October 24, 2017
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Collection: INTERAMER
Number: 62
Year: 1997
Author: Emilio Carilla
Title: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

ACOTACIONES BIOGRÁFICAS:
UNA PREMONICIÓN

Desde los años juveniles mostró Pedro Henríquez Ureña aprehensiones en relación a su salud, así como desconfianza con respecto a los médicos. Esto lo conocemos bien, a través de sus propias confesiones, cuando se opuso reiteradamente a una operación a la nariz.

La reciente publicación del epistolario cambiado entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes (parte principal de un rico epistolario) muestra que el tema de la salud, propia o ajena, lo preocupó especialmente en la primera etapa de esa correspondencia, para atenuarse en etapas posteriores (de más está decir que esto es lo que trasuntan las cartas conservadas).

Sobre esta base general, que tomo como punto de partida, llama la atención una carta de Pedro Henríquez Ureña a Alfonso Reyes, fechada en La Plata, el 16 de noviembre de 1924.1

Importa señalar, en primer término, que ésta es la carta que en ese epistolario inaugura el momento argentino, el culminante momento argentino del maestro dominicano. Llevaba ya algunos meses en nuestro país, y, por eso, resulta poco creíble que no le hubiera escrito a su mejor amigo para darle sus impresiones del nuevo escenario. Es decir, de un ámbito alejado que, desde un comienzo, se presentaba con características muy diferentes a aquellos otros en que había vivido.

Sin embargo, la propia carta a que me refiero se encarga de dilucidar el misterio. En efecto, y en relación al tema fundamental que domina la carta del 16 de noviembre de 1924 (es decir, la preocupación de Pedro Henríquez Ureña por un problema de salud) éste menciona dos cartas anteriores enviadas a Alfonso Reyes, cartas que el amigo no ha contestado.

La epístola de Henríquez Ureña trasunta cierto enojo, reacción bastante rara en él. La verdad que al avanzar la carta se aclara algo la impaciencia del autor. Hasta aquí, y en este limitado problema, basta con saber que hubo dos cartas de Henríquez Ureña a Alfonso Reyes que éste no recibió o que, simplemente, no contestó. No sé si interesa conocer que esas dos cartas fueron escritas por el dominicano a bordo del vapor francés Vauban, vapor en el cual hizo el largo viaje entre Nueva York y Buenos Aires. Pedro Henríquez Ureña habla sólo de cartas escritas “a bordo”, aunque aquí cuesta poco establecer la identificación del barco y el momento de las cartas.

Me detengo en la misiva de noviembre y en su contenido. Especialmente en la noticia del “brazo enfermo”. Henríquez Ureña no revela aquí con exactitud su enfermedad. De eso hablaba, sin duda, la correspondencia perdida (o no contestada). Con todo, si bien tenemos una noticia vaga, al mismo tiempo comprendemos claramente que se trata de algo grave. Tanto, que lleva al peligro de la amputación o a un final peor: nada menos que la muerte inmediata. Con las palabras de Pedro Henríquez Ureña, la opinión del médico cubría estos tres albures: 1) posibilidad de amputación; 2) posibilidad de morir algún día de muerte repentina; 3) posibilidad de una falsa alarma.

Como vemos, no se trata de una sola opción, aunque, de las tres posibilidades que presenta, dos son realmente críticas. Y la preocupación continúa en las noticias que nos da de inmediato:

A Días Dufoo le ofrecía enviarle mi testamento: la intensa ocupación en que vivo no me ha dejado hacerlo, y he preferido decirle que liquide a toda costa mis intereses de México; porque —le explicaba— la muerte repentina puede sobrevenir tanto en 1924 como dentro de cuarenta años, o no sobrevenir nunca. Pero a nada de esto se hizo caso: lo que gustó a la imaginación popular fue la valleinclánica amputación, y el inapreciable Artemio la trasmitió a Madrid, creo que por telégrafo. De allá me lo hace saber una carta sentimental del no menos inapreciable Catá...2

Es fácil reconstruir algunas circunstancias. El pronóstico médico tuvo lugar en México, poco antes del viaje. Es necesario también tener presente que hacía poco que Pedro Henríquez Ureña se había casado, cerca de los cuarenta años, y que ya le había nacido su primera hija, Natacha. Asimismo, nos enteramos a través de sus palabras de la desastrosa situación político social de México en aquellos años. Y, en fin, de que el viaje a la Argentina se hizo contrariando los deseos de su joven mujer, Isabel. Todo esto forma el entorno, en cuyo centro aparece el problema físico del brazo, cuyo desenlace más seguro parece ser la amputación.

Claro que, en este lugar, lo que realmente importa es la referencia a la segunda posibilidad. Es decir, la de la muerte repentina, y el comentario-vaticinio de Pedro Henríquez Ureña, cuando señala que puede sobrevenir “en 1924, o dentro de cuarenta años”.

Aquí, pues, debo detenerme, y comenzar con la nada compleja operación matemática que, en un lado, coloca las fechas posibles que nos da Henríquez Ureña, y, en otro, el suceso real de su muerte.

Pedro Henríquez Ureña murió en 1946: éste es el dato concreto e inapelable. Y murió, cumpliéndose así el vaticinio, de muerte repentina, en el episodio del tren que partía de la estación Constitución de Buenos Aires. Pero hay algo más: decía Pedro Henríquez Ureña que podía morir en 1924 (año de la carta) o cuarenta años después. No hace falta mucha imaginación para comprender que estos cuarenta años, sumados a los cuarenta que tenía, conforman una edad de ochenta años. Edad que entonces (y hoy) constituye un promedio “aceptable”. Queda la explicación de que aquellos cuarenta años de la suma representan simplemente “muchos años”. Aún así y todo, no cambia lo esencial de la perspectiva.

Lo que sabemos con certeza —repito— es que Pedro Henríquez Ureña murió en Buenos Aires, el 11 de mayo de 1946. No se cumplió su predicción, ya que la suma de 1924+40 nos da el año 1964. Pero el solo cambio de orden de los dos últimos números transforma 1964 en 1946, año exacto de la muerte de Pedro Henríquez Ureña. Y, en fin, si no murió en La Plata, lugar en que firma la carta de 1924 dirigida a su amigo Alfonso Reyes, murió en uno de sus acostumbrados viajes a la ciudad de La Plata.

De más está decir que no pretendo hacer de Henríquez Ureña un Nostradamus con su apabullante numerología3 o un Torres Villaroel con sus almanaques (con respecto a los demás), ni traer a colación, a propósito de las autopremoniciones, el conocido vaticinio de César Vallejo, con París y la lluvia...

Con todo, la proximidad mayor, aun con el relativismo común de la anticipación, corresponde al poema de Vallejo:

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo...4

No se trata, vemos, de premoniciones totales, sino de algunas coincidencias que, a su vez, conceden carácter menos espectacular y más “humano” (para aplicar también el adjetivo de Vallejo) a lo que tanto Henríquez Ureña como César Vallejo declaran. (Y no importa la diferencia genérica de los testimonios). En nuestro caso especial, diré que los párrafos del autor dominicano, de 1924, agregan un motivo realmente extraño dentro de su biografía.

Reitero que, si por un lado, Pedro Henríquez Ureña mostró aprehensión desde sus años juveniles por los problemas de salud,5 posteriormente tales testimonios se debilitan o desaparecen. O, mejor, no los registra por escrito. Interpreto que lo hace para evitar palabras de consuelo, o, simplemente, porque estas confesiones se apartan de los ya bien definidos temas, sobre todo literarios, que sus cartas contienen. (No olvidemos que es su epistolario el que nos ofrece los más nutridos datos).

Lo que puedo agregar es que la naturaleza del fenómeno premonitorio parece, en principio, más cercana a las inclinaciones líricas o imaginativas de Alfonso Reyes, que a las lucubraciones y consejos magistrales de Henríquez Ureña. Sin embargo, está visto que es difícil establecer identificaciones de este tipo.

Concluyo. He traído a colación la carta de 1924 porque, sin pretender una anticipación total al vaticinio, las cifras y las circunstancias con que ya entonces envolvía el postrer episodio de su vida, presenta algunas coincidencias con las que corresponden a su muerte real.

Lamentamos profundamente que no alcanzara a vivir hasta 1964. Si tanto hizo en la Argentina en los años que mediaron entre 1924 y 1946 (no contemos las dos breves sangrías) ¡qué no hubiera podido hacer en 18 años más!... Entramos aquí en el huidizo terreno de lo posible, y sólo nos queda el consuelo de apoyarnos en la realidad incontrovertible.

A manera de cierre, y subrayando el especial mundo simbólico en que me he detenido, creo que cabe aquí la breve cita de un párrafo de Senancour:

...los antiguos consideraban los números como el principio universal. La extensión, las fuerzas, la duración, todas las propiedades de las cosas naturales ¿no siguen acaso las leyes de los números?6