22 de Septiembre de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 62
Año: 1997
Autor: Emilio Carilla
Título: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

Sentido y ejemplo

Hace unos años, al defender un crítico la caracterización de un “humanismo hispanoamericano” tomaba como ejemplos respaldadores a Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña. Y se apoyaban en ellos sin desmerecer la significación de otros nombres de nuestro siglo que podrían servir igualmente de paradigmas, pero haciendo hincapié en la notable fuerza y la prioridad de los dos hombres citados.8

Estos casilleros no pueden soslayar la aparente paradoja que se establece aquí entre un concepto más bien universalista, como es el del humanismo (incluido el que lleva el nombre de humanismo contemporáneo) y una partición o sectorización regional (o continental, o parcialmente continental). Verdad es que no podemos pretender hoy un contenido semejante al que tiene el humanismo renancentista, época en que —como sabemos— se conforma el concepto, aunque tal caracterización tampoco anule la posibilidad de humanismos anteriores.9 Y no lo pretendemos porque la historia del humanismo muestra de sobra que, como otras fisonomías culturales, es imposible aferrarse a límites rígidos. Flexibilidad y amplitud son aquí signos de vida, sin degenerar por eso esencias permanentes.

Deteniéndonos ahora en Pedro Henríquez Ureña, lo defendemos como auténtico humanista (o, si preferimos, como “humanista hispanoamericano”) por su riqueza y variedad de conocimientos, por el rigor de su formación intelectual, por su básico aprendizaje filológico. El perfil se completa con otra cara bien perceptible, es decir, la que hemos tenido ocasión de rastrear a lo largo de este estudio y que lleva el nombre propio de América. Con mayor precisión todavía, la presencia de “Nuestra América”, ya sea en actitud sabiamente confrontadora de “Las Américas”, ya sea en relación al mundo todo. El continente, en especial como entidad cultural, entendiendo lo cultural con dimensiones y entrecruzamientos válidos, donde, entre otras cosas, tienen cabida “los problemas sociales modernos”.10

El perfil de humanista que asociamos al nombre de Pedro Henríquez Ureña no se reduce, claro, a conocimientos y sabiduría. Sobre tal base, se completa con una calidad superior de hombre, aquélla que asociamos al verdadero “Maestro”. Sólo de esa manera puede aceptarse, como completo, el apelativo de humanista que sin duda merece. Conocimiento que se transmite y transciende a través del ejemplo. Con frecuencia, a través del ejemplo más que a través del libro o de la palabra.11

Algunos críticos (por supuesto, críticos que no conocieron de cerca a Don Pedro) se han asombrado de la cantidad de discípulos que le nacieron al sabio dominicano. Así como otros llegaron a asombrarse de la cantidad de homenajes y estudios que surgieron después de su muerte.

La explicación, o respuesta, está en las virtudes que venimos señalando. Homenajes y estudios como herencia, o como muestra de aprendizaje de conocimientos y métodos, o, simplemente, como gratitud a la reconocida afabilidad del maestro, siempre dispuesto a un consejo, a una ayuda, a la lectura de incontables manuscritos, muchas veces en detrimento de sus propias labores. Repito, pues que su calidad humana dejó huellas en todos los que se le acercaron y lo conocieron.

Naturalmente, debemos pensar también en aquellos que no lo conocieron, y que, sin embargo, lo consideran como “Maestro”. Allí están sus obras para asentar este más extendido magisterio, y donde todavía sorprende recoger tantas lecciones y noticias.

Conviene recordar, una vez más, las dos direcciones que impulsaron buena parte de sus escritos: por un lado, la labor erudita, culta, con aportes recordables; por otro, una sacrificada labor de divulgación que, subrayo, no todos los eruditos se muestra dispuestos a ofrecer. Sin buscar forzados paralelismos (que no lo son) recuerdo igualmente que Don Pedro, así como apreciaba como correspondía la manifestación culta, el refinamiento y la exquisitez en el arte, la complejidad artística, del mismo modo solía apreciar las manifestaciones populares, la sencillez y rusticidad como signos expresivos. Porque él comprendía, no cabe duda, que el viento del espíritu sopla en todas las direcciones, y que todo es válido en la medida que revele una fisonomía, un sello personalizador noble.12

Tampoco está de más repetir que Pedro Henríquez Ureña no se distinguió por teorías o métodos llamativos, por enunciados espectaculares. Por el contrario, podemos afirmar que se movió corrientemente dentro de lo que llamamos “crítica filológica”. De ella sacó posibilidades realmente fructíferas, tal como sus títulos mayores (y no son pocos) lo muestran.13

Sin la pretensión de un descubrimiento, señaló que son virtudes del auténtico crítico, y base firme de cualquier sistema o método, las tres condiciones que enumero como conocimientos, intuición y sensibilidad. Pedro Henríquez Ureña las poseyó, y a ellas agregó su reconocida serenidad, su equilibrio y su ansia permanente de justicia, tal como puede verse cuando enjuicia a autores y obras que no le atraían.

También Don Pedro, como no podía ser menos, se dio cuenta de que es ilusorio pretender decir últimas palabras en disciplinas como la crítica literaria o como la historia cultural. Lo que realmente debe preocuparnos, solía decir, es hacer aportes fundados, con el máximo rigor posible.

Por eso, con la perspectiva que hoy nos ofrece su obra, obra clausurada con su muerte hace ya cuarenta años, no cuesta mucho mostrar que, dentro de lo que escribió, hay páginas olvidables o superadas. Lo que debe preocuparnos no es tanto pensar en ellas como en lo mucho que aún resulta útil y puede servir como base o ampliación de nuevos estudios, de nuevas investigaciones. Y esto es lo que han comprendido multitud de discípulos y seguidores: partir de sus párrafos, pero sin encerrarse en ellos. La justificación está en nuevos terrenos y horizontes. ¡Y hay tánto que escudriñar en el vasto tema de América! Por todo lo expuesto, así como no cabe ninguna duda —creo— del peso que tiene lo continental en su obra, ni —insisto— del perfil de humanista que se ganó con creces, también, me parece, se destaca el carácter de “Maestro” que le reconocen, con renovado fervor, multitud de discípulos. Discípulos directos, discípulos a la distancia ¿qué más da? Lo que realmente vale es el fervor y la calidad de los tributos, y de esto, concluyo, tampoco tenemos ninguna duda.