October 17, 2017
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Collection: INTERAMER
Number: 62
Year: 1997
Author: Emilio Carilla
Title: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

A. EL EPISTOLARIO

a) Pedro Henríquez Ureña en su epistolario

No podemos decir que el epistolario de Pedro Henríquez Ureña fuera materia desconocida antes de la publicación de las Obras completas de nuestro autor, meritoria tarea de Juan Jacobo de Lara y la Universidad Nacional “Pedro Henríquez Ureña”. No podemos decirlo, pero, al mismo tiempo, es justo agregar que, precisamente, esas Obras completas, conjuntamente con el importante Epistolario íntimo cambiado entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, publicado también por Juan Jacobo de Lara, han permitido un conocimiento más completo de un material realmente valioso.

Precisamente, estos dos estudios que dedico a las cartas de Pedro Henríquez Ureña (Pedro Henríquez Ureña en su epistolario y Un epistolario de excepción) registran, en buena medida, las dos perspectivas que señalo en el primer párrafo. De este modo, creo que puede comprenderse mejor la especial situación en que me coloco, así como el terreno ganado en el ahondamiento de una personalidad tan rica como la de Pedro Henríquez Ureña, visible también, como no podía ser menos, en este sector que lleva igualmente su nombre.

Como es de sobra conocido, una gran parte de la correspondencia de Pedro Henríquez Ureña, y, de manera especial, las cartas enviadas a él, se encuentran (se encontraban en el momento en que escribo yo esta páginas) en poder de su amigo Emilio Rodríguez Demorizi. En 1947, es decir, un año después de la muerte de Don Pedro, Rodríguez Demorizi se refería a esa correspondencia y comenzaba la noticia con una calificación adivinable: “un tesoro”.

Se trata de un voluminoso epistolario que se extiende desde 1898 hasta 1946. Como he dicho (y por otra parte es fácil comprender) predominan las cartas recibidas por Henríquez Ureña y no las cartas escritas por éste.

En la larga lista de corresponsales figuran nombres como los de Menéndez y Pelayo, Ramón Menéndez Pidal, Azorín, Tomás Navarro, Federico de Onís, Amado Alonso, Rafael Altamira, José Moreno Villa, Homero Serís, J. Fitz Maurice-Kelly, E. Martinenche, R. Foulché-Delbosc, A. Farinelli, C. Carroll Marden, B.R. Lang, Griswold Morley, J. L. M. Ford, Archer Huntington, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, E. González Martínez, Antonio Caso, X. de Villaurrutia, Diego Rivera, M. L. Guzmán, Ramona Ureña, Max Henríquez Ureña, A. Lugo, F. García Godoy, Flérida de Nolasco, Osvaldo Bazil, Tulio Cestero, Enrique José Varona, E. Piñeyro, J. M. Chacón y Calvo, M. Brull, Félix Lizaso, Nicolás Guillén, J. Marinelo, Concha Meléndez, Joaquín García Monge, B. Sanín Cano, G. Arciniegas, G. Zaldumbide, Gil Fortoul, Gabriela Mistral, A. Torres Ríoseco, José Enrique Rodó, J. de Ibarbourou, Pedro Figari, V. Pérez-Petit, A. Palacios, José Ingenieros, R. Levene, E. Ravignani, F. Romero, R. A. Arrieta, E. Mallea, R. Lida, J. Noé...1

Repito: cartas enviadas a Henríquez Ureña. Las cartas escritas por Henríquez Ureña que posee Rodríguez Demorizi no guardan proporción con aquéllas (y eso que sólo menciono una parte). Sin embargo, ya esas cartas están indicando que, en la mayor parte de los casos, existió el intercambio de correspondencia. De tal manera, los nombres citados pueden servir de índice para reconstruir la lista de personas a las cuales Pedro Henríquez Ureña escribió.

Aquí, como quiero reducirme a lo concreto, diré que conozco o tengo referencias de cartas enviadas por Henríquez Ureña a Menéndez y Pelayo,2 Ramón Menéndez Pidal, José Enrique Rodó,3 Enrique José Varona, Tulio Cestero, Federico García Godoy, Emilio Rodríguez Demorizi, Alfonso Reyes, R. Foulché-Delbosc,4 José Ingenieros, Baldomero Sanín Cano, R.A. Arrieta, A. Villareal, Enrique Anderson Imbert5 y Max Henríquez Ureña.6

Si bien las cartas escritas por Pedro Henríquez Ureña, y las cartas enviadas a éste forman un todo macizo, debemos ocuparnos, por razones comprensibles, de las primeras.

Ante todo, conviene decir que las cartas a mi alcance son una parte de una producción mucho más rica. Con todo, lo conocido permite extraer algunas consecuencias.

Las cartas de Pedro Henríquez Ureña son, sobre todo, las cartas de un estudioso. Como estudiosos —críticos, eruditos, ensayistas— son la mayoría de los corresponsales. Dentro de tal carácter, es fácil adivinar el contenido. Las cartas constituyen una prolongación de las disciplinas a que Pedro Henríquez Ureña dedicó sus afanes. Son cartas en que agradecen y se comentan libros, se inquieren datos o se responden preguntas, se esbozan planes y obras futuras... Son cartas, en fin, en que resalta a menudo el ideal americanista que lo singulariza.

No faltan alusiones a sucesos que escapan a tales caracteres, pero ellos aparecen como fondo circunstancial dentro del momento o la época en que la carta se escribe.

Como no podía ser de otra manera, brillan en las cartas su virtudes inconfundibles: el equilibrio, la discreción, la libertad y penetración de juicio y, por descontado, su mucho saber.

Cronológicamente, y aunque no se nota una diferencia extraordinaria, cartas de diferentes épocas muestran especiales resonancias, sobre todo en relación a los corresponsales. Así, para ejemplificar, las cartas dirigidas en 1909 y 1911 a Menéndez y Pelayo. Testimonio del crítico que recién surge y que aspira a la palabra alentadora del crítico famoso. Pero bien pronto aparece ya la temprana maestría de Pedro Henríquez Ureña, manifestada en agudas respuestas, en ideas que le preocupan y que procura extender hacia los demás. Ejemplo: la carta a Enrique José Varona, del 25 de agosto de 1917.

Avanzada su vida, aunque él no lo pretendiera, asistimos también a manifestaciones de su fe americanista, fe que encuentra cauce más adecuado —es natural— en los jóvenes que fueron sus discípulos o que buscaron su valiosa colaboración. Ejemplo: la carta al “amigo Villareal” que acompaña la primera edición de La utopía de América (La Plata, 1925). Carta que agrega, a lo sabido, una especial emoción que no suele ser frecuente en la prosa serena, medida, de Pedro Henríquez Ureña. Sin que eso corte, por otra parte, el reflejo de su mucho saber.

La mejor manera de probar esto consiste en transcribir párrafos de cartas que muestren con claridad tales rasgos. En una carta a Menéndez y Pelayo (fechada el 15 de febrero de 1911) le dice con palabras proféticas, posteriormente ratificadas con amplitud:

Dentro de pocas semanas enviará a Ud. un libro, Cuestiones estéticas, el escritor más joven y —a mi juicio— de más porvenir en México: Alfonso Reyes. En él se advierte, de manera evidentísima, la influencia de Ud...7

La carta a Enrique José Varona, fechada en Madrid, el 25 de agosto de 1917, es una hermosa lección sobre la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz. Aparecen ya aquí ideas que Pedro Henríquez Ureña desarrolló después con mayor extensión. Especialmente, la de que en Sor Juana predomina no ciertamente lo autobiográfico sino la maestría literaria: fórmulas e hipérboles que si ella insufló de poesía, rara vez responden a pesar de estar en primera persona, a una experiencia vivida por ella.

En resumen, la gran poetisa mexicana, en esta poesía de ocasión, adoptaba fórmulas consagradas en la tópica de la poesía de las cortes, que España recibió de la Italia del Renacimiento, pero que tiene sus raíces en Provenza. Al noble, al poderoso, se le cantaba siempre en ditirambo, en el cual iban unidas las hipérboles sobre el mérito del elogiado y sobre el afecto del poeta...8

En carta a Menéndez Pidal, de 1932, Pedro Henríquez Ureña le propone la creación de la parte americana en la sección Historia del Arte del Centro de Estudios Históricos de Madrid. Henríquez Ureña piensa especialmente en su utilidad para el conocimiento del arte colonial americano:

Está por hacer la historia del arte colonial de la América Española, y, estimando que el organizarla interesa tanto a España como a América me dirijo a Uds. para proponer que la sección de Historia del Arte en el Centro de Estudios Históricos emprenda la labor.

España está en mejores condiciones que ningún país de América para emprender esta labor de conjunto. Hay países, como México, donde el estudio del arte colonial (arquitectura, escultura, pintura, artes industriales) ha avanzado ya mucho y cuenta con gran número de publicaciones muy bien ilustradas...9

Quiero detenerme, mejor, en dos cartas de Pedro Henríquez Ureña, cartas que corresponden a momentos no muy cercanos entre sí, pero que tienen indudable valor para fijar la evolución de su pensamiento, ese pensamiento que nosotros conocemos especialmente después de 1924, y, con más precisión, a partir de los Seis ensayos en busca de nuestra expresión (Buenos Aires, 1928).

Por eso creo que tiene significación particular una carta de 1909, carta dirigida a Federico García Godoy. Allí encontramos una primera visión de conjunto de la literatura hispanoamericana. Vale decir, de un tema que iba a determinar, hasta el final de su vida, gran parte de los afanes de Henríquez Ureña.

Y no sólo primera visión de conjunto. Lo que llama la atención es el escorzo un tanto mezquino, que está lejos de anunciar maduras páginas posteriores. La breve caracterización contenida en la carta a Federico García Godoy es un primer bosquejo, producto de iniciales y muy incompletas lecturas, de obras críticas más que de abundantes textos literarios. Es algo así como un inaugural cuadro provisorio que, afortunadamente, el crítico alteró después, con mayores conocimientos y sedimentación.

Nuestra literatura hispanoamericana no es sino una derivación de la española, aunque en los últimos tiempos haya logrado refluir, influir sobre aquella con elementos nuevos, pero no precisamente americanos. Suele decirse que las nuevas condiciones de vida en América, llegarán a crear literaturas nacionales; pero aún en los Estados Unidos, donde existe ya un arte regional, los escritores de mejor doctrina (y entre ellos Howells el Deán, el ilustre jefe de aquella república literaria) afirman que “la literatura norteamericana no es sino una condición (una modalidad, diríamos nosotros) de la literatura inglesa”. Entre nosotros, por lo demás, no se han hecho suficientes esfuerzos en el sentido de carácter regional definido a la vida intelectual; ni era posible. Sobre nosotros pesa —y no debemos quejarnos de ello— una tradición europea, y nuestros más vigorosos esfuerzos tienden y tenderán durante algún tiempo todavía a alcanzar el nivel del movimiento europeo, que constantemente nos deja rezagados. Sólo cuando logremos dominar la técnica europea podremos explotar con éxito nuestros asuntos. Ya observó Rodenbach que los escritores de origen provinciano sólo saben sentir y describir la provincia después de haber vivido en la capital. Así, en nuestra América, sólamente los que han comenzado por trasladarse intelectualmente a los centros de la tradición, los que han conocido a fondo una técnica europea, como conoció Bello el arte virgiliano, como conocen Ricardo Palma y D. Manuel de Jesús Pérez la lozana versificación del romanticismo español, como conoce Zorrilla de San Martín la espiritual expresión de la escuela heineana, han logrado darnos parciales trasuntos que poseemos de la vida o la tradición locales. El indigenismo de los años de 70 a 80 no fracasó precisamente por falta de técnica, pues a él se aplicaron casi siempre escritores de primera fila, sino por el escaso interés que despertó, por que la tradición indígena, con ser local, autóctona, no es nuestra verdadera tradición: aquí en México, por ejemplo, el pasado precolombiano, no obstante su singular riqueza, nunca ha interesado gran cosa sino a los historiadores y arqueólogos, y acaso la primera obra literaria que inspire, digna de tomarse en cuenta, será la prometida colección de Poemas aztecas, de José Juan Tablada, estudiante de arqueología en los últimos años. (Obra de la época anterior, podría señalarse la admirable Rusticatio mexicana, del Padre Landívar, guatemalteco del siglo XVIII; pero está escrita en latín). El criollismo de última hora sí lleva trazas de ir ganando terreno poco a poco, sobre todo en la Argentina; y tanto más, cuanto que no se trata de escuela artificial, sino de movimiento espontáneo, apoyado por el público...10

En fin, lo que quiero subrayar es que no reconocemos aún en esa carta al denodado buscador de “nuestra expresión”, al que no vacilaba, en esa búsqueda, en ir mucho más atrás de los comienzos del siglo XIX... Lo que vemos, en cambio, es un pálido defensor de la teoría de los “reflejos”. (De esos reflejos que no pueden negarse en las letras hispanoamericanas, aunque no con el valor absoluto que muchos críticos —y Henríquez Ureña aquí— le conceden).

La otra carta a que quiero referirme revela mayor madurez y tiene un carácter más “literario”. Lo de literario va también por el hecho de que esa carta se publicó en la primera edición del folleto de Pedro Henríquez Ureña titulado La utopía de América.

Carta sin desperdicio, es ya el testimonio maduro de su “pasión de América”. Está, por lo tanto, en las antípodas de la carta de 1909 a que antes aludí. Y está —claro— en la línea firme que constituye entonces su profesión de fe continental.

No se trata de una introducción erudita. No hay nombres, datos ni fechas, como puede esperarse de Pedro Henríquez Ureña, sino atinadas reflexiones sobre la situación de “nuestra América”. Reflexiones teñidas inicialmente de escepticismo, pero que después se levantan en las ansias de unión y en la defensa de un “nacionalismo espiritual”, que él superponía al más estrecho “nacionalismo político”. Algo más: aparece en esta carta una pasión acorde con los párrafos de La utopía de América y con páginas cercanas, pasión después remansada en la serena compulsa de su vastas síntesis culturales.

Estamos en peligro de caer en escépticos al advertir que el mundo, no mejora con la rapidez que ansiábamos cuando teníamos veinte años. Yo sé que no será en mis días cuando nuestra América suba donde quiero. Pero no viene de ahí mi escepticismo; es que rodando, rodando, ya no sé a quien hablo; no sé si nadie quiere oír, ni donde habría que hablar...

Temo, sí, que todo se pierda en el desatado río de palabra que fluye sobre el ancho cauce de “nuestra América”. Lo sentiría, porque miro en torno, y miro escaso empeño de dar sustancia y firmeza a los conceptos que corren de pluma en pluma. Aplaudo las voces entusiastas, líricas, en su valor generoso de estímulo; pero quiero más: si estas palabras mías que ahora le entrego suenan vagas, será que padezco torpeza para dar en breve espacio la impresión de las cosas reales que me preocupan. A mí no me interesa la unión como fin en sí: creo en nuestra unión, y la deseo, contra todos los cortos de vista (¡la rencorosa y abigarrada Europa no se ruboriza al hablar de su federación futura, y nosotros, por miedo a parecer ingenuos, no sabemos romper la lugareña estrechez que se da aires de malicia desengañada!); pero nuestra unión, sea cualquiera la forma que asuma, será sólo medio y recurso para fines reales. Es fin, es propósito válido, la conservación de nuestro espíritu en sus propias virtudes, el “nacionalismo espiritual”, contrario al político, que sólo se justifica temporalmente como defensa del otro, del esencial; y aun así me interesaría poco si hubiéramos de persistir en nuestros errores, en nuestra pereza intelectual y moral, bajo el pretexto de que ¡así somos! Aquí el peligro no es que a fuerza de imitar al extraño caigamos en el descastamiento: la ley de genio y figura se cumple en los pueblos como en los hombres, hasta bajo las desviaciones aparentes; el peligro es que no sepamos vencer la desidia para revelarnos en perfección. Y para mí el peor despeñadero está en el mal del sueño que aflige a nuestro sentido de justicia: el dolor humano golpea inútilmente a la puerta de nuestra imaginación, y nuestra indiferencia discurre sonámbula entre la “guerra de todos contra todos” que es la sociedad de nuestro tiempo...11

Conclusión

Creo conocer un buen número de cartas del rico epistolario de Pedro Henríquez Ureña. En el sector de las cartas escritas por Don Pedro, posiblemente lo que yo conozca sea insuficiente como para tentar un análisis detallado, con criterio severamente valorativo. Pero mi intención ha sido muy simple: mostrar, a través de unos pocos ejemplos, facetas de ese epistolario; mostrar cómo tampoco aquí se desdibujan los caracteres que hacen inconfundible la personalidad de Pedro Henríquez Ureña, cómo reaparecen sus virtudes, y, sobre todo, como, a lo largo de una trayectoria que las cartas ponen más en descubierto, se va configurando en él aquel “americanismo” (americanismo espiritual) que da sello remarcador a su pensamiento.

Por lo demás, y eso era de adivinar, el epistolario de Pedro Henríquez Ureña (si no todo, una buena parte de él) es el epistolario de un estudioso. O, mejor dicho, del crítico atento a las mil resonancias de las letras, a los problemas de la lengua, de la métrica, de la didáctica, de la literatura. Epistolario, en fin, que no puede olvidarse en el cuadro total de su obra, aunque —por razones comprensibles— sea ésta, parte muy poco conocida en relación a los estudios que cimentaron su prestigio.