16 de Diciembre de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 52
Año: 1996
Autor: Susana H. Haydu
Título: Alejandra Pizarnik: Evolución de un Lenguaje Poético

Infancia

En una entrevista con Martha I. Moia, Pizarnik declara que en sus poemas “hay palabras que reitero sin cesar, sin tregua, sin piedad: las de la infancia, las de los miedos, las de la muerte, las de la noche de los cuerpos”.1 Considera también allí que ciertos términos como errancia, silencio, viento, noche, son a la vez signos y emblemas. Elegimos rastrear las imágenes que nos presenta de la infancia, y analizar el cambio en esta indagación de su pasado, que aparece como emblema de una nostalgia y llega a convertirse en rechazo o negación. La ternura de la primera época:

Mi infancia y su color
a pájaro acariciado.2

poema dedicado a Olga Orozco, donde hace uso de una espléndida sinestesia, se convierte en

las negras mañanas de sol
cuando era niña.3

y en la descripción de un terrible miedo:

Mi infancia
sólo comprende al viento feroz
que me aventó al frío.4

Las imágenes de viento, de oscuridad, de frío, nos anuncian su concepto posterior de pérdida, de ausencia de la felicidad inicial. Así dirá:

Oscura y triste la infancia se ha ido y la
gracia, y la disipación de los dones.5

y también la relación entre infancia y bosque, infancia y jardín. Hay ruptura y desdicha entre estos emblemas:

Murieron ya los sueños sagrados de la infancia
y la naturaleza también, la que me amaba.6

Así también en su poema “Reconocimiento”7 las alusiones a la naturaleza serán negativas:

las lilas que aletean
en mi tragedia
del viento en el corazón.

“Un cuento para niños” es decir una fantasía, una maravilla quedan anulados por las lilas —símbolo de muerte en Pizarnik— y el viento, en general también negativo. El poema que más nos interesa es el titulado “Infancia” que transcribimos:

Hora en que la yerba crece
en la memoria del caballo.
El viento pronuncia discursos ingenuos
y alguien entra en la muerte
con los ojos abiertos
como Alicia en el país de lo ya visto.

Es notable la relación entre la muerte y el país de las maravillas —para Pizarnik “el país de lo ya visto”. Y notable su identificación con Alicia, que como Pizarnik, explora “el otro lado”, “la otra orilla” del espejo. En este poema caben dos interpretaciones: la primera lectura puede engañarnos y llevarnos a creer en un poema de alegría, ya que es fácil ver a Alicia —personaje— como símbolo de la felicidad de la infancia. Alicia en el país de las maravillas termina muy bien. Aquí la felicidad no está dada por la vuelta del mundo del ensueño a la realidad, sino por el ingreso a la muerte. El paso a través del espejo es el paso definitivo de ese “alguien” que representa al autor implícito, en un gesto lúcido —“con los ojos abiertos”— de entrega y transgresión de la frontera de vida a la frontera de sombra. Más adelante veremos cómo este concepto se mantiene en otros textos, como “El hombre del antifaz azul”, un cuento clave de Pizarnik donde ya el epígrafe “Lo que no es, no es” de Heráclito lleva una violenta carga negativa. Allí Pizarnik se identifica con Alicia en el país de las maravillas. Pero es un intertexto especular, donde Pizarnik busca el centro del mundo, el lugar donde todo es, para fracasar y reconocer que es inhallable. “Sabrá que los caminos que llevan al centro son variadamente arduos: rodeos, vueltas, peregrinaciones, extravíos de laberinto”. La niña busca “el bosque”, lugar perfecto aunque vedado. Y es un lugar peligroso. El peligro consistiría en su carácter esencialmente inseguro y fluido, sinónimo de las más imprevistas transformaciones, puesto que el espacio deseado, así como los objetos que encierra, están sometidos a una incesante serie de mutaciones inesperadas y rarísimas.8 El bosque como centro no existe —Pizarnik no puede llegar a él. Isabel Cámara resume bien el resultado de la odisea de Pizarnik al apuntar que el trayecto de A(lejandra)/Alicia, revela una realidad espantosa: ese discurso, ese espacio privilegiado del lenguaje (el bosque diminuto) que quiere rescatar y del cual quiere apoderarse, resulta inaccesible. Por tanto, la voz poética “Ha devorado el mundo, y devorando aquello que la designa, se ha devorado a sí misma”.9

En “Relaciones Sociales” que forma el cuarto fragmento de este cuento, Pizarnik tiene un extraño encuentro con una muñeca que le dice:

Nademos hacia la orilla, en donde
hablaremos, aún si no se debe ni se puede.10

Es decir, hagamos un intento de hablar, aunque sabemos que está prohibido, y aún sin la prohibición, no se podría. Esta imagen de infancia de Pizarnik es desolada y silenciosa. Su cuento se articula sobre Alice in Wonderland, pero su personaje —Alicia— que es ella misma, no alcanza el conocimiento deseado y tampoco la comunicación. Su caída al centro, que ha sido llena de obstáculos, no le soluciona su sed de entendimiento. El tema de la infancia, unido al de Alicia en muchas partes de su obra, también busca otros personajes célebres, como Caperucita Roja, con quien se compara. Y así dirá, en un texto donde reaparece el bosque, como signo otra vez negativo: “el bosque no es verde, sino en el cerebro” y donde “la acción transcurre en el desierto y qué sola atravesé mi infancia como caperucita el bosque antes del encuentro feroz”.11 Hay aquí un paralelo entre el bosque, que es desierto en Pizarnik y los personajes: todos son devorados metafóricamente, ya que es un juego literario. Pizarnik dirá, refiriéndose siempre a su lenguaje, y a la incapacidad de ese lenguaje para constatar, para verificar: “¿Para qué sirven las palabras si no pueden constatar que nos devoraron? dijo la abuela”.12 Pizarnik sabe que “la realidad es incomunicable y atroz”. Y sus transposiciones literarias, en personajes también literarios, le sirven para mostrar, en un reflejo desolado, la realidad auténtica y total: el bosque como desierto, Alicia cayendo, pero no a un centro luminoso, sino a una laguna de la Discordia y así sucesivamente. “En suma”, termina razonando, “en esta vida me deben el festín”.13 En su poesía de los últimos años todas las alusiones a su infancia, que ya escasean, son de separación, ausencia, pérdida.

En su largo poema “Piedra fundamental”, que constituye una de las siete prosas poéticas que integran la primera parte de El infierno musical, hay una serie de imágenes de libre asociación en las que retrocede en el tiempo, y nos sitúa de golpe en su infancia. Aparecen “las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca” y su desilusión al encontrar pura estopa. Esta imagen se relaciona con “pura estepa tu memoria” es decir una connotación de recuerdos áridos y desolados, en relación con estepa y estopa de las muñecas. Las muñecas, ya como símbolo de infancia, ya como icono de Pizarnik, aparecerán como una constante. “Desventradas” connota su deseo de conocimiento, en el que está implícita cierta crueldad —su afán de conocer, de poseer, de llegar a lo absoluto, a la esencia misma de las cosas. Las alusiones a esa infancia sombría reaparecen en el último poema de esta primera parte, “Nombres y figuras”, donde dirá:

la tristeza imperdonable entre muñecas, estatuas, cosas mudas, favorables al doble monólogo entre yo y mi antro lujurioso, el tesoro de los piratas enterrado en mi primera persona del singular.14