October 21, 2017
Educational Portal of the Americas
 Language:
 Printer Friendly Version  E-mail this Page  Rate this Page  Add this Page to My Favorites  Home Page 
New User? - Forgot your Password? - Registered User:     

Site Search



Collection: INTERAMER
Number: 62
Year: 1997
Author: Emilio Carilla
Title: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

b) Un epistolario de excepción

Introducción

La muy reciente aparición del tomo tercero (y último) del Espistolario íntimo cambiado entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes a lo largo de cuarenta años1 nos pone frente a uno de los epistolarios más ricos ofrendados por las letras hispanoamericanas. Aún más, me atrevo a decir que no hay entre nosotros, durante muchos años, un ejemplo igual. Y el entusiasmo me lleva igualmente a afirmar que era previsible tal jerarquía, si atendemos al valor de los corresponsales y al tiempo, medible también en cantidad, que abarcan las cartas.

Claro que, como corresponde, el respaldo por excelencia surge de la materia, abundante y variada, que llena esa correspondencia y que, desde ahora, aparece no sólo como testimonio insustituible para ahondar en la personalidad de los dos hombres, sino también para penetrar mejor en los ámbitos en que los dos actuaron.

A manera de corolario se da asimismo entre ellos el fenómeno explicable: el epistolario se atenua en los años —no muchos— en que ambos coinciden en un país determinado (México, la Argentina). Y suele crecer cuando se encuentran lejos. Como, a su vez, tanto Pedro Henríquez Ureña como Alfonso Reyes repartieron sus vidas en distintos lugares, tales cambios dan con frecuencia nuevos matices a las impresiones que cambian.

Resulta igualmente adivinable que resalte en los párrafos el mundo de las letras, o, si preferimos, del libro. Y, dentro de ese mundo, las faenas en que los dos se destacaron: más centrada y “erudita” (filología, crítica, ensayo, lingüística...) en Pedro Henríquez Ureña; algo más amplia genéricamente (crítica, ensayo, drama, ficción, lírica...) en Alfonso Reyes. Pero de ninguna manera estas direcciones marcan diferencias muy apreciables. Y, por el contrario, lo que las acerca es, aparte de la firme amistad, el mucho saber y la altura intelectual de los dos hombres. Saber que, a su vez, no oculta el desborde imaginativo, ni rasgos de humor (sobre todo, en Alfonso Reyes). Reitero, como sello definidor, la entrañable amistad que los unió a lo largo de tantos años, rasgo que tendremos ocasión de ampliar en la parte central de este artículo.

Antes de detenerme en los aspectos centrales del Epistolario íntimo me parece justo decir algo acerca de las circunstancias que han determinado la publicación. Paralelamente, del papel que, en esta ofrenda, han desempeñado, por una parte, dos destacados estudiosos dominicanos (Emilio Rodríguez Demorizi y Juan Jacobo de Lara). Y, por otra, los herederos del escritor mexicano.

Como es bien sabido, Emilio Rodríguez Demorizi, compatriota y uno de los amigos dilectos de Don Pedro, heredó de éste su archivo. Mejor dicho, lo fue recibiendo directamente, antes de la muerte de su amigo.2 En el nutrido epistolario se destacan claramente las cartas enviadas por Alfonso Reyes. Juan Jacobo de Lara nos dice que los descendientes de Alfonso Reyes cedieron las cartas enviadas por Pedro Henríquez Ureña. Y, como parte del convenio, se estableció la seguridad de que el epistolario se publicaría simultáneamente en Santo Domingo y en México.3

El hecho de que Lara hubiera publicado ya abundantes cartas de Henríquez Ureña a su amigo mexicano en las Obras completas de aquél no fue, de ninguna manera, un obstáculo insalvable para que ensayara esta nueva y más completa colección.4

Volviendo al Epistolario, y como ya se indica en los títulos, la serie se extiende desde 1906 hasta 1946, año de la muerte de Pedro Henríquez Ureña. Con más exactitud, habría que cambiar las fechas extremas en 1907 y 1944, puesto que estos son los años que corresponden a la primera y última carta de la colección. Esto, claro, no tiene mayor importancia.

Aunque no había entre los dos amigos una diferencia apreciable de edad (Pedro Henríquez Ureña, 1884; A.R., 1889), desde un principio y sobre todo en lo que podemos considerar una primera y extendida etapa, es Henríquez Ureña el que aparece como “maestro” y mentor. Asimismo, el propio Alfonso Reyes se encargó, en más de una ocasión, de señalar diferencias generacionales entre los dos. Por otra parte, el predominio de cartas de Alfonso Reyes en un primer tramo ratifica, conjuntamente con el contenido, el papel de uno y otro. Pero tal predominio más tarde se equilibra.

Dos cartas de Alfonso Reyes, de septiembre de 1907, son las que abren el epistolario, y están fechadas en Chapala, Jalisco. Pedro Henríquez Ureña residía desde 1906 en México. Primero, en la ciudad de Veracruz (donde fundó, junto a Arturo de Carricarte, una “Asociación literaria interamericana” y la Revista Crítica), y después en la ciudad de México, donde se unió a su hermano Max.

Para explicar el magisterio de Pedro Henríquez Ureña, conviene saber que, hacia 1906, tenía ya una producción literaria visible (y lo de “literaria” no borra otras direcciones). Esa producción había comenzado en Santo Domingo, alrededor de 1896, y debemos juzgarla de acuerdo a la precocidad de su autor. Pero aquí no pretendo valorar este momento inicial del dominicano, sino justificar la juvenil admiración de Alfonso Reyes.

A partir de 1908 la correspondencia tomó un ritmo más regular y, con frecuencia, nutrido. Se interrumpió entre 1910 y 1912, para ganar profusión en 1913 y 1914. Esto se explica por la distancia que los separaba y que obligaba al recurso de las cartas. De manera especial, los años 1914, 1915 y 1916 son notablemente fecundos.

A partir de aquí, y hasta 1932, se mantuvo el ritmo, que se quebró en el período 1933-1937.5 Se reanudó en 1938, ya más débilmente, para terminar en 1944.

De sobra me doy cuenta de que este breve recuento muestra sólo un aspecto muy externo, fijado por las fechas. Mucha más importancia tiene la consideración del contenido de las cartas y lo que ellas descubren de la intimidad de los corresponsales, así como del acopio de datos sobre personas, obras y cosas... Y, una vez más, comprender que el eje que atraviesa el epistolario es, efectivamente, el de la literatura y los libros.

Como he dicho, es justo elogiar la tarea de esclarecimiento y dedicación de Juan Jacobo de Lara, que, es fácil descubrirlo, ha hecho del estudio de la obra y la personalidad de Pedro Henríquez Ureña un culto. A él le debemos múltiples pruebas de homenaje, y, en primer término, debo colocar la publicación de las Obras completas y el de este rico y particular Epistolario, con el auspicio de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña de Santo Domingo.

Ahora bien, después del elogio que merece el amigo Juan Jacobo de Lara, creo que conviene puntualizar algunos desniveles en la publicación del Epistolario. En primer lugar, aunque éste sea reparo de poca monta, no veo mayor ventaja en llamarlo “epistolario íntimo”, por el mucho material que escapa a este adjetivo. En fin, me parece que el simple nombre “epistolario” refleja mejor, en su vaguedad, el contenido. Pero esto —repito— no tiene mayor importancia. En cambio, sí lo tiene lo que se vincula a la edición: quiero decir, al cuidado de la edición.

Por lo pronto, hay diferencias apreciables entre los tomos I y II, por un lado, y el tomo III, por otro.

En un principio, Lara reproduce las anotaciones de Max Henríquez Ureña a las cartas de Alfonso Reyes.6 Al avanzar el epistolario, las notas corresponden ya a Pedro, así como las acotaciones a sus propias cartas.7 Y, aunque no lo declare él, interpreto que son de Lara las notas del tomo segundo. Por supuesto, casi siempre es fácil deslindar las notas que pertenecen a Pedro Henríquez Ureña de las que pertenecen —sospecho— a Lara. Por otra parte, no es modalidad de Alfonso Reyes el incorporar notas a sus cartas.

Tanto o más grave es la impresionante cantidad de erratas que aparecen en el tomo tercero, y que —repito— no aparecen o aparecen menos, mucho menos, en los dos anteriores. Con frecuencia, nombres propios y títulos de obras se presentan desfigurados, con situaciones que a veces llegan a lo grotesco. Y, claro, lo llamativo aquí es que no figuran notas a pie de página del editor, cosa que hubiera permitido diversas correcciones inmediatas. De lo que estamos seguro es de que esas erratas (y errores) no figuran en los manuscritos originales. He aquí, entre muchos ejemplos, el párrafo de una carta de Pedro Henríquez Ureña, fechada en Buenos Aires el 13 de junio de 1930, carta en la que da cuenta a su amigo del banquete ofrecido a Jules Supervielle:

Wally Zenner... declamó la Fundación mitológica de Buenos Aires, de Borges, el poema de Nora Borges, de Bernárdez, y una oda de Marichal. Nora, contrariando su papel habitual, se le veía en la cara. Yo estaba —y por eso me hallé bien— entre ella y la señora de González Garaño. No estuvo Adelina, temerosa de recuerdos; pero sí María Rosa, y Nora Lange, y Elena Cid. Después fuimos al teatro a ver Sunchales, de Vacarezza, con Tita Marello...8

Insistiendo sobre estas deficiencias, no resulta difícil al lector (pensemos en un “lector” del nivel que estas obras requieren), no resulta difícil —señalo— corregir nombres propios y títulos de obras famosas o muy conocidas. La dificultad crece cuando nombres y obras corresponden a un nivel menos espectacular, o tienen vigencia local. Por otro lado, debemos tener presente que el tomo tercero abarca, en su mayor parte, la etapa argentina de Pedro Henríquez Ureña. Si bien nosotros podemos remediar, por razones obvias, todas o casi todas las fallas (hay algunas de difícil solución), no creo que ocurra lo mismo con lectores que pertenecen a otros ámbitos americanos. Y pienso, de manera especial y también por razones comprensibles, en los lectores dominicanos y mexicanos, en primer término.

Estos defectos, con ser apreciables, no anulan el valor esencial que ostenta la publicación de este rico epistolario. Nos duele, admitimos, que la edición en sí, sus méritos externos, no estén a la altura de lo que Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes merecen. Pero esto no borra —insisto— los reales méritos del Epistolario íntimo. En fin, es de esperar que en una nueva edición de la obra se corrijan las erratas (y errores) que se encuentran en ésta. El diligente Juan Jacobo de Lara sé que lamenta esta contingencia, y, en definitiva, él está en condiciones (solo o con múltiples ayudas) de darnos una edición mejor...

El “Epistolario”

Vayamos ahora a lo fundamental, es decir, al contenido de esta extraordinaria colección de cartas, que reconozco con pocos equivalentes en las letras hispanoamericanas. Hoy (puede leerse “a partir del Romanticismo”) los epistolarios revisten, como otras formas confesionales, significación notoria, y, paralelamente a manifestaciones genéricas más tradicionales alcanzan, en ciertos casos, dimensión de auténticos documentos literarios.

Por otra parte, si sospechamos que en muchos autores antiguos (leamos: “con anterioridad al Romanticismo”) la carta de un escritor famoso, valga el caso, agotaba su ciclo en el goce de la escritura y el afán de la comunicación inmediata, cabe aceptar que la carta del escritor moderno (pensemos, de nuevo, en el escritor famoso, o que escribe la carta cuando ya ha adquirido fama) presupone casi siempre la posibilidad de la publicación. Difícilmente, en su tiempo; normalmente, como obra póstuma. Necesidad y, también, resguardo...

En concreto, el epistolario cambiado entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes da la sensación de atender a varios de estos rasgos. Por lo pronto, tiene apreciable calidad y se difunde como colección después de la muerte de ambos, y con cierta perspectiva temporal.

Son de sobra conocidas las direcciones que los dos hombres siguieron, con afinidades genéricas pero también con diferencias. Así, si aceptamos para algún momento de Pedro Henríquez Ureña la condición del lírico y del autor de ficciones, mucho más las identificamos con Alfonso Reyes.

¿Se reflejan esta líneas en el epistolario? Yo creo que sí, y no pienso que sea un espejismo lo que me hace ver las identificaciones que señalo.

Consecuencia en buena medida de lo que digo (con agregados que atribuyo a temperamento, lecturas, formación, etc., más que a motivos de edad), y sin establecer una separación tajante entre uno y otro, Pedro Henríquez Ureña es el que asume, notoriamente, el papel de maestro o consejero de Alfonso Reyes, el corresponsal que responde consultas y marca caminos. (Esto se da sobre todo en una extendida primera época, y sin cerrar la posibilidad de una situación inversa, aunque mucho menos perceptible). En fin, Pedro Henríquez Ureña trasunta un estilo hecho de rigor conceptual, de sobriedad discursiva. En otro nivel, impresiona la excepcional abundancia de noticias, especialmente literarias, que encontramos en párrafos de sus cartas.

Como digo, resulta exagerado establecer límites tajantes entre uno y otro, dentro de las características señaladas. Lo que sí cabe agregar es que corre más por cuenta de Alfonso Reyes el toque de humor, la acotación ingeniosa, la cita lírica, la intercalación descriptiva... En fin, la nota “elegante” que le permite el nivel social de las embajadas. ¡Ah! y una mayor debilidad por los “chismes” (eso sí, que Alfonso Reyes sabe adornar adecuadamente).

Por encima de las diferencias que podemos establecer entre los dos, es mucho más lo que los une que lo que los separa. No olvidemos, por último, que se trata de un epistolario que dura cuarenta años, extendido lapso que desordena caracterizaciones muy nítidas.

Coordenadas

Por descontado, es la propia materia la que determina las vías a seguir, sin olvidar la condición genérica de ese material. Así, pues, en la necesidad de establecer los temas predominantes (temas predominantes y valores estéticos) dentro del epistolar intercambio entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, diré que, según mi parecer, estos son los aspectos vertebradores:

1) Datos biográficos más directos; noticias familiares; cargos, viajes, lugares...

2) La obra propia. La lengua y la literatura. El libro. La elaboración de las obras y la difusión.

3) El entorno cultural. Informaciones determinadas por el ámbito en que residen. Juicios de valor.

4) Etopeya. El epistolario como reflejo personal de los dos hombres. La historia íntima de una larga y fecunda amistad.

5) La correspondencia cambiada entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes como trasunto de valores expresivos. Las cartas en conexión con las obras más declaradamente artísticas, o científicas, o didácticas, publicadas por ambos.

Biografía externa

Como línea visible, asistimos, a través de las cartas, a una buena parte de las vidas de los dos hombres. Debemos tener presente que el epistolario se extiende desde 1906 (1907) hasta 1944, en relación a las siguientes fechas límites de uno y otro: Pedro Henríquez Ureña (1884-1946); A. Reyes (1889-1959). No hay, evidentemente, una diferencia apreciable de edad. Con todo, y con alguna sorpresa de nuestra parte, Pedro Henríquez Ureña se separaba, de manera más apreciable, de su amigo. Así, establecía entre los dos, en una carta de 1921, una diferencia generacional que superaba los escasos años que mediaban, efectivamente, entre 1884 y 1889:

¡Otra vez, incansable peregrino!... (Cita que tú no recordarás, porque si bien la diferencia entre nuestras edades no es tan grande como parecía hace quince años, tu educación y la mía están separadas por el espacio de una generación: la tuya, 1900; la mía, 1880)...9

El epistolario comienza, para los dos, en plena época de juventud, y se clausura casi con la muerte de Pedro Henríquez Ureña. Como ya he dicho, son cuarenta años, dentro de dos vidas plenas y con una serie de etapas bien definidas. Se conocieron en México, en la primera residencia de Henríquez Ureña en este país. Allí se cimentó la amistad, al mismo tiempo que el dominicano impresionaba, más allá de sus pocos años, como uno de lo más activos miembros de la renovación cultural mexicana de principios del siglo. Después, hay sobre todo otra época importante en que los dos viven cercanamente; son algunos años, a poco de instalarse Pedro Henríquez Ureña en la Argentina. En lo demás, los cargos docentes de Henríquez Ureña, por un lado, las misiones diplomáticas de Alfonso Reyes, por otro, marcan también las separaciones, junto con los ecos que la diversidad determina en el contendido de las cartas.

Las noticias y comentarios vinculados a las ocupaciones “oficiales” no constituyen motivos absorbentes en la correspondencia. De manera explicable, quizás como derivación de la propia jerarquía social, los que tienen que ver con el “embajador” Alfonso Reyes tienen algo más de peso.

Paralelamente, los registros personales. Si tomamos la vida de Henríquez Ureña, surgen los episodios vitales: el casamiento con Isabel Lombardo Toledano, los nacimientos de las hijas (Natalia [Natacha], en México; Sonia, en la Argentina), el crecimiento y las enfermedades de las niñas...

En fin, los comentarios a los lugares en que residen y a los acontecimientos locales trascendentes. Todo esto, dentro de un ritmo normal, aunque los interlocutores se llamen, como aquí, Pedro Henríquez Ureña y A. Reyes. Los viajes, y otras actividades (en el caso de Pedro Henríquez Ureña, valga el ejemplo, su continuada labor editorial, sobre todo en la Argentina: Sur, Espasa-Calpe, Losada) son también datos que las cartas atestiguan con alguna amplitud. Y con esto nos acercamos ya a la literatura y a lo mucho que ella representa en sus vidas.

Si tuviera que subrayar el rasgo por excelencia de este singular epistolario, sin olvidar la multitud de facetas que lo caracteriza, yo diría que es el sentimiento de la amistad. En consonancia con los temperamentos, el que más lo destaca o declara es Alfonso Reyes. En realidad, no hace falta que lo declare, puesto que palabras y tono lo trasuntan con bastante nitidez.

Manifestaciones literarias propias

Anudando con una afirmación anterior, creo que, comparativamente, el tema que predomina en las cartas es el que se liga al mundo de los libros. O, si preferimos, el de la literatura. Con ramificaciones que, especialmente en el caso de Pedro Henríquez Ureña, abarcan raíces filosóficas y resonancias artísticas variadas.

Con respecto a las obras propias, abundan las noticias que dan cuenta de la elaboración, primero, y de la publicación, después. En el primer caso, cada autor suele anticipar algo del proceso, y, en ocasiones, la carta es también testimonio del pedido de un dato, o de un consejo acerca de la obra en preparación. Así como, más adelante, lo será de la aparición del libro (o del artículo) y aún de su difusión. De nuevo, se trata de un itinerario normal, sin que esto equivalga a decir que corresponde a un proceso mecánico, o simplemente, repetido.

Entre muchos ejemplos, valga este párrafo de una carta de Alfonso Reyes, escrita en 1914:

Ciertas todas tus críticas, exactísimas. Cierto también que el error me viene de escribir de prisa. ¡Antes he escrito! Lo hice por tarea, de carrera, sin preocuparme mucho, porque tenía muchos cuidados materiales que me solicitaban...10

Y una carta de Pedro Henríquez Ureña, de 1922, ratifica, en cierto modo, las dos grandes etapas que puede señalarse dentro de su obra escrita. Quiero decir, dos etapas de tiempo casi equivalente, aunque desiguales en logros. Pues, en esa carta de 1922, escrita desde México, Pedro Henríquez Ureña, con algún desaliento, dice que “no ha hecho nada”. Copio:

No he hecho nada. Voy al fin a publicar libros, de crítica y de pedagogía. La gente insiste demasiado en que yo ‘no he hecho nada’...11

Conociendo, como conocemos, sus escritos, la confesión resulta exagerada. Por lo pronto, había publicado ya varios libros (entre ellos, el más importante y reciente, sobre La versificación irregular en la poesía castellana), numerosos artículos y, en otro nivel, había pronunciado muchas conferencias. El texto —creo— puede entenderse mejor si pensamos no tanto en lo que Pedro Henríquez Ureña había hecho, sino en lo que pensaba hacer. Y, en otra perspectiva (no olvidemos el sentido confrontador que tiene el epistolario) en lo mucho que ya había publicado Alfonso Reyes.

Dejando de lado abundantes datos ilustrativos que se vinculan a las obras de Pedro Henríquez Ureña, y declarados por éste, la situación de Alfonso Reyes es, desde un comienzo, diferente. Mejor dicho: si bien a partir de un momento dado el ritmo de producción de los dos hombres es más o menos equivalente en número, la diferencia se da en el hecho de que, con cargos diplomáticos o no, la labor escrita del mexicano aparece como más regular. Con otras palabras: la producción de Alfonso Reyes fue no sólo más variada, genéricamente hablando, sino que mantuvo un mismo ritmo desde su iniciación, mientras que la de Pedro Henríquez Ureña se acelera particularmente después de 1920.

El entorno literario-cultural

Si las noticias que se vinculan a la obra propia tienen a menudo valor especial, no menos deben apreciarse, en este epistolario, los juicios o noticias que nos trasmiten sobre los demás.

Lo corriente es que autores y obras correspondan a lugar donde residen. Que sea, por ejemplo, autores que tanto Pedro Henríquez Ureña como A. Reyes conocen, o que acaban de serles presentados. Caben también impresiones sobre autores de otras latitudes, como caben las noticias o el comentario sobre el autor “clásico”... todo es posible, sabiendo como sabemos cuanto importa el “libro” en el mundo de estos dos hombres. Sólo es necesario tener presente que estamos frente a una colección de cartas, con toda la libertad pero también con todas las limitaciones que ofrecen, y a las cuales no podemos reclamar la minucia ni la extensión de un ensayo o de un artículo.

Comparativamente, quizás sean más ilustrativos y variados los juicios críticos de Pedro Henríquez Ureña sobre las letras contemporáneas en diversos países de América. Pero, una vez más, resulta difícil establecer divisiones rotundas entre los dos corresponsales.

Yo creo que, atendiendo al nutrido material del Espistolario, es igualmente difícil la selección de trozos representativos. Sin embargo, obligado a dar ejemplos, me decido por sendos testimonios que identifico como “Alfonso Reyes y España” (especialmente, con autores vinculados al Centro de Estudios Históricos de Madrid), y Pedro Henríquez Ureña y la Argentina. Eso sí, las versiones son heterogéneas, ya que Alfonso Reyes, en sus cartas a Pedro Henríquez Ureña, se ocupa menos de darnos una visión de la literatura española de aquellos años de la década del veinte, que de darnos, sobre todo, semblanzas de sus compañeros del Centro de Estudios Históricos (Américo Castro, Onís, Solalinde, etc.). Lugar aparte merece, por la intervención que a él le tocó, lo relacionado con el Centenario gongorino, de 1927.

En parte, por explicables razones de cercanía (aunque no por este único motivo) nos atraen más las noticias y juicios que Pedro Henríquez Ureña nos trasmite acerca de la literatura argentina de la misma época. Con la presencia novedosa de la literatura “joven”, pero sin restringirse a ella. Pedro Henríquez Ureña juzga desde fuera, si bien ya había comenzado su trato con varios de esos autores. No oculta su simpatía por algunos de ellos, al mismo tiempo que reconoce valores en escritores argentinos de generaciones anteriores. En este sentido, me parece importante una carta de Pedro Henríquez Ureña fechada en Miramar, en enero de 1927, carta que, por diversos aspectos, considero antológica.12 Se trata de un breve esquema que incluye representantes de cuatro generaciones de escritores que escriben en la década del veinte, y que, desde nuestra perspectiva, resulta certero y clarificador.

En otro nivel, hay que destacar las coincidencias. De manera especial cuando mencionan o enjuician nombres consagrados o famosos de la cultura española. Así, los dos coinciden en el rechazo de Rafael Altamira y de Ortega y Gasset (no le perdonan —dicen— su petulancia), y en la aceptación, con reparos, de Juan Ramón Jiménez y de Federico de Onís. En fin, para hacer algo más completo el mapa, diré que, en relación a la literatura argentina, coinciden igualmente en el rechazo de autores como Ricardo Rojas, Manuel Gálvez y Hugo Wast.... Por descontado, no es asunto de tomar los juicios (a menudo, adjetivos o enunciaciones circunstanciales) como dictámenes inapelables. Lo que aquí pretendo, como se habrá adivinado, es establecer una síntesis descriptiva, acorde a los límites propios de un epistolario.

Etopeya

En realidad, el breve análisis del epistolario como reflejo de la biografía externa de los dos hombres nos sirve, en mucho, de puerta de entrada para el ahondamiento de los rasgos anímicos de los interlocutores, o, si preferimos, para deducir de los párrafos indicios de los que podríamos llamar “biografía interna” de ellos.

Si medimos el material por el número de párrafos, no encontramos mayor diferencia entre Pedro Henríquez Ureña y A. Reyes: tanta abundancia ofrece uno como otro. Pero, no sin cierta paradoja, ese aparente equilibrio muestra también la mayor contención y a veces la parquedad de Pedro Henríquez Ureña, frente a la mayor locuacidad o el desborde imaginativo que caracteriza a Alfonso Reyes.

Es cierto —y ya lo he dicho en otras ocasiones— que, sin negar la altura más o menos equivalente (y aun la mayor fama de Alfonso Reyes) el epistolario revela el nivel distinto en que uno y otro se colocan. Sobre todo, insisto, en una extendida primera etapa. Pedro Henríquez Ureña es el consejero, el que responde las preguntas y soluciona los problemas que Alfonso Reyes le plantea.

A propósito de la mayor fantasía y locuacidad de Alfonso Reyes, éste llega también a ciertas exageraciones o defectos que, en ocasiones merecen el reproche, casi siempre amable, de Henríquez Ureña. Un ejemplo:

No me disgusta el fantaseo; me agrada, pero sí me disgusta tu eterna queja contra las gentes ¿Por qué no les ves más que defectos? Es el espantoso vicio mexicano...

Recuerdo a mis amigos, a menos que hayan hecho algo imperdonable, por sus cosas buenas y no por las malas...13

En general, Alfonso Reyes cumple cabalmente con el papel de discípulo respetuoso, cuando actúa, en realidad, como discípulo. Muy raramente, aparece en él el rechazo o el descontento.

No olvidemos, por último, que las cartas (y más si se trata de un epistolario con la extensión temporal, abundancia y riqueza como el que estudiamos) revelan, en consonancia con el sentimiento de la amistad que identificó a los dos hombres, las virtudes inherentes a ese sentimiento: sinceridad, entrega, gratitud, ayuda, etc. De más está decir que de todo esto hay sobrados testimonios en los párrafos del nutrido epistolario.

Realces expresivos

Sería exagerado afirmar que la colección de cartas cambiadas entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes a lo largo de tantos años es, toda ella, una colección de piezas antológicas. Pero, si no es así, conviene de inmediato señalar que es uno de los mejores testimonios de este tipo que ofrece el mundo hispánico en lo que va del siglo (bastante avanzado, por otra parte). Y, en fin, que más allá de los rasgos importantes ya vistos, agrega asimismo, como nota subrayadora, abundancia de virtudes expresivas.

De manera llamativa, y no se trata aquí de un torneo de cumplidos o elogios recíprocos, cada uno de ellos elogia, en determinados momentos, las cartas del otro. Así, Alfonso Reyes le dice a su amigo, a fines de 1918, que espera publicar una edición de las cartas de Pedro Henríquez Ureña:

Estoy por publicar tus cartas en edición crítica, en cuanto la paz mejore los precios del papel...14

Y aunque Alfonso Reyes no lo especifique, no cabe ninguna duda de que la intención significa un claro sentido de homenaje.

Por su parte, Pedro Henríquez Ureña subraya, en 1917, los signos de aprobación que, en la Argentina, están mereciendo las cartas enviadas por Alfonso Reyes a diversos corresponsales. La noticia aparece en una misiva de Pedro Henríquez Ureña a Daniel Cosio Villegas, fechada en la ciudad de la Plata:

Conténtate —le dice— con que las cartas hablen de lo que a uno se le ocurre en ese momento. Por eso las cartas de Alfonso son estupendas y gozan de fama en la Argentina...15

Concretándome a los rasgos “literarios” que las cartas revelan, diré que asistimos, en determinados momentos, a una especie de justa en que tanto uno como otro compiten en efusiones líricas. Sobre todo, cuando las circunstancias permiten tales efusiones. Sin embargo, reitero que tal dirección es más afín, o se destaca más, en las cartas de Alfonso Reyes. En consonancia, también, con los perfiles individualizadores del epistolario.

En síntesis, y superando detalles diversificadores, cabría adjudicar a Pedro Henríquez Ureña, junto a la riqueza conceptual y a la lengua sentenciosa, mayor concisión y rigor; a Alfonso Reyes, mayor riqueza lírica y humor. Pero sin que tales diferencias sean extremadas. Son muchos los ejemplos que pueden señalarse: valgan estos dos por motivos de economía. De Pedro Henríquez Ureña, y en carta antológica de 1927:

Es verdad que a mí me turba un poco lo críptico: ¿por qué será? Es una peculiaridad que nunca he visto explicada: hay espíritus con delirio de claridad y espíritus con delirio críptico. Los que momentáneamente pasamos del ágora al claustro, somos echados al fin de nuevo al ágora ¿No es ése el caso de Paul Valéry? Tú debes de haberte dado cuenta de que yo he sido arrastrado al claustro por tu ejemplo; creo que lo he hecho mal; hay que ser ‘to the manner born’, como tú...16

Y este es el comienzo de una deliciosa carta, igualmente antológica, de Alfonso Reyes, fechada en 1930, con motivo de su nueva embajada, ahora en el Brasil:

No sólo de Pan de Azúcar vive el hombre, y no esperéis de mí seguramente, que consagre mi primera carta a describiros lo que conocéis mejor que yo. Esto es, ciertamente, un paraíso terrenal, con todas sus ventajas e inconvenientes. El contraste con la urbanísima Buenos Aires es tan vivo, que comprendo que se desconcierte cualquiera que no sea tan europeo como nosotros...

Me encontré con un caserón absurdo y dantesco, que me hace suspirar por el palacio de la calle Arroyo. En esta vida, como merece haber dicho Schopenhauer (Pangloss al revés), no todo puede ser mejor, pero todo puede siempre ser peor... El sitio todo, entre ciudadano y campestre, comprueba aquella visión de Claudel: ciudad que no ha expulsado al campo. Por la noche, nos despiertan entre los tranvías y los gallos... Pero pasemos al piso alto...17

Conclusión

Hay un lugar común que suele repetirse con alguna frecuencia, y es el que se refiere a la pobreza de la literatura epistolar hispánica. No pretendo revertir drásticamente la aseveración, ni, mucho menos, desmerecer la reconocida importancia que, en este sector, ofrecen determinadas literaturas. En todo caso, sostengo que, por diferentes motivos, no atrae mucho entre nosotros la publicación de este tipo de testimonios. O, simplemente, que no hemos logrado vencer los escrúpulos que impiden la difusión de tales materiales, cosa que no suele ocurrir en otros ámbitos, de sobra conocidos. Claro que, de manera paralela, defiendo una vez más que el epistolario comentado —y no es el único— desmiente la inexistencia o pobreza de la literatura epistolar en lengua española.

Como he dicho en la primera parte de este estudio, la riqueza de la serie de cartas intercambiadas entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes no se corresponde con una edición acorde con su importancia. Sin embargo, me apresuro a señalar que esa limitación no constituye un desmedro notorio. Nos queda, en definitiva, el hecho plausible de una primera y no fácil publicación, y el tener a nuestro alacance un material imprescindible para el ahondamiento de dos personalidades de los quilates de Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes. Finalmente, y como signo elemental de justicia, quiero insistir en la idea de que la posibilidad de mejorar algún día la presente edición de ninguna manera quita méritos a la labor de Juan Jacobo de Lara, incansable campeón por el buen nombre de Pedro Henríquez Ureña.