October 24, 2017
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Collection: INTERAMER
Number: 50
Author: Inés Azar, Ed.
Title: El puente de las palabras. Homenaje a David Lagmanovich

NOVELA Y FAMILIA:
UNA FIGURACIÓN DE LA HISTORIA

María Josefa Barra
CONICET, Buenos Aires

Novela familiar e historia de la patria

Escrito en la obra de Borges —afirma Ricardo Piglia—1 se constituye una especie particular de relato, que propone denominar “narración genealógica”. En él Borges reconoce para sí una estirpe doble, una doble filiación en la que se condensa el linaje de sangre y el linaje literario, y cuyo único punto de encuentro es su escritura. En este “mito de origen” de su escritura —dice Piglia— Borges recibe de sus antepasados —los héroes, y de los literatos— las posesiones que la respaldan. Pero, en esa ficción familiar que construye, se advierte, sin embargo, una interpretación de la cultura argentina, en tanto fija en el núcleo familiar un conjunto de contradicciones que son históricas: las armas y las letras, lo criollo y lo europeo, el coraje y la cultura, etc., a partir de una operación que le permite integrar las diferencias. De ahí que en Borges la novela familiar se defina como historia de la patria y la historia de la literatura se convierta en una saga familiar,2 dando cuenta de una relación imaginaria con los ancestros fundada en un sistema de reconocimientos y donaciones, debido a lo cual se siente en deuda con ellos y les rinde culto.

Tengo en cuenta para iniciar este trabajo la idea de que la ficción familiar que se construye pueda funcionar como una interpretación de la cultura argentina ya que encuentro en ella una productividad que trasciende, desde ya que con variantes, la lectura de la obra de Borges. Aunque, conviene aclarar que la decisión de trabajar con esta idea en un campo más amplio de la literatura argentina se sustenta teóricamente por la noción de inconsciente político de Fredric Jameson,3 quien propone una exploración de los objetos culturales entendidos como actos socialmente simbólicos y concibe que toda literatura, modelada por el inconsciente político, debe ser leída como una meditación simbólica acerca del destino de la comunidad, así como las resoluciones que ella ofrece pueden ser leídas como resoluciones simbólicas de las contradicciones reales, políticas y sociales.4

Ahora bien, retomando las ideas de Ricardo Piglia, si, como él mismo sostiene en Respiración artificial5 “Borges debe ser leído [...] en el interior del sistema de la literatura argentina del siglo XIX, cuyas líneas fundamentales, con sus conflictos, dilemas y contradicciones, él viene a cerrar, a clausurar” y a su figura se opone la de Roberto Arlt, considerado como “el que abre, el que inaugura” —“Arlt empieza de nuevo: es el único escritor verdaderamente moderno que produjo la literatura argentina del siglo XX”, proclama Emilio Renzi— es posible pensar que en la identificación de ese comienzo, de esa separación de lo anterior para volver a empezar, según la noción acuñada por Edward Said,6 ha de verse implicada también una revisión de los vínculos filiales que logra establecer el sujeto señalado como actor de ese cambio.

El cruce de los conceptos de Piglia con la noción de comienzo de Said resulta abonado por el tratamiento que da este último a la idea de modernidad.7 En su enfoque particular, Edward Said concibe el desarrollo de la modernidad como un fenómeno estético e ideológico que surge como respuesta a la crisis de lo que él llama filiación —concepto que da cuenta de un proceso que se funda biológicamente, en un despliegue lineal, del modo en que los hijos se ligan a los padres— produciendo dentro de la modernidad la contra-crisis de afiliación, es decir, la aparición de credos, filosofías y visiones del mundo que lo representan de formas nuevas, no familiares, que implican, por lo tanto, una ruptura con los lazos anteriores para comenzar de nuevo, con la que se involucraría la posmodernidad.

En Roberto Arlt, dice Piglia en su artículo sobre Borges, la ficción del origen, que narra el acceso a la escritura, toma la forma de una novela de aprendizaje.8 Me parece oportuno consignar aquí algunos aspectos del desarrollo que he efectuado acerca de esta idea, dado que la novela de aprendizaje de Arlt constituye el relato equivalente, pero opuesto, a la narración genealógica de Borges y el modelo de lectura de la crisis de la filiación cuya productividad sostiene este trabajo.

Arlt construye su historia desde sus inicios en la literatura a partir de haber robado Las flores del mal 9 y de su posterior huída de la casa paterna.10 El relato que se despliega en su obra compone un doble itinerario: el de vida y el literario, recurso que marca un punto de partida, un comienzo, a la vez que le permite dar cuenta de episodios educativos paralelos. El cierre de ambos es el engaño del cual el protagonista resulta víctima y que se define como la marca del rito iniciático. Junto a la percepción del desgarramiento de hallarse sin hogar aparece el rechazo por sus antecesores y los lazos familiares que no le han proporcionado más que humillaciones11 y, en una operación que reproduce esta relación con la progenie, los vínculos que establece con el devenir socio-político se explicitan en el movimiento de expulsión que realiza la sociedad hacia él y su deseo de pertenencia a un orden que recibe como ajeno. Desde la perspectiva del itinerario de las letras, llega a ellas por un camino conflictivo; por un lado, elige la obra de Baudelaire a través de un acto asocial que compromete su lugar dentro del orden establecido, y por el otro, resulta defraudado por la estética modernista, metaforizada bajo el tópico del ocultismo, en el interior de este peculiar Bildungsroman. La encrucijada de estos recorridos (de vida y literario) es la escritura de Arlt, el lugar en donde inscribe su doble iniciación y da cumplimiento al rito iniciático de su aprendizaje como escritor, llevando consigo la marca de la traición. En la construcción de su novela de aprendizaje inicia Arlt el trazado de la narrativa moderna en la literatura argentina, despojándose de sus experiencias anteriores. En ella se da su propia educación estética y social, prescindiendo tanto de la autoridad familiar como de la tradición literaria, a la vez que elige un modo de contar la historia y la historia de la literatura desde la percepción de su condición de marginal.

La oposición de Borges-Arlt trazada anteriormente establece una zona de pliegue en el interior del sistema de la literatura argentina a partir de la cual es posible pensar el cambio, que ha sido categorizado como comienzo. La novela argentina de buena parte del siglo XX se escribe, no por lo que los progenitores han legado a sus hijos sino por lo que les han negado. La historia argentina que puede ser leída allí es una historia familiar, pero para estudiar este sistema es necesario preguntarse cuáles son los lazos que mantienen los descendientes de esas familias con sus ancestros.

En 1974 se publica en Buenos Aires No se turbe vuestro corazón, de Eduardo Belgrano Rawson,12 que el año anterior había obtenido el Premio Internacional de Novela “América Latina”. El relato de la muerte de los dos últimos hombres jóvenes de la familia por responsabilidad  cuasi  directa  del  jefe  de la misma permite la lectura,  en clave  alegórica,  para  decirlo  con las palabras de Fredric Jameson,13 de  la  problemática  argentina  de  los  años  setenta,14  período  en  el cual el fracaso de la filiación en el sistema cultural alcanza límites insospechados.

La experiencia del poder y la autoridad paterna

Evaristo Pedragosa muere en el exilio a causa de la absurda picadura de una araña. Su primo, Adrián Mondragón, muere baleado por camaradas del Ejército Libertador cuando regresaba a su casa. Las historias de Evaristo y de Adrián, con su evolución de juegos, amor, lucha, exilio y muerte se desarrollan paralelamente en No se turbe vuesto corazón.

La soledad absoluta impuesta por su padre al exilio de Evaristo sólo encuentra remedio en la lectura, una y otra vez, de las cartas de Isabel. Ese hábito se constituye en el disparador que pone en funcionamiento uno de los relatos que se escriben en el interior del texto: el manual de sobrevivencia, en el cual Evaristo hilvana los recuerdos de Pajaritos: las travesuras de la infancia, su amistad con Papín Baéz, el amor por su prima Isabel, los gestos de su madre, en medio de una existencia atravesada por una preocupación cada vez más alarmante: la demora en su iniciación sexual a pesar de los denodados intentos de su parte.

El otro relato, la historia de Adrián Mondragón, es asumido por el sujeto de la enunciación de la novela que se hace cargo, además, del Epílogo que refiere la agonía y muerte de Evaristo. La historia de Adrián se despliega en capítulos en donde su vida en Pajaritos —desde la infancia hasta que sale deportado con el ejército debido a la condición de preso político a la que lo redujo su tío, don Aníbal Pedregosa— se alterna con la campaña en la sierra y su posterior encumbramiento en las tropas del General Casadeval.

Don Aníbal Pedregosa es la figura de autoridad a la que los protagonistas —Evaristo y Adrián— están subordinados; funciona, dentro de la novela, para recordarles los límites de sus movimientos, límites que, por otra parte, como sostiene Edward Said, son vestigio del mundo real, histórico, que persiste en la ficción.15

Poco tiempo antes de morir reflexiona Evaristo: “Hoy cumplo veintitrés años: [...] Un beso para mi señora madre, otro a Isabel, [...] saludos a hermanos y primos y para mi querido padre, una rotunda puteada” (149). Su padre, alternativamente jefe de policía, juez, legislador y/o gobernador, ordenó su expulsión de Pajaritos porque para concretar su primera experiencia sexual Evaristo fue elegido por Venus, una muchacha de quince años, hija del guerrillero Alvarito y amante, aunque en Pajaritos la llamaban novia, de don Aníbal.

La muerte de Pedregosa no consigue evitar la de Evaristo, que ya estaba envenenado cuando recibe la noticia, ni la de Adrián, a quien su tío desterró del pueblo —no sin antes hacerlo pasar por la experiencia de la tortura y un simulacro de fusilamiento “por sus modales subversivos” (29)— debido a su militancia en el partido opositor a él. Las instancias de comienzo que atraviesan Adrián y Evaristo, y que aparecen tematizadas en la elección política y el inicio sexual, respectivamente, revelan una dirección que organiza la problemática de la novela: la confluencia de las derivaciones del acto público y del acto privado.16 Este cruzamiento es puesto en cuestión dentro del sistema de valores e ideas que genera la crisis de la filiación, en tanto promueve la ruptura con el linaje familiar y el rechazo de la autoridad social emanada de ese orden, a la vez que da cuenta, en el texto, de la relación de proporcionalidad directa que resulta entre la inestabilidad de los lazos familiares y el vínculo con el poder: “ahí estaba la novia de mi padre arruinándome la tarde. Recordé las circunstancias en que se vieron por primera vez y deduje que si él no hubiera alcanzado la gobernación, el camino a Alpataco nunca se hubiera trazado; que ambos no se habrían conocido y que mi madre no estaría sometida a esa competencia brutal” (195).

La tríada filiación-afiliación-sistema cultural construida por Said permite leer en las frustrantes relaciones familiares de No se turbe vuestro corazón no sólo la decadencia del motivo de la paternidad “[mi padre] era un hombre de pocas palabras y siempre me trataba de usted. ‘Respete a su hermana’, ‘Límpiese ahí’, ‘Préndase la bragueta’ o ‘No apoye los codos para comer’ era el tipo de frases que utilizaba conmigo [...] Más adelante adoptó la costumbre de llamarme ‘socio’ y creo que a mí me encantaba, pero no llegó a darse cuenta y en seguida la olvidó” (95) y el fracaso del impulso generador de la vida moderna17 ocurridos durante el proceso de secularización18 de la narrativa por él señalado, sino también una figuración del estado autoritario local19 y del desgarramiento de la sociedad que trajo como consecuencia: “Aquel era un pueblo de gente educada en el autoritarismo y entre sus principales características figuraban la furia con que se tomaban las elecciones y el lugar de indiscutibles magistrados domésticos que confería a sus candidatos” (142), rememora Evaristo. “País de mierda” (98), sintetiza.

La trama de la crisis de la filiación y la ruptura con los vínculos ancestrales que acarrea, fluctúa, tanto en Evaristo como en Adrián, según están dispuestas las citas que siguen, con el sentimiento equívoco y fallido a la postre, de restablecer esos lazos: “ni siquiera sé si volveré a casa, ni siquiera sé si volveré. Aunque a veces pienso en mi entrada a Pajaritos: el camino de los castaños, doña Juana Fernández, Pajanco, el monolito, la avenida, la talabartería, la plaza, mi casa, el Club Social [...] De inmediato una conversación que versará sobre el ejército, la guerra, mi padre, el exilio [...] Yo, ellos, los otros, entonces, ahora, mañana. Doble contra sencillo a que vuelvo a montar deprimido: mi casa, la talabartería, la avenida, el monolito, Pajanco, doña Juana Fernández, el camino de los castaños: un fracaso los reencuentros, los recuerdos, los retornos” (34); “sin embargo, ese hombre que cada tanto ocupaba el cargo de jefe de policía o de gobernador, lo había bañado con sus manos, le había pelado la fruta, había detenido el break a menudo para que apedreara la noche a su gusto y otras veces lo había besado” (71).

Este sentimiento de nostalgia se entreteje con el reconocimiento de otras relaciones, no familiares en tanto no pertenecen al núcleo primario: “Esa casa [por la casa de Isabel] me gustaba más que la mía y en ella nadie levantaba la voz” (32), “Nunca fue amigo de mi familia [evidentemente reduce el concepto a los habitantes de la casa paternal], en cambio la compañía de Isabel era una bendición. Pasábamos juntos las horas perdidas, cada uno metido en lo suyo” (99)19 y con el rechazo definitivo al linaje de su padre: “poco antes de la picadura una carta trascendente me comunicó el fallecimiento de mi padre: los chacuacos festejaron el suceso destechando la casa de Pajanco e Isabel ha debido retornar a Pajaritos. Esa muerte ha pacificado al pueblo” (98), “Ahora sé que mi padre no fue un sol para nadie, ni siquiera para aquella chica del bajo, aunque ella sí lo fue para él y por eso me desterró de Pajaritos, ya que no podía matarme” (197) que se pone de manifiesto, además, en la crítica que efectúa al padre de su padre vinculada al abuso del poder político: “cuando mi abuelo era gobernador había dictado un decreto por el cual debían presentarse a votar de monóculo, último recurso que halló para desprenderse de una enorme partida que había importado años antes” (30).

Desde la perspectiva de los procedimientos constructivos, la ruptura con el linaje se da también figuradamente, a través de diferentes circunstancias: “Mi abuela se murió de sentimiento. Pero hoy día nadie se muere de eso sino de la variedad de enfermedades que han aparecido. Véanme a mí. ¿Habrá sido nomás una araña del lino?” (152). Encuentro en la referencia a la araña, el instrumento de la muerte, una metáfora del poder corrosivo del padre que, por otra parte, aparece asociada a las aventuras de la infancia en compañía de su primo: “Fue una arañita del lino, de aspecto tan miserable que nadie lo hubiera dicho, ni siquiera las apazancas que cazábamos con Adrián me habrían sometido a este estado” (91).

Sin embargo, tanto Adrián como Evaristo consolidan una clase diferente de vínculos en No se turbe vuestro corazón. Estos lazos que corresponden a la comunicación que logran establecer con las mujeres de la novela son dobles e implican la relación filiación-afiliación en tanto reconocen la pertenencia a un linaje, el de la genealogía femenina, por una parte, a la vez que crean el espacio para las relaciones del orden electivo, las afiliativas.

Las mujeres dan cuenta de la emergencia en el texto de distintas formas de otredad que ejercen, a su manera, sobre los protagonistas una influencia poderosa: “Isabel cocinando lampreado, las mujeres de casa preparando el almuerzo son temas que ahora se me presentan con peligrosa frecuencia” (31). La presencia de Isabel, Venus, Tránsito, la Franca, y aun el personaje de Laviana, la despenadora, se asocian con el amor, el deseo, la complicidad, la transgresión, el lugar para escuchar, la comprensión, el alivio en la enfermedad y hasta con la buena muerte. Las figuras femeninas están —en una peculiar situación de marginalidad— fuera del escenario de la lucha por el poder, sin embargo, es a través de ellas que Adrián y Evaristo acceden a la razón —“La vieja [la abuela Tránsito] era la más cuerda de la familia” (28)—, a la historia y a la cultura: “Un artículo para El Narrador le pediría a Isabel [...] hasta Tránsito escribía ahí cuando era chica, hace poco hallé adentro de un libro el recorte de una colaboración que le publicaron a los dieciocho” (189).

El tópico de la historia requiere especial atención y será ampliado más adelante; de todos modos, quisiera puntualizar aquí que la puesta en escena de la historia en el interior del texto está a cargo de los personajes femeninos: la historia pasada de Pajaritos es referida a Adrián por la Franca, la del pasado de Adrián es leída por Evaristo en un recorte de diario guardado por su abuela y la historia familiar está narrada en las cartas que Isabel le escribe o es evocada a partir de ellas.

Las mujeres representan una fuerza creativa y autoconfiada y dan cuenta de subjetividades alternativas que desafían la ideología del poder masculino y paterno: “ella [Isabel] venía con un libro sobre el dictador del Paraguay” (99); “oí gritar a mi abuela en la ventana que había que ser chancho en la vida para matar a un sobrino” (36).

Las relaciones electivas —implicadas en el concepto de afiliación— son las que permiten que el sujeto incorpore el orden de la cultura y la sociedad pero esto queda reducido, en el texto, al espacio de la intimidad, el de la mujer.

La crisis de la filiación implica lucha y el establecimiento de nuevos lazos —afiliativos— sin embargo, tanto Evaristo como Adrián se encuentran con la muerte como resultado de sus comienzos como hombre y como ciudadano, respectivamente, porque en la práctica represiva llevada a cabo por el gobierno autoritario de Pajaritos es el entramado del tejido social el que ha quedado destruido.

La textualización de la historia

Para acceder a las historias de Adrián y Evaristo el lector debe llevar a cabo una tarea de reconstrucción. Este trabajo se realiza a partir del ordenamiento de los fragmentos evocados y/o narrados ya que los acontecimientos van y vienen y la novela se presenta con el carácter superpuesto o “desordenado” del suceder o del pensar; recién hacia el final de la lectura uno logra enterarse, por ejemplo, de por qué Evaristo fue expulsado de Pajaritos o cómo llegaron a casarse Adrián e Isabel. Luego de este trabajo de armado es posible establecer una organización de los hechos, de sus “causas” y “consecuencias”.

La novela, por otra parte, da cuenta, desde el presente de su escritura, de un tiempo que ya pertenece a la historia: los oficiales usan sombrero falucho, la abuela todavía incluye en sus oraciones a Fernando VII, en el teatro se representan aburridas piezas de corte histórico, etc., etc. Sin embargo, en las rememoraciones de Evaristo o en los recuerdos de Adrián hay enunciados que se actualizan en el presente de la lectura y, a la manera en que Borges lo plantea en “Kafka y sus precursores”, hace que se modifique nuestra visión del pasado, por lo que la historia aparece profetizando el presente: Fue subido a empujones al birlocho de la jefatura y se lo llevaron (35), “aquel sábado todo el mundo parecía haber perdido la memoria” (36), “él era diputado y debía investigar unas denuncias sobre torturas” (36), “faltaba poquísimo para que Pajaritos se convirtiera en un infierno, aunque la gente siguiera como si nada” (37).

El rol que desempeña aquí la palabra historia es bastante amplio, pero no quisiera que resultara ambiguo: abarca desde la sucesión de aconteceres en una familia hasta la noción de mayor alcance que comprende al devenir socio-político, que, como ya dije con Jameson, sólo puede ser aprehendido a través de su previa textualización.21 Este es el aspecto sobre el cual me interesa insistir puesto que ahí queda entendida una comunidad entre historia y lenguaje y permite considerar cómo aquello que entendemos por lo real forma parte de la textura de un escritorio,22 lo que hace que sólo en un mal sentido la historia pueda ser considerada como la referencia a un “contexto”, a un mundo real externo con respecto a un texto.23

Sin que haga falta señalar quienes son los personajes que se hacen cargo de los enunciados que siguen, ya que ellos metaforizan en sí mismos situaciones atribuibles a franjas sociales definidas, se construye en el texto un discurso en el cual la historia anclada en él habla inevitablemente de las circunstancias políticas y sociales de los setenta en la Argentina: “Debido al crecido número de ejecuciones los cadáveres eran llevados hasta el cementerio en unas bateas” (38), “el grupo de Alvarito rechazó la oferta y pasó a la clandestinidad, resueltos a no convertirse en instrumentos del gobernador” (195), “brigadas de escuchas comenzaron a patrullar las calles y los ciudadanos se escudaron en un marchito silencio” (93), “la mayoría de los hombres de la familia están muertos, o presos, o exiliados” (97), “a la siesta he soñado con los alrededores de este lugar y con una cantidad de centinelas parados sobre los árboles y oteando” (150), “ ‘Hay unos hombres afuera’, dijo ella [...] Adrián asintió. Ya los había visto desde la pieza” (182), “Se dispuso a morir al rato, suponiendo que ya vendrían trotando pegaditos a las paredes para detenerse ante el portón y abrirlo despacio, a sorprenderlos dormidos” (166). “Que estaba aburrido de la cantidad de situaciones irregulares que se veían en aquel ejército” (64). “Que se sentía personalmente afectado por diversas ocupaciones a las cuales se lo había destinado en los últimos tiempos, como la recorrida del campo a la madrugada para levantar negros helados y calentarlos en una carpa” (64-65). “Cuando uno llega a Pajaritos después de una ausencia, en seguida encontrará a alguien que lo ponga al tanto de las últimas bajas y le nombre a todos aquellos que están a punto de desaparecer. Estaban ahí desde hacía dos años, en un galpón oscuro que poco los dejaba respirar y por eso habían perdido la noción de los días. Generalmente yacían aplastados por el calor” (165), “durante aquel tiempo Manuel sólo había respondido con evasivas a las averiguaciones que le hacían sobre la ejecución del segundo de Alvarito, con quien el gobierno negociaba secretamente la rendición del grupo” (196).

Previa a las historias de Adrián y Evaristo tiene lugar en No se turbe vuestro corazón la narración de hechos acaecidos en Pajaritos en el pasado; es la historia que cuenta la Franca, la novia vieja de Adrián Mondragón. En su relato, la Franca refiere el odio entre López y el Muchalo, nacidos y criados en la misma casa, la huida a la sierra para escapar del ejército del primero, el envenenamiento de las aguas, la indiferencia y el temor de los vecinos para prestarles una ayuda y la muerte con tortura que López dió, finalmente, al Muchalo. Esta narración titulada “Una muerte en el caserío del Cigarral” se presenta como la Introducción a la novela y funciona, a la vez, como un anticipo de los tópicos a desarrollarse en ella, que aparecen aquí en estado embrionario. Sin embargo, este relato trabaja además como un recordatorio de que el pasado pueda proporcionar una explicación del presente, siempre que se admita interrogarlo. Evaristo se encuentra con esta alternativa visitando la casa de Isabel: “Me acodaba en la ventana con los ollares estremecidos por el olor a vegetación, a respirar el aire y a contemplar los doscientos expedicionarios conservados en el nitrato de sosa. Resplandecían como nunca cuando había luna y de pronto la brisa de marzo les pasaba por encima y ello aparentemente los exaltaba, si bien yo sabía que no. Me preguntaba entonces sobre los motivos de la expedición y por las razones que los llevaron a ese lugar” (92).

Beatriz Sarlo construye para lectura de la literatura argentina, un dispositivo específico, con las nociones de ideología y figuración literaria, que le permite sostener que una zona importante de nuestra literatura (escrita y publicada en el país o en el exilio) puede ser leída como crítica del presente, incluso en los casos en que su referente primero sea el pasado.24

Cuando finaliza la novela el autor considera necesario explicitar la ubicación temporal de los hechos referidos en ésta en el S. XIX: “Al finado Ignacio Garzón, cuyas investigaciones me ayudaron a reconstruir el clima de las invasiones a Pajaritos mencionadas en el Capítulo Primero, parecidas a las que soportó Córdoba durante el Siglo XIX” (213), en una operación de desplazamiento que se torna insistente con respecto a la advertencia que realiza cuando se abre el libro: “Aclaración. Será difícil no relacionar ciertos pasajes de este libro con hechos ocurridos en la Argentina durante el siglo pasado y con cosas que algunos provincianos andan comentando por ahí” (7). Es significativo que hechos ocurridos en el pasado resulten todavía en el presente motivo de “comentario”, hecho enunciativo que remite en realidad a la situación puntual, a la coyuntura. Incita a preguntarse cuáles son esas cosas.

 

NOTAS

1. Ricardo Piglia, “Ideología y ficción en Borges”, Punto de Vista (Buenos Aires) 5 (1980).

2. Este concepto no se vincula con la noción freudiana de novela familiar; el sujeto a tratar, previene Piglia en el artículo citado, no es el del psicoanálisis.

3. Cf. Fedric Jameson, The Political Unconscious: Narrative as a Socially Symbolic Act (London: Methuen, 1981) 9-102. La categoría narrativa del inconsciente político no se orienta hacia determinadas representaciones de la historia o de “contenidos” sino que implica una aprehensión de la historia —que no es un texto ni un relato pero que sólo puede ser accesible a nosotros en forma textual— a partir de sus efectos formales. Este detectar las huellas de la historia como causa ausente y en restituir a la superficie del texto la realidad reprimida y sepultada de esta historia, encuentra su función y su necesidad la categoría del inconsciente político, afirma Jameson, desde ya teniendo en cuenta que en una perspectiva histórica nuestras lecturas del pasado dependen vitalmente de nuestra experiencia del presente.

4. Este abordaje se vincula con la noción de cultura diseñada por la antropología cultural que concibe la misma como un concepto semiótico, cuya acción es entendida como acción simbólica en tanto acción que significa algo y cuyo análisis exige una ciencia interpretativa para hallar la explicación de expresiones sociales que son enigmáticas en su superficie. Cf. Clifford Geertz, La interpretación de las culturas (1973; Barcelona: Gedisa, 1987) 19-35.

5. Ricardo Piglia, Respiración artificial (Buenos Aires: Pomaire, 1980) 163-164 y ss.

6. Said establece que el comienzo es el punto en el cual, en un trabajo dado, el escritor se separa de todos los demás trabajos, a la vez que entabla relaciones, ya sea de continuidad, de antagonismos o de ambas a la vez, con los trabajos ya existentes. Por otra parte, la designación de un comienzo involucra la designación de una intención, lo cual hace que un comienzo sea considerado como el primer peldaño en la producción intencional de significado. Los comienzos ejecutan una tarea de diferenciación material desde el punto de partida. Cualquier comienzo implica reversión, cambio de dirección, e instituye una autorización para lo que sigue después. Un comienzo representa una discontinuidad con respecto a lo que precede. Un comienzo implica, además, el deseo, la voluntad y la verdadera libertad de reversión para aceptar los riesgos de la ruptura y la discontinuidad. Sin embargo, sostiene Said, es muy difícil comenzar desde un punto de partida totalmente nuevo: cuando en el Antiguo Testamento Dios elige comenzar el mundo de nuevo lo hace con Noé, no desde la nada absoluta. Por otra parte, identificar un comienzo —particularmente de un movimiento histórico o de un dominio de pensamiento— con un individuo es un acto de entendimiento histórico intencional; no obstante, la noción de comienzo no puede ser explicada por el análisis de sus circunstancias histórico-políticas, ya que las circunstancias profundas y aprehensibles de un comienzo son verbales. Cf. Edward W. Said, Beginnings: Intention and Method (New York: Columbia University Press, 1985).

7. Said xiii.

8. Piglia 163-164 y ss.

9. Véase Roberto Arlt, El juguete rabioso, 1926.

10. Véase Roberto Godofredo Arlt, “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires”, 1920.

11. Véase Roberto Arlt, Los siete locos, 1929.

12. Eduardo Belgrado Rawson, No se turbe vuestro corazón, 1a ed. (Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1974).

13. Para Jameson (10-34), la interpretación es un acto esencialmente alegórico que consiste en reescribir un texto dado en términos de un particular código interpretativo, pero ese significado alegórico es una dimensión persistente de los textos literarios y culturales, explica, porque, precisamente, da cuenta de una línea fundamental de nuestro pensamiento y fantasías colectivas acerca de la realidad y de la historia.

14. Hay, por supuesto, otras novelas publicadas en la época que admiten el mismo tratamiento. He trabajado especialmente con Los judíos del mar dulce (1971) de Mario Szichman, La pérdida del reino (1972) de José Bianco y Jauría (1973) de David Viñas. En otros textos como Libro de Manuel (1973) de Julio Cortázar, The Buenos Aires Affair (1973) de Manuel Puig y Abadón, el exterminador (1974) de Ernesto Sábato la referencia a la historia presente funciona explícitamente, en estos tres casos a partir del recurso de insertar noticias desde la perspectiva de periódicos o revistas de ese período; los recortes incluyen episodios de tortura a extremistas, detenciones a disposición del P.E.N., el episodio del copamiento guerrillero de La Calera en Córdoba, fugas de guerrilleros de cárceles, reparto de víveres en villas de emergencia, operativos del ejército en Tucumán, el episodio de Trelew, etc., etc.; estas novelas tienen un funcionamiento diferente con respecto a la hipótesis de este trabajo, ya que actúan como casos testigos con respecto a la problemática abordada figurativamente en los libros del primer grupo y autentifican su lectura interpretativa. Dice Julio Cortázar en el Libro de Manuel: “este libro no solamente no parece lo que no quiere ser sino que con frecuencia parece lo que no quiere, y así los propugnadores de la realidad en la literatura lo van a encontrar más bien fantástico mientras que los encaramados en la literatura de ficción deplorarán su deliberado contubernio con la historia de nuestros días [...] hoy y aquí las aguas se han juntado” (7). Y, pardiando la filosofía kantiana reflexiona: “la realidad es un fracaso del hombre aunque no lo sea del pajarito que vuela sin hacerse preguntas y se muere sin saberlo [...] Cambiar la realidad para todos [...] es [...] de alguna manera fundar lo real como humanidad. Eso significa admitir la historia, es decir la carrera humana por una pista falsa, una realidad aceptada hasta ahora como real y así nos va” (13-14).

15. Said 95.

16. La confusión entre lo público y lo privado resulta característica de las sociedades feudales —basadas en una relación de parentesco similar al parentesco de la sangre— y es lo que explica la incapacidad de estos regímenes para elevarse hacia la noción de bien común y, por el contrario, permite su extensión en una privatización general. Cf. “La vida privada a la conquista del Estado y de la sociedad”, Historia de la vida privada, tomo 2: La alta edad media.

17. Said xiii-xiv.

18. Las alteraciones sufridas en la representación narrativa hacia finales del S. XIX y principios del S. XX no son causados, como podría explicarse vulgarmente, por extrínsecos factores socioeconómicos, sino ocurren durante el progresivo proceso de secularización de la narrativa. Al novelista y a su creación le eran atribuidos poderes generativos y deiformes, pero, explica Said, en el curso de su acción sostenida en el tiempo histórico real, esos poderes cedieron ante el reconocimiento de la mundanidad o circunstancias mundanas de ese sujeto, y estas circunstancias de lo que dan cuenta es del novelista escribiendo y no del dios creando; de donde se sigue que, la vinculación existente entre esta producción humana y las huellas del mundo real que puedan identificarse allí, es un hecho intrínseco a la estructura literaria. Cf. Edward W. Said, The World, the Text, and the Critic (1983; London, Faber and Faber: 1984) 194.

19. Emprendo este análisis, desde ya, teniendo en cuenta la relación conflictiva de nuestra cultura —entendida no como un mero eco de cuestiones metropolitanas, sino como un medio de refracción y de transformación ideológica— con las elaboraciones teóricas que son producto de debates que se llevan a cabo en las culturas centrales, pero que, a su vez, no dejan de asediarnos. Por otra parte, esta articulación conflictiva ha de ser considerada en nuestro país desde la perspectiva de las políticas inmigratorias por las que millones de personas provenientes del centro cultural de la modernidad se radicaron en estas tierras. Acerca de estos aspectos cf., respectivamente, Beatriz Sarlo, Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930 (Buenos Aires: Nueva Visión, 1988) y Nicolás Casullo, ed., El debate modernidad-posmodernidad (Buenos Aires: Punto Sur, 1989). Con respecto a la discusión posible modernidad-posmodernidad en la literatura argentina planteada ya con la cita de Edward Said, debe tenerse en cuenta que dada la extensión de este trabajo no resulta factible su abordaje.

20. La idea de que Evaristo sólo considera como su familia al grupo primario está reforzada en el texto por la relación amorosa que sostiene Isabel y Adrián, también primos, que hablarían más bien de una situación de exogamia ya que la consanguinidad no resulta problematizada.

21. Jameson 35-40.

22. Jameson 81-82.

23. Desde el punto de vista léxico, son numerosas las unidades que remiten a diferentes períodos del siglo XX, negando, de algún modo, la ubicación del relato en el siglo pasado. Aparecen con insistencia vocablos de uso en los años 70: “franelero”, “subversivo”, “exilio”, “importación”, etc. que se mezclan con otros que podrían dar cuenta de los primeros cincuenta años del siglo y que remitirían a la infancia y juventud del sujeto de la enunciación: “campaña psicológica” (35), “presos políticos” (37), “estación vieja” (51), “museo” (60), “tintero involcable” (85), “electrificación” (86), “cuarto oscuro” (128), “voto secreto” (142), “macadam” (195), etc. La palabra “exilio”, por ejemplo, no consta en el Diccionario de la Real Academia Española en una edición circa 1920. Si de alguna manera, Pajaritos pudiera ser identificado con cualquier ciudad de provincia, aunque más parecería un pueblo, resultan impensables obras de electrificación o saneamiento; estas últimas se inician programáticamente en Buenos Aires alrededor de 1888 y en 1893 sólo algunas mansiones de la ciudad contaban con equipos propios de corriente eléctrica, como el que se usó para la inauguración del museo de “Bellas Artes” en 1896. Cf. Jorge Ruffinelli, ed., Caras y caretas (Buenos Aires: Galerna, 1968) y Cuadernos de Buenos Aires, vol. XII, XVIII y XLI (Buenos Aires: Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, 1972).

24. Beatriz Sarlo, “Política, ideología y figuración literaria”, Ficción y política. La narrativa argentina durante el proceso militar (Buenos Aires: Alianza, 1987) 33-34.