October 23, 2017
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Collection: INTERAMER
Number: 50
Author: Inés Azar, Ed.
Title: El puente de las palabras. Homenaje a David Lagmanovich

NEOLOGISMOS Y CULTISMOS
EN LA ARAUCANA

Isaías Lerner
Graduate Center, City University of New York

La Araucana gozó, desde los primeros años posteriores a la publicación de su Primera Parte (1569), de la admiración de sus contemporáneos, tanto autores (Cervantes, Lope de Vega, Bernardo de Balbuena, entre otros) como tratadistas. Estos últimos se apresuraron a utilizarlo como modelo de fórmulas retóricas así como de sabio dominio de la materia épica, según se entendía en el Renacimiento. Menos atención prestó la crítica a las novedades léxicas que ofrecía el poema. Sin embargo, la elección del repertorio expresivo llevada a cabo por Ercilla no pasó inadvertida, y expresiones o vocablos ausentes o apenas usados en textos anteriores tuvieron, como se verá, rápida acogida literaria a partir del modelo de La Araucana de modo que quedaron incorporadas, en su mayoría, al caudal expresivo que llegará a constituir lo que se conoce como lengua literaria de los siglos áureos.

Por cierto, en materia de léxico, la cronología siempre es insegura y aproximada; sin embargo, una guía firme la da siempre el prestigio del texto que sirve de apoyo para fundamentar un uso. El poema de Ercilla, unánimemente reconocido desde su aparición como obra maestra, justifica su consideración como autoridad y su mención como posible designación de intertexto en otros autores. Así lo entendieron también en el siglo XVIII los compiladores del Diccionario de Autoridades, quienes recurrieron a La Araucana en unas doscientas ocasiones para autorizar usos y significados, no sólo de palabras sino también de expresiones1 correspondientes a la edición de treinta y cinco Cantos de 1589-90, como se nota en la definición de dar en vacío, s.v. dar, que se ubica en el Canto XXXV, y no en el XXXVII, como aparece en la versión completa del poema. No es fácil reconocer la estrategia que guió a los compiladores de Autoridades en la selección de las doscientas palabras que autoriza el texto de Ercilla, más allá del reconocimiento de su ejemplaridad léxica, sin embargo, algunos elementos pueden señalarse por su interés histórico. En efecto, dos vocablos indígenas entran en la selección: chaquira y piragua. La primera aparece en la cita única de XVII, 15, 4 “jotas, llautos, chaquiras y listones”2 que contiene, además, otros indigenismos: el quichuismo jota por ojota y llauto “cinta de la frente”, que es vocablo quichua documentado con texto algo posterior por Friederici. Autoridades, sin embargo, no se interesó por la variante que Ercilla trae de ojota, que está, por lo demás, autorizada con un texto posterior de las Décadas o Historia general... de Antonio de Herrera (1601); tampoco registró llauto, probablemente por su rareza en textos castellanos.

En verdad, los vocablos indígenas no alcanzan a veinte en todo el poema,3 número escaso frente a otros neologismos que abundan en el texto. Esta escasez y esta relativa abundancia se explican, en gran medida, por la naturaleza del género y del público al que el texto va dirigido. Por ello, un buen número de los neologismos son, precisamente, cultismos. Ercilla dota a su poema de la materia expresiva que se consustancia tradicionalmente con la épica y la opción por latinismos y cultismos es el recurso obligatorio para el reconocimiento, por parte del lector, de la deuda y homenaje a la literatura clásica latina y, particularmente, a Virgilio y Lucano.

En efecto, a lo largo de las tres Partes se encuentran vocablos tomados del vocabulario clásico latino que acercan el texto de nuevo tema americano al código genérico que sancionaba el prestigio de los modelos clásicos. En los casos más obvios, se trata de la adopción de la forma culta, como en edicto “proclama pública” (XXX, 36, 3) documentado ya en A. de Palencia (1490) y Nebrija bajo la forma romanceada edito, que da mayor rigor jurídico al texto: “y del menor edicto y mandamiento”. También opta Ercilla por la grafía clásica en el caso de homicida (I, 25, 2 y I, 31, 1), ambos casos referidos a los escuadrones y armas araucanas; este cultismo lo debió haber tomado Ercilla de Juan de Mena, en quien aparece bajo la forma omecida, pero Góngora retendrá la forma establecida por La Araucana.4 Otras veces es la preferencia por un duplicado culto, como en el caso de débito, por deuda (I, 14, 4), no documentado literariamente antes de Ercilla.

Pero los casos más interesantes son los que introducen nuevos vocablos de estirpe clásica, que literaturizan a los héroes araucanos y les otorgan estatura épica paralela a la de los paradigmas greco-latinos. De aquí que el latinismo indómito que Ercilla toma de Ovidio (Metamorphoseon, XIII, 355, en donde está usado por Ulises) se transforme en el epíteto proverbial aplicado a los araucanos, definidos por Ercilla como gente: “siempre ... esenta, indómita, temida”. Es el adjetivo ya paradigmático que pasará al título del poema de fines del XVI de Hernán Alvarez de Toledo, El Purén indómito y es el que usará para calificar a los araucanos el padre Alonso de Ovalle en su Historia de Chile, según Autoridades documenta. Este rasgo de carácter designado de modo memorable, se afirma en los actos de arrojo individuales que se describen minuciosamente en las tres Partes del poema. Los elementos descriptivos realistas y cruentos se intensifican con la caracterización de los héroes araucanos mediante epítetos ennoblecedores. La conducta del “mozo Gracolano” en la batalla se define como procuradora de la muerte “con gran pertinacia y poco miedo” (XIX, 9, 3) o, en la versión de la princeps de la Segunda Parte (Madrid, 1578): “con más pertinacia y menos miedo”. Pertinacia es un cultismo que este verso documenta tempranamente y del que Corominas señala uso posterior. La valentía de Rengo acosado por numerosos enemigos se representa en una comparación taurina que ofrece aspectos novedosos de los que no podemos ocuparnos en esta ocasión. Lo que me interesa aquí es señalar, además, el empleo de un cultismo infrecuente:

Como el toro feroz desjarretado
cuando brama, la lengua ya sacada,
que de la turbamulta rodeado
procura cada cual probar su espada.

En efecto, turbamulta (XXV, 66, 3) no parece tener documentación literaria previa y jerarquiza este símil del juego de toros, todavía infrecuente en la poesía española. En verdad, ya desde la descripción general del Canto I, que abre el poema, la idea de arrojo y disciplina militar queda claramente enfatizada cuando, para calificar el poder de los caciques más distinguidos por su arrojo bélico, el narrador recurre al adjetivo preeminente, cultismo poco usual en el XVI y del que este texto (I, 13, 8) es el testimonio literario más temprano (Autoridades trae textos del XVII que reproduce Corominas). En efecto, no pasará inadvertido para Lope y Góngora, como tampoco lo será preminencia, que Ercilla usa dos estrofas más abajo (I, 17, 1). Otro cultismo muy frecuente en poetas posteriores del XVI es proceloso “tormentoso”, del que La Araucana ofrece uso temprano (IV, 62, 5 y XV, 75, 1), aplicado exclusivamente a los vientos; Ercilla debió tener en cuenta la autoridad de Ovidio (Heroides, 2, 12) para su empleo, que se generalizó en los textos poéticos del XVII.5 El motivo tradicional de factura más o menos literaria de la antropofagia en tiempos de “hambres, dolencias, muertes y otros daños” (IX, 19, 8), se construye con una hábil mezcla de exclamaciones, repeticiones etimologizadoras, expresiones fijas y descripciones de brutal realismo, en donde no falta un latinismo violento sin documentación previa; se trata de parricidio “asesinato de un pariente”, en uso adjetivo infrecuente:

y en parricidio error se convirtiese
el hermano en sustancia del hermano;
cuyo uso siguió siendo muy restringido de modo que todavía
Autoridades consideraba parricida como voz
puramente latina.

Pero los cultismos no están puestos en la voz del narrador-actor exclusivamente; los personajes araucanos se expresan con decoro semejante. Así, cuando el viejo Colocolo interviene en la disputa entre Tucapel y Rengo (XVI, 62 y ss.) los acusa duramente a ambos de obstinación y petulancia mediante el latinismo temprano protervia, que Aut. documenta en textos del XVII:6

Quebrantándose, al fin vuestra protervia
fundada en una vana y gran soberbia.

La desdichada Tegualda, se acusa de pusilánime porque no se atreve a acabar con su vida ante el descubrimiento del cuerpo muerto de su amado Crepino, como una nueva Argía en el mundo araucano,7 en busca del cadáver de su marido, para enterrarlo. La intensidad de la escena se subraya con la presencia de cultismos infrecuentes que dignifican la queja de la joven viuda. En efecto, pusilánime es vocablo infrecuente sólo documentado previamente por C.C. Smith en la traducción de Dante de D. Fernández de Villegas (1515), ejemplo que sirve para reforzar su calidad de poco común; pero es a partir de Ercilla que se generaliza su uso y aparece en M. Alemán (Corominas), Lope de Vega, según C. Fernández Gómez8 y Góngora (B. Alemany y Selfa). También los soldados que vienen a pedir ayuda a Caupolicán cuando los españoles deciden reconstruir el fuerte de Penco (IX, 28 y ss.) se expresan en los términos que demanda el decoro épico y mencionan la representación de la fortuna o hado con la metonimia “instable rueda” (IX, 30, 2) en la que instable por inestable es cultismo que Ercilla introduce en la lengua literaria (en XVI, 33, 6 Ercilla vuelve a usarlo, referido al tiempo), pues la documentación conocida ofrece textos posteriores, o posteriormente publicados, de Aldana y Herrera (C. C. Smith; Corominas).

Ya dos octavas antes, el narrador-actor había empleado el cultismo todavía infrecuente incrédulo “increíble”, ausente en Garcilaso y Herrera, pero documentado abundantemente a partir de Ercilla (Lope de Vega, Góngora, etc.).

No siempre el uso es ennoblecedor, y a veces el texto genera un efecto cómico apoyándose en el carácter novedoso o infrecuente del plano léxico para renovar o deslexicalizar una expresión fija.9 Así, en la continuación del combate entre el lombardo Andrea y Rengo, con que Ercilla retoma la narración al comienzo de la Segunda Parte, y que Cervantes parodiará magistralmente en su Quijote en el episodio del vizcaíno (Primera Parte, caps. VIII y IX), el golpe de maza que asesta el araucano al apenas cubierto Andrea,

...en modo la cabeza le cargaba,
que batiendo los dientes, vio en el suelo
las estrellas más mínimas del cielo.

La frase hecha “hacer ver las estrellas” se renueva y se desgramaticaliza con la rima suelo/cielo, descontextualizada de su frecuente uso lírico y el superlativo latinizante mínimo (XV, 7, 8) documentado aquí tempranamente (Corominas trae un texto de Cervantes) y con carga cómica inesperada; en efecto, en la estrofa 21 del mismo Canto, reaparece con el recto sentido encarecedor de su significado superlativo, para subrayar el valor de Rengo. Significativamente, es el mismo superlativo que había usado su rival Tucapel (VIII, 30, 8) para anunciar su decisión de no detener su masa hasta “no dejar de España enhiesto muro”:

La máquina del cielo y fortaleza
vendrá primero abajo hecha pedazos
que Tucapel en esta y otra empresa
falte un mínimo punto en su promesa.

También la lengua del mago Fitón, cuando explica las virtudes de su “gran poma milagrosa” en donde se pueden ver los acontecimientos futuros, se carga de cultismos entre los que sobresale el novedoso inmóvil (XXIII, 71, 6), ausente en textos literarios anteriores, y recién documentado por Autoridades en Saavedra Fajardo y Quevedo. A los que conviene añadir Góngora y Lope, ambos buenos lectores de Ercilla.

En fin, los cultismos introducidos por Ercilla aparecerán también en el Canto XXIV, dedicado exclusivamente a narrar la batalla de Lepanto: flámula “bandera pequeña” (XXIV, 5, 8) y estupendo “que causa estupor” (XXIV, 41, 5) aplicado al “rumor de las armas”. En el Canto XXXIII en que se cuenta la historia de Dido, aparece matrona “dama, mujer casada” (XXXIII, 16, 1), con un fuerte carácter encarecedor que persistió en los textos del XVII y el muy infrecuente fido “fiel” (XXXIII, 83, 4), que Corominas considera “anticuado y raro” y C. C. Smith no registra; por su parte, Autoridades lo documenta con textos posteriores.

Tampoco faltan cultismos nuevos en la expedición al sur, en busca del Estrecho de Magallanes, en la que Ercilla tuvo participación activa. Los tres que conviene mencionar, están exclusivamente relacionados con el esfuerzo físico que la expedición por tierras desiertas e inhóspitas demandó de la pequeña compañía de valerosos expedicionarios. Al intensificar la expresión, la magnitud del esfuerzo adquiere las proporciones épicas adecuadas. Así, retahila “hilera recta” (XXXV, 9, 7), es cultismo sin documentación previa que describe la marcha “por una angosta senda mal seguida” por la que “dimos principio a la primer jornada”. El cultismo exorbitante (XXXV, 28, 7), registrado por primera vez en La Araucana (C. C. Smith 260) es el adjetivo que mejor describe el “peligro y trabajo” que son capaces de enfrentar los españoles para llegar a las desconocidas tierras que prometen “gran riqueza, ganado y poblaciones”. Cuando los exploradores descubran que han sido engañados, la expresión del daño que se aproxima, queda enriquecida con la introducción del cultismo indubitable (XXXV, 36, 5), ausente en los textos anteriores de Garcilaso y Herrera, y no recogido por Góngora pero que favorecerán otros buenos lectores de Ercilla: Cervantes y Lope, quien, además, usa la forma adverbial indubitablemente. En verdad, el verso muestra clara conciencia de la voluntad retórica de esta novedad léxica, pues al paralelismo de los dos hemistiquios que lo constituye “y el bien dudoso y daño indubitable”, se añade la oposición semántica encarecedora de los dos abstractos (“bien”, “daño”) y la figura etimológica de los adjetivos “dudoso” e “indubitable”, que resalta de modo muy hábil, para el lector competente, la mecánica del recurso: la raíz latinizante del neologismo.10

Naturalmente, no todas las novedades léxicas están constituidas por cultismos o latinismos. Buen número de palabras se relaciona, como era de esperarse, con el vocabulario bélico y el marítimo, que Ercilla introduce en la lengua literaria a través de este relato épico. También enriquecen su discurso americanismos, no solamente a través de palabras indígenas, como se ha mencionado ya, sino también con usos americanos no registrados previamente. Y a estos, deben agregarse otros extranjerismos verdaderos, como algunos italianismos nuevos. Tampoco faltan marginalismos sin documentación literaria previa.

El vocabulario bélico incluye neologismos como campaña “campo de batalla”, “conjunto de operaciones de guerra” (III, 33, 4); jara “saeta de punta muy aguda” (V, 15, 8) que Corominas registra por primera vez en un texto contemporáneo de J. de Arbolanche (1566) sin duda menos influyente;11 salvar “saltar” (IX, 68, 3) referido al foso de la muralla; regatón “cuento de lanza, bastón, etc.” (XII, 8, 4) es forma moderna por recatón, la única que todavía trae Autoridades. Parece documentación temprana de su uso literario, pues Corominas trae mención previa de la forma antigua sólo en diccionarios. Bascoso “agonizante” (XIV, 29, 7) es documentación temprana de este uso y acepción que no registra Corominas; Autoridades, por su parte, trae la expresión bascas de la muerte recién en el Guzmán de Alfarache. En XIV, 45, 8 el verso “descuartiza, desmiembra y desfigura” ofrece la repetición anafórica del prefijo compositivo des- con significado de negación que refuerza la acción destructora diseminada por el cuchillo del ya mencionado Andrea; la serie trimembre creciente se abre con el neologismo descuartizar no documentado previamente en textos literarios y da relieve a la tradicional anáfora encarecedora. Mandoble “cierto golpe de la espada que se hace doblando la mano” (XV, 31, 5) parece testimonio literario temprano, como lo es también sangraza “sangre corrompida” en XV, 46, 3, que también puede significar en el texto “gran charco de sangre”: “en el lodo y sangraza derribados”.12 Otros neologismos del léxico bélico son estampida “estampido” (XVI, 38, 1); atinar “apuntar” (XVII, 3, 5) es documentación temprana con esta acepción; través “obra exterior de fortificación para estorbar el paso” (XVII, 24, 8); cicalado “pulido, afilado” (XXIV, 6, 5) que Ercilla usa en el sintagma que se hace expresión fija “cicaladas armas” como aparece en el vocabulario de Minschev, 1617; artillado “armado de artillería” (XXIV, 24, 2); esmerilazo “golpe de esmeril, que es pieza de artillería pequeña” en XXIV, 73, 6; escarcela “parte de la armadura que cubría el muslo desde la cintura” en XXIX, 25, 3. En este grupo, conviene recordar también tres neologismos relacionados con el campo semántico de la equitación, pues la importancia del caballo en la ocupación del territorio de América tuvo importancia fundamental.13 Estos son la forma galopear (IV, 48, 2), todavía muy viva en América; rabicán “caballo con cerdas blancas en la cola” (V, 17, 4), y baqueta “varilla para golpear el caballo” (IX, 97, 7).

También contribuye el texto de Ercilla a la incorporación en la lengua literaria de términos náuticos, no solamente por el Canto dedicado a Lepanto, del que ya notamos el cultismo flámula, sino también porque La Araucana, por necesidades del género épico, introduce el motivo de la tormenta en el mar en el último Canto de la Primera Parte y el primero de la Segunda. A pesar de la abundancia de textos previos en que el mar y sus accidentes son inevitables y la constante presencia de navíos y viajes en la experiencia cotidiana y en la representación literaria, Ercilla, familiarizado con la lengua marinera, por su larga experiencia de viajero, ofrece en su texto algunas novedades léxicas de interés. Así, cuando describe la infrecuente fuerza física del ya mencionado lombardo Andrea, recuerda haber visto como

la mayor bota o pipa que hallaba,
capaz de veinte arrobas, de agua llena,
de tierra un codo y más la levantaba;

en donde la sinonimia “bota o pipa” (XV, 17, 2) parece necesaria dado el uso náutico del significado original de bota “barril en el que se lleva en las embarcaciones el vino, agua, salitre, etc..”, ya señalado por Nebrija (“bota de nao o tonel”) y porque pipa es de uso literario temprano (Corominas trae ejemplo anterior no literario y Autoridades, textos del XVII). También ofrece la más temprana documentación del uso literario de racamenta (o racamento, como lo registran los diccionarios) “anillo por medio del cual se mueven las vergas alrededor de los mástiles”; levecho por leveche o lebeche “oeste, viento de dirección oeste” (XVI, 14, 4). Y en el Canto XXIV, ya recordado, de la batalla de Lepanto, zafar “preparar, desembarcar” (XXIV, 21, 7), que es acepción náutica documentada por Autoridades más tardíamente; portañola “tronera por donde salen las bocas de las piezas de artillería” (XXIV, 54, 8). Finalmente, en la leyenda que el protagonista-actor inscribe con un cuchillo en la corteza de un árbol del extremo sur, al que la expedición última de Ercilla en América consigue llegar, un marinerismo temprano deja constancia de un rasgo inicial que definirá el léxico del español del Nuevo Mundo: deslastrado “sin lastre” (XXXVI, 29, 3).

Tampoco faltan entre los neologismos, italianismos como estropiar por estropear del que VIII, 50, 6 es probablemente testimonio inicial de su uso literario (Autoridades y Corominas citan el Guzmán de Alfarache); ribombar por rimbombar “retumbar” (X, 79, 8); cerbelo por cerebro (XX, 7, 8) todavía extiende su uso hasta el XVII (Cervantes, según Autoridades); rustiqueza en XXXV, 21, 3, que comparte el verso (“la gran selvatiquez y rustiqueza”) con otro italianismo de ilustre tradición, selvatiquez, que ya había anotado Herrera en el soneto 28 de Garcilaso14 y, finalmente, estratagema, en XXXVI, 35, 5.

Tampoco faltan entre los neologismos americanismos y regionalismos, y voces del juego o de germanía; ellas recrean una variedad de registros que compendia, en el plano de la escritura, la variedad que América impuso al viajero desde los tiempos de la Conquista y que los propios españoles, desde Gonzalo Fernández de Oviedo, se apresuraron a reconocer. Así chicharra “cigarra” (IX, 57, 3) hoy común en Andalucía y América, ya era considerada regionalismo por Covarrubias, quien, sin embargo, la adscribe a Toledo; ladino “indio que habla español” (XXX, 43, 7 y 47, 5) es documentación temprana de la aplicación americana también usada para negros y portugueses, de la acepción inicial que se refería al moro que hablaba la lengua romance; también parece acepción inicialmente usual en América la de “embalado” para empacado (XXXII, 74, 4). En fin, pertenecía a la lengua del juego mano a mano “sin ventaja”, que en I, 26, 8 se documenta tempranamente y que se generaliza, hay hoy, a partir del XVII. Trulla “bulla y ruido de gente” (XXII, 15, 6) está documentada posteriormente como de la lengua de la soldadesca y de germanía según datos de L. Alonso Hernández, Léxico del marginalismo del Siglo de Oro, Salamanca, 1977.

Por cierto, los neologismos, cultistas o no, solamente representan un aspecto fuertemente parcial de la riqueza verbal de este poema.15 Sin embargo, creo que permiten observar, desde un punto de vista aventajado, el papel fundamental que La Araucana jugó, gracias a su prestigio e influencia, en la formación del discurso artístico de los siglos XVI y XVII y, así, en la constitución de lo que hoy entendemos por las lenguas literarias del español.

 

NOTAS

1. Por expresiones entiendo frases hechas como arma falsa (XXIV, 98, 8); boga arrancada (XXIV, 66, 5); boca con boca (XIII, 52, 4); boca de tiro (XXXII, 20, 7); cerrarse el cielo (IV, 65, 2); dar en seco y en vacío (XXXVIIM 65, 8); dar nombre (I, 8, 8); a despecho (I, 57, 6); punta de diamante (IV, 14, 2); a diestro y siniestro (IV, 16, 6); negar los oídos (XVI, 1, 1); dar orejas (II, 5, 7); al pie (XVII, 33, 6); en sazón (XII, 82, 3); quedar señor del campo (X, 16, 8); al sesgo (II, 50, 5); de sobra (XII, 26, 5); de súbito (I, 45, 6).

2. Todas las citas, por Canto, octava y verso, están tomadas de la edición de Marcos A. Morínigo e Isaías Lerner (Madrid: Castalia, 1979).

3. Cf. “América y la poesía épica áurea: La versión de Ercilla”, Edad de Oro X (Primavera 1991): 125-140, especialmente, 135 y ss. V. tb. el “Apéndice” de Marcos A. Mirínigo a la Introducción de la edición ya citada, I, 93-97.

4. Para Mena, v. María R. Lida de Malkiel, Juan de Mena, poeta del prerrenacimiento español (México: El Colegio de México, 1984) 262. Para Góngora, Dámaso Alonso, La lengua poética de Góngora (Madrid: CSIC, 1950) 57.

5. Cf. A. Vilanova, Las fuentes y los temas del “Polifemo” de Góngora, Anejo LXVI.I (Madrid: RFE, 1957) 479-480.

6. Ercilla también usa en la Tercera Parte protervo, (XXXVII, 56, 3) que ya aparece en texto algo anterior de Cetina. Cf. C. C. Smith, “Los cultismos literarios del Renacimiento: Pequeña adición al Diccionario Crítico Etimológico de Corominas” BHi LXI (1959): 236-272.

7. V. Estacio, Thebaida XII: 177. Cf. María R. Lida de Malkiel, Dido en la literatura española (London: Tamesis, 1974) 134.

8. V. su Vocabulario completo de Lope de Vega (Madrid: RAE, 1971).

9. Este efecto cómico, también lo logra Ercilla con neologismos no cultistas como, por ejemplo, espaldudo “el que tiene grandes espaldas” (IX, 94, 3) en que el texto mezcla sabiamente el valor de dimensiones heroicas del así definido Rengo, con la situación cómica de los tres españoles que tratan de huir no sólo de sus golpes sino también de sus injurias.

10. Otros neologismos cultistas son disignio “rumbo” (XXV, 34, 2); vena “veta” (II, 92, 6); laso “fatigado” (IV, 55, 8) con ejemplos medievales aislados y poco frecuentes en los autores clásicos; montuoso “boscoso” (XXXI, 20, 2).

11. Recuérdese que Cervantes lo llama en su Viaje del Parnaso (VII, 93), “muso por la vida” que Rodríguez Marín interpreta como “poetastro de por vida”; cf. ed. de Elías L. Rivers (Madrid: Espasa Calpe, Clásicos Castellanos 23, s.f.) 167.

12. Para el valor aumentativo de -aza v. M. Alvar y B. Pottier, Morfología histórica del español, 277.

13. Cf. Albeto Mario Salas, Las armas de la Conquista (Buenos Aires: Emecé, 1950) 127 y ss.

14. Conviene recordar aquí que en 1580 ya había aprobado Ercilla la edición de las Obras de Garcilaso de la Vega, con las anotaciones de Fernando de Herrera, Sevilla, por Alonso de la Barrera.

15. Otros neologismos que conviene tener en cuenta son: necesitar “obligar” (II, 3,5); pretensor (II, 24, 5); preciso “cierto” (III, III, 16, 5); resumir (III, 60, 5); repecho (IV, 12, 2); tresdoblado (V, 36, 5); cumplimiento (VIII, 21, 5); comarcano (IX, 41, 1); espaldudo (IX, 94, 3); benemérito (XII, 90, 6); tropezoso (XIII, 4, 4); imaginativo (XIII 49, 1); desgustoso (XV, 2, 8); reportamiento (XV, 10, 1); titubear (XV, 25, 4); apiñarse (XV, 37, 2); morro (XVI, 17, 7); resentido (XVI, 24, 7); hacinado (XIX, 25, 5); manpuesto (XIX, 27, 2); inovación (XX, 50, 4); contoneo (XXI, 44, 6); conjuro (XXIII, 41, 7); expedición (XXIV, 9,8); suficiencia (XXIV, 9, 8); rodante (XXIV, 53, 2); roedor (XXV, 46, 3); detestable (XXVI, 25, 1); toldo (XXXI, 23, 4); entretener (XXXII, 25, 1); circunvecino (XXXII, 27, 3); impertinente (XXXII, 41, 4); inmola (XXXIII, 44, 7); nutrimento (XXXV, 17, 6); dejativo (XXXV, 36, 7); arcipiélago (XXXV, 41, 1).