October 17, 2017
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Collection: INTERAMER
Number: 52
Year: 1996
Author: Susana H. Haydu
Title: Alejandra Pizarnik: Evolución de un Lenguaje Poético

CAPÍTULO I

PIZARNIK EN SU GENERACIÓN Y LA VIGENCIA ACTUAL DE SU OBRA

Hemos visto la dificultad de ubicar a Alejandra Pizarnik dentro de una escuela literaria o un grupo determinado. Su poesía, de matiz sumamente individual y hermético rechaza todo encasillamiento. Sabemos que por edad y ciertas similitudes tangenciales debemos colocarla dentro de la generación de los años sesenta. Sin embargo, desde la perspectiva de hoy, y también desde este análisis que hemos emprendido, Pizarnik surge como una verdadera precursora de la poesía actual. Los nuevos poetas, aquellos que se acercan a los cuarenta años, ven en Pizarnik “a la viajera alucinada” que marcó nuevos rumbos, y que revela en su poesía características que la unen a la generación de los años ochenta. Si bien estas dos generaciones concuerdan en la gran efervescencia poética, en las numerosas revistas, en su surgimiento luego de épocas de opresión intelectual, las disidencias respecto del enfoque en ambos grupos son amplias. Pizarnik se adelantó a su época de diversas formas: esto es lo que lleva a esta generación a sentirse tan cerca de ella y también a practicar una lectura que puede explorar sus temas más genuinos. Veremos primero su ubicación dentro de la enorme producción literaria de los años sesenta, y luego los rasgos principales que la ubican dentro de la producción actual.

Un buen estudio del concepto de generación, válido para adaptarlo a nuestra tentativa, es el de Emir Rodríguez Monegal, en su libro José E. Rodó en el novecientos, donde el autor rastrea el concepto de generación a través de varios críticos claves, como Julius Petersen, E. Ermatinger, José Ortega y Gasset, y Julián Marías. Para Monegal como para Ortega, la más plena realidad histórica es llevada por hombres que están en dos etapas distintas de la vida, cada una de 15 años: de 30 a 45 etapa de creación o gestación polémica. De 45 a 60, etapa de predominio y mando. Siempre hay dos generaciones actuando al mismo tiempo, con plenitud de actuación, sobre los mismos temas, y en torno a las mismas cosas, pero con distinto índice de edad, y por ello, con distinto sentido.1

Esta misma idea de ciclos que comprenden quince años es retomada por Julián Marías en El método histórico de las generaciones2 donde también cita a Ortega:

El sistema de vigencias en que la forma de la vida humana consiste, dura un período que casi coincide con los quince años. Una generación es una zona de quince años, durante la cual una cierta forma de vida fue vigente [...] La afinidad entre los miembros de una generación no procede tanto de ellos como de verse obligados a vivir en un mundo que tiene una forma determinada y única.

De allí también, que exista una coincidencia de predilecciones y rechazos de orden estético y temático con ciertos escritores —u obras— que atestiguan la existencia de elementos en común. Justamente, hacia el año 60, surgen en Buenos Aires una serie de jóvenes poetas que confirman los presupuestos generacionales citados hasta aquí y veremos que ya se ha definido al grupo que integraba Alejandra Pizarnik como una generación. Ciertos críticos argentinos han reducido el ciclo de 15 años a l0. Es el caso de Arturo Cambours Ocampo3 y Antonio Requeni.4 Más tarde, otros escritores se unieron a esta opinión, entre otros César Fernández Moreno y Francisco Tomat-Guido. Por fin, el poeta Horacio Salas publica el libro Generación poética del 605 donde recoge documentos de la época adelantados en diversas revistas, para apoyar su punto de vista. En su estudio preliminar habla con detalles del clima de aquellos años, de quiénes eran las fraternidades, los mitos del momento locales e importados, las promesas de grandes escritores. Hoy, estos nombres se confirman, algunos consagrados en la literatura argentina o mundial:

Estábamos descubriendo a J. P. Sartre, a Albert Camus, a los poetas españoles de la posguerra: Celaya, Otero, Hierro, a Paul Éluard, a Roberto Arlt, a Raúl González Tuñon, a Jorge Luis Borges, y casi, casi, recitábamos de memoria a Ernesto Sábato [...] la mayoría de nosotros andaba alrededor de los veinte años, algunos teníamos una sólida formación en ciertos clásicos políticos y desconfiábamos de la cultura oficial, los suplementos dominicales y la capilla de la revista SUR, a la que juzgábamos ajena a los problemas nacionales, aunque no nos preocupábamos demasiado por criticarla. Pensábamos que solo se podía escribir con la prosa de Borges y nos aprendíamos de memoria cada uno de sus textos.6

Es importante destacar que, a fines del año 55, comienza en Buenos Aires una verdadera renovación, lenta al principio, pero que se desarrolla cada vez con más envergadura. Es un auténtico renacer a nivel político y cultural. Influye, en este clima de compromiso, el triunfo de la revolución cubana de Fidel Castro en 1959, y su visita a la Argentina, a fines de ese mismo año. Es una visita triunfal y que conmociona el ámbito universitario. Es un momento en que la Universidad está dirigida por Risieri Frondizi y su grupo, todos intelectuales de izquierda y que vuelven a Buenos Aires luego de la revolución de 1955 trayendo la experiencia y el equipaje intelectual que les había dado los años pasados en Estados Unidos, enseñando en diferentes universidades. Llegan a crear un nuevo clima intelectual. Los estudiantes ven terminar una época, y se lanzan con pasión renovada a asimilar las ideas que los expresen. Se agrupan en torno al grupo de Risieri Frondizi, Gino Germani y José Luis Romero, y abrazan el código del escritor políticamente comprometido.

También es 1960 un año clave, porque entonces aparecen varias nuevas revistas literarias, que nuclean a los escritores jóvenes. Expresan ideas nuevas, y muchas son revistas eminentemente polémicas, que se oponen a las ideas sustentadas por los escritores más conocidos de generaciones anteriores. Inician disputas, y sus manifiestos muestran las diferencias de orientación estética y política con la generación anterior. Abelardo Castillo resume bien la época y sus revistas en el Prefacio al primer número de El Ornitorrinco7 y dice:

Hacia 1960, o, para ser rigurosamente inexactos más o menos a partir de la caída del primer peronismo, se produjo en el país un fenómeno cultural que dio origen a casi todo lo que se llamó ‘La nueva literatura argentina’. Fueron los años del surgimiento de la generación anterior a la mía: David Viñas, Dalmiro Sáenz, Marco Denevi, Beatriz Guido, Bernardo Verbitsky, lanzados por los entonces prestigiosos concursos de Kraft, Losada, Emecé —generación opuesta a ‘la intelligentsia’ tradicional. Pero el verdadero origen del movimiento cultural fue la múltiple aparición de las revistas literarias. Poetas, narradores, ensayistas y críticos cuyas edades oscilan hoy entre los 30 y los 50 años, se formaron en publicaciones como Contorno, Polémica, Poesía Buenos Aires, Gaceta Literaria, El Grillo de Papel, Eco Contemporáneo, Ensayo Cultural, Barrilete, alguna otra ilustre que deliberadamente olvido, y muchas más (Taya, Setecientos Monos, El Lagrimal Trifurca) diseminadas por todo el país.

Alejandra Pizarnik también se inició colaborando en casi todas estas revistas. Por ejemplo, Miguel Grinberg y su grupo, que integraron, entre otros, Gregorio Kohon, Alejandro Vignati y Juan Carlos Kreimer, nucleados todos alrededor de la revista Eco Contemporáneo, admiraban la nueva literatura norteamericana, eran seguidores de la “beat generation”, fanáticos de Henry Miller, Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, y del entonces casi desconocido Witold Gombrovicz, que vivía en Buenos Aires, y era autor de una novela excepcional, Ferdidurke, cuya traducción al español yacía olvidada en los depósitos de librerías. Fueron jóvenes iracundos, que se llamaron a sí mismos generación de los “mufados”. En esencia, definían la Mufa como “la conciencia de estar vegetando, y malogrando capacidad y energía creadora. Imposibilidad de salir de ese estado de desperdicio. Son iracundos contra un mundo consumado que les ha escamoteado lo mejor. Parecen viejos que están de vuelta de todo, y son jóvenes que no quieren caer en la trampa de un mal sutil que mañana le susurra las coartadas pertinentes que aseguran su unívoca complacencia”.8

En una línea también de iracundia, expresó su inconformismo Eduardo Romano, en el primer número de Agua Viva donde dice: “Apuntaremos nuestros enormes cañones en el meollo mismo de esta civilización cristiano-occidental, que volará con su acostumbrado olor a carne podrida” y luego agrega “Nada, he ahí la palabra, la experiencia reveladora de nuestro existir que hará abortar de pronto a nuestras acicaladas burguesas de Florida y Santa Fé y orinar interrumpidamente a nuestros ministros plenipotenciarios, con lo cual habremos roto relaciones con todo excepto con nosotros mismos”.9 En el No. 2 de Agua Viva se asegura con énfasis: “Asolaremos las razas inferiores, es decir todas —o sea que arriaremos la palabra humana como a una categoría desierta, refugio de los hipócritas cotidianos. Cambiaremos esta faz nauseabunda del mundo y seremos los héroes que no han creado nada, pero que todo lo han destruido”.10

No nos sorprende que Eco Contemporáneo y Agua Viva se acercaran para realizar tareas en común. Este tipo de manifiesto, si bien honesto, bien intencionado, asombra. En el año 60, la idea de arrasar con todo y contra todo, era bien conocida. La actitud que postulan estos jóvenes demoledores ya había sido asumida, desde comienzos del siglo, por los grupos de vanguardia y eran conocidos en Argentina los manifestos del futurismo y del dadaísmo, tanto como los de André Breton, que ya contenían estas ideas. Además de estos vínculos implícitos, se conectan con la tradición de los marginados y los malditos. La vieja familia de insurrectos y subversivos formada por Baudelaire, Poe, Lautréamont, Rimbaud, Breton, Dalí, Éluard, Artaud, reverdece en estos jóvenes. En los dos números que publicó la revista aparecen poesías de Alejandra Pizarnik, junto a textos de Ramiro de Casasbellas, Luisa Pasamanik, Susana Thénon y Juan Carlos Martelli.

También en El Grillo de Papel aparecen cuatro poesías de Alejandra Pizarnik. Es una revista dirigida por Abelardo Castillo, Arnoldo Lieberman, Oscar Castelo y Victor García. Es una publicación que cierra luego de seis números, pero reaparece bajo otro nombre. Se trata ahora de El Escarabajo de Oro, que consigue continuar su publicación hasta Mayo-Junio 1968; y allí aparecen textos de Beatriz Guido, Carlos Astrada, Augusto Roa Bastos y otros.

Hoy en la Cultura, que publica Pedro Orgambide —desde 1961 hasta 1966— resume el programa de estos escritores nacidos todos por los años 30. Dice así: “Valoran a Borges sin compartir su actitud lúdica en lo estético ni su postura reaccionaria en lo político; respetan a Martínez Estrada pero niegan los elementos de su nebulosa sociología; redescubren a Arlt, a Quiroga, a Payró, en la medida en que estos hombres reflejaron los hechos probables de un ayer todavía cercano [...] Los hombres nacidos en el 30, los que eran chicos durante la guerra de España, y apenas muchachos durante la irrupción de peronismo, tuvieron que hacer su propia experiencia rompiendo con los moldes del liberalismo en los que fueron educados”.11 La generación del 60 es un grupo políticamente de izquierda y comprometido con los problemas de la época, pero donde no existió el nihilismo y la voluntad de destrucción total que hemos notado en los casos de Agua Viva y Eco Contemporáneo, que también se incluyen en la así denominada izquierda política.

Fueron éstas las principales revistas polémicas de la década del 60, pero hubo otras en las que el tono fue primordialmente literario. En éstas hay ausencia de pasión por lo político y lo social, se centran mayormente en problemas estéticos. Entre 1960 y 1961 aparecen numerosas revistas, casi siempre de vida efímera. Entre ellas Airón, El Arpa de Pasto, y también Cero, que reúne en su número de Agosto 1967 una serie de textos de escritores surrealistas. Se incluyeron allí traducciones de Artaud, Arp, Breton, Char, Desnos, Eluard, Michaux y Prévert. Este número es, además, un homenaje al poeta y pintor surrealista Juan Battle Planas. Es importante señalar este hecho, por la gran influencia que tuvo el surrealismo y, en especial, Juan Battle Planas en la obra de Alejandra Pizarnik.

La revista Testigo, dirigida por Sigfrido Radaelli, también trae el texto completo de La condesa sangrienta de Pizarnik en su primer número,12 junto a colaboraciones de Anderson Imbert, Córdova Iturburu, Carlos Mastronardi y otros. No se trata, por lo tanto, de una revista que nuclée a un grupo exclusivamente joven. Por último podemos mencionar a Poesía = Poesía, dirigida por Roberto Juarroz, donde también aparecen poesías de Alejandra Pizarnik.

Este es apenas un somero examen de la vastísima producción literaria que aparece en innumerables revistas de la década del sesenta. Es importante repetir que no todas fueron combatidas, no todas pusieron énfasis en la actitud política del escritor. Incluso, a lo largo de esa década, muchos escritores suavizaron sus ataques, y maduraron su visión estética. Abelardo Castillo, por ejemplo, que fuera enemigo virulento de Borges, sostuvo más tarde que la generación del sesenta en la Argentina fue la primera en aceptar que

un hombre, políticamente ubicado, como Borges, en la vereda de enfrente, puede ser, al mismo tiempo, un escritor genial, y que no toda persona bien intencionada políticamente es por ese sólo motivo un buen creador. A un poeta, si es auténticamente revolucionario, le sirve más la poesía de Oliverio Girondo, que rompió con todos los esquemas verbales, que mucho rimador ideológicamente inobjetable que ande por ahí.

Algo típico a las generaciones con antecedentes fecundos como la polémica Boedo/Florida, es la cuestión estética vs. ideología, y los límites se confunden. En el caso de Oliverio Girondo, sus posiciones nacionalistas no se cruzan en nada con su obra más importante, En la masmédula, volcada totalmente hacia el lenguaje.

Por último, queremos resaltar que entre las características más notables de este grupo sesentista está el hecho de que su poesía entronca con las corrientes herederas del surrealismo —desatendidas en la Argentina hasta el año 50, cuando aparece Poesía Buenos Aires.13 Precisamente es en esa revista,14 dónde aparece por primera vez una poesía firmada por Flora Alejandra Pizarnik titulada “La enamorada”, y que luego fue recogida en su libro La tierra más ajena. También debemos señalar la gran influencia de ciertos poetas como César Vallejo y Oliverio Girondo, este último considerado por algunos críticos como el antecedente más genuino del sesenta, dentro de la línea surrealista.15 Esto es válido, si tomamos en cuenta que muchos escritores del grupo sesentista, entre ellos, precisamente Alejandra Pizarnik, se caracterizaron por preocupaciones de orden formal de la poesía, la abolición no sólo de la rima sino también de los metros regulares, de mayúsculas y de signos de puntuación. Y aparece también una preocupación crítica con el lenguaje bajo forma metalinguística, donde observamos la gran influencia de Mallarmé.

El poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade influyó en ellos, pero con una poesía de otra índole, de cuño realista, y casi prosaica. Muchos poetas toman versos de Homero Manzi y Enrique Santos Discépolo, el gran autor de letras de tango, como epígrafes para sus poemas. Uno de los más conocidos es Eduardo Romano, que afirma preferir citar a Discépolo que a Robert Desnos. Es decir, que hay claramente dos líneas de poesía dentro de la generación del sesenta. Una, que sí se ocupa de planteos estéticos, y que recibe toda la influencia de los poetas surrealistas, y otra, que toca problemas sociales y aboga por el compromiso político del escritor. Esto es un fenómeno que se repite en todo Sudamérica. Las pugnas polarizadas ya existían en Buenos Aires desde los grupos Martín Fierro-Boedo, del año 22, y continúan en las divergencias de enfoque que encontramos en los escritores del sesenta. En el caso de América Latina las pugnas que se establecen se agravan por el hecho de que optar, en el caso de los escritores sesentistas, por Michaux, Pavese, etc., implicaba para muchos una forma de dar la espalda a nuestra tierra, e implicaba también una forma de desarraigo. De allí la insistencia de temas de ciudad: el tango, el río, en el grupo más comprometido con lo social.

En este clima de fervor, de renacimiento cultural, empieza a escribir Alejandra Pizarnik. Participó y fue amiga de grupos de izquierda, publicando en revistas de esa tendencia, Agua Viva, Eco Contemporáneo; pero también se relacionó con el grupo SUR, donde publica la mayoría de sus poemas, y donde conoce a los escritores más importantes de generaciones anteriores. Así, surge la amistad que mantendrá con Enrique Molina, Olga Orozco, Silvina Ocampo y otros. Si bien, por su edad, hay que ubicarla en la generación del sesenta, tuvo gran intercambio con sus contemporáneos de otras generaciones, y fue muy influída por ellos. Como aclara Ortega al hacer una distinción clásica entre lo contemporáneo y lo coetáneo:

Todos somos contemporáneos, vivimos en el mismo tiempo y atmósfera —en el mismo mundo— pero contribuimos a formarlo en forma diferente. Sólo se coincide con los coetáneos. Los contemporáneos no son coetáneos: urge distinguir entre coetaneidad y contemporaneidad. Alojados en un mismo tiempo externo y cronológico, conviven tres tiempos vitales distintos. Cada generación, pues, no actúa sola, sino en presencia de otras, contra otras.16

También es importante estudiar su literatura con un criterio sincrónico en la diacronía, ya que aparecerán analogías notables con autores muy anteriores a su época, como George Trakl y Lautréamont. La influencia es obvia a nivel estilístico o morfológico.17 Las entradas de su diario18 de 1967 y 1968 indican su constante preocupación estilística, tratando de encontrar un modelo para su prosa y prosa poética. Octavio Paz, Cortázar, Borges, Rulfo son admirados, pero no la satisfacen: “¿Quién, en español, ha logrado la finísima simplicidad de Nerval?”19

En el caso de Alejandra Pizarnik se realiza en las hondas amistades que sostuvo con la generación inmediatamente anterior a la suya: con Raúl Gustavo Aguirre, Antonio Requeni, Graciela de Sola, Rubén Vela. Dos críticos argentinos importantes, Guillermo Ara y Graciela de Sola, colocan a Alejandra Pizarnik dentro de una línea poética puramente surrealista. Ara considera una actitud poética metafísica o gnoseológica, donde coloca a Alberto Girri y Roberto Juarroz —para no citar sino a dos de los más conocidos poetas contemporáneos— y otra línea, la surrealista, donde incluye nombres como los de Basilio Uribe, Francisco Urondo, y naturalmente Alejandra Pizarnik. Afirma Ara: “Puede estimarse que en estos poetas la creación se explica por sí misma, brota de una necesidad inescrutable y en todo casi desentendida de lo que no sea una problemática del lenguaje, o del silencio, como se plantea en Octavio Paz”.20 Para Ara, Alejandra Pizarnik es onírica,

con un modo caudaloso y fascinante de atropellar las leyes lógicas y la sustentación de la realidad. Comunica una relación extraña con el mundo, representado en signos de pesadilla, con imágenes de tenebrosas alusiones.21

Para Ara, la creación poética, en el caso de Alejandra Pizarnik, “se encuadra dentro de la tradición de los platónicos ‘poseídos’ propia del irracionalismo inventivo de los surrealistas [...]”.22

Por su parte, Graciela de Sola, en su conocido ensayo Proyecciones del surrealismo en la literatura argentina, sitúa a Alejandra Pizarnik dentro del grupo pos-surrealista haciendo coincidir la temática surrealista con la preocupación formal del lenguaje.

Otros poetas de más reciente aparición en el panorama literario se inscriben también de una u otra manera en esta actitud. Poemas de Romilio Ribero, Luis Massa, Aldo Rinaldi, Alfredo Andrés —entre otros— evidencian cierta apertura lingüística, vuelcos sorpresivos y alógicos, registro de sueños y premoniciones, exaltación del sexo, rebeldía ante la vida acostumbrada, rasgos que, si no son patrimonio exclusivo de los surrealistas han sido subrayados por éstos de manera incisiva y persistente.23

Queremos notar que, dentro del grupo surrealista argentino, es evidente que Enrique Molina, entre todos, tuvo gran influencia sobre Alejandra Pizarnik “No sólo por su mágica transferencia de lo real, sino porque construye realidades más allá de toda realidad, y porque propicia un retorno al lenguaje”.24 Es indudable, además, que, si Alejandra Pizarnik escribió ensayos sobre André Breton, Antonin Artaud, etc, es por la gran fascinación que ejercieron sobre ella los escritores surrealistas, que conoció directa o indirectamente, a través de la generación surrealista argentina y de su estancia en París, a principios de la década del sesenta.

A partir de su muerte en 1972, la figura de Alejandra Pizarnik ha ascendido a ocupar un lugar de privilegio para las generaciones más jóvenes. Ya se la ubica con el grupo de mujeres más célebres de América como Frida Kahlo, y con las poetas suicidas de Estados Unidos, como Sylvia Plath y Ann Sexton. Constituyen, todas ellas, el símbolo de la mujer feminista, marginada, que sólo se reconoce en todo su talento luego de su muerte. El caso de Alejandra Pizarnik se inscribe con más fuerza aún en esta tradición, por su condición de lesbiana, de “demoníaca” —como calificó a sus últimos textos González Lanuza— y, por lo tanto, diferente, provocativa y procaz. Esta enorme mitificación ha tenido, como consecuencia, la profunda admiración de poetas de las generaciones siguientes, que ven en ella el símbolo de la poeta-mártir, de la busca de una poesía sin concesiones, de una pureza esencial.

Pero, además del mito, que es externo a su poesía, mi propuesta sería que hay otras razones puramente literarias, que explican que su vigencia haya continuado desde su muerte hasta hoy. Además de la influencia surrealista, la poesía de Alejandra Pizarnik entronca con la tradición romántica, en especial con aquella representada por Novalis y Trakl. En Buenos Aires hubo, a partir de la década del setenta un resurgimiento neorromántico que Jorge Santiago Perednik describe muy bien en el prólogo de Nueva poesía argentina (1976-1983)25 como a una poética que ubica al poeta fuera del mundo y hace de sus circunstancias la soledad y el aislamiento. Son amplias las similitudes que los poetas de este grupo presentan con Alejandra Pizarnik, específicamente en el tratamiento de la noche, la soledad, la muerte y el fracaso, y la posición del poeta frente a su mundo. Se puede decir entonces que Pizarnik fue no sólo una precursora para estas generaciones de poetas, sino que trascendió con su lirismo y su rigor poético las limitaciones de su generación.