabemos, Henríquez Ureña se había apoyado en antiguas listas de pasajeros a Indias para mostrar que en la conquista y colonización estuvieron españoles de diversas regiones de la península. Pues bien, Boyd-Bowman, apoyándose en listas mucho más nutridas que las del dominicano, reveló, a través de ellas, que entre 1493 y 1508, el 60% de los pasajeros a América eran andaluces. Y que el predominio andaluz se mantenía, poco después, en las mujeres españolas que pasaban el mar.12 El aporte de Boyd-Bowman es significativo: no olvidemos que Pedro Henríquez Ureña hacía de las estadísticas (aun con las limitaciones apuntadas) un elemento innovador de su trabajo de investigación.

Por su parte, Guillermo L. Guitarte consideró que el problema del andalucismo de América era un seudo problema. De manera especial, procura mostrar Guitarte que el respaldo que Don Pedro cree encontrar en Cuervo es más aparente que real. Y, en fin, que la verdadera explicación del “antiandalucismo” que defiende Henríquez Ureña se comprende (aunque no se justifique) ligándolo, como ocurre también con el problema del mexicanismo de Alarcón, a la búsqueda la “expresión americana”, idea que tanto peso tiene en el pensamiento del maestro dominicano. Es importante reparar en este enlace, ya que Guitarte, aún rechazando la tesis de Pedro Henríquez Ureña, procura situarla en el marco coherente de una teoría general, y como elemento de una totalidad continental,diferenciadora y personalizadora.13

Sin ánimo de agotar el tema, diré, por último, que Rafael Lapesa, con el apoyo y aquilatamiento de la bibliografía acumulada, destaca en los comienzos del español de América, la significación del período antillano, con “un primer estrato de sociedad colonial andaluzada, que hubo de ser importantísimo para el ulterior desarrollo lingüístico de Hispanoamérica. Añádanse que Sevilla y Cádiz monopolizaron durante los siglos XVI y XVII el comercio y relaciones con Indias”.14 Como complemento, Lapesa no deja de reparar en el relieve que para la explicación del español de América tiene el español de las islas Canarias, jalón y avanzada.15