20 de Abril de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 62
Año: 1997
Autor: Emilio Carilla
Título: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

Filosofía y ediciones

Desde temprano se afirmó en Pedro Henríquez Ureña la vocación de enseñar. Como, a su vez, esa vocación se canalizaba especialmente en la literatura, fueron naciendo en él una serie de obras de esencial contenido didáctico. Tal, por ejemplo, las ediciones de textos “clásicos”. Aclaro, aunque quizás no sea necesaria la aclaración, que Pedro Henríquez Ureña suele usar el vocablo “clásico” no en la acepción de “estilo de época”, sino en la de obras que se lee y comenta en clase (que, después de todo, se acepta, corresponde a la excelencia que se asignaba a las obras antiguas en las clases de lenguas clásicas).

En este sentido, el marco fundamental es el que toma de la tradición filológica. La edición de un texto responde por lo común, en Pedro Henríquez Ureña, a la clara disposición trimembre que, por ejemplo, en una obra dramática, se especifica así:

1) Noticia histórica preliminar. (Autor, fecha de la obra, representaciones, ediciones, argumento, influencias, fortuna literaria, reimpresiones...)

2) Texto (selección, revisión). Notas ilustrativas.

3) Extracto de la crítica (sobre aspectos estéticos de la obra).

Este sencillo esquema corresponde a unas indicaciones que, en 1914, le hacía Pedro Henríquez Ureña a Alfonso Reyes, a propósito de una consulta de éste que estaba preparando una edición de Ruiz de Alarcón.8 No lo traigo a colación por su originalidad ni por su mérito excepcional, sino porque es el esquema que, con frecuencia siguió el propio Pedro Henríquez Ureña en sus ediciones. Precisamente, sirve de motivo paralelo, vinculado al mismo autor “clásico”, la edición que años después hicieron en la Argentina Pedro Henríquez Ureña y Jorge Bogliano. Me refiero a la comedia de Ruiz de Alarcón La verdad sospechosa (Buenos Aires, 1938), labor en la que el material principal corresponde a Pedro Henríquez Ureña.9