October 17, 2017
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Collection: INTERAMER
Number: 50
Author: Inés Azar, Ed.
Title: El puente de las palabras. Homenaje a David Lagmanovich

LOS AUTONAUTAS DE LA COSMOPISTA O
JUGAR COMO LA FORMA MÁS ALTA DE VIVIR

Jaime Alazraki
Columbia University

Tenemos que obligar a la realidad a que responda a
nuestros sueños, hay que seguir soñando hasta
abolir la falsa frontera entre lo ilusorio y
lo tangible, hasta realizarnos y descubrirnos
que el paraíso estaba ahí, a la vuelta
de todas las esquinas.

— Julio Cortázar, Alcor, 1964

Como ciertos encuentros con esa persona que luego será el amigo, cada libro pareciera tener su momento privilegiado, como si todo nos preparara para recibirlo, para leerlo, en ese tiempo preciso y no en otro, como si ese cruce entre el libro y nosotros hubiera sido fijado por itinerantes búsquedas y extravíos: un sendero invisible que seguíamos sin saberlo, hasta dejarnos junto a ese texto que esperaba en el casillero exacto del juego de oca de la vida. Y así como hay un tiempo para cada libro (aunque no lo sepamos), hay libros que después de leídos levantan su puente levadizo para indicarnos que el acceso ha sido cerrado y que la única visita posible al interior de ese castillo letrado es desde las imágenes fijadas en la memoria como fotografías memorables de esa experiencia de la lectura. Respetar la magia de ese encuentro es como respetar el tiempo de una amistad que pudo darse porque en ese momento, y no en otro, estábamos preparados para que se diera y generara ese envión primero que la sustenta y le otorga su habitat. La amistad nace de la fascinación de esa primera “lectura” y, como los libros, vive de las imágenes procreadas por la simbiosis de dos experiencias, de dos sensibilidades, de dos temperamentos. El libro es una forma de amistad.

Me he enredado en estas reflexiones acicateado por un texto de Julio Cortázar en el que habla de sus libros de infancia a propósito de su lectura temprana de Los hijos del pueblo de Eugène Süe. Son muy hermosas esas páginas de Los autonautas de la cosmopista “cuando el niño sale de casi setenta años de sueño y vuelve a entender el libro”.1 Cito solamente el párrafo que toca a nuestro tema. En el paradero de Beaune-Tailly, visitando el Arqueódromo, cuenta Cortázar que mirando la reconstrucción de las trampas que los romanos tendían a sus enemigos en Alemania, “me invadió con toda su fuerza el momento para mí más terrible y angustioso de mi lectura... Volví a vivirlo como si estuviera leyendo la novela en mi casa de Banfield”. Y luego, esta conclusión: “Me pregunté irónicamente que encontraría hoy si releyera la novela de Süe... Pero me lo dije sin peligro de hacerlo, porque si algo sé es que no voy a leer ciertos libros de infancia, y tampoco algunos de otros tiempos, como Les enfants terrible y La condition humaine”.2 No es ingratitud o irreverencia hacia esos libros, sino la aceptación de una amistad concluida que tuvo su momento, dio sus frutos, nos ayudó a crecer, fue un peldaño más para llegar a eso que somos hoy y de alguna manera sigue apuntalando esa identidad que nos constituye.

¿Qué hace posible el encuentro con un libro? “Encuentro” en el sentido de ese momento en que estamos tan preparados para ese libro como el libro lo está para nosotros. Por supuesto que no es la mera cronología o el puro azar. Durante muchos años tuve en mi biblioteca la novela de Max Frisch No soy Stiller que me había regalado un amigo alemán. Un día, sin saber exactamente por qué, escogí, entre los no pocos libros no leídos de mi biblioteca, la novela de Frisch. Era el libro que, sin saberlo, yo había estado buscando en esa época. Una mano misteriosa lo retuvo durante todos esos años de la misma manera que una segunda mano, o esa misma, me lo tendió cuando yo buscaba respuestas a algunas preguntas planteadas en el libro de Frisch. Mi entusiasmo por la novela fue tal que después fui leyendo todo lo que encontré de Frisch. ¿Debo aclarar que ninguno de esos libros me sacudió como Stiller? Con Stiller hice amistad; con los demás, el urbano contacto de dos personas circunspectas.

La obra de Cortázar me puso en contacto con Robert Musil. Leí El joven Törless primero. Luego encontré el primer volumen de El hombre sin atributos en traducción inglesa. Lo compré. Tal vez el hecho de no haber conseguido hacer amistad con Törless demoró, durante algunos años, mi lectura de la gran novela. ¿O era que yo no estaba preparado para Ulrich? Lo cierto es que sin pensar demasiado en el origen austríaco de Musil, metí en mi valija el primer volumen de la trilogía en un viaje por Alemania y Austria que llegaría hasta Viena. Leí el libro de un tirón en los intervalos de ese viaje y algunas imágenes (mentales) de Viena están mezcladas en mi memoria con las páginas de la novela de Musil. Y aunque la novela de Musil es una larga y morosa meditación intelectual sobre su tiempo y su sociedad, yo la leí enfrascado, como se lee una novela de aventuras, o como se oye a un amigo.

Anoto un ejemplo más antes de entrar en materia. Recuerdo el fiasco que significó mi primera lectura de Balzac. Mi adolescencia no justifica el knock-out de primer round, ya que no había salido tan mal parado de otros encuentros con pesos tan o más pesados que esa novela. Tuvieron que pasar algunos años, un viaje a México en 1956, mi encuentro con la edición mexicana de toda La comedia humana en 16 volúmenes, el gasto de todos mis ahorros (de entonces) en la compra de ese mamotreto (como compensación a la humillación de la primera derrota), para que yo trabara con Balzac una amistad que duró una cuarentena de novelas leídas en una verdadera maratón balzaciana durante mis años de pastor de ovejas en las arenas del Negueb.

Cuando compré mi ejemplar de Los autonautas de la cosmopista en una librería de Buenos Aires, al poco tiempo de su publicación, leí algunos capítulos sueltos y me detuve, sobre todo, en las fotografías que ilustran el volumen. Después el libro fue a parar en los estantes de mi biblioteca dedicados a mi colección cortazariana que incluye una bellísima edición de la traducción japonesa de Rayuela encuadernada en seda verde y la traducción de Los autonautas. ¿Por qué me evadió el libro hasta ahora? Suena como una facilidad decir que yo no estaba preparado para su lectura, lo cierto es que el “encuentro” esperaba ese momento privilegiado (y hasta mágico) que he estado intentando definir. Ocurrió durante el verano de 1990. Un mes de ese verano había sido reservado para un curso sobre la obra de Cortázar que debí dar en la Universidad de La Habana. Por motivos técnicos el curso fue postergado y me encontré con un mes de regalo a mi disposición. Era demasiado tarde para planear un viaje que es lo que uno hace en los veranos casi como un ritual: recharge the batteries, desplazarse para poder volver a emplazarse, juego de perspectivas, zancadilla a las rutinas, etc. No podía viajar a otros lugares. Tampoco lo quería. Pero como hay muchas formas de viajar y ya se sabe que una de ellas son los libros, yo viajaría sobre las ruedas de mi biblioteca, sobre todo sobre esas ruedas de repuesto para emergencias como éstas. De manera casi instintiva, mis manos buscaron ese libro que había estado esperando casi siete años en un oscuro rincón de mi biblioteca (y de mi deseo). Haría con Julio y Carol ese viaje que no pude hacer solo. Los acompañaría, con un hiato de siete años, en ese viaje que muchos llamaron una locura y otros un delirio que se rompería con el aburrimiento, las incomodidades y la soledad. Viajé con ellos tal como se acompaña a un personaje por las páginas de una novela, dolido por sus adversidades, contento de sus triunfos, sobrecogido ante sus cóleras y fracasos. Y el viaje de ellos se fue convirtiendo en mi viaje, aunque no fuera yo quien manejara al dragón Fafner, la camioneta VW con que recorrieron durante más de un mes la autopista que une París y Marsella. Mi lectura no es solamente una forma de complicidad con la aventura de los autonautas; es la versión de mi propia aventura desde la otra. Lo que sigue es un registro de la aventura de mi lectura tal como el libro es la crónica de los autores.

Comienzo por el título que, como a todo lector despistado, también a mí me impresionó por ese costado juguetón del aficionado a palindromas y anagramas que es Alina Reyes, que es Julio Cortázar. Los autonautas de la cosmopista, ¿era otra efusión lúdica a la manera de Pameos y meopas y La vuelta al día en ochenta mundos? Sí, lo juguetón estaba ahí por lo juguetón mismo, ya que el juego se justifica por el puro acto de jugar y no necesita de otras razones, pero el juego siempre abre una puerta para ir a jugar, sí, también para salir a otro lugar que trasciende al espacio (y tiempo) del juego. Y así como el proyecto del viaje mismo comenzó como una voluntad de juego, una expresión más del juego como una condición de vida (“Me sería absolutamente imposible vivir si no pudiera jugar”, dijo Cortázar en una entrevista), también el título responde al deseo de juego por el juego y al juego como apertura a otra cosa. Lo de “autonautas” es una precisión: no son meros automovilistas sino autonautas porque el viaje es exploratorio y expedicionario, como el de los cosmonautas, pero sobre una autopista y en un vehículo automovilístico. Pero lo de “cosmopista” nos deja más perplejos porque una autorruta que une París y Marsella no puede tener pretensiones cósmicas, aunque los franceses sean propensos a desvaríos tales como pensar que París es el mundo. Lo que la lectura del libro va demostrando, o mejor, va registrando es cómo un viaje que comenzó pareciendo desopilante y surrealista se fue convirtiendo en reencuentro y en conciliación de sus protagonistas con el mundo, casi en un sentido místico y en una dimensión cósmica. Y qué extraño y hasta absurdo que una cinta de asfalto o cemento que representa la tecnología más deshumanizada se transforme en ruta de reencuentro de lo humano. Por eso el título es ya un anticipo, muy velado, de lo que nos revelará el último capítulo del libro, cuando Julio y Carol se reúnen con sus amigos en París para oír los altibajos del viaje y especular sobre sus intenciones secretas (“¿meramente lúdicas, una búsqueda de otra naturaleza, una forma de la provocación Zen, un encuentro interior, una liberación de tensiones en el orden personal e incluso histórico, Marsella como una suerte de Graal, de Orplid, de Urkhalya?” (305)). A lo que el texto retruca:

...Jamás concebimos ni realizamos la experiencia con intenciones subyacentes. Era un juego para una Osita y un Lobo, y lo que fue durante treinta y tres maravillosos días. Frente a preguntas turbadoras, nos dijimos muchas veces que si hubiéramos tenido presentes esas posibilidades la expedición hubiera sido otra cosa, acaso mejor o peor pero nunca ese avance en la felicidad y en el amor del que salimos tan colmados que nada, después, incluso viajes admirables y horas de perfecta armonía, pudo superar ese mes fuera del tiempo, ese mes interior donde supimos por primera y última vez lo que era la felicidad absoluta.

Y tal vez por eso mismo comprendimos sin palabras que acaso habíamos cumplido ese viaje obedeciendo sin saberlo a una búsqueda interior que luego tomaría diferentes nombres en los labios de nuestros amigos. Comprendimos que a nuestra manera habíamos hecho un acto Zen, habíamos buscado el Graal, habíamos divisado las cúpulas de oro de la Orplid. Y que todo eso se había dado precisamente porque no lo habíamos pensado ni buscado ni propuesto, porque el amor y la alegría nos colmaban demasiado para dejar paso a una ansiedad de búsqueda. Nos habíamos encontrado a nosotros mismos y eso era nuestro Graal sobre la tierra. (305-6)

Me doy perfecta cuenta de que hago trampa comenzando mi viaje por el libro por su final, pero esa es una ventaja que tienen los libros y especialmente libros como este que describen el viaje por una autopista, que normalmente se hace en ocho horas, a lo largo de treintaitrés días. Desde el final, el viaje recobra su verdadera dimensión y el libro pone todas sus cartas sobre la mesa, es decir, restituye el sentido a una empresa aparentemente desaforada. Sin embargo, el proyecto no tuvo nada de desaforado visto desde su motivación inicial. Ya escrito el libro pero antes de que apareciera, Cortázar le contó a Omar Prego los prolegómenos de la expedición:

Una vez, volviendo de Marsella a París por la Autopista del Sur, nos detuvimos toda una tarde porque estábamos cansados (Carol había estado muy enferma en el sur de Francia) y nos metimos en un parking magnífico, de esos que te podés alejar mucho de la autopista, al punto que ya casi no la oís, está muy lejos, y hay bosques hermosísimos y sombríos. Entonces, nos instalamos ahí a descansar... y nos sentimos tan bien, hubo una sensación de felicidad, de plenitud, que empezamos un poco a analizar por qué nos parecía fuera de lo común. Y empezamos a descubrir cosas. Primero, no había ninguna posibilidad de que nos telefonearan. Segundo, nadie sabía dónde estábamos, puesto que la Autopista del Sur tiene 66 parkings de cada lado, más o menos. Nosotros estábamos metidos en uno de ellos y nadie podía saber quiénes éramos, todo lo cual contribuía a que nos sintiéramos maravillosamente bien.

Fue entonces que se me ocurrió: ‘¿Por qué en un verano no hacemos un viaje estableciendo reglas de juego muy severas, un viaje de París a Marsella deteniéndonos en todos los parkings?’

Y en el mes de mayo del año pasado (1982), el 23 de mayo, después de tres años de demoras por enfermedades y problemas que no nos permitieron realizar el proyecto, salimos de París y llegamos a Marsella 33 días después.3

El libro es el diario de ese viaje o, más que un diario, un collage de impresiones y reflexiones que a veces toman la forma de páginas de diario, pero otras incluyen cartas apócrifas, los ubicuos diálogos entre Calac y Polanco, cuento, un diario de ruta, crónicas de visitas de amigos y proveedores de vituallas y de altas dosis de aliento, meditaciones sobre el acto de escribir y... sobre el acto de vivir y hasta una suerte de catálogo de un museo arqueológico de la ruta o “archeodrome”. Estos elementos o textos aparecen en el libro sin ningún orden que no sea el orden con que se forman y desaparecen las rosas de un calidoscopio. Y creo que esta definición del libro es la que más le conviene por su condición de juego en que cada rosa vale por su belleza aleatoria y también por la parte que le toca en esa rosa última que como una epifanía nos deja el libro al final del viaje.

Y de los muchos paraderos que incluye el libro (páginas sobre los sueños y la poesía, observaciones ornitológicas y entomológicas), tal vez este que nos pone frente a la rosa de las rosas sea el que da la más ancha de sus medidas. ¿Y en qué consiste esa rosa de las rosas? Es parte de ese centro hacia el cual apunta toda la obra (y la vida) de Julio Cortázar: la búsqueda de una segunda realidad que la primera enmascara y la sospecha de que por debajo de esa realidad prefabricada hay otra esperando ser descubierta y en la que habitan los sueños y lo que la vida tiene de maravilla. Pues bien, el viaje por la Autopista París-Marsella fue también la búsqueda (y la fe) de otra autopista, una ruta que deja de ser un medio para convertirse en fin o, mejor, que es a la vez medio y fin, como quiere el Zen respecto a las experiencias más utilitarias, más rutinarias y más cautivas de la costumbre. Julio y Carol tenían plena conciencia de esa otra carretera que se desdoblaba de la primera de piedra y cemento para penetrar en un tiempo venturoso y en el espacio de la aventura, como lo prueba este texto a una semana de la partida:

No podía ser que fuéramos los únicos en interesarnos por esta otra autopista que poco a poco nos deja penetrar en sus secretos, tomándonos cariño como se lo vamos tomando nosotros a ella, y así con poco ruido y sin violencia entramos en posesión de sus caminos, senderos y lugares recónditos, y eso se asemeja al hecho de ir poseyendo a un ser amado en la cama, con caricias y miradas y murmullos que poco a poco se revelan como puertas y ventanas tras de las cuales siempre hay otras, más dulces, más bellas, y al final nadie sabe quién abre la puerta, quién es la ventana y quién tiene a quién entre los brazos. Así con la autopista...

...Hemos comprendido hasta qué punto la verdadera autopista no es aquella, sino la paralela que sospechábamos desde hace años y que por fin vivimos (tan bien que ya nos parece perfectamente normal estar así a la orilla de la ruta, hay que sacudirse de vez en cuando para acordarse de que es una aventura y no solamente otra versión de la vida de todos los días). (103-104)

No es una evasión sino una confrontación. Una confrontación, desde el juego, con un orden impuesto y que ha sido armado no por nosotros y para nosotros sino por otros (a veces con buenas intenciones y a veces con malas) y para satisfacer oscuros intereses que no siempre coinciden con los del ciudadano medio. ¿Quién puede poner en duda el valor y la función práctica de una autopista? ¿Quién dudaría de sus ventajas para desplazarse entre París y Marsella y sus puntos intermedios? Pero así como los paraderos no son solamente lugares para hacer pis y embuchar un sandwich, el reverso de la autopista, la otra, abre las puertas a esa realidad de la que Carol y Julio tenían incontables pruebas. En el capítulo “De cómo somos ya un espacio sin límites donde cristaliza la realidad”, Carol cita una idea expresada por Julio en una entrevista pero, en realidad, ya mencionada en un ensayo de Territorios. El pasaje es del poema indio Vijñana Bhairava y está incluido en el ensayo “Traslado” dedicado a la pintura de Leopoldo Torres Agüero: “En el momento en que se perciben dos cosas, tomando conciencia del intervalo entre ellas, hay que ahincarse en ese intervalo. Si se eliminan simultáneamente las dos cosas, entonces, en ese intervalo, resplandece la Realidad”.4 Carol se apoya en esta idea para entender la experiencia del viaje:

Me imagino que las ciudades, sobre todo cuando se las reduce a dos puntos sobre el mapa por razones prácticas, pueden representar los dos objetos, y el trayecto entre ambas representa el vacío que las separa. Desde hace una semana y media, París y Marsella sólo son los dos polos abstractos que permiten descubrir el espacio que las separa, y percibir en él, por una lenta y paciente mediación en todos los sentidos, una realidad que nos hubiera sido imposible entrever sin esa eliminación, en cierto modo, de la partida y de la llegada.

Cuando más avanzamos, mayor parece la libertad de que gozamos. Y no, de ninguna manera, porque nos estemos acercando a Marsella. Al contrario, probablemente el hecho de habernos alejado del punto de partida y de haber perdido de vista y a la vez y completamente el fin del viaje, es lo que da esa calidad. Poco a poco aprendemos no sólo a mirar el espacio del que hablaba el hipotético filósofo indio, sino a serlo con todo lo que somos. Y este espacio entre los objetos, desde el momento en que la mirada los deja fuera, a un lado y otro de su campo de visión, ¿no es por definición sin límites? (129-131)

Por supuesto que el viaje no es la mera puesta en práctica de una idea. Desde el vamos, ese viaje estuvo más cerca de un happening que de un teorema. Buscaba la misma plenitud que lo motivó, pero puestos a explicar cómo una situación si no absurda, insensata, se fue convirtiendo en ruta de “una búsqueda interior”, Carol la resume desde una idea angular de la obra de Julio: “...Escribo por no estar o por estar a medias. Escribo por falencia, por descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas”. El viaje evita la autopista y escoge, en cambio, el intersticio entre ésta y sus paraderos, busca la descolocación, ese espacio prohibido en el que la vida, como en un embotellamiento que durara varias semanas, se reorganizara con otros parámetros, con otra visión, a contrapelo de la costumbre y a duelo con la convención como condición para que “resplandezca la Realidad”.

El viaje se organiza como un juego y el capítulo 3 establece algunas de las reglas que lo rigen, pero este juego es la contrapartida del otro, del serio y reglamentado, de ése que juegan todos los días los miles de vehículos que viajan por la autopista del sur entre París y Marsella. Hay un juego estereotipado y otro creador. El territorio del primero es la cinta de asfalto; del segundo, los sesentaiséis paraderos al borde de la autorruta. El juego consiste en invertir las funciones. La autopista se convierte de fin en medio y los paraderos dejan de ser accesorios y pasan a ser objetivos, finalidades. En Último round, Cortázar define el juego como “una ruptura del condicionamiento corriente”.5 Y en otro texto aclara al respecto: “porque un juego, bien mirado, ¿no es un proceso que parte de una descolocación para llegar a una colocación, a un emplazamiento —gol, jaque mate, piedra libre?”.6 La aventura expedicionaria de Carol y Julio está armada como un juego muy deliberado, es decir como la búsqueda de un tiempo al margen del tiempo y de un espacio propio que fundan dentro de la realidad consuetudinaria esa irrealidad que conocemos como el reino del juego. Pero ya se sabe que esa “irrealidad” del juego es su manera de tocar estratos más hondos de la realidad. “Estamos fuera del tiempo de la misma manera que estamos fuera de la autopista” (115) anota el texto como subrayando las dos condiciones primordiales del juego. Y si Cortázar sabía que ese tiempo y ese espacio de los juegos no lleva a ningún destino que no sea su propia irrealidad, sabía también que esa “irrealidad” es la llave para abrir puertas —la libertad, la imaginación, la conciliación, el amor— clausuradas por la costumbre. El texto da cuenta de esas puertas abiertas por el juego: “El viernes poco antes de mediodía abandonamos con tristeza el paradero de Chaignot donde nos hubiera gustado pasar un día o dos más trabajando, leyendo, escuchando música, dejando fluir ese tiempo fuera de los relojes que nos da una paz tan grande” (140). “Cuanto más avanzamos, mayor parece la libertad de que gozamos. Y no de ninguna manera porque nos estemos acercando a Marsella. Al contrario, probablemente el hecho de habernos alejado del punto de partida y de haber perdido de vista a la vez y completamente el fin del viaje, es lo que da esa calidad” (130-1). “Vivimos la maravilla de que tanta cosa horrible en sí misma se volviera maravilla por y para nosotros, aceptamos en una lenta, deliciosa ceremonia interminable todo lo que habíamos rechazado siempre en nuestra vida de ciudades estables y petrificadas” (207). “¿No estamos dando a esta Francia de hoy un buen ejemplo de que la imaginación puede realmente tomar el poder si se olvida de las rutinas?” (267). “Y también es cierto que ese viaje es una interminable celebración de la vida” (153). “Tendido boca arriba, sigo a una alondra en su ascenso. Gana altura en amplios círculos, pequeña y parda y feliz, sube cantando y su canto es lleno, no muy variado pero constante y rico en color, parece nacer de una alegría incesante como si la alondra y su vuelo no tuvieran otra razón de ser que ese canto ininterrumpido, esa celebración de la vida por sí misma, sin razones ni ontologías, sin infiernos ni cielos... Celeb

Que el desaforado viaje por los 66 paraderos de la autopista a Marsella es una expresión más de esa voluntad de juego que animó lo más venturoso de la obra y de la vida de Julio Cortázar, lo prueba esta reflexión interpolada en el texto:7

...Pensé una vez más en tanto que homo ludens, me sentí como agradecido de no haber cambiado, casi al final de la vida, en ese plano que tantos otros sustituyen por la seriedad o las acciones al portador. Me acordé de los juegos a los ocho, a los diez años... Me acordé de las reglas de la rayuela, de la mancha, de la bolita, y el ingreso paulatino en otras reglas que me iban encerrando en el mundo de los mayores, las del ludo, las damas, el ajedrez: No-se-puede-enrocar-estando-en-jaque, pieza-tocada-pieza-jugada, todo estatuido, fatal y perfecto como dos y dos son cuatro o las campañas libertadoras del general San Martín. Así como hoy, y los otros 32 hoy que nos faltan, no-se-puede-salir-de-la-autopista. (512)

...Entrar en el juego era quizá el aprendizaje menos doloroso de esa pérdida de libertad que asociamos al hecho de crecer, de ‘vivir en sociedad’ donde las reglas no son menos arbitrarias que las de la rayuela... Reglas inamovibles, y nadie sabía por qué. Había que buscar circunstancias realmente excepcionales para poder modificarlas; jugar a la rayuela en la pendiente de una colina, por ejemplo, permitía al menos agregar reglas inventadas, y cambiar el mundo... Sólo más tarde aprendimos a establecer con toda libertad nuestros propios juegos con sus reglas mudas y esenciales. (53-54)

La travesía se cumple como un juego creador que instaura la libertad, la imaginación, el amor, la dicha (“mes fuera del tiempo, mes interior donde supimos por primera y última vez lo que era la felicidad absoluta”, (306)). Es como si Julio y Carol se hubieran embarcado en esa aventura como una última prueba de esa fe lúdica que cabrillea en toda su obra y a lo largo de su vida. ¿Sabían también que era una despedida? Carol murió 5 meses más tarde y Julio la siguió catorce meses después. El texto da cuenta de algunas dificultades que amenazaron con hacer zozobrar el proyecto: “Los temerarios protagonistas de este libro apenas comenzaban a emerger, en el verano de 1978, de una época de torbellinos nefastos y de otras especies en los que habían estado a punto de dejar sus respectivas humanidades” (22). Y más adelante “Dos días más tarde, las fuerzas oscuras se apoderaron de la Osita, y durante días y noches pareció que iban a ganar la partida... Cuando la Osita surgió por fin de las tinieblas, sabía ya que el Lobo había tenido razón de decir ‘no pasarán’, pero también había comprendido cuán frágil era la película con la que se habían rodeado para impedirles que pasaran. La experiencia dejó a nuestros dos protagonistas físicamente exhaustos, sobre todo por lo que había comportado como ambulancias, temores, y noches insomnes para los dos” (24-25).

Los “torbellinos nefastos” están apenas insinuados, pero su gravedad queda fuera de toda duda y está consignada en una carta de Julio del 28 de septiembre del 81, siete escasos meses antes de lanzarse a la cosmopista. En el primer párrafo dice:

Querido Jaime: Tu carta del 10 de este mes me trajo mucha alegría por diversos motivos, pero acaso la alegría más honda es la de poder contestarla con un mínimo de retraso. Si la hubiera recibido hace un mes o mes y medio, hubieras tenido que esperar mucho tiempo mi respuesta, porque nuestras vacaciones estivales fueron bastante trágicas, aunque desde luego all’s well that ends well. En pocas palabras, después de unas pocas semanas de calma y sol en una casa rodeada de pinares, atrapé una angina que en sí no tenía nada de grave, pero que me obligó a tomar tantas aspirinas para combatir la fiebre que finalmente la cosa terminó en una brutal hemorragia gástrica que por poco me manda al otro lado. Carol me salvó la vida con su serenidad y su ternura, pues me encontró desmayado en un pasillo y en un lago de sangre. Me hospitalizaron inmediatamente en Aix-en-Provence, pasé cinco días infernales en una sala de reanimación con toda clase de tubos y sondas, me dieron más de treinta litros de sangre (esto último, para alguien que frecuenta la vampirología, no estaba nada mal, porque no creo que Drácula haya bebido la sangre de treinta personas diferentes en cinco días, dicho sea con todo mi respeto al Conde), y de ahí pasé a una habitación mucho menos penosa donde poco a poco fui saliendo del infierno a lo largo de tres semanas. Ahora termino de reponerme en casa de amigos, en plena Provenza, y aunque todavía hay hacer controles y pasar una que otra vez por el hospital, siento que ya he dejado todo peligro atrás. Como, leo y contesto un correo monstruoso que se acumuló en estos dos meses, y me siento cada vez mejor. Hacia el 5 de octubre volveremos a París, y ahí sabré si voy a tener la hepatitis (benigna) que espera a casi todos los que han recibido mucha sangre ajena. Si es así, pasaré unas semanas con fiebre y fatiga, pero eso es un mal menor después de algo tan penoso, porque además se me olvidaba decirte que al tercer día de estar internado me abrieron el estómago buscando una úlcera que por cierto no apareció; finalmente se supo que la culpa la había tenido el abuso de la aspirina, pero una operación en esas circunstancias fue bajar un círculo más en ese averno. La pobrecita Carol aguantó todo con un coraje extraordinario, pero cuando yo me mejoré le tocó a ella sentir los efectos de un mes de tensión; por suerte su médico le dio una serie de medicamentos que la pusieron perfectamente a flote en una semana, y ahora está lanzada a una novela que la absorbe y en la cual trabaja horas y horas.8

La carta fue escrita desde Serre, Cadenet, y el texto de Los autonautas... completa las circunstancias trágicas de ese infierno que vivieron Julio y Carol: “Todavía vacilantes fueron a descansar a casas de sus amigos Thiercelin en Serre; los demonios no tienen acceso a Serre, y con ayuda de la calma y de la amistad nuestros futuros exploradores terminaron de curar sus heridas y un día decidieron que ya estaban lo bastante fuertes como para regresar a París, sin apresurarse puesto que el Lobo veía que de todos modos la Osita tenía todavía el pelaje un tanto ralo y no muy reluciente. Así, frágiles como fantasmas que no están seguros de qué va a faltarles bajo los pies, pura ilusión, al pisar el suelo, igualmente ilusión, nuestros dos protagonistas, desmadejados pero con pleno conocimiento del verdadero ‘no pasarán’, emprendieron un regreso que habría de dar nacimiento a la idea genial ya conocida, dicho de otro modo al proyecto del verdadero París-Marsella” (25).

Julio y Carol respondieron a las enfermedades en su casa y a la gravedad del infierno que les había tocado sufrir con un proyecto dirigido no a exorcizar los “fantasmas nefastos” y “las fuerzas oscuras” de la enfermedad, sino a celebrar la vida con una plenitud que sólo puede darse desde los juegos, es decir, desde ese reverso de la realidad que purga sus opacidades y deformaciones para restituirle la alegría de la imaginación y los poderes de la libertad. Este juego de autonautas es de una sola pieza con la búsqueda literaria que marcó toda la obra de Julio Cortázar. Nunca le interesó la literatura como un puro profesionalismo o un templo de entelequias o una colección de oráculos. Todas sus páginas están marcadas por una voluntad de crear puentes con su lector, de comunicación, de diálogo vivo, que se establece no desde la solemnidad —que es una forma de enajenación—, sino desde el juego que es una forma de participación. Ese espacio del juego es un territorio no cartografiado, un intersticio; y su tiempo esquiva el calendario y el reloj para instalarse al margen de las medidas y los números. De muchas maneras, gran parte de su obra es una búsqueda de ese espacio y de ese tiempo sin tiempo encarnados en el juego. Ya sus primeros cuentos manifiestan una clara conciencia de esa búsqueda y una puesta en duda de esa realidad que nos enseñaron en la escuela. El juego, como lo entendió Cortázar, se convertirá en una de las vías de acceso a esa realidad segunda. Pero el juego que jugó Julio ni empezaba ni terminaba en la literatura, o empezaba o terminaba en la literatura, pero indefectiblemente nacía o volvía a la vida. Lo entendió así desde sus inicios literarios cuando escribió, todavía en 1941, a propósito de Rimbaud: “Ocurre que Rimbaud (y de ahí su diferencia básica con Mallarmé) es ante todo un hombre. Su problema no fue un problema poético sino el de una ambiciosa realización humana, para la cual el Poema, la Obra, debían constituir las llaves”.9 ¿Anticipaba su propia percepción de la literatura y su entronque con la vida? La respuesta está en el mismo ensayo: “Mallarmé se despeña sobre la Poesía; Rimbaud vuelve a esta existencia. El primero nos deja una Obra; el segundo, la historia de una sangre. Con toda mi devoción al gran poeta, siento que mi ser, en cuanto integral, va hacia Rimbaud con un cariño que es hermandad y nostalgia”.10 Para los que han levantado un muro infranqueable entre la vida y la literatura esto puede sonar escandaloso. Para Cortázar esa fraternidad entre la una y la otra constituyó siempre la piedra angular de su obra y de su vida.

El viaje de los autonautas de la cosmopista fue concebido y realizado como juego, un juego que convirtió la autopista, de central, en marginal y que, en cambio, desplazó la marginalidad de los paraderos al centro. En ese centro, el reino del juego, se instalaron Carol y Julio como una celebración de la vida y —aunque no lo supieran— para sellar una despedida. Jugar como la forma más alta de vivir. Y el libro que resultó de esa experiencia es la demostración de que, para Julio escritor, “la realización humana” era la “otra autopista”, la verdadera, y que la cinta de asfalto era el texto, el libro, que hacía posible el acceso a la otra.

 

NOTAS

1. Carol Dunlop y Julio Cortázar, Los autonautas de la cosmopista (Buenos Aires: Muchnik Editores, 1983) 149. (Citas subsiguientes indicadas por el número de página de esta edición).

2. Dunlop y Cortázar 151.

3. Omar Prego, La fascinación de las palabras: Conversaciones con Julio Cortázar (Barcelona: Muchnik Editores, 1985) 140-2.

4. Julio Cortázar, Territorios (México: Siglo XXI, 1978) 103.

5. Julio Cortázar, Último round (México: Siglo XXI, 1969) 65.

6. Julio  Cortázar,  La  vuelta al  día  en  ochenta  mundos  (México:  Siglo  XXI, 1967) 21.

7. Sobre el tema, véase nuestro ensayo “Homo sapiens vs. homo ludens en tres cuentos de Cortázar”, En busca del unicornio: Los cuentos de J. C. (Madrid: Gredos, 1983) 215-231.

8. De mi correspondencia con Julio Cortázar, 28 septiembre 1981.

9. Julio Cortázar, “Rimbaud”, Huella 1 (1941): 30.

10. Cortázar, Rimbaud 34.