18 de Enero de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 62
Año: 1997
Autor: Emilio Carilla
Título: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

Situación de Pedro Henríquez Ureña

En un medido Bosquejo histórico de la filología hispanoamericana, de 1963, Guillermo L. Guitarte distinguía tres períodos visibles dentro de la dialectología del español americano:

1) El de Cuervo y Lenz (centrado en Colombia y Chile).

2) El de Amado Alonso (centrado en Buenos Aires).

3) El posterior a 1946 (con mayor expansión geográfica; representado, sobre todo, por revistas importantes, las Academias de la lengua y ALFAL).19

Y, con respecto a la segunda etapa, decía:

Amado Alonso (1896—1952) y su Instituto de Filología porteño llena la segunda etapa de la filología hispanoamericana. Su aporte consiste, en lo fundamental, en la proyección a la América española de la labor de Menéndez Pidal y su escuela.20

La caracterización de Guitarte es defendible, ya que no puede desconocerse la significación que tuvo, a lo largo de más de quince años, el Instituto de Filología de Buenos Aires. Creo, sin embargo, que, sin desconocer la importancia directiva de Amado Alonso, ganaríamos en precisión agregando el nombre de Pedro Henríquez Ureña y llamándolo “El Instituto de Amado Alonso y Pedro Heníquez Ureña” (claro: en este orden), para darle al maestro dominicano el relieve que realmente tuvo y, sobre todo, el saber y la proyección continental que, quizás comparativamente, Amado Alonso no tuvo. (Y digo esto fuera de minúsculos torneos representativos a los que ni Amado Alonso ni Pedro Henríquez Ureña —amigos y colaboradores— aspiraron; y sin olvidarme, tampoco, de algún paso en falso de Pedro Henríquez Ureña).21 Además, una tercera etapa, posterior al año 1946 (como sabemos, el año en que se corta el famoso Instituto de Buenos Aires), si bien ya entramos aquí en otro momento de la filología hispanoamericana.

En fin, no hay mayores dudas (verdaderas dimensiones aparte) para ubicar a Pedro Henríquez Ureña en la segunda etapa de Guitarte. Es decir, la que enuncia como de “Amado Alonso y su Instituto de Filología”. Esta situación no responde sólo a una simple clasificación cronológica, sino que lleva ya en sí, a través de los nombres propios y datos escuetos adscritos, toda una serie de connotaciones (formación, métodos, temas principales, etc.). No hay, pues insisto, ningún problema en la ubicación de Pedro Henríquez Ureña. Y, curiosamente, hasta es fácil agregar un especial sentido simbólico al año 1946, que es también el año de la muerte del filólogo dominicano.

Creo que refuerzo mis aseveraciones al apoyarme en conocidos datos bibliográficos. Datos que, sin disminuir las dimensiones y el valor de Amado Alonso (cosa imposible en mí), su lugar directivo, los trabajos que alentó, su irradiación en el cultura argentina durante las décadas del 30 y del 40, los discípulos que formó, etc., pretenden mostrar esta obra cara que, también, por aquellos años, revela la presencia cercana de Pedro Henríquez Ureña.

En primer término, y a través de múltiples aspectos, éste fue un par y no un subordinado. Un testimonio, entre muchos, lo subraya. Como muy bien apunta Guitarte (y muchos otros) hay una colección que representa, en mucho, la actividad del Instituto. Me refiero a la difundidad Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana, cuya “utilidad” está de más encarecer. (Utilidad, más allá de voces mezquinas que enmudecieron con la misma rapidez con que resonaron).

Más allá de los méritos de la Biblioteca, su cronología refleja, en mucho, la historia del Instituto. Como sabemos, la serie de siete obras nace en 1930 con el tomo de los Estudios del español de Nuevo México (al cuidado de Amado Alonso y Angel Rosenblat) y termina en 1949, cuando el Instituto de Amado Alonso (y Pedro Henríquez Ureña) ya no existía. Prólogos de los últimos tomos se encargan de explicar el motivo de la demora en la publicación del libro de Berta Elena Vidal de Battini.22

Pues bien, cuesta muy poco comprobar como, entre los siete títulos principales, más el complemento de los “anejos” de la BDH, figuran nada menos que dos tomos y tres anejos de Pedro Henríquez Ureña. Es decir, una proporción extraordinaria. Veamos:

Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana: Tomo IV. El español en México, los Estados Unidos y la América Central... con anotaciones y estudios de Pedro Henríquez Ureña (Buenos Aires, 1938); Tomo V. El español en Santo Domingo (Buenos Aires, 1940).

Anejos de la BDH: I. Sobre el problema del andalucismo dialectal en América (Buenos Aires, 1932); II. La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo (Buenos Aires, 1936); III. Para la historia de los indigenismos (Buenos Aires, 1938).

El propio Amado Alonso, poco antes de alejarse del Instituto (y poco antes, claro, de la muerte de su amigo y colaborador) hizo un recuento de la labor realizada. Con no oculta satisfacción se refirió a lo que significaba ya la biblioteca de Dialectología Hispanoamericana en el mundo. De esta manera, sin necesidad de elogios directos, o, mejor dicho, por la fácil relación que establecemos entre el elogio a la BDH y la asistencia notable de Pedro Henríquez Ureña, queda establecido su especial reconocimiento.23

Una última acotación al cuadro de Guitarte. Aceptando, en general, la validez de su esquema, creo que Pedro Henríquez Ureña puede presentarse no sólo como representante de la segunda etapa, sino también con puntos de enlace firme (más firme que en otros) con la primera, a través de la obra de Rufino J. Cuervo. Hay entre los dos claras diferencias generacionales (Cuervo: 1844-1941; Pedro Henríquez Ureña: 1884-1946),24 pero aquí me refiero, aparte de la admiración del dominicano, al aprovechamiento y continuidad que, en más de una línea, puede establecerse entre uno y otro.

No se trata, por supuesto, de establecer una exclusividad de Pedro Henríquez Ureña (la adhesión hacia la obra de Rufino J. Cuervo es amplísima), sino de subrayar, repito, coincidencias y enlaces. Y, en fin, de ratificar lo que el maestro dominicano tuvo ocasión de manifestar con tanta precisión en su macizo homenaje publicado en el Boletín de la Academia Argentina de Letras.25

Precisamente, y sin negar lo que tanto en Amado Alonso como en Pedro Henríquez Ureña significa el Centro de Estudios Históricos de Madrid (en el caso de Alonso, con la suma de su etapa alemana), diré que Pedro Henríquez Ureña representa, junto con el aprovechamiento de la “escuela española”, la suma de lo que, sobre todo a través de Cuervo y su irradiación, sería justo llamar (por sus resultados) la “escuela americana”. Claro: con nuevos apoyos en Pedro Henríquez Ureña, con la ayuda que los avances que la lingüística del siglo XX le permite. En fin, esto es lo que, sin mayores explicaciones, trasunta su obra.

Por descontado, no me olvido que mis párrafos corresponden a un estudio sobre los trabajos lingüísticos de Pedro Henríquez Ureña. Y que todo lo que apunto tiene que ver, en una forma u otra, con el maestro dominicano. Esta meta —agrego— puede determinar una especial óptica de mi enfoque. Reconozco esta situación, pero como mi estudio no disminuye las figuras que aparecen a su lado, no comete el pecado de la “veneración”, ni encaran un problema polémico. Simplemente, reitero aquí el deseo de hacer justicia. Es decir, una justicia nada forzada, y que cuenta de antemano con una ace