14 de Agosto de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 62
Año: 1997
Autor: Emilio Carilla
Título: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

Español de América y español de España

Más allá de las cuatro décadas que han transcurrido desde la muerte de Pedro Henríquez Ureña es importante observar la actitud que lo individualiza en medio de la abundante y profusa bibliografía dedicada al tema, siempre actual, de la unidad y diversidad de la lengua española en el mundo. Tema sobre el cual han cabido —y caben— las interpretaciones y gamas más dispares. O, para marcar puntos extremos, desde las que defienden a toda costa su unidad, hasta los que proclaman, con no menos fervor, su fragmentación (o la necesidad de una ruptura futura). Verdad también es que, dentro de estas dos posiciones contrapuestas, caben igualmente contactos y entrecruzamientos, alegatos y ataques, denuestos y apología, temores y optimismo...

Lo que también notamos es que, con el correr del tiempo, se han ido suavizando algunas líneas y colores. Sobre todo, si atendemos a las pugnas que, en el siglo pasado, establecieron factores esencialmente políticos. En este sentido, los americanos, en general, han mantenido su aspiración de ser escuchados. No interesa tanto, aquí, la actitud extremada de aquellos que, en el continente y con más entusiasmo que fundamentos, proclamaron la independencia de la lengua. Con apelación, casi siempre, a interpretaciones de tipo naturalista y con el respaldo de los destinos y tiempos cíclicos. No podemos decir que esta interpretación haya desaparecido del todo, si bien hoy prevalece, tanto en América como en España, una actitud menos radical.

Así, me parece que importa más observar que españoles destacados, si por un lado defienden la unidad de la lengua (unidad antes que purismo reclamaba Dámaso Alonso),16 por otro no dejan de reconocer, a su vez, justas reclamaciones en relación a la importancia, variedad e individualidad del aporte americano, y sus proyecciones tanto presentes como futuras. Aunque esto no llama hoy la atención, vemos también cómo se han superado mezquinas barreras defendidas hasta no hace mucho por legiones de “puristas” y “basticistas”. Y, en definitiva, sin que las concesiones signifiquen degeneración o empobrecimiento. En fin, el tema da para mucho más que una breve acotación.

Dentro de este esquema ¿cómo aparece Pedro Henríquez Ureña? De más está encarecer cuánto nos importa conocer sus ideas, porque su nombre no puede dejarse al lado, cuando se hace el recuento riguroso de aquellos que han hecho efectivas colaboraciones al estudio del español de América.

Algo nos dice, para comenzar, el dato de que prácticamente toda la obra lingüística de Pedro Henríquez Ureña tiene que ver con el tema. Y las conclusiones a que llega son las previsibles: la riqueza y variedad del español de América son paralelas a la riqueza y variedad del español de España. Al mismo tiempo, la certeza de que las diferencias no debilitan un amplio sentido de unidad que incluye también —es obvio— al español de América.

Sin la pretensión de resumir el pensamiento esencial de Pedro Henríquez Ureña sobre el tema, cosa imposible, creo que reflejan buena parte de sus ideas, aun dentro del esquematismo con que se exponen, dos breves textos que se complementan. Uno, que saco de la notas que acompañan su difundido libro sobre las Corrientes literarias... (1a. ed., texto inglés, 1945). La otra, extraída de una concisa semblanza de Rufino J. Cuervo, que ya tuve ocasión de citar.

En el primer caso, se refiere a las particularidades de la lengua de nuestro continente. Y apunta:

Nuestros modos de hablar varían naturalmente según la localidad; no hay unidad de ‘español americano’ que oponer al ‘español de España’, donde las variaciones locales son todavía mucho mayores.17 (Llamativamente, insiste a continuación en el problema del ‘andalucismo’, pero no es éste lugar para reparar en él).

El puesto que ésta tiene en la cronología de Pedro Henríquez Ureña le concede asimismo lugar especial, por encima del carácter escueto de la cita. Aunque no corresponda a una específica obra lingüística, nos da algo así como una especie de resumen de postrimerías.

Estas consideraciones caben igualmente para la segunda cita que, si no es de 1945 es de 1944 (recordemos, una vez más, que Pedro Henríquez Ureña murió a mediados de 1946). Tiene que ver, como he dicho, con su semblanza de Rufino J. Cuervo (o, mejor a propósito de Bello y Cuervo), y en relación al problema, tantas veces planteado, de la ruptura del español. Dice Henríquez Ureña:

Fue preocupación permanente de Cuervo, como de Bello, la suerte del idioma castellano en América... Hubo momentos en que, contagiado del naturalismo fatalista que era común en la lingüística de su tiempo, creyó inevitable la ruptura de la unidad del castellano. De haber vivido unos años más, se habría regocijado observando las renovadas fuerzas de integración que actúan en nuestro idioma.18

En el primer caso, su idea de la variedad del español americano puede apoyarse tanto en la ya serie de buenos estudios ajenos sobre el tema, como en sus propios trabajos, junto a su reiterado mapa de las zonas lingüísticas de América. En el segundo caso, su palabra serena pretende menos oponerse a los temores que en sus tiempos tuvieron Bello y Cuervo (a quienes, por otra parte, tanto admira), como responder, con un tono de americanismo optimista, a los que, avanzado el siglo XX, reiteran actitudes y alarmas que la propia lengua (de ahí lo de “renovadas fuerzas de integración”) desmiente...