17 de Octubre de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 62
Año: 1997
Autor: Emilio Carilla
Título: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

Raíces y trayectoria

Como se comprenderá, algunos precedentes ya citados en relación a la formación intelectual de Pedro Henríquez Ureña (en especial, los que tienen que ver con modelos visibles en trabajos juveniles) no pueden borrarse. Sobre todo, si se pretende comprender las etapas que atraviesa. Lo que pretendo ahora es dar un cuadro más completo y, si es posible, trazar los avatares de su crítica, puesto que, una vez más, conviene recordar que nos enfrentamos con una obra que abarca medio siglo.

Como señalé en párrafos anteriores, uno de los perfiles de esa obra es la propensión de Pedro Henríquez Ureña, visible desde época temprana, a darnos estudios sobre épocas literarias. Panoramas, “historias”, antologías, etc., más que estudios detallados, con dimensión de libro, sobre autores individuales. Puede aducirse que, particularmente al comienzo y al final de su bibliografía, encontramos enfoques centrados en un autor, una obra. Sin embargo, lo que subrayan en realidad tales intentos es su brevedad, su concisión. Y, en el caso de los numerosos prólogos escritos hacia el final de su vida, una manifiesta intención didáctica, por lo común de sencillo y acomodado desarrollo, acorde a la meta perseguida. Con esto quiero decir que no encuentro en Pedro Henríquez Ureña un libro, un estudio crítico de elaboración pormenorizada, que se centre en un autor, una obra. A lo más, trabajos como el juvenil enfoque sobre Hernán Pérez de Oliva, escrito en 1910 y reproducido después, con algunas variantes, en diversas publicaciones. (La última, en Plenitud de España, 1a ed., B. Aires, 1940; 2a ed., 1945). Y bien sabemos que no se distingue por su frondosidad...

Esto me lleva, asimismo, a subrayar la identificación de Pedro Henríquez Ureña con el ensayo. Dentro de su obra el ensayo fue signo importante y caracterizador, y determinó buena parte de su producción. Muchas veces, fue el deseo de hacer accesible a un público amplio la complejidad o dimensiones del tratado. En otras ocasiones, la necesidad de síntesis relacionadoras. En otras, la semblanza, el retrato... Y todo, dentro de la prosa trabajada, clara, concisa, que lo caracterizó. En una carta a Félix Lizaso, de 1917, diferencia crítica y ensayo, y le recomienda que escriba ensayos y no crítica. Claro que, a través de la escueta referencia, deducimos que Pedro Henríquez Ureña diferencia, en realidad, tratado (o monografía, o estudio copioso) y ensayo. Y se inclina entonces por el último:

No quiera escribir mucha crítica: la crítica es un veneno de que yo hago esfuerzos por librarme. Escriba ensayos, a la inglesa o a la española, como lo está Ud. haciendo. Aténgase de preferencia, como Ud. dice, a ‘las líneas generales y eternas’.

El Suicida: ¿sabe Ud. que, según Federico de Onís, es el mejor libro de ensayos que hay en castellano? Descarte, desde luego, al inclasificable Unamno.11

Quizás se recuerden hoy con mayor frecuencia los ensayos de Alfonso Reyes que los de Pedro Henríquez Ureña. Aceptamos los alardes imaginativos, los toques de humor y las acotaciones pintorescas que encontramos en Alfonso Reyes, y que no encontramos (o encontramos menos) en Pedro Henríquez Ureña. En todo caso, lo correcto es subrayar, por un lado, la diferencia, y, por otro, individualizar a través de la gravedad, la condensación de datos, el armónico razonar y la originalidad interpretativa, los caracteres de los ensayos de Pedro Henríquez Ureña. En fin, no creo que resulte posible soslayar el nombre de Pedro Henríquez Ureña cuando se habla, entre nosotros, de este importante género de las letras contemporáneas.

Atendiendo a todos estos factores y, no menos, a la necesidad de abarcar —como he dicho— un extendido lapso de medio siglo, creo que el método crítico de Pedro Henríquez Ureña, aquel que identificamos como el más perceptible en sus trabajos, corresponde a lo que es justo llamar “sistema mixto”. Es decir, un sistema con entrecruzamientos, eso sí, homogéneos, y en el cual prevalece el que llamamos “método filológico”. Y que tiene su representación más continuada en el casillero de las ediciones (ediciones con prólogos, notas a pie de página, bibliografía y juicios sobre el autor), dentro de formas que, por otra parte, suelen ser frecuentes en este tipo de trabajo. Por descontado, al afirmar que el método filológico es el que reconocemos mejor en él, no excluye otros métodos y otros perfiles que se le suman, en una trayectoria que recorre muchos años.12

Así, valen en diferentes momentos inserciones de raíz psicológica y sociológica, sobre todo en estudios que situamos en su primera época. En época más avanzada, incorporaciones que relacionamos con la estilística y aun con el formalismo.13

En el plano especial de los nombres propios, identificados o no con sistemas “personales”, cabe alinear en esas raíces nombres tan distintos como los lejanos de Herder (y Bonald, y Mme. de Stael) y Hegel y Francesco de Sanctis. Más cercanamente, el de Gustavo Lanson. En el primer caso, en relación a un historicismo remozado, y a los contactos entre literatura y sociedad. En lo que se refiere a Hegel y de Sanctis, en relación a los contactos de la crítica con lo psicológico y lo social, las ideas “rectoras”, el idealismo. Por lo que toca a Lanson, en los fundamentos “históricos”, estructura didáctica, cronología... A su vez, tales nombres no excluyen, en otro plano, y sobre todo en una primera época definida, la estimación que le merecen críticos como Menéndez y Pelayo y Rodó (este último, dentro de un perfil más amplio que el que ostenta el típico crítico literario). La lista puede alargarse, si bien no conviene entrar en zonas menos precisas que las señaladas.14

Llamativamente, uno de los críticos que Pedro Henríquez Ureña mencionó con mayor asiduidad en su primera época fue el francés Gustave Lanson. Y, es curioso, esto lo hace no sin cierta contradicción con sus propias afirmaciones, patentes en el rico epistolario cambiado entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, en el que dice que su formación y obra poco o nada debía a las lecturas francesas. Recordemos, por lo pronto, que de Lanson sacó el modelo —declarado, por otra parte— para sus Tablas de la literatura española (1a. ed., 1913; 2a., 1920). Se podrá argumentar que las Tablas responden a un carácter juvenil y que es una obra más bien subsidiaria. Sin embargo, aclaro que de Lanson sacó Pedro Henríquez Ureña más de una incitación y diversas ideas que son patentes en la disposición de los trabajos didácticos. Pienso, sobre todo, en los manuales y panoramas literarios: elementos de información, análisis directo de la obra; textos y crítica, el papel vertebrador de los grandes nombres, etc.15

Como repercusión de enlace más cercano, era difícil eludir, a comienzos de nuestro siglo, la influencia de Menéndez y Pelayo. Sobre todo, cuando había que recorrer caminos que el sabio santanderino había ya transitado. Pedro Henríquez Ureña nace, prácticamente, dentro de la crítica literaria, en la época de mayor esplendor del crítico español. Lo siguió en parte, y lo elogió. En especial, a través de las obras importantes y que más repercusión tuvieron: la Antología de poetas hispanoamericanos (por razones obvias), la Historia de las ideas estéticas, los Orígenes de la novela... Aún en épocas posteriores, cuando era quizás más corriente reparar en las limitaciones o en reaccionar contra excesos ideológicos o juicios superados de Menéndez y Pelayo, Pedro Henríquez Ureña se caracterizó, fuera ya de su influencia, por el aprecio que mostró siempre hacia su nombre.16 Por otra parte, y en consonancia con su época de formación “erudita” y su temporada en el Centro de Estudios Históricos de Madrid (que coincide con la época de mayor esplendor del Centro) debemos mencionar la enseñanza y ejemplo de Menéndez Pidal. A su vez, vale la pena recordar que La versificación irregular en la poesía castellana (1a ed., Madrid, 1920) es no sólo uno de los primeros volúmenes del Centro, sino que ostenta asimismo el elogioso prólogo de Menéndez Pidal.

En el caso de José Enrique Rodó, no se trata de magnificar los aportes del escritor uruguayo a la historia de la crítica o de la erudición. Prefiero hablar, mejor, de ideas, principios activos y alegatos en relación al momento y, sobre todo, al “americanismo”. Sería fácil sustituir el nombre de Rodó por la serie de los teorizadores franceses que lo nutrieron (Renan, Guyau, Tarde, Gourmont...). Sin embargo, el ejercicio es riesgoso, puesto que, de ese modo, se borra el fuerte sentido local —ya identificación juvenil y bandería— con que se identificaba el nombre de José Enrique Rodó. Esto, claro, en el momento clave de su prédica (comenzada, y no terminada con su Ariel), y que coincide con la época juvenil de Pedro Henríquez Ureña.