24 de Abril de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 52
Año: 1996
Autor: Susana H. Haydu
Título: Alejandra Pizarnik: Evolución de un Lenguaje Poético

El “yo” enunciativo

A partir de Árbol de Diana, aparecen, por primera vez, problemas teórico-literarios, y Pizarnik asume un yo poético, en una verdadera toma de conciencia de su individualidad creadora. De mayor interés y transcendencia es el tratamiento de ese “yo” enunciativo, autoral, y de sus diversas versiones y desdoblamientos. Es un

yo, contemplado por otro(a), un tercero que habla, situado más allá de las márgenes del discurso y que muestra una realidad que se exhibe como derribo de fronteras, como posibilidad de transgresión a otro espacio.89

Su personalidad disociada se manifiesta de continuo en las polarizaciones de felicidad y pesadilla. Ella es “la viajera con el vaso vacío”, es “la hermosa autómata” que se “canta y se llora en sus numerosos funerales”.90 Las versiones de su “yo” que Pizarnik nos propone son siempre de horror, y participan a veces de lo demoníaco.

Las connotaciones inmediatas de oscuridad, incertidumbre, abismo, son parte de este campo semántico que Pizarnik crea. Ya desde Las Aventuras Perdidas, habíamos observado el uso de metáforas desoladas, lo sombrío rodeando al poema. El “yo” enunciativo se presenta en un poema como ángel:

Esta manía de saberme ángel

sin edad
sin muerte en que vivirme,
sin piedad por mi nombre
ni por mis huesos que lloran vagando.91

El sentimiento de otredad aparece en Árbol de Diana como esa tercera persona que actúa y vive y sufre, observada por Pizarnik. Así, dirá:

Ella se desnuda en el paraíso
de su memoria
Ella desconoce el feroz destino de
sus visiones.92

Al inicio de esta etapa, hay desdoblamiento, y hay temor: Miedo de ser dos camino del espejo,93 pero su alteridad será confusa y terrible. “Yo” y “Ella” lucharán en una dualidad cada vez más violenta. En Los trabajos y las noches, escribirá, trasmutando siempre esa otredad:

Alguien en mí dormido
me come y me bebe.
Alguien mide sollozando
la extensión del alba.
Alguien apuñala la almohada
en busca de su imposible
lugar de reposo.94

La repetición de la anáfora subraya esta alteridad, y la hace aún más dramática. El juego de pronombres será constante en Pizarnik, y oscilará en ese desdoblamiento del yo al tú, cuando se increpa:

Insiste en tu abrazo,
redobla tu furia,
crea un espacio de injurias
entre yo y el espejo,
crea un canto de leprosa,
entre yo y la que me creo.95

La evolución del tema del desdoblamiento se hace cada vez más rápida, y más obvia: “Yo y la que fui nos sentamos / en el umbral de la mirada”. Siempre vemos ese peligro, esa orilla, ese “umbral” al que Pizarnik se asoma —el estar al borde de algo que no se produce, que no se producirá jamás. Todas las imágenes son negativas: “la viajera”, y “la dormida”, ambos sustantivos que urgen la idea de separación, de no estar, de ausencia. El viaje como metáfora de búsqueda,de vida y destino. El sueño como refugio y olvido. Dos formas, dos maneras de huida de la realidad.

En “Moradas” dirá:

En la mano que busca el vaso
En el vaso inalcanzable
En la sed de siempre.

Esta extendida metáfora, que ya vimos anteriormente “la viajera con el vaso vacío”, será la tensión constante de una busca que no se aquieta en ningún alivio intelectual. En “Moradas” todas sus trasmutaciones son negativas. El espacio que habita Pizarnik es tan extraño como su poesía. En entrevista con M. I. Moia había declarado: “En extrañas cosas moro”, como si ya no participara de esta realidad. Recordamos las palabras de Georg Trakl que le gustaba repetir: “Es el poeta un extraño en la tierra”. Está sola de dos formas distintas: ausente para unos, y muertos o inexistentes aquellos que quería ver:

los que llegan no me encuentran
los que espero no existen.96

El “yo” poético de Pizarnik atraviesa el texto de El infierno musical. Desde el primer poema de “Piedra fundamental”, el tema del otro(a) aparece explícito:

la cascada de cenizas que me arrastra, dentro de mí
con ella que es yo, conmigo que soy ella y que soy yo
indeciblemente distante de ella.

El doble juego de pronombres no le permite la fusión y la descentra. En “Gesto para un objeto” dice: “las tres que en mí contienden nos hemos quedado en el móvil punto fijo, y no somos ni un es, ni un estoy”.

En “Piedra fundamental” vemos la pérdida de relaciones con el “yo”, el problema de sus diferentes voces: “no puedo hablar con mi voz, sino con mis voces” dirá al inicio del texto, en una oración que es clave, para el texto. Pizarnik no puede narrar lo que le está aconteciendo, manteniéndose en un yo único. A lo largo del poema oscilará entre la primera y la tercera persona, e implicará constantemente a un “tú“. El tema de su alteridad está explícito:

“He sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo”. Toma la célebre frase de Rimbaud, “Je est un Autre”, que ya Emile Benveniste había citado donde comenta las múltiples posibilidades de una tercera persona, en relación a un “yo”.

El constante discurso del Otro,97 establece su dualidad, y aún escapa a los límites del “doppelgänger”, porque llega a una fragmentación múltiple: “la cantidad de fragmentos me desgarra”.98 En hoja suelta, manuscrita y fechada el año de su suicidio, 1972, escribe:

¿Quién es yo?

Por más que hable no encuentro silencio.
Yo, que sólo conozco la noche de la orfandad.99

Sus voces le impiden, en su constante lucha, una expresión coherente de su lenguaje. “Contemplar a cada uno de mis nombres / ahorcados en la nada”.100

Desde 1956, año en que publica La última inocencia, Pizarnik ya siente el problema de la palabra poética, y de sus múltiples voces. En el poema ya analizado:

Alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra101

La fragmentación es total: nos enfrentamos a tres alejandras. Lasarte opina que aquí, la palabra, en vez de exaltar, degrada; en vez de integrar, fragmenta. Para Lasarte lo degradante residiría en la transformación del nombre propio Alejandra vuelto nombre común: alejandra, y así la priva de su singularidad. Diferimos con esta interpretación, si bien coincidimos con Lasarte en el hecho de que la tercera alejandra se encuentra, literalmente, debajo del nombre, pero separada de él y sofocada por su doble presencia. Irremediablemente “Sólo un nombre” es un poema de su ausencia. Para nosotros, Pizarnik logrará alcanzar ese centro, que coincide con su ausencia, en el silencio final y más perfecto. Para Pizarnik es imposible hacer de la poesía una experiencia trascendental. Dice Lasarte:

La lengua lo impide, negándole a la poeta una fusión con lo infinito, fusión que ella evidentemente anhela al reconocer su parentesco con los perros de Maldoror ‘qui ont soif insatiable de l’infini, comme toi, comme moi, comme le reste des humains, à la figure pâle et longue.’102

En “En honor de una pérdida” establece explícitamente ese deseo intenso de comunicación que la obsesionaba:

De mí debo decir que estoy impaciente porque se me dé un desenlace menos trágico que el silencio. Feroz alegría cuando encuentro una imagen que me alude. Desde mi respiración desoladora yo digo: que haya lenguaje en donde tiene que haber silencio.

Inmediatamente, continúa con un párrafo en el que se mezclan nuevamente las categorías pronominales, hecho que contribuye al impacto estético de muchos de sus poemas. En este caso es otra vez el juego entre “las tres que en mí contienden”. El sujeto enunciativo, trasladado a la tercera persona del singular, a un “alguien”, es luego un tú, con quien también se quiebra el diálogo: “Alguien no se enuncia. Alguien no puede asistirse. Y tú no quisiste reconocerme cuando te dije lo que había en mí que eras tú. Ha tornado el viejo terror: haber hablado nada con nadie”.103

La busca del yo, como hemos visto, a veces desdoblada en la búsqueda del otro, recorre los dos últimos textos: “La que murió de su vestido azul está cantando”.104 “La luz se amaba en mi oscuridad. Supe que no había cuando me encontré diciendo: soy yo”.105 “Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla”.106 La dualidad entre “la niña densa de música ancestral” y “la yacente que anida en mí con su máscara de loba” es otra de las polarizaciones que hace Pizarnik. Y su constante diálogo consigo misma, es una busca constante de “la otra”, en un interminable juego de duplicaciones:

Allí yo hablo de mí conmigo, sólo por saber si es verdad que estoy debajo de la hierba. No sé los nombres. Te deseas otra. La otra que eres se desea otra. Y ahora juega a ser esclava para ocultar tu corona ¿otorgada por quién? ¿quién te ha ungido? ¿Quién te ha consagrado? Perdida por tu propio designio, has renunciado a tu reino por las cenizas.107