21 de Enero de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 62
Año: 1997
Autor: Emilio Carilla
Título: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

Filología, estilística, formalismo, etc.

Es de sobra sabido que los aportes teóricos más destacados en lengua española, dentro de la crítica literaria, corresponden a la estilística. Por lo pronto, son los que tuvieron mayor difusión universal y hasta el privilegio de que llegara a hablarse, por ejemplo, de la “escuela de Buenos Aires” y de la “escuela de Madrid”.

Pedro Henríquez Ureña pudo palpar, sobre todo a través de la cercanía que representó Amado Alonso, colega y amigo, los avances de este método crítico. Sería exagerado, con todo, establecer relaciones muy estrechas entre Pedro Henríquez Ureña y la estilística. Lo que no quiere decir que sea imposible establecer, a veces, alguna conexiones.

Quiero insistir en la idea de que Pedro Henríquez Ureña logró conformar un sistema mixto, coherente, nada complejo y, en especial, apropiado a la meta americanista que persiguió a lo largo de tantos años. Otra de las particularidades de la crítica de Pedro Henríquez Ureña nace, en buena medida, como consecuencia de las compresiones a las que lo obliga la índole y sentido de sus trabajos (historias generales de la literatura, historias nacionales, de épocas, etc.), así como de las conexiones histórico-sociales afines.

Sobre esta base, no puede extrañarnos que la suya sea, a menudo, una crítica centrada en los significados y las objetividades, con ciertas ramificaciones hegelianas. A veces, se detiene en el estudio del material sonoro, de la métrica (cuyos secretos tanto dominaba); en ocasiones, en aspectos de la lengua poética. Pero —repito— síntesis y esquematismos, como cauce de esas líneas, y la meta, casi obsesión, del “americanismo” son los rasgos que configuran su método crítico.

Llama la atención el hecho de que, sin olvidarlo, Pedro Henríquez Ureña no siempre se detuvo en puntualizar singularidades de la lengua. Y esto no se debe a desconocimiento, puesto que es innecesario insistir aquí en su gran versación lingüística, fácilmente probada en sus importantes trabajos sobre el español en América.

Por otra parte, puedo atestiguar (y tengo pruebas hasta en anotaciones manuscritas suyas en estudios originales míos) que Pedro Henríquez Ureña, hacia 1940, conocía y aún aplicaba en ocasiones algunos principios de los formalistas. El dato tiene cierto valor, especialmente si reparamos en la escasa o nula difusión que, por ejemplo, tenía entre nosotros —hacia 1940— las obras de los formalistas rusos. Insisto en que se trata aquí de escasos puntos de apoyo, y que sería disparatado hacer de Pedro Henríquez Ureña un temprano discípulo hispánico de Roman Jakobson y V.V. Shkloski...

Como sabemos, Pedro Henríquez Ureña murió a mediados de 1946. Con el hito que este año representa y los rasgos que —vemos— personalizan la crítica del maestro dominicano, no cabe duda de que su método está lejos de los complejos (más o menos complejos) sistemas que, nacidos en otros ámbitos, llegaron a tierras hispanoamericanas en las últimas décadas. Para muchos jóvenes universitarios de esta última época, atentos a novedades bibliográficas más llamativas (particularmente, estructuralismos, psicoanálisis lacaniano, crítica del mito, formas de la “nueva crítica francesa, etc.) es posible que la crítica de Pedro Henríquez Ureña suene como un producto arcaico, y con poca utilidad en los días que corren. Yo no pienso así, cosa que, a su vez, no me impide reconocer méritos, cuando los tienen, a los “nuevos” sistemas. Por eso también en mis clases suelo recordar en ocasiones destellos de la crítica de Francesco de Sanctis, valga el ejemplo, al mismo tiempo que procuro mostrar que algunos difundidos juicios de Roland Barthes aparecen antes y están mejor explicados en las hoy poco leídas páginas del crítico italiano.