21 de Junio de 2018
Portal Educativo de las Américas
  Idioma:
 Imprima esta Página  Envie esta Página por Correo  Califique esta Página  Agregar a mis Contenidos  Página Principal 
¿Nuevo Usuario? - ¿Olvidó su Clave? - Usuario Registrado:     

Búsqueda



Colección: INTERAMER
Número: 52
Año: 1996
Autor: Susana H. Haydu
Título: Alejandra Pizarnik: Evolución de un Lenguaje Poético

Las aventuras perdidas

Dos o tres poemas claves del último libro de esta trilogía nos sitúan en su contexto poético. Aparece una temática de juventud dolorida, de exilio de sí misma, de ausencia. También el tema amoroso es desesperanzado: es el amado ausente o el amado perdido. El tema de la noche, de la soledad, de la niñez aterrada, constituyen un poema dialógico, un reflejo de su yo poético, intimista, lírico.

Esta etapa de su obra la vincula al romanticismo alemán, y al énfasis que éste puso en el sueño y el subconsciente. Pero también se siente muy atraída por Blake,13 de quien cita un epígrafe para su poema “Desde esta orilla” que dice así:

Soy pura
porque la noche que me encerraba
en su negror mortal
ha huído.

El epígrafe principal, al principio del libro, está tomado del poeta alemán Georg Trakl, a quien Alejandra admiraba y citaba en sus entrevistas.14 De él toma la imagen recurrente del viento:

Sobre negros peñascos se precipita
embriagada de muerte
la ardiente enamorada del viento

Estos versos traducen ya la imaginería romántica por la cual se sentía atraída: “negros peñascos”, “ardiente enamorada”, “embriaguez”, “muerte”. Todos signos de connotaciones románticas por excelencia, como el tema de la noche, en el epígrafe tomado de Blake. La muerte será un tema básico de su poesía. Para algunos críticos, quizá el tema central.15 El viento será, a la vez, un signo negativo y obsesionante. Desde su cuento “El viento feroz”,16 que alude a su infancia desolada, hasta sus últimas poesías, donde el viento es sinónimo de locura, toda imagen, toda metáfora del viento, será utilizada destructivamente. En “Hija del viento”, el poema íntegro es una metáfora de soledad y de abandono:

Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan.

En este sintagma, las palabras, equivalentes de su propio ser, palabras como creación, como justificación, ya no existen. Y ella misma es la hija del viento, no como símbolo del espíritu, como soplo divino,17 sino como fuerza desordenadora y trágica.

El interés de Alejandra Pizarnik por el lenguaje se concretiza en su tercer libro, Las aventuras perdidas. Aquí, ya existe una preocupación de la palabra por la palabra, una vuelta sobre la palabra misma, la palabra como creadora del objeto. Es decir, la concepción del poeta como creador de un mundo, el concepto de una realidad puramente verbal.18 La palabra es refugio y amparo. El poeta se oculta en la palabra para afirmar su propia existencia:

Alguna palabra que me ampare del viento
alguna frase solamente mía
que yo abrace cada noche,
en la que me reconozca,
en la que me exista.

La preocupación metalingüística aparece en ella en un contrapunto constante con su yo lírico. Este hecho singular la entronca con dos corrientes claves de la modernidad: el cruce de la corriente romántica —que Pizarnik recibe del surrealismo— poetas que exacerban el yo a través de un código onírico —y aquella que se inicia con Mallarmé en su poema, “Un coup de Dés”, que inicia la preocupación por la palabra misma. Hay en ella un cruce de la función emotiva con la función metalingüística, cruce que caracteriza la mayor parte de su obra.

“Cenizas” resume los dos ejes de la poética de Pizarnik: vida (referente) y lenguaje (objeto poético).

Hemos dicho palabras,
palabras para despertar muertos,
palabras para hacer un fuego,
palabras para poder sentarnos
y sonreír.

Hemos creado el sermón
del pájaro y del mar
el sermón del agua
el sermón del amor.

Nos hemos arrodillado
y adorado frases extensas
como el suspiro de la estrella,
frases como olas,
frases con alas.

Hemos inventado nuevos nombres
para el vino y para la risa
para las miradas y sus terribles
caminos.

Yo ahora estoy sola
—como la avara delirante
sobre su montaña de oro—
arrojando palabras hacia el cielo,
pero yo estoy sola
y no puedo decirle a mi amado
aquellas palabras por las que vivo.

Vemos que este poema es, ante todo, una metáfora del lenguaje, que se paradigmatiza en “palabras”, “sermón”, “frases” y “nombres”. Las cuatro primeras estrofas comienzan por un verso que hace referencia al lenguaje, a la creación por la palabra. En la primera estrofa el signo clave es palabra, repetido anafóricamente en los tres versos subsiguientes.

Son fundamentales las tres primeras imágenes:

1. Palabras para despertar muertos.

2. Palabras para hacer un fuego.

3. Palabras para poder sentarnos y sonreír.

En “Palabras para despertar muertos” está explícita una primera idea: la resurrección por la palabra. Es la tradición religiosa del concepto judeo-cristiano. Y retoma también el tiempo de la creación, en un canto paralelo, ya que despertar muertos es también la reconstitución de la historia, es la memoria. Tanto la memoria cuanto la historia, así como la poesía, son discursos que se reconstituyen por la palabra; en el caso historia/memoria, apunta hacia el pasado.

Luego de esos dos niveles de omnipotencia: la palabra como fuerza todopoderosa de animación, tenemos la palabra a nivel cotidiano, “Palabras donde poder sentarnos y sonreír”. Es decir: la comunicación, el diálogo. Esta estrofa ya es el inicio de la paradigmatización del universo, con sus variantes, manifestaciones todas de la forma del mundo.

La idea de Pizarnik es la del mundo como signo. Los objetos existen en la medida en que son nombrados; el mundo cobra existencia en la medida en que el signo lo mediatiza. Alejandra Pizarnik comparte con Juarroz la idea de que “En el principio fue el verbo”.19 Si “nombrar es crear”20 como asegura Marcel Granet, el poeta existe como creador del mundo, verso por verso, palabra por palabra. Y así como el fuego en la primera estrofa, Pizarnik elige otra vez signos elementales para configurar el universo: pájaro y mar, aire y agua. Tenemos así los tres elementos de aire, fuego y agua. El cuarto elemento, la tierra, está sólo dado en el título y en forma implícita. “Cenizas”, ya está contenido en el fuego, tomado con su valor negativo, y también en los muertos. Aparece la palabra integrada en el discurso religioso, la palabra como sermón, con su connotación religiosa explícita, que se repetirá en la tercera y cuarta estrofas. Existe también una correspondencia semántica entre las dos estrofas. Los elementos básicos están dados en los primeros versos:

Palabras para despertar muertos
palabras para hacer un fuego

hemos creado el sermón
del pájaro y del mar
el sermón del agua

Pero el verso final de cada estrofa se sitúa en el mundo personal, cotidiano del poeta:

palabras para poder sentarnos
y sonreír

el sermón del amor

En la tercera estrofa entramos de lleno en un clima de veneración por el lenguaje mismo, el lenguaje elevado a sistema religioso, a categoría divina. En la segunda estrofa aparecía la palabra integrada al discurso religioso, la palabra como sermón. La asimilación a un estado religioso continuará dada por la selección lingüística, y las relaciones establecidas entre los signos: “sermón”, “arrodillarse”, “adorar”. Retoma dos metáforas que recorrerán su poesía —el mar, el aire/el vuelo, el espacio— en una espléndida paronomasia rimada de olas/alas. Paradigmatizados a nivel fónico y a nivel formal, la oposición semántica de aire, agua se funde en “ola”/“ala”. También se repite la correspondencia entre fuego y estrellas. “Como el suspiro de la estrella” es imagen cósmica que connota la idea de tiempo universal, de bóveda celeste, de cosmogonía.

La cuarta estrofa nos remite al mundo del diálogo, de la cotidianeidad:

Hemos inventado nuevos nombres
para el vino y para la risa
para las miradas y sus terribles caminos

El último verso rompe semánticamente con la “alegría” y la “religiosidad” de las cuatro primeras estrofas, e introduce la quinta. “Terribles” es una especie de “adjetivo trampolín” entre las primeras cuatro estrofas y la última. Aquí se traduce la manera que tiene el poeta de mirar el mundo. Un mundo en el cual, a cada instante y a nivel personal, se pueden elegir múltiples caminos, que a su vez se multiplican. Implica y abarca la dimensión aterradora que tiene la vida humana como tal. Las posibilidades infinitas de fracaso y de terror: la aventura que significa asumir nuestro destino.

El poema se cierra con la quinta estrofa, en la cual el tema central es la soledad.

Yo ahora estoy sola -
como la avara delirante
sobre su montaña de oro -
arrojando palabras hacia el cielo
pero yo estoy sola,
y no puedo decirle a mi amado
aquellas palabras por las que vivo.

La imposibilidad de comunicación con el amado anula el poder de la palabra. Ella es ahora “como la avara delirante sobre su montaña de oro”. Es la separación, la riqueza no compartida. El título del poema “Cenizas”, es símbolo de la creación anulada, en contracanto al mundo de la creación de las cuatro primeras estrofas. El primer verso de esta última estrofa,

Yo ahora estoy sola -

con el ictus en “sola” y el guión, iconiza el acto de la soledad, representa la soledad a nivel formal. Existe también, a nivel fónico, una doble posibilidad de lectura: la avara y la vara, ésta aquí como símbolo del poeta como mago, el poeta como demiurgo.

Las cuatro primeras estrofas tienen una función referencial. El referente es el discurso histórico, el Universo como tal. La última estrofa tiene función emotiva: el referente es el propio yo del poeta. Se cumple así el cruce de la función emotiva con la función metalingüística, que caracterizará a toda su poesía.

Es importante notar el cambio, en la última estrofa, del tiempo verbal. En el hemos de las primeras cuatro estrofas, como presente perfecto, de acción terminada y plural, ella se incluye en el mundo. En el “yo” (primer verso, última estrofa) hay separación entre el poeta y el mundo.21

En el “hemos” está incluido el amado: es ella y él. Visto hasta aquí, “Cenizas” es metáfora para diálogo, ya que ellos han podido crear su propio mundo, creándose a sí mismos. Pero su soledad personal, aún rodeada de palabras, carece de sentido. Se puede conjeturar que esta estrofa presenta diferentes posibilidades de lectura. La más obvia es la que hemos mencionado: la representación de la soledad del poeta —separada de su amado— e inútilmente “arrojando palabras hacia el cielo”.

La metáfora de la “avara delirante sobre su montaña de oro” subraya la ironía básica del poeta poseedor de todas las palabras. Pero las palabras son lo único que posee: su refugio y su salvación. Puede aún recrear el mundo, puede aún existir por la palabra, pero existir en soledad. El diálogo se ha perdido. “Cenizas” es entonces metáfora de incomunicación. Para Chevalier,22 la ceniza adquiere su nivel simbólico del hecho que es el residuo de la combustión, lo que queda luego de la extinción del fuego. De allí que signifique la muerte y la penitencia. Por extensión es también la conciencia de la nada, de la nulidad de la criatura con respecto a su creador. En el Antiguo Testamento, la ceniza significa el sufrimiento, el duelo, el arrepentimiento. Se cierra así, la metáfora de creación y destrucción. El poeta-creador, el poeta-mago, se borra junto con el Universo: es el círculo que se completa, la parábola perfecta que se da en las palabras de Abraham: “Me siento orgulloso de hablar con mi Señor, yo que no soy más que polvo y ceniza”.23

Si tomamos “palabras para hacer un fuego” observamos que Jean Chevalier24 sostiene que se puede sustituir “hacer un fuego”, por “hacer el amor”, ya que el simbolismo de “fuego”, para muchos autores, es el del acto sexual en sí. El significado sexual del fuego está universalmente ligado a la primera técnica de obtención del fuego por frotamiento, en va y viene, imagen del acto sexual. El fuego obtenido por frotamiento es considerado como el resultado de una unión sexual. Mircea Eliade nota el carácter ambivalente del fuego: es de origen divino, ya sea demoníaco, porque, de acuerdo a ciertas tendencias arcaicas, se engendra mágicamente, en el órgano sexual de las brujas, o purificador.

El fuego tiene una simbología múltiple. En teología fue usado con gran frecuencia en alegorías superiores en jerarquía a cualquier otra. Es también símbolo de regeneración. Encontramos así el aspecto positivo de la destrucción: la otra cara del símbolo.

En el verso palabras para hacer un fuego, surge, en primer lugar, la connotación de mito, de sortilegio, y también el símbolo del fuego como creación. En esta última imagen el fuego es metáfora de poesía, ya que la palabra se identifica con la creación, al igual que el fuego.

la avara delirante
sobre su montaña de oro

Ella “se delira, se despluma”, sin compartir su mundo de palabras. Es el ámbito, también, de la locura: delirio de palabras. Es significativo las veces que utiliza en este libro el tema “delirio” o sus variantes.

Tenemos diversas instancias:

Por qué no huyo
Y me persigo con cuchillos
Y me deliro?

Siniestro delirio amar a una sombra

Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre

vierte esfinge
tu llanto en mi delirio

Me deliro, me desplumo25

mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios.

En “La carencia” (24), retoma cuatro sustantivos esenciales de “Cenizas”: pájaros, fuego, alas, soledad. Se crea nuevamente un campo semántico que nos refiere a elementos básicos: el aire, el fuego. Es un ejemplo de síntesis de su preocupación por llegar a poemas más densos y sugeridores. Dice así:

Yo no sé de pájaros
No conozco la historia del fuego
Pero creo que mi soledad debería tener alas.

Son tres sintagmas negativos: “yo no sé”, “no conozco” y por fin la mediatización de la soledad a la que nos lleva el tercer verso. Está implícita la idea de prisión, ya que su soledad es una soledad cerrada, sin vuelo. El título ya es significativo: carencia de espacio, de pasión.

El mismo tema, explícito, aparece en el poema “La jaula”:

Afuera hay sol
No es más que un sol
Pero los hombres lo miran
Y después cantan

Yo no sé del sol
Yo sé la melodía del ángel
Y el sermón caliente
del último viento
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra

Yo lloro debajo de mi nombre
Yo agito pañuelos en la noche
Y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo

Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos
Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

La primera estrofa tiene como tema central la afirmación del sol como dador de vida, como símbolo de alegría. Pero en oposición a ese sol, las dos estrofas siguientes van a descubrir su mundo privado, donde la connotación de cada signo es negativa. Campo semantizado de implicaciones sombrías. Hay continua dialéctica entre mundo externo e interno. Alegría/canción, muerte/sombra. La dialéctica se sintetiza en los dos versos finales: “Afuera hay sol/Yo me visto de cenizas”.

En “Peregrinaje” nuevamente aparece la imagen de la soledad con alas, la imagen de la prisionera, y se retoman los sustantivos anteriores. Hay una notable recurrencia de los mismos signos: “viento”, “alba”, “muerte”, “sombra”, “sol”, “cenizas”, “pájaro”, “música”, “flores”, “ángel”. Veremos cómo retoma estos semas en libros posteriores. Y como existe, también a nivel paradigmático, una serie de ideas básicas que retomará más tarde. En su poema “Desde esta orilla”,26 tenemos por primera vez una relación que repetirá: la de la lluvia y la muerte:

Desde esta orilla de nostalgia
todo es ángel
La música es amiga del viento
amigo de las flores
amigas de la lluvia
amiga de la muerte.

Esta idea se repite en su cuento “El cementerio Judío”,27 donde dice: “Dios tiene tres llaves: la de la lluvia, la del nacimiento, la de la resurrección de los muertos”.

También de Las aventuras perdidas es uno de los poemas más significativos de esta época, donde la temática central del abandono y de la soledad se repetirá con mayor énfasis y mayor angustia. Es “El Despertar” donde dice:

Señor
la jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios
Que haré con el miedo
que haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
el aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
Que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada

Señor
tengo veinte años
También mis ojos
tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada.

Señor
he consumado mi vida en un instante
la última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue
Cómo no me suicido frente a un espejo
Y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?
Cómo no me extraigo las venas
Y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual.

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
Porque aún no les enseñaron
Que ya es demasiado tarde
Señor
Arroja los féretros de mi sangre

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
Porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor
la jaula se ha vuelto pájaro
Y ha devorado mis esperanzas

Señor
la jaula se ha vuelto pájaro
que haré con el miedo

El poema es a la vez una plegaria, dirigida a Dios, mediatizado en las invocaciones de Señor, y es también metáfora de la desvalida, la abandonada, en que se manifiesta su yo poético. Los sintagmas negativos crean un campo semántico de desdicha, por los signos elegidos: “muerte”, “delirio”, “aúlla”, “viento” y “miedo”. Todos llevan una connotación negativa.

También la alegría y la sensualidad aparecen respectivamente metaforizadas en los dos primeros versos de la segunda estrofa, nuevamente con sentido negativo.

Ya no baila la luz en mi sonrisa
Ni las estaciones queman palomas en mis ideas

Los tres versos siguientes:

Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Vemos que la idea central es la de obligación de aprender a vivir su propia muerte. “Mis manos”, metonimia de su yo poético, han quedado vacías, despojadas. Su vida de desterrada se refugia en una muerte en vida. Un lugar habitado por la muerte. La vulnerabilidad que siente está dada en la oposición semántica que sigue inmediatamente:

el aire me castiga el ser
detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre.

Hay oposición entre aire/castigo. El aire —diafanidad, plenitud— la hiere y sólo ve “monstruos que beben de mi sangre”. Esta referencia al vampiro, que será un tema recurrente, es de orden sexual, vital. El poeta, vampirizado como víctima, se ve condenado.28

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
Oír a los condenados gritar
Contemplar a cada uno de mis nombres
Ahorcados en la nada.

Entramos de lleno en la dramatización del miedo, a través de una serie sucesiva de sintagmas, que acumulan signos de connotación trágica: “desastre”, “vacío”, “cerrojo”, “condenados”, “ahorcados” y “nada”. La estrofa enuncia un desastre, ejemplificado en versos sucesivos, que termina con el signo “nada”, resumen de lo anterior. Su yo poético singular se pluraliza en “condenados y nombres”. Se trasmuta en la figura del condenado. Sus “nombres”, sus “yos” multiplicados y ahorcados en la nada. Otra posibilidad de lectura nos lleva a identificar los “nombres”, las palabras con la creación poética. Es su creación la que está apresada en la nada. “Nada” aquí, como símbolo existencial, que retoma los temas de los verbos anteriores: “vacío”, “cerrojo”, “condenados”. Puede verse este poema como la toma de conciencia, el despertar, a la creación poética.

La parte media del poema, seis estrofas en total, de variada longitud, fue suprimida en la versión definitiva del poema, que se publicará en 1975.29 Si bien es cierto que adolecen de cierta retórica, de cierto énfasis, que les quita fuerza dramática, el conjunto total del poema revela mejor sus temas y obsesiones predilectos, como son la recurrencia de la imagen del “espejo”, del “barco” y el tema del suicidio.

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
Y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

La idea de suicidarse frente a un espejo implica tomar conciencia de su alteridad; también implica la idea del doble, reflejado en ese espejo, representando al alma, individual, separada de cada uno.30 Es decir, el suicidio implicaría dar inmortalidad a ese doble. Por último, es también el mito de Narciso y el espejo, la no trascendencia.31 La idea de desaparecer en el mar para luego reaparecer en un barco, está ligada a la idea de Champdor, que habla del viaje subterráneo de la barca como una exploración del inconsciente: es una verdadera resurrección. Para Bachelard, la barca que lleva a tal nacimiento es la cuna redescubierta. Evoca a la matriz. Para algunos soñadores profundos, la muerte sería, no el último viaje, sino el primer viaje, el primer viaje real. Tenemos así, la barca como renacimiento, el mar como purificación.

También es importante notar el asombro de no suicidarse. La especulación sobre el suicidio aparecerá, velada o explícita, a lo largo de su obra. Vemos en la estrofa anteriormente citada, que el esquema de su mundo interior ha fracasado. En El mito de Sísifo, Camus pregunta si hay una relación entre el suicidio y el descubrimiento de la falta de sentido de la vida humana. Y escribe: “Uno se suicida porque la vida no vale la pena de ser vivida: esto es ciertamente una verdad. Pero una verdad poco fructífera, porque es un truísmo”. Sin embargo, Alejandra Pizarnik desarrolla en la siguiente estrofa la explicación posible, al referirse al cansancio final, a la desesperanza:

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
las sonrisas gastadas
el interés interesado
las preguntas de piedra en piedra
las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

Ante todo, está la idea de repetición de actitudes, que se explícita a nivel semántico en todo continuará igual. También aparece a nivel fónico: remedar/amor; interés/interesado. Y la idea de objeto petrificado, en oposición al cambio, al movimiento, en la imagen de preguntas de piedra en piedra. Las dos estrofas siguientes retoman el tema de la desolación y del desamparo en la oposición y aparente contradicción de los signos niñez/anciana, en un oxímoron extendido, que continúa en la estrofa siguiente:

Recuerdo mi niñez
Cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
Porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos32

Hay un constante juego de gradaciones y oposiciones a nivel semántico —“las mañanas de sol” de la infancia como sombrías, la niñez dada en dos sintagmas paralelos, pero de distinto grado: ayer/hace siglos.

Las dos invocaciones finales también hacen uso del paralelismo:

Señor
la jaula se ha vuelto pájaro
Y ha devorado mis esperanzas

Señor
la jaula se ha vuelto pájaro
que haré con el miedo.

Hay una correspondencia semántica entre los dos terceros versos de cada estrofa: el pájaro devorador de esperanzas, el miedo. Estas dos últimas estrofas explicitan su evolución; dice así: la prisión se ha convertido en libertad, la inocencia se ha convertido en conocimiento. La libertad y la revelación originan su miedo. El despertar de la inocencia —su pérdida— y el despertar como poeta: despertar a la muerte. Es el fin de la etapa edénica inocencia=inconsciencia. En la mezcla de tiempos verbales de la 7a. estrofa:

ahora es nunca o jamás
o simplemente fue

Se ejemplifica el caos. No existe secuencia. Es el despertar al tiempo real y la perplejidad que esto le ocasiona. Es el conocimiento, la libertad de conocer, lo que destruye su esperanza.

El poema es una plegaria, y tiene connotación religiosa evidente, al hacer hincapié en la palabra “Señor”, que la autora espacializa y coloca aisladamente en la línea. El poema se cierra con una pregunta, retomada de la segunda estrofa, y que implica la toma de conciencia de una realidad que no conocía, y el terror consecuente:

Qué haré con el miedo
qué haré con el miedo

El tema de la noche, en la poética de Pizarnik, aparece como espacio para los sueños, para ser, para realizarse, refugiada en un mundo propio, alejado de la cotidianeidad. En el poema “La Noche” aparecerá como bálsamo:

Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas

Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte
Tal vez la noche es nada
Y las conjeturas sobre ella nada
Y los seres que la viven nada
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos araña el alma con sus recuerdos.

Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas
Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas
Sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros

Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos
Su lágrima inmensa delira
Y grita que algo se fue para siempre.
Alguna vez volveremos a ser.

El verso “me cubre la conciencia con sus estrellas”, tiene la connotación de olvido, la noche protegiéndola de su propia conciencia. Si “la noche es la vida” —en contraposición a esta idea “el sol es la muerte”. Son oxímorons, ya que normalmente, todo lo indicativo de luz y claridad es vida, y la noche tiene, en lenguaje diario, connotación de oscuridad, de soledad. Pero en la poesía de Pizarnik, la temática reiterativa de la noche, tanto a nivel simbólico como semántico, aparece como refugio:

Tal vez las palabras sean lo único que existe
En el enorme vacío de los siglos

Estos son dos versos claves del poema, que contrarrestan la idea de una historia real poblada de hechos. El discurso histórico queda reducido a palabras, es decir a signos —es la palabra—el signo— lo que reinventa cada día al mundo.

Reaparece el tema de la mirada. Había dicho ya “las miradas y sus terribles caminos”. Aquí retoma el tema: la mirada como una forma de creación. Existimos porque nos ven. En tanto nadie nos mira, no somos espejo para nadie. Equivale a no ser. Cada mirada puede cambiar el Universo interiorizado de cada uno. En la mirada está el interés, el desencuentro, la falta de diálogo. O, por el contrario, está la dicha, la creación. El llanto de la noche, a la que siente en sus huesos, es su propio llanto. Es el llanto de una pérdida. Ella y la noche se confunden. Pero el poema termina en una nota de esperanza en el futuro cuando dice:

Alguna vez volveremos a ser.

El mundo sugeridor y rico de la noche, implica en Pizarnik una duda y también una esperanza. Quizá, parece decirnos, “los seres que la viven”, los elfos, las hadas, sean verdaderos.