20 de Junio de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 62
Año: 1997
Autor: Emilio Carilla
Título: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

La Crítica Literaria en Pedro Henríquez Ureña

Sin pretender que se trata de una exactitud, llama la atención que, dentro de la abundante labor crítica de Pedro Henríquez Ureña no se encuentre un volumen, de cierta dimensión, dedicado a un autor o una obra. Con esto, subrayo también que en su bibliografía lo característico suele ser, por un lado, el estudio, el artículo, el ensayo o la semblanza breve. Y, por otro, el conjunto de las visiones panorámicas, los cuadros de época, las síntesis nacionales o continentales.

Asimismo, creo que puede considerarse como un rasgo personalizador de la obra de Pedro Henríquez Ureña la ausencia, en sus escritos, de una “teoría literaria”. Quiero decir, de un sistema crítico enunciado de manera detallada. Conviene reparar en esta ausencia ya que, como conocemos de sobra, suelen abundar entre nosotros enfoques de tal naturaleza, aun en autores de producción restringida. Pero de más está decir que presencia y ausencia es sólo una comprobación externa y no equivale, en principio, a signo de valor.

Limitándonos a Pedro Henríquez Ureña, vemos que se reproduce en él un caso adivinable: la falta de una teoría declarada y  pormenorizada no impide que podamos rastrear en su obra el método o los métodos que vertebran sus escritos, con cierto equilibrio entre juicios escuetos y declaraciones espaciadas, por un lado, y, por otro, la posible aplicación del método.

Es posible que este perfil haya impedido, a su vez, estudios más o menos minuciosos dedicados al maestro dominicano. Crítica sobre la crítica, o metacrítica centrada en su vasta obra. Vasta obra que, en buena proporción (tratados, manuales, artículos, ensayos, semblanzas, etc.) tiene que ver precisamente sobre esta disciplina, si bien desde el lado de la concreción o aplicación, y no —repito— desde el lado de la teoría.

Quizás también como consecuencia de tales características, no abundan ni, en general, son felices los esbozos que pretenden captar la individualidad de la crítica de Pedro Henríquez Ureña. Creo que algunos ejemplos lo comprueban. Así, Guillermo de Torre, en un muy rápido bosquejo de la crítica contemporánea, lo incluye entre los representantes de la crítica de tipo universitario, “con impresión de objetividad”. Y lo coloca junto a Federico de Onís y Ángel del Río (aunque cita mal el único título suyo que menciona como Las corrientes intelectuales de América Hispánica).1

Por su parte, María Luisa Bastos, al pasar revista a los críticos de Borges, se detiene brevemente en Pedro Henríquez Ureña. Coincide con Guillermo de Torre en el rasgo de la “Objetividad”, pero no avanza mayormente en una verdadera comprensión del problema. Esto es lo que nos dice acerca de la crítica de Pedro Henríquez Ureña:

La pasión por la letra escrita, el respeto por la tarea intelectual y el afán de objetividad hacen que muchos artículos del erudito dominicano tengan una tersura descriptiva excesivamente neutral que suele producir un doble efecto. El lector, deslumbrado por el asombroso despliegue de datos, se decepciona ante la ausencia de evaluaciones o interpretaciones...2

María Luisa Bastos aclara, de inmediato, que el juicio citado no corresponde a la temprana reseña de las Inquisiciones de Borges (reseña de Pedro Henríquez Ureña publicada en 1926, desusadamente, en la Revista de Filología Española). Con más amplio panorama, no sé cuál es el grado de conocimiento que la autora tiene de la obra crítica de Pedro Henríquez Ureña. Si nos atenemos a lo que indican los “muchos artículos” parece vasto, pero si analizamos detenidamente su juicio es escaso y fácilmente vulnerable.3

Penetramos en terreno más favorable con los párrafos que, en este sector, le dedica Juan Jacobo de Lara. No es ningún secreto que Lara es uno de los más entusiastas admiradores de Don Pedro, tal como lo revelan ediciones y estudios. Quizá también por eso, pienso que si bien Lara nos dio algunas caracterizaciones de tipo informativo, no nos ha ofrecido hasta hoy el estudio detallado que la crítica de Pedro Henríquez Ureña merece. Sirvan como testimonio de adhesión más que como ahondamiento, mientras tanto, la breve descripción que enuncia en un libro de 1975. Elogios aparte, lo considera ensayista esencial y, dentro de este género, destaca en él tres tipos nítidos: 1) el ensayo crítico; 2) el ensayo literario; y 3) el ensayo histórico.4 Como vemos, tampoco podemos contentarnos, a esta altura de la nutrida bibliografía determinada por Pedro Henríquez Ureña, con un perfil que, si no es inexacto, deja fuera una producción mucho más amplia, y fuera ya del ensayo propiamente dicho.

Crece el nivel. Explicablemente, con Enríque Anderson Imbert, discípulo y amigo de Don Pedro. En efecto, a través de distintas semblanzas del maestro escritas por Anderson Imbert nos acercamos a un juicio más cabal y real. Como, sin retroceder mucho, el que le dedicó hace pocos meses, en este año de recordación. Cito algunos párrafos del ensayo titulado Pedro Henríquez Ureña... El conocimiento y la acción:

Henríquez Ureña practicó una crítica atenta a los valores expresivos más distinguidos en cada artista, en cada período, en cada tendencia, en cada cultura...

Su actitud era antológica, y programó, publicó y propagó varias antologías de versos y de prosas. Sus principios partían de ese punto de convergencia del que hablé antes: “realismo crítico” e “idealismo crítico”.

El arte no es superior a la vida; el ideal de justicia está antes que el ideal de cultura...

Y, como síntesis final, establece Anderson Imbert que la crítica que aplica Pedro Henríquez Ureña se apoya en los siguientes principios: “El arte como confluencia de esteticismo y moral, de ansia de justicia y de acción”.5

No cabe duda de que, sin excluir la posibilidad de otros aportes sólidos, el enfoque de Anderson Imbert representa un ahondamiento y nos da, por lo pronto, un punto de apoyo para pretender nuevas precisiones en esta no fácil dilucidación de la crítica de Pedro Henríquez Ureña.6

Retomando el camino interrumpido por los diversos testimonios que he alineado, tiene aquí validez recordar mi afirmación de que, si por un lado Pedro Henríquez Ureña nos dejó una producción nutrida de estudios críticos, no por eso sintió necesidad de dejarnos tratados, ni siquiera artículos que puedan vincularse, con algún paso a los métodos críticos utilizados. Por el contrario —y como en infinidad de casos semejantes— nos ha dejado una obra extendida para que nosotros deduzcamos de ella el sistema o los sistemas que le dan el respaldo metodológico.