December 18, 2017
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Collection: INTERAMER
Number: 50
Author: Inés Azar, Ed.
Title: El puente de las palabras. Homenaje a David Lagmanovich

HISTORIA, PINTURA Y LITERATURA
EN UNA LOA DEL PERÚ VIRREINAL
*

Raquel Chang-Rodríguez
The City College-Graduate School
City University of New York

Los protagonistas de la conquista del Perú han ganado fama universal por su participación en este acontecimiento clave de la historia. Por el lado europeo se hallan los compañeros de empresa Francisco Pizarro y Diego de Almagro, y el dominico fray Vicente de Valverde; por el andino, Huáscar y Atahualpa, príncipes del linaje real en pugna por la borla imperial del Incario, y el intérprete Felipillo. Menos conocidos, sin embargo, son el nombre y la biografía de las mujeres europeas e indígenas que vivieron esos años iniciales del encuentro y posterior choque cultural, y de las mestizas, producto de la unión por la fuerza o el amor de los conquistadores y las nativas.

Debido al interés de historiadores deseosos de ofrecer una visión más exacta de esta primera etapa de desarrollo, es posible consignar el nombre y la actuación en el Perú de mujeres europeas de diversas capas sociales, y de algunas indígenas y mestizas mayormente de sectores privilegiados. Entre las españolas que llegaron poco después del prendimiento de Atahualpa en Cajamarca (1532), se encuentran Isabel Rodríguez, apodada La Conquistadora; Inés Múñoz, la cuñada de Francisco Pizarro que salvó a los hijos mestizos del Marqués de la ira de los almagristas; y María de Calderón, a quien Francisco de Carvajal mandó estrangular por vocear su lealtad a la corona en las guerras civiles del Perú (Martín 13-18).

El acceso a datos que permitan configurar una imagen de la vida de las nativas tomadas por la fuerza u otorgadas a los europeos con el propósito de propiciar alianzas, responder a sus deseos sexuales y servirles en menesteres domésticos no ha sido fácil. En el caso específico de algunas mujeres pertenecientes a la nobleza incaica, unidas a importantes figuras de la conquista como mancebas o esposas, testamentos y cartas así como el testimonio de crónicas e historias, ofrecen una mirada, aunque muy limitada, a diferentes aspectos de su vida. Por estos documentos sabemos de la noble hija de Guayna Cápac, doña Inés Huaylas Yupanqui, entregada por su hermano Atahualpa a Francisco Pizarro, a quien le dio dos hijos, Francisca y Gonzalo, para después casarse con un paje del conquistador, Francisco de Ampuero; de cómo doña Angelina Cuxirimay Ocllo, prometida de Atahualpa, pasó a ser amante de Francisco Pizarro, tuvo dos hijos con el conquistador, y finalmente casó con el cronista Juan de Betanzos (Rostworoski, Doña Francisca 17-19); de la mestiza Francisca Pizarro, obligada por la corona a abandonar el Perú y residir en España donde la rica encomendera casaría primero con su tío, Hernando Pizarro, y después con Pedro Arias Dávila Portocarrero, un noble endeudado (Rostworoski, Doña Francisca 69-72). Estas noticias dejan constancia de los avatares de esas mujeres; sin embargo, faltará para siempre la historia íntima, la versión personal, a través de la cual se pueda vislumbrar y comprender su sentir más allá del dato empírico o la versión ajena de los hechos.

Coetánea de doña Francisca Pizarro (1534-98), es la princesa incaica doña Beatriz Clara Coya (c. 1536-1600), hija del Inca Sayri Túpac en la coya Cusi Huarcay (Lámina 1). Conviene recordar que Sayri Túpac es a su vez hijo de Manco II, quien fue impuesto como Inca por los europeos, se rebeló contra ellos en el Cuzco (1536-37), y, después de ser derrotado, se refugió en las montañas de Vilcabamba y allí estableció su corte. Cuando este soberano falleció en 1545 lo sucedió Sayri Túpac. A instancias del virrey Hurtado de Mendoza, este Inca vilcabambino abandonó en 1558  su refugio y aceptó la autoridad de la corona (Lámina 2). Sayri Túpac murió poco después, probablemente envenenado, y dejó a su hija, doña Beatriz Clara, como única heredera de la rica encomienda de Yucay.1

La noble niña se crió entre las monjas del convento de Santa Clara en el Cuzco hasta los ocho años de edad, cuando su madre la llevó a la casa de Arias Maldonado, un influyente conquistador. Allí se comenzó a planear su matrimonio con Cristóbal, el hermano de éste; como los planes entraron en conflicto con designios de las autoridades coloniales que veían como muy peligrosa la unión entre un miembro de esa rica familia conquistadora con una princesa descendiente del linaje real incaico, se llegó a decir que Cristóbal Maldonado había violado a la niña Beatriz Clara para así forzar el matrimonio con ella. Acusado de conspiración, el revoltoso fue enviado a España con otros conquistadores sospechosos de sedición. Por otro lado, desde Vilcabamba, el tío de la princesa incaica, don Diego de Castro Titu Cusi Yupanqui, impuso como condición para abandonar ese refugio que tanto molestaba a la corona, la autorización al matrimonio de su hijo Quispe Tito, con la joven ñusta. En medio de estos manejos, doña Beatriz fue devuelta al convento y allí permaneció hasta los quince años, cuando, a instancias del virrey Francisco de Toledo, expresó su preferencia por el matrimonio (Rostworoski, Doña Francisca 81).

El virrey Toledo la otorgó en casamiento a un capitán de su séquito, Martín García de Loyola, en recompensa por haber prendido y llevado en cadenas al Cuzco a Túpac Amaru I, el último de los soberanos de Vilcabamba, tío de doña Beatriz Clara Coya (Lámina 3). La boda se llevó a cabo con el lujo correspondiente a la unión de familias tan importantes en los Andes y España: la novia, princesa real del Incario; el novio, sobrino de Ignacio de Loyola, uno de los fundadores de la orden jesuita. El virrey confirmó el derecho de los esposos al repartimiento de Yucay del cual tomaron posesión el 29 de octubre de 1572 (Rostworoski, Doña Francisca 82). Por carta de Toledo al soberano español, se sabe que García de Loyola aceptó este matrimonio por servir al rey, aunque la novia “fuese yndia y de su traje” (Rostworoski, Doña Francisca 81-82). Además de la voluntad de servicio, influiría poderosamente en su decisión la cuantiosa herencia paterna restituida a la princesa una vez se efectuara el desposorio.2

Más tarde, cuando don Martín fue nombrado gobernador y capitán general de las provincias de Chile, la pareja se instaló en Concepción donde les nació una hija, Ana María. Después del fallecimiento de su esposo en 1596,3 doña Beatriz Clara se trasladó a Lima y allí murió el 21 de marzo de 1600 (Rostworoski, Doña Francisca 83-84). Continuando su política de destierro para con los miembros de la nobleza incaica, la corona ordenó que la niña Ana María se trasladara a España donde después casó con don Juan Enriquez de Borja, nieto de San Francisco de Borja y futuro marqués de Alcañices. En reconocimiento a su noble ancestro, a la coya Ana María se la nombró en 1614 Adelantado del Valle de Yupanqui, y también se le otorgó el título de Marquesa de Santiago de Oropesa (Rostworowski, Doña Francisca 84), distingo de nobleza reclamado después por Túpac Amaru II.

La trascendencia de éste y otros enlaces4 pronto se hizo evidente en la historia y en la política virreinales. En el siglo XVII se pintó un gran lienzo de estos matrimonios, conservado en la iglesia de la Compañía en el Cuzco. Allí aparecen, además de las dos parejas contrayentes,5 figuras claves de la realeza incaica y de la iglesia española (Gisbert 155-56). Se ha especulado que a través de éste y otros óleos los jesuitas querían divulgar en todos los niveles los vínculos de la orden con la nobleza indígena quizá con el propósito de alentar futuros designios políticos.6 El lienzo fue reproducido varias veces y actualmente se ha confirmado la existencia de seis versiones de ese tema (Gisbert 156); una de ellas se encuentra en el Museo Pedro de Osma en Lima (Láminas 4 y 5), y otra en el Beaterio de Copacabana en esa misma ciudad (Lámina 6). Más allá de proyectos políticos, la biografía de la coya y las versiones iconográficas de su matrimonio pueden verse como emblema de la ardua encrucijada cultural en la cual se desenvolvieron las mujeres indígenas y mestizas de su tiempo, inclusive cuando su nobleza y rango fueron reconocidos por la corona; su vida remite, además, a la cambiante fortuna de los descendientes de la realeza incaica durante el período colonial.

Dada la importancia del matrimonio de doña Beatriz y don Martín, no sorprende que el evento haya sido representado en vivo posteriormente. En efecto, después de siglo y medio del desposorio, en el día de San Francisco de Borja, el 10 de octubre de 1741:

se hizo en la iglesia de la Compañía [en el Cuzco] una representación del casamiento de don Martín García de Loyola, y la hija de don Felipe Túpac Amaru [sic]: conforme se halla pintado en un cuadro que está a la entrada de dicha iglesia. Hizo al esposo, un hijo de don Gabriel Argüelles, llamado Pedro: y la esposa, una hija de un cacique de (en blanco) llamada Narcisa. . . . No faltó quien dijese, haberse ejecutado mojiganga y encamisada: ésta por los mantos capitulares, aquélla por la representación de los esposos. (Esquivel y Navia 2: 434)

Dada la afición de la orden jesuita a las representaciones dramáticas tanto como vehículo catequizador como para alentar el estudio de la oratoria y la retórica entre sus alumnos de colegios y universidades,7 cabe preguntarse si esta dramatización del matrimonio fue repetida habitualmente en iglesias y claustros ignacianos para celebrar las fiestas más importantes de la orden.

Aunque es imposible responder a esa pregunta con entera certeza, sí hay evidencia para afirmar que doña Beatriz Clara Coya transitó, de la historia y la pintura, a la literatura. La biografía de esta princesa del Incario llamó la atención de fray Francisco del Castillo (1716-70),8 curioso poeta y dramaturgo nacido en Piura y afincado en Lima, también conocido como el Ciego de la Merced. En la loa que compuso para acompañar La conquista del Perú,9 uno de los personajes alegóricos, la Nobleza, describe la ascendencia de doña Beatriz y detalla especialmente su matrimonio y el de su hija Ana María con encumbrados señores.

Compuestas a pedido de un gremio indígena para festejar la coronación de Fernando VI en una fiesta celebrada en Lima en 1748 y presidida por el virrey José Manso de Velasco (1745-61), se ignora si la obra y su loa fueron puestas en escena durante la época virreinal. El Día de Lima, un impreso anónimo de ese mismo año (1748), describe la celebración y ofrece, entre otros informes, detalles sobre una “Fiesta de los naturales” donde indígenas de la capital y zonas aledañas desfilaron con sus trajes de nobles incas (237-68). Aunque La conquista del Perú no se ha publicado aún,10 la loa fue incluida por Rubén Vargas Ugarte en una selección de las Obras de fray Francisco del Castillo que el erudito historiador preparó y dio a la estampa en Lima en 1948,11 doscientos años después que el Ciego de la Merced la escribió.

Los personajes de esta breve pieza son la Música, y ocho figuras alegóricas (Fama, Europa, Regocijo, Nobleza, Amor, Nación Peruana, Dicha, Obligación) cuyas iniciales deletrean el nombre de Fernando VI, el soberano recién coronado. Como es costumbre en estas obras, cada personaje canta sus alabanzas al nuevo rey, a quien el mundo entero debe obedecer. En la loa todo es concierto hasta que aparece la Nación Peruana vestida de india. Regocijo, Fama y Europa quieren saber quién es y por qué ha venido a la celebración; Música identifica a la extraña como “La Nueva Castilla” quien, por amor al soberano, “con Europa ha hecho / unión, celebrando / a Fernando el sexto” (224). Sin embargo, en un curioso silogismo Europa cuestiona la devoción de Nación Peruana: cómo puede la extraña amar a un rey desconocido. Amor responde que lo conoce a través de su “alter ego”, el virrey José Manso de Velasco. Pero Europa insiste: “Si, pues con tales defensas / has probado tu derecho. / Ahora me resta saber / qué razón o fundamento / tiene la nación peruana / cuando intenta este festejo / para adunarse conmigo” (225).

Según consigna el Diccionario de Autoridades el vocablo “adunarse” equivale a “juntarse”, a “unirse entre sí dos cosas” para un fin específico (DA 1: 96). Es posible discernir entonces que la pregunta, más allá del porqué de la unión, esconde una duda sobre el abolengo de la extranjera: ¿Qué le da derecho a la advenediza Nación Peruana a igualarse con la preclara Europa en el homenaje al nuevo rey? La primera es india, mientras la segunda es española (227).

Cuál no es la sorpresa de la orgullosa Europa cuando Nobleza explica cómo Nación Peruana está “encadenanda” o emparentada con ella:

Oye, si quieres saberlo.
Un Don Martín de Loyola,
dignísimo caballero
del Orden de Calatrava,
que era muy cercano deudo
del glorioso San Ignacio
de Loyola, a cuyo celo
de Jesús la Compañía
vio la tierra con ser cielo;
este, pues, preclaro héroe
fue quien unió los dos reinos
recibiendo en matrimonio
a una India de nuestro Imperio.
Doña Beatriz Clara Coya,
hija del príncipe excelso,
Don Diego de Sairi Túpac,
madre de esta dama siendo,
Doña Beatriz Cusi Huarcay
la que con dicho Don Diego
recibió el santo bautismo
año de mil y quinientos
y cincuenta y ocho, que ha
dos siglos, once años menos,
cuya elevada nobleza
fue, porque estos descendieron
del invicto Manco Cápac,
Inca del Perú primero. (227-28)

El largo parlamento remite al histórico enlace de la princesa incaica y el capitán español en 1572, aprovechado, en los albores de la Ilustración, por un escritor criollo para recalcar el indisoluble nexo de dos linajes nobles y de dos continentes distantes. Nación Peruana corrobora lo inmutable de esta “unión de la sangre” con una bella metáfora: es imposible separar partes tan ligadas como los distintos licores mezclados en un mismo vaso. Así, el simbólico matrimonio marca el discurso para traer a la superficie la singular ascendencia del personaje alegórico, y a la vez señalar la naturaleza híbrida de la cultura virreinal peruana. Por otro lado, en una ambivalencia frecuente en textos coloniales del siglo XVIII, este vínculo podía servir para justificar la continuación del dominio español en América, tal y como anunciaban los óleos de la genealogía de los reyes incas seguidos de los soberanos españoles pintados en el Perú durante el siglo XVIII.12

En virtud de este encumbrado linaje Nación Peruana es aceptada en el coro de admiradores de Fernando VI y anuncia una comedia, La conquista del Perú,13 donde se manifestará “la lealtad y el rendimiento / con que la Nueva Castilla / con las armas del afecto / libre quiso sujetarse / al augusto hispano gremio” (236). Que esta comedia destaque la actuación clave de un griego, Pedro de Candía, y el papel de las predicciones en el sometimiento pacífico de los antiguos peruanos; la muerte de Guayna Cápac y de su sucesor debido a una plaga traída por los extranjeros; la actitud conciliadora de Atahualpa en contraste con las depredaciones de los europeos; y un final donde, simbolizada por la figura de Rumiñagüi, la rebeldía se ofrece como paradigma, hace pensar en una versión irónica más que épica de la sujeción del Tahuantinsuyu. Si a esto se añade que Castillo compuso en 1751 un largo canto dedicado a Melchormalo de Molina, Marqués de Monterrico, y a Fermín Carvajal, Conde de Castillejo, elogiando con tono épico su participación en una incursión militar que derrotó a los indígenas insurrectos en la zona de Huarochirí14 (Reedy 51), y que en un poema de 1746 escrito poco después del terremoto que asoló a Lima, el vate lamentó la destrucción de su “dulce patria” (138), vemos que las posturas contradictorias asociadas con los criollos durante el siglo XVIII, signan los escritos de Del Castillo.15 Tales actitudes —alabanza y burla de las autoridades coloniales, orgullo del pasado incaico y desprecio del indígena coetáneo, amor al suelo patrio— no extrañan en fray Francisco del Castillo, poeta y dramaturgo que vivió y escribió en la disyuntiva marcada por dos épocas, la colonia y la ilustración.


* La investigación resumida en este trabajo fue llevada a cabo con el generoso apoyo de la Professional Staff Congress-City University of New York Research Foundation y The Program for Cultural Cooperation Between Spain’s Ministry of Culture and United States Universities. La beca Eisner otorgada por el Simon H. Rifkind Center for the Humanities de The City College de la City University of New York, me facilitó el tiempo libre para la redacción final del estudio.


 

NOTAS

1. Ver el estudio de este repartimiento de Rostworoski.

2. Vale notar que cuando Cristóbal Maldonado regresó al Perú quiso anular el matrimonio alegando que se había casado antes con doña Beatriz Clara. Ver María Rostworoski, Doña Francisca (Lima: IEP, 1989) 82-83.

3. Murió cuando él y su real fueron masacrados por indígenas. Parece ser que, después de un sonado triunfo contra los nativos, el capitán olvidó poner vigilancia nocturna en el campamento. Ver María Rostworoski, Doña Francisca (Lima: IEP, 1989) 82-83.

4. Un segundo lienzo del siglo XVIII, atribuido al círculo del pintor indígena Marcos Zapata por Teresa Gisbert, recoge el matrimonio de Teresa Idiáquez con Beltrán García de Loyola, y el de Juan Idiáquez con Magdalena de Loyola. Ver Teresa Gisbert, Iconografía y mitos indígenas en el arte (La Paz: Gisbert y Cía. S. A., 1980).

5. La segunda pareja está constituida por Ana María Coya de Loyola Inca, la hija de don Marín y doña Beatriz, y Juan Enríquez Borja, emparentado con San Francisco de Borja.

6. Sobre la teocracia jesuita, ver Duviols.

7. Sobre el tema ver Chang-Rodríguez, El discurso disidente: Ensayos de literatura colonial peruana (Lima: PUCP, 1991) 199-200.

8. No sería extraño que en las tertulias frecuentadas por el autor, escuchara los datos sobre estos enlaces y los recogiera después en la loa de La conquista del Perú.

9. El manuscrito completo (loa y drama) se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid (signatura 16.283). He podido leerlo y estudiarlo en una copia mecanografiada que gentilmente me facilitó Concepción Reverte Bernal.

10. Concepción Reverte Bernal la publicará en su edición del teatro del Ciego de la Merced.

11. Las citas corresponden a esta edición.

12. Sobre el tema ver Gisbert 156-57, 175-83.

13. Me ocupo de este drama histórico en un estudio más amplio de próxima aparición.

14. La rebelión ocurrió el 25 de julio de 1750, cuando los indios comandados por Francisco Inca, en protesta contra los tributos y la mita, tomaron el pueblo de Huarochirí y mataron a los principales funcionarios y vecinos españoles. Sin conseguir el apoyo esperado de otros indígenas de la zona, los líderes fueron derrotados y ejecutados. Quienes lograron escapar se unieron al ejército de otro caudillo rebelde, Juan Santos Atahualpa. Ver Alberto Tauro, ed., Enciclopedia ilustrada del Perú, vol. 3 (Lima: PEISA, 1987) 101.

15. Sobre las encontradas ideas aprovechadas por la élite criolla peruana en los albores de la independencia, ver Maticorena Estrada.

 

BIBLIOGRAFÍA

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_____. “Introducción”. Fray Francisco del Castillo. Obras. v-xxx.

 

LISTA DE ILUSTRACIONES

1. El matrimonio de Sayri Túpac y Cusi Huarcay, los padres de Beatriz Clara Coya (Guamán Poma 2: 444).

2. Sayri Túpac conversando con el virrey Hurtado de Mendoza (Guamán Poma 2: 442).

3. Túpac Amaru entra al Cuzco, llevado en cadenas por don Martín García de Loyola (Guamán Poma 2: 451).

4. El matrimonio de doña Beatriz Clara Coya y don Martín García de Loyola (Museo Pedro de Osma, Lima, Perú).

5. Detalle de la ñusta Beatriz Clara Coya (Museo Pedro de Osma, Lima, Perú).

6. Matrimonio de doña Beatriz Clara Coya y don Martín García de Loyola (Beaterio de Copacabana, Lima, Perú).