October 22, 2017
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Collection: INTERAMER
Number: 50
Author: Inés Azar, Ed.
Title: El puente de las palabras. Homenaje a David Lagmanovich

LA NUEVA POESÍA LATINOAMERICANA

Alfredo Veiravé*

El sentimiento y el estremecimiento de la poesía

Lazarillo de Dios en mi sendero
¡Francisca Sánchez acompáñame!

Hoy tengo el sentimiento, el presentimiento y el estremecimiento de la poesía. Tres categorías orgánicas que, como el fuego de los volcanes nicaragüenses aparecen en las sombras del sueño de cada uno de nosotros, como una dócil, fragante, desnuda mujer analfabeta, “criada fosforecente cantando por los pasillos de una pensión de Madrid” según versos de Enrique Molina, que acompaña a Rubén y a todo poeta latinoamericano, cuya invocación y súplica debemos hacer antes de entrar al ruedo de los toreros de España y América.

Una vez le oí decir a Dominguín esta frase en la cual distinguía a un diestro del arte de matar o morir: “El diestro es aquel que es capaz de pensar frente al toro”. El poeta, me dije, es aquel que es capaz de pensar frente al poema, de aquietar las aguas turbulentas del idioma personal y poder ver debajo de las aguas la flor roja de los corales marinos. Creo que esa Francisca Sánchez, fiel hasta la muerte, de donde mana la poesía, cantando por los pasillos de una pensión de Madrid o en los hoteles de París donde vive el huérfano Vallejo, puede ser invocada en esta ocasión mágica en la cual nos hemos reunidos todos los poetas de América Latina. Y no exagero al hablar de todos, porque sé de qué manera un solo poeta es una biblioteca infinita de la obra de otros poetas del mundo inventada en esa extraña fenomenología de la imaginación, ya que “escribir un poema —como dice Borges— es ensayar una magia menor” y agrega en el prólogo de Los conjurados que “El instrumento de esa magia, el lenguaje, es asaz mentiroso...”

Creo que cada poema implica y determina una teoría crítica que avanza y retrocede o se contradice en cuanto ese lenguaje habla desde un imaginario real contenido en el texto como una bella y analfabeta mujer que nos espera semidormida y desnuda en las sombras del cuarto de pensión, donde inevitablemente hay un espejo que refleja los mecanismos de reproducción.

Texto, sistema de signos que oculta un código, una mitología, un ideograma

Un texto que al mismo tiempo se nos ofrece como un sistema de signos que ocultan un código personal, una mitología musical, un ideograma cuyo dibujo nos permite ver y pensar el mundo, una desesperada y “encantada” especie de sobrevivencia.

Me gusta repetirme que la poesía es la alegría del idioma, porque esa definición de Wallace Stevens oculta y desoculta un mecanismo de lo profundo de la renovación del lenguaje que los poetas aportan a la realidad y al poema, como versión transgresora de esa realidad en la cual vivimos incluyendo, claro está, los sueños diarios, esas visitas que cada noche arman “argumentos” y “diálogos” fascinantes del inconsciente. Como la perplejidad que producen los sueños o las pesadillas, el poema se resiste a toda explicación si no es por el camino de la analogía o la metáfora, y los que hemos hecho de esa experiencia una pasión crítica y un destino, podemos (creo) hablar desde afuera del poema sin demorarnos en didactismos o simplificaciones, porque es evidente que para entrar en toda magia, menor o mayor, en toda hermenéutica, es necesario (no digo imprescindible) integrarse al coro de los videntes y de los magos magníficos del misterio.

En este sentido comparto aquella idea de Susan Sontag que solicita al crítico como herramienta o como instrumento de operación, lo que ella define en su libro Contra la interpretación, como “una erótica del arte”, es decir, según lo interpreto personalmente, una lectura voraz e interminable del texto poético, en el cual como un gran espacio literario, están incluidos el poeta, el lector y aquel “imaginario” que es para mí como una brújula de mar, como una imagen fragmentaria que atraviesa el cielo hacia el cosmos y que al encenderse y apagarse simultáneamente, como un objeto verbal intermitente, como puntos luminosos, se abre y se cierra (como un diafragma de una máquina fotográfica) dejando ver al lector de poesía ese espacio que ocurre entre lo visible y lo invisible del amor como totalidad y del erotismo como placer.

En ese terreno cambiante y movedizo como arenas devoradoras de unas ciénagas tropicales macondianas, el tiempo atrapa y sumerge al lector en los ensueños de una poética instaurada por esos “soñadores de palabras” que son los poetas, quienes como lo definió el maestro Juan L. Ortíz “suelen ser la conciencia de la felicidad perdida...”.

En nuestro tiempo no se necesita ser habitante de Macondo para entender cabalmente a los gitanos que traen inventos de maravilla como el hielo, el catalejo, la lupa gigantesca o el astrolabio, que, ustedes recordarán, hace decir a José Arcadio Buendía “en el mundo están ocurriendo cosas increíbles” o escuchar en la voz apagada de Melquíades, esta afirmación rotunda que para mí, prefigura este mundo de imágenes satelitales en las cuales nos movemos: “La ciencia ha eliminado las distancias, pregonaba Melquíades. Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la Tierra sin moverse de su casa”.

Leer un poema es poner en juego todas las energías de la imaginación. Escribir un poema es poner en juego todas las posibilidades del fracaso de la elocuencia, por eso Rimbaud termina su vida con el silencio, o Baudelaire se hunde en los paraísos artificiales, o Eliot en “East Coker” poetiza sobre las dificultades de expresión que indican el camino de los poetas que buscan una forma y un lenguaje, una palabra que se aprende a dominarla “para decir lo que ya no se quiere decir, o de algún modo en que no quiere decirlo”. Este es el mismo patético interrogante de Darío “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo”. Esa es (creo) una de las grandes dificultades de todo poeta frente al lenguaje y las tradiciones, que trata de usar y cambiar, como una pesada herencia del pasado, que se asimila como una combustión que enciende nuevos fuegos y así interminablemente en el tiempo. “Y no hallo sino la palabra que huye, / la iniciación melódica que de la flauta fluye / y la barca del sueño que en el espacio boga”.

Fenomenología de la imaginación, que hace al poeta “soñador de palabras”

De aquí, de estas imposibilidades surge la realidad que, como el albatros baudelairiano, camina herido por la borda de un barco en alta mar, ante la burla de los marineros que se mofan del ave de grandes alas que no lo dejan volar. La poesía en cuanto es una fenomenología de la imaginación que oscila entre lo real o lo irreal de lo imaginario, convierte al poeta en “un soñador de palabras” como dice Bachelard. Lo demás pertenece a la historia de la literatura, es decir, a la fijación necesaria y didáctica que nos permitiría comprender mejor, desde la estabilidad, los procesos de avance y retroceso de un mar incesante.

Y ese mar es toda la literatura y toda la poesía que da especies diferentes de peces marinos.

La naturaleza de nuestra América tiene sus mares y sus islas y unos talleres donde todos trabajamos solitariamente pero dentro de un mismo proyecto creativo e interrelacionado. Recuerdo las palabras de Neruda: “El mundo de las Artes es un gran taller en el que todos trabajan y se ayudan, aunque no lo sepan ni lo crean. Y, en primer lugar, estamos ayudados por el trabajo de los que nos precedieron y ya se sabe que no hay Rubén Darío sin Góngora, ni Apollinaire sin Rimbaud, ni Baudelaire sin Lamartine, ni Pablo Neruda sin todos ellos”.

La poesía latinoamericana nos ha dado ya una vanguardia que procede del modernismo dariano extendido en las renovaciones del lenguaje poético de otros poetas continentales que componen Vallejo, Neruda y Huidobro en una trilogía renovadora. César Vallejo, para mi opinión el más grande y provocativo dentro de un lenguaje que se renueva desde el neologismo excepcional de Trilce y los grandes temas del hombre que oscila entre la orfandad y el hambre o el exilio europeo, luego Vicente Huidobro el avanzado de “la motivación del lenguaje”, el primer vanguardista como lo denomina Saúl Yurkievich entre Los fundadores de la nueva poesía latinoamericana, a los cuales incorpora los nombres de Borges y Octavio Paz y seguramente Oliverio Girondo.

Pero no quiero detenerme en esos nombres precursores ni en los poetas que están a su alrededor y que están siendo restaurados por la crítica como el uruguayo Julio Herrera y Rissig, o el mexicano Ramón López Velarde en relación con las tradiciones nacionales de México, sino que quiero avanzar hasta nuestros días y elegir algunos nombres que son caros a mis sentimientos y afinidades. En primer lugar, fuera de las historias oficiales, la poesía de Juan L. Ortíz sobre el cual llamo la atención a los poetas latinoamericanos, porque ese “estilo” orticiano termina por definirse en los poemas de sus últimos libros como un crecimiento de las corrientes de las profundidades, como una hija del gran Arbol que mueve el viento de la vida, como un complejo organismo de lo abierto: “Ortíz sospecha de los idiomas occidentales, tan rígidos y lineales, creados ‘para dar órdenes’, como él dice”. Para él (son palabras del poeta Hugo Gola) “sólo el idioma chino, tan próximo a la música, constituye un instrumento apto para captar los estados variables, indefinidos, contradictorios, imprecisos del sentimiento poético”.

En el panorama continental o en una imposible antología personal rescataría, para mí, los nombres de Enrique Molina, Alberto Girri, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Alvaro Mutis, Ernesto Cardenal, Francisco Madariaga o José Emilio Pacheco, Antonio Cisneros y Alejandra Pizarnik. No olvidaré a Jorge Ricardo Adoum, a Blanca Varela, a Enrique Lihn, ni los versos amplios y henchidos como un limonero real de Roberto Fernández Retamar a quien una vez “Le preguntaron por los persas” según la Antología de la poesía hispanoamericana de Juan Gustavo Cobo Borda (F.C.E. 1983).

Inolvidables Carlos Martínez Rivas, Olga Orozco y María Elena Walsh

No olvidaré a Carlos Martínez Rivas que me esperaba una vez en San José de Costa Rica porque me sabía portador de las visiones memorables de Maqroll, el Gaviero, que yo transportaba desde México como una botella del “ojoso manto de la fiebre”, tampoco olvidaré a nuestra druida mayor, nuestra sacerdotisa pampeana Olga Orozco, ni a la coéfora celeste María Elena Walsh que nos enseñó a cantar con nuestros hijos en horas malas del país y con la cual comparto a un viejo recuerdo de la memoria: “Cuando llueve me dan no sé qué / las estatuas / nunca pueden salir en parejas / con paraguas...”

Ellos bajaron del Olimpo, y nosotros conversamos en el lenguaje diario

La poesía latinoamericana que transcurre entre 1910 y 1932 y la obra de los nacidos en ese lapso aportó algunas vertientes que enumeraría de esta manera: la poesía como obra abierta, la poesía como laberintos de recelos de la inteligencia, la poesía como signos en rotación, la poesía conversacional como el duro trabajo del destierro o, en la otra orilla, la poesía como humor desacralizador y la poesía como riesgo o desenfado. Personalmente comparto la idea de Nicanor Parra de una poesía que le permita decir todo ya que como él lo anuncia: “Los poetas bajaron del Olimpo / y nosotros conversamos / en el lenguaje de todos los días”.

¿Es ésta nueva poesía latinoamericana?, se preguntarán los más jóvenes.

Y les respondería que no, sin ninguna duda, porque el porvenir es todo del exteriorismo al interiorismo, de crisis en crisis de rupturas en un apasionado combate con la propia identidad que nos reúne. Sobre este polémico tema en relación con las tradiciones locales he de recordar una vez más aquella inolvidable conferencia de Borges sobre “El escritor argentino y la tradición”, en la cual postulaba que nuestro patrimonio es el universo: “Creo que si nos abandonamos a ese sueño voluntario que se llama la creación artística, seremos argentinos y seremos, también, buenos o tolerables escritores”.

Pero no quiero irme sin leerles un poema mío que le leí una vez a mí querido Alvaro Mutis en la finca de García Márquez en Cuernavaca y que hoy dedico a los poetas de Chile, de México, de Ecuador, del Perú, de Colombia, del Brasil y de todos los países de donde han venido en grandes máquinas voladoras. El poema se titula “Radar en la tormenta”:

Y alguna vez, no siempre, guiado por el radar
el poema aterriza en la pista, a ciegas,

(entre relámpagos)

carretea bajo la lluvia, y al detener sus turbinas, descienden
de él, pasajeros aliviados de la muerte: las palabras.


* Este trabajo fue leído en la Mesa sobre “La poesía en la conformación de la identidad y la lengua” del Encuentro de Escritores Latinoamericanos realizada en el Centro Cultural del Teatro Gral. San Martín de Buenos Aires el día 27 de noviembre de 1990. Participaron los poetas Antonio Cisneros (Perú), Manuel del Cabral (República Dominicana), Elvio Romero (Paraguay), Ida Vitale (Uruguay) y los argentinos Roberto Juarroz, Hugo Padeletti y Francisco Madariaga.