December 14, 2017
Educational Portal of the Americas
 Language:
 Printer Friendly Version  E-mail this Page  Rate this Page  Add this Page to My Favorites  Home Page 
New User? - Forgot your Password? - Registered User:     

Site Search



Collection: INTERAMER
Number: 62
Year: 1997
Author: Emilio Carilla
Title: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

AMÉRICA: TEMA FUNDAMENTAL

América, tema fundamental

Decir que América es el tema por excelencia en la obra de Pedro Henríquez Ureña es decir una de esas verdades que se imponen de manera rotunda. Tal es la abundancia de los testimonios, tanto el peso de las pruebas que no hay ningún reparo en admitir esa afirmación.

Una vez asentado esto, cabe también la fácil corroboración de que no es América el único tema de Pedro Henríquez Ureña. Que, en orden previsible, se escalonan otros: España y, en general, aspectos universales de notoria solidez, con ciertos sectores más perceptibles que otros (sociología, música, métrica, literaturas de lengua inglesa). A veces, con épocas de dedicación predominantes...

Volvamos al motivo de América. En otra perspectiva o plano, conviene analizar, a su vez, la parte o partes del tema. Por supuesto, nombrar América es nombrar no sólo un continente sino también un concepto de enorme, monstruoso contenido. De tal manera, siempre se corre el peligro de abarcar demasiado poco.

Los intereses principales que acuciaron el pensamiento de Pedro Henríquez Ureña fueron, sobre todo, los culturales. Y, dentro de la amplitud que tiene igualmente el fenómeno cultural, su base, de notable extensión y admirable fluidez, se concentró en disciplinas particulares: la lengua, la literatura, la música. Pero también es justo agregar que, en él, la filosofía, la sociología, la historia, la política, las artes plásticas, las ciencias naturales, fueron algo más que complementos o simples sostenes.

Otra consideración que es justo hacer, apunta hacia el sector más corriente de los estudios. En efecto, lo normal es que, precisamente como una consecuencia de lo difícil que resulta pretender abarcar tantas tierras y pueblos, el crítico, el investigador, se centran a menudo en un sector, un país, una región. Y, en forma más ambiciosa, en una de las vastas divisiones que determinan lenguas y culturas: el norte, el sur; la América inglesa, la América hispánica...

No podemos apartar del todo a Pedro Henríquez Ureña de esta situación. Sin embargo, pocos como él tuvieron un dominio tan llamativo de todo el continente. Dominio apoyado, como veremos, en multitud de rasgos y trasuntado en variedad sorprendente de escritos.

De la misma manera, si bien es cierto que Pedro Henríquez Ureña se apoya con más vigor en determinadas áreas de conocimientos (en primer lugar, repito, la lengua y la literatura) también nos sorprende con una versación poco corriente de otras disciplinas. En algunas de ellas fue mucho más allá de la pura información. Lo que conviene agregar es que el rigor fue característica general de su obra y, por lo tanto, frente a él estamos ya lejos de un perfil de “sabio” que se dio con bastante frecuencia en nuestras tierras: el del enciclopedista vacuo, en el que la variedad de campos fue con frecuencia el disfraz de la improvisación y la falta de conocimientos.

Por la importancia que tiene la literatura en su concepción de la cultura podemos pensar, en ocasiones, que Pedro Henríquez Ureña remoza la antigua idea de Herder.1 No es exactamente así, pero algún vestigio queda. A su vez, esta dimensión concedida al fenómeno literario no fue una fácil consecuencia de pensar que lo que predomina o conoce mejor es, sólo por eso, el centro del mundo. Nos convence, en cambio, de que su dominio de la materia literaria, en adecuada y armónica relación con otras manifestaciones culturales, es base insustituible para el mejor conocimiento del Continente.

Como hoy estamos bastante lejos del enciclopedista tipo siglo XVIII, resulta obvio defender a Pedro Henríquez Ureña de ese rótulo. Dentro de una tendencia que tiende cada vez más a la especialización, a dividir los sectores de estudios en zonas muy limitadas, Don Pedro aparece, más bien, como espécimen intermedio. Mejor dicho: la investigación, el ahondamiento, no fueron en él impedimentos para el saber y exposición en amplitud.

Pedro Henríquez Ureña combatió la improvisación, la falta de esfuerzo sistemático, la falta de rigor, cuando se refirió, en varias ocasiones, a los “males” de nuestra América, y sin discriminar zonas o sectores. El, por su parte, sobresalió en las dos direcciones nítidas que notamos en su obra: el trabajo de investigación, especializado, y la obra general, divulgadora. Su bibliografía no se comprende bien si no abarca sus grandes síntesis, libros donde el vuelo panorámico no significa, necesariamente, superficialidad ni suma de lugares comunes. En fin, por ese camino llegamos a la verdadera dimensión que tuvo Pedro Henríquez Ureña y que, desde temprano, se le aplicó: la de “Humanista”, auténtico humanista, de acuerdo a una concepción que, para nosotros, cambia algo, pero no mucho, la que se aplica al humanista clásico.2

Por último, aunque resulte ya redundante destacarlo, el convencimiento de que la profundización de lo americano es posible no sólo a través de lo propio o lo observado en estas tierras, sino también a través de un adecuado enlace universalista, contrastador o complementador. La obra de Don Pedro da altas pruebas de esa característica importante.

Las fundamentaciones

Conociendo, como hoy conocemos, la vida de Pedro Henríquez Ureña se impone como consecuencia casi inapelable el hecho de que esa vida, al desarrollarse en variedad de escenarios americanos, llevaba en sí, implícito, el tema fundamental de su obra. Por supuesto, tal consecuencia lo es sólo en parte. Muchos otros hombres tuvieron, como él, tanta o mayor multiplicidad de residencias continentales. Aún más, hasta podemos sostener que si Don Pedro vivió en diversos países de América a lo largo de su vida (países, eso sí, con diferencias notorias de espíritu) no fue dicha causa motivo suficiente como para determinar, sin más ni más, la dirección que estamos subrayando.

Vayamos por partes. En primer término, los lugares que destaca su conocido itinerario —Santo Domingo, México, Estados Unidos, Cuba, Argentina— fueron residencias no trazadas, como, por ejemplo, traza un turista sus viajes. La hoy, en general, bastante completa biografía de Don Pedro3 nos muestra de sobra que, en su mayor parte, la instalación en un determinado país obedece, primero, a viajes de sus padres; después, a estudios y, sobre todo, a la necesidad de ganarse el sustento.

Lo que, en realidad, debe importarnos es el hecho de que Pedro Henríquez Ureña sacó de la variedad de escenarios una experiencia invalorable. Base capital (no única, claro) para captar como corresponde acentos propios y diferencias.

No está de más, aquí, un ejemplo revelador. Todos conocemos y admiramos el tributo que significó el Ariel de Rodó. El escritor uruguayo —es sabido— no estuvo en los Estados Unidos, y tal ausencia no excluye rasgos acertados en la pintura de ese pueblo. Después de todo, también, lo que pretendía Rodó era analizar el fenómeno de la expansión e influencia del país del norte en los países del sur del continente. Con todo, cabía la posibilidad (tal como, precisamente, el propio Don Pedro señaló en indirectos, pero lúcidos párrafos)4 cabía la posibilidad, repito, de que un conocimiento concreto de los Estados Unidos muy posiblemente le hubiera dado mejores apoyos de sustentación, sin necesidad —¡por descontado!— de que Rodó cambiara la tesis fundamental de su libro.

Lo que debemos destacar, pues, es el fruto que Pedro Henríquez Ureña sacó de esa variedad de escenarios que dan fondo a su vida. Con la ventaja de que sus residencias tuvieron extensión suficiente como para permitirle deducciones válidas. (Señalemos, como contraste, la abundancia de aprovechados “viajeros” que después de estar una semana en un lugar se atreven a escribir ambiciosos libros...).

Así, es muy posible que esta sucesión de países que desfilan por su vida (importantes, aunque no excepcional) haya ido determinando en él la idea del tema capital de su obra. Tema que va ganando nuevas vetas de enriquecimiento y de útil comparación con cada latitud geográfica. Es muy posible. Lo que resulta lícito agregar ahora es que la experiencia viva fue acompañada, como correspondía, con la ayuda indispensable de la información, particularmente bibliográfica, y con el sostén inequívoco de reflexiones sobre los rasgos observados y sobre los problemas captados y por resolver.

A propósito de la información conviene también decir que Don Pedro trabajó en zonas espaciales y bibliográficas donde no siempre abundan las buenas referencias y donde, por lo tanto, es necesario comenzar “desde abajo”, para fijar de ese modo puntos de partida valederos. En más de un aspecto (y sin que tengamos que exagerar el paralelismo) Pedro Henríquez Ureña nos recuerda la labor de Menéndez y Pelayo al trabajar en sectores donde estaba casi todo por hacer, o donde lo que estaba hecho debía revisarse convenientemente. Reitero que el caso no es igual, aunque no dejo de notar cierta aproximación, subrayada por el respeto que siempre sintió Pedro Henríquez Ureña hacia Don Marcelino.5

Me parece adecuado destacar en este sitio una virtud de nuestro hombre, que no todos han captado como se merece: la del divulgador, con méritos que limpian de aspereza el nombre común. De sobra sabemos que una doble dirección aparece desde temprano en sus escritos: por un lado, la labor de investigación, erudita, de acarreo de datos, de aportes documentales, de deducciones y tesis novedosas, labor realizada con buenas armas y reflejada en obras importantes (particularmente, en libros sobre la lengua, las letras, la métrica). Por otro lado, la labor de divulgación (patente en “cuadros” y “tablas”, panoramas, antologías, ediciones), que fue en él complemento indispensable de sus trabajos más ambiciosos. Bien conocemos que no todos los “sabios” están dispuestos a ofrendar su tiempo a tales tareas y, por el contrario, las desdeñan o postergan.

Reparando, de nuevo, en la obra de Pedro Henríquez Ureña, corresponde recordar, una vez más, bondades de sus vastas síntesis, que son, en mucho, el natural deseo de poner al alcance de un público vasto, no especializado, materias o muy amplias, o muy complejas o mal conocidas. En fin, hay en la doble dirección que señalamos un explicable “contrapunto” ya que las dos direcciones tienen un nacimiento casi coetáneo, si bien aceptamos que la labor popular, de divulgación, es en buena medida, como corresponde, consecuencia del trabajo erudito. Si algunas veces se equivocó, o no resultan muy convincentes sus explicaciones, podemos responder que es difícil, casi imposible, escapar a ese riesgo en disciplinas como las que cultivó, muy expuestas a las acechanzas. Lo que debe importarnos, en cambio, es el caudal extraordinariamente rico que corre por sus páginas.

Los testimonios

Teniendo en cuenta que Pedro Henríquez Ureña nació en 1884, es fácil mostrar que su preocupación americana surge tempranamente, casi con los primeros datos de su bibliografía. En rigor, comienza ésta con una serie de poesías juveniles y, dentro de ellas, el primer título, el poema Minisintinca, de 1894, ya está revelando, a través de la fecha, su relativo valor. No conviene medir, con mucha severidad, por razones obvias, este primer trecho de su producción. (El propio autor, por otra parte, no concedió a estos frutos tempranos mayor significación). El registro de sus obras primerizas debe completarse, en otra dirección, con algunas traducciones de poetas franceses (Lamartine, Sully-Prud-Homne).

Así, pues, aunque tampoco supere mucho el carácter de correteo inicial, la labor ensayística crítica de Pedro Henríquez Ureña comienza, en rigor, pocos años después, en 1900, con su Crónica, un homenaje al poeta dominicano José Joaquín Pérez, poeta hacia quien Don Pedro mantuvo durante toda su vida especial estimación. (El trabajo se publicó como obra anónima, en la Revista Ilustrada, de Santo Domingo, el 15 de julio de ese año). Precisamente, el 1900 muestra el debilitamiento de su inicial labor lírica y el afianzamiento de la labor crítica a través de diversas crónicas, reseñas e impresiones; en particular sobre obras dramáticas. Merece recordarse el comentario que escribió acerca del drama de Ibsen, Juan Gabriel Borkman, a fines de ese año (y publicado en las Nuevas páginas, de Santo Domingo, el 15 de diciembre) porque, aunque escape a las líneas que aquí perseguimos, pone de relieve, igualmente, otra de las grandes admiraciones de Pedro Henríquez Ureña, admiración mantenida a lo largo del tiempo, y sin que sea necesario, por eso, acercar la figura de José Joaquín Pérez a la de Ibsen.

Reiteramos, de este modo, la significación del año 1900 como hito inicial de una dedicación que no hará sino afirmarse con el correr del tiempo. Como sería redundante que yo me refiriera en detalle a su bibliografía americanista conocida me parece que el método más apropiado consistirá en citar títulos importantes o valederos (por uno u otro motivo), particularmente libros, para fijar con ellos las etapas esenciales de su trayectoria. Por otra parte, trayectoria continuada. En efecto, como abarca desde 1900 hasta 1946 ó 1947 (para permitir la inclusión de una importante obra póstuma) el itinerario comprende casi cincuenta años de un auténtico magisterio de americanismo.

Vayamos, ahora, a los nombres principales, representados muchas veces, como digo, por libros que en buena medida recogieron artículos o partes publicadas con anterioridad en diarios y revistas. De ese modo, también, y a través del autor, se subraya una mayor significación, aunque no debe tomarse esto como una verdad absoluta.

El primer libro en la bibliografía de Pedro Henríquez Ureña es Ensayos críticos (La Habana, 1905). Recoge en él material literario, musical y sociológico. Hay allí alternancia de artículos con temas americano y extranjero, e importa destacar la presencia de su comentario sobre el Ariel de Rodó, de sus artículos sobre José Joaquín Pérez y sobre las Tendencias de la poesía cubana, de sus tributos sobre Rubén Darío y sobre las ideas sociológicas de Hostos y Lluria. Como vemos (y como su labor periodística ya lo anunciaba) la presencia americana es firme. Conviene ponerla de relieve, en este libro inaugural de Pedro Henríquez Ureña.

El segundo libro —Horas de estudio— se publicó en París (1910, en las reconocibles y entonces difundidas ediciones Ollendorft). De nuevo, alternancias: “cuestiones filosóficas” y cuestiones literarias, sobre todo. Y, de nuevo, el tema americano que se detiene especialmente en su país (“De mi patria”: José Joaquín Pérez, Gastón F. Deligne, y otros). En otros sectores: Hostos, Darío y Barrera. Y de ese mismo año es la contribución de Pedro Henríquez Ureña a la importante Antología del centenario, en México, (junto a la colaboración de Luis G. Urbina y Nicolás Rangel), labor que Don Pedro solía recordar siempre con no encubierto orgullo. Agregó, aparte y como insistencia fecunda, su disertación sobre La obra de José Enrique Rodó, pronunciada en el Ateneo de la Juventud, de México.

De 1913-1914 separo sus aportes acerca de los Romances en América (en Cuba Contemporánea, de La Habana, noviembre-diciembre de 1913, y, después, en La Lectura, de Madrid, enero-febrero de 1914) y, sobre todo, su conferencia de 1913, en la Librería General de México, acerca de Don Juan Ruiz de Alarcón, con su revolucionaria tesis del “mexicanismo” del dramaturgo. Sobre ella volvió posteriormente en otras ocasiones, aunque no nos dio en definitiva (por lo menos, eso creo yo) el estudio total que la tesis merecía.6

De 1922-1923 separo, como ejemplo también de la labor periodística de Don Pedro en varios años, sus Puntos de una conferencia y el artículo titulado La doctrina peligrosa (centrada, como es fácil adivinar, en la Doctrina Monroe). Siquiera como muestra de una relativamente nutrida producción de Don Pedro vinculada al tema de la expansión de los Estados Unidos en el Caribe y, de manera especial, al problema de Santo Domingo. Se trata de una producción firmada en buena parte con el seudónimo de “E. P. Garduño” y que se extiende a lo largo de varios años: concretamente, a partir de 1915.7

De 1925, el estudio sobre El supuesto andalucismo de América (en Cuadernos del Instituto de Filología, I,2, Buenos Aires, 117-122; ver también B.D.H., Anejo, I, Buenos Aires, 1937), estudio en que Pedro Henríquez Ureña procura dar nuevos fundamentos a ideas de Rufino J. Cuervo y que, en general, la crítica más reciente no acepta. Sobre esto volveré después.8

De 1925 es, igualmente, su artículo sobre La influencia de la revolución en la vida intelectual de México (publicado en la Revista de Filosofía, de Buenos Aires, I, 1925). Con datos importantes acerca de la cultura mexicana a comienzos del siglo y con referencias personales que repiten corrientemente las biografías de nuestro hombre.

En años posteriores (sin impedir, por ello, la incorporación de trabajos elaborados con anterioridad) una serie valiosa de artículos que, finalmente, el autor reunió en uno de sus libros capitales, los Seis ensayos en busca de nuestra expresión (Buenos Aires, 1928), obra que afirma, de manera definitiva, el prestigio de Pedro Henríquez Ureña en el Río de la Plata a través de la seriedad y fundamentos con que, sobre todo, se encara el problema del americanismo literario. De acuerdo a lo dicho, no es necesario insistir tanto en la composición del libro, en las partes que comprende, como en la originalidad del “americanismo expresivo” que defienden los primeros ensayos del libro. Insisto, pues: obra básica de Pedro Henríquez Ureña, con sello, proyecciones y ramificaciones que acompañarán ya definitivamente buena parte de sus escritos hasta el final de su vida. Ratifico esto con un solo dato sugestivo: basta recordar que las famosas conferencias que pronunció en la Cátedra Charles Eliot Norton, en Harvard, años 1940-1941, las pronunció con el anuncio-título de In a search of Expression: Literary and Artistic Currents in Hispanic America, que después se comprimió en el libro —como sabemos— en Literary Currents in Hispanic America (Cambridge, Massachusetts, 1945).

Después de 1928, y como reflejo de su importante etapa argentina, son muchos los títulos que debemos recordar. De manera especial, a través de las dos direcciones fundamentales que venían perfilando sus estudios: la crítica literaria y la lingüística. Sin olvidar un tercero: el de los panoramas culturales. Enumerar nombres es, en mucho, anticipar libros, artículos, ensayos, notas, etc. que veremos en los próximos capítulos. Por eso, me parece más apropiado enunciar aquí, únicamente, la trascendencia de la etapa final de Pedro Henríquez Ureña, así como punto de irradiación —argentino— que la caracteriza.