December 12, 2017
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Collection: INTERAMER
Number: 48
Author: Julio E. Mora Saucedo
Title: Arquitectura Vernacular en Panamá

CAPÍTULO III

LINEAMIENTOS GENERALES
DE LA ARQUITECTURA VERNACULAR
DE LA REGIÓN DE AZUERO

Nos hemos referido en los apartados anteriores al desarrollo histórico de la arquitectura vernacula en el Panamá central, donde está incluida la región azuerense, desde los lejanos tiempos de la prehistoria regional, que se inició con el arribo del hombre al Istmo, hace 11.000 años, hasta las primeras décadas del siglo actual, cuando en esta región comienza a desdibujarse su faz arquitectónica tradicional, para dar paso a influencias de indudable filiación foránea que, a la postre, han desempeñado un decisivo papel en el deterioro de nuestra cultura raizal.

Este tipo de arquitectura vernacular, que lentamente se nos está escapando de las manos porque no existen normas legales que la protejan, es una mezcla de elementos indígenas precolombinos, hispánicos y aun negroides, cuya conjunción, el tiempo y en el espacio, constituyen el verdadero sustrato de nuestra realidad étnica nacional. Para la formación de este grupo hispánico concurrieron una serie de elementos bioculturales diversos, desde los tiempos prehistóricos. Al respecto, George M. Foster dice:

Los pueblos de la Península Ibérica, hasta cerca del fin del siglo XVI, estaban agrupados en diversas unidades políticamente autónomas, que reflejaban significativas diferencias culturales...se vieron expuestos a las innovaciones fundamentales de la Eurasia occidental y del norte de África. Los agricultores neolíticos africanos habían sido seguidos por los trabajadores del hierro europeo de Hallstatt y los fenicios y griegos habían traído la civilización del Mediterráneo occidental. Seis siglos de dominio romano dieron a la Península una lengua común, dominio político unificado, extensa urbanización y otros modelos y valores de Roma. La subsiguiente invasión morisca aportó el aprendizaje grecorromano de la antiguedad, así como notables contribuciones originales en los campos de la agricultura, la medicina, las matemáticas y otros sectores de la ciencia.82

De varias regiones hispanas llegaron elementos humanos para conformar la población panameña; no existía tampoco entre ellos una homogeneidad racial, porque arribaron tipos mediterráneos, de talla media y piel morena, como norteños, de talla elevada y cabellos rubios. El Istmo no ofreció desde un principio ningún tipo de ventajas económicas al colonizador hispano, aparte de las derivadas del tráfico transístmico. El núcleo europeo estuvo radicado en las ciudades terminales, donde era dueño de las casas de comercio; los de este núcleo, al hacer algunos bienes de fortuna, emigraban a otras regiones americanas más aptas ecológicamente o regresaban a la Metrópoli.

El grupo blanco no pudo adaptarse a las condiciones del Darién geográfico-histórico, lugar en donde se había iniciado la Conquista, por la agresividad manifiesta del clima y las constantes rebeliones de indígenas y negros cimarrones, que no permitían la fijación del colono al medio. Por estas razones el grupo hispano se iba a asentar preferentemente en las regiones de las sabanas del Pacífico, situadas al occidente panameño, donde aún vive la mayor proporción de los elementos producto de su cruce genético, cultural y biológico, con los miembros de los otros grupos humanos. En este núcleo poblacional es donde se encuentran nuestras principales ciudades históricas que comenzaron a fijarse al medio sabanero desde inicios del siglo XVI.

El grupo negro llegó al Istmo procedente del Continente africano, desde el temprano siglo XVI. Este era racialmente uniforme, pero pertenecía a una pluralidad de grupos étnicos diferentes, en los que se encuentran gentes de culturas con bajo desarrollo tecnológico, como pigmeos, hotentotes y bosquimanos con grupos que habían desarrollado altas técnicas pastorales y agrícolas. El negro con la esclavitud sufrió una serie de desajustes culturales, ya que se le forzó a aceptar los patrones propios del grupo dominante; también, sus frecuentes contactos con otros grupos negroides e indígenas desdibujaron su cultura original, que produjo complejos procesos de aculturación y sincretismo.

El grupo indígena precolombino fue subyugado por el poderío militar hispánico y sus patrones culturales fueron destruidos por los métodos implacables de la conquista. Los grupos sabaneros del Istmo fueron los que más sufrieron el impacto de ésta y poco a poco fueron sometidos, por medio de la encomienda, la mita y la esclavitud, a la férrea voluntad de los vencedores. Las tribus selváticas del oriente del Istmo y de la vertiente caribe del mismo fueron las que más se opusieron a la dominación política del invasor español. El abandono que de estas regiones hizo el elemento hispánico permitió la permanencia de los aborígenes en sus territorios tribales originales.

En la región azuerense advertimos también las mezclas raciales y culturales de los tres troncos étnicos que aquí se asentaron desde los inicios del siglo XVI; pero éstas no siguieron un proceso homogéneo por las diversas regiones geográficas que conforman nuestra península, como advertimos en los apartados precedentes.

El grupo racial negroide se encuentra asentado en varias comunidades aledañas al Golfo de Parita; entre ellas, Santa María, El Rincón, El Limón, Parita, La Arena y, en menor proporción, en Chitré y la Villa de Los Santos. Esta aseveración la ratifica Reina Torres de Araúz, cuando dice:

Asimismo, la huella racial negroide se observa en la región del Golfo de Parita y en algunos sectores costeros de Chiriquí. Es el legado genético del esclavo-peón de las haciendas coloniales que matiza sorpresivamente con cabello ulótrico un rostro de definidas características európidas.83

El negro azuerense es, pues, un legado genético del esclavo  peón de las haciendas coloniales, que se extendieron a lo largo de las tierras aledañas al Golfo de Parita, desde Antón hasta la Villa de Los Santos. Pocos rasgos culturales africanos persisten en este grupo, ya que la aculturación forzada deformó su rostro étnico original; sin embargo, encontramos la influencia negroide en los aspectos más relevantes de su folklore, en especial, la música y la danza.

El grupo indígena desapareció, como ente biocultural, en la región azuerense a partir del siglo XVIII; sin embargo, en las tierras altas de Las Minas y Los llanos de Ocú, advertimos influencias amerindias, tales como la ingestión de chicha de maíz como parte de las comidas diarias y la mutilación dentaria, que practican algunos campesinos ocueños con fines estéticos. En el siglo XVIII, ya no quedaban indios en Azuero, en razón del mestizaje biológico que se dio en esta región. Así lo confirma Castillero Calvo:

A este hecho hay que agregar este otro: la inexistencia prácticamente total de población indígena. Ya no quedaban indios ni en Ocú, ni en Pedasí, ni en Pocrí y en Macarcas sólo había uno. Es cierto que en todo Azuero se podrían encontrar algunos, como en Santa Bárbara y en Pesé, pero eran desde luego los últimos supervivientes de esa raza. Sabemos que el proceso de desaparición de la población indígena en Azuero, por distintas vías, incluida la absorción por el mestizaje, databa ya de mucho tiempo, por lo que es de suponer que la población de libres de estas poblaciones debía ser en su inmensa mayoría euromestiza.84

El grupo hispano-indígena fue el heredero de la rancia tradición cultural española, cuyos elementos más visibles fueron: la lengua, la religión, el arte, la organización social, entre muchos. Fue entonces en la región sabanera del Pacífico donde se centralizaría la obra colonizadora. Dentro de esta amplia región, que se inicia en las llanuras chorreranas y culmina en las feraces tierras chiricanas, la región azuerense se perfila con características étnicas diferentes, que la hacen distinta de las otras áreas culturales del país. Un reconocido catedrático universitario la definió como “la Nación de Azuero”.

Las particularidades geográficas y ecológicas de la península han desempeñado un papel preponderante en la distribución de sus grupos étnicos, marco humano de su geografía regional. Su región septentrional está drenada por importantes cuencas hidrográficas, entre ellas los ríos Santa María, Parita y La Villa; esta característica determina que en estos valles las tierras sean fértiles, por la deposición de humus que deponen las avenidas de esas corrientes potámicas; a ello se une la riqueza alimenticia que guardan los ecosistemas estuarinos que desaguan en el golfo de Parita; además, el fenómeno eólico del “afloramiento”, en las aguas de este golfo, determina una gran riqueza ictiológica. Cada uno de estos factores hace que haya una concentración mayor de población en la región septentrional y central de la parte oriental de la península de Azuero y que fuera allí donde precisamente florecieran los cacicazgos regionales, durante el período prehispánico.

Hacia el sur del río La Villa, las cuencas hidrográficas importantes escasean, con excepción del río Guararé; allí las corrientes fluviales son escasas, tienen poco caudal y algunas se secan completamente durante la estación seca, ya que ésta se prolonga por más de tres meses en algunas áreas costeras. De ahí, que la población precolombina fuera minoritaria en esta región meridional de nuestra península. Las crónicas no nos mencionan allí grandes aldeas, durante el período precolombino, aparte de los de la región de Macaracas y Tonosí.

A partir de 1589, en tiempos de la explotación minera en La Concepción, se produce la dispersión rural de la población peninsular hacia el interior del territorio o hacia las llanuras costeras de ella. Además de la dispersión rural de la población santeña, otra de las características esenciales es la fragmentación de la propiedad de la tierra en pequeños parvifundios, ya que cada familia extendida contaba solamente con el terreno necesario para su propia subsistencia, porque la carencia de corrientes no permitía el aprovechamiento de más extensiones de tierra, y la sequía característica de la región y la falta de recursos pecuniarios para pagar el jornal a los indios o comprar “piezas de África”, les impedía acaparar grandes composiciones de tierra.

Por razones de este precarismo económico las viviendas campesinas durante esta época, en muchas regiones de Azuero, aparte de la Villa de Los Santos, que era el núcleo poblacional más importante en la parte occidental de la península, estuvo supeditado a los patrones arquitectónicos precolombinos: la casa de paredes y cubierta de la estructura del techo hecha con los materiales vegetales que pródigamente le ofrecía el medio natural, ya que la casa de paredes de quincha y techo con cubierta de tejas era más propia de los grupos pueblerinos mejor estructurados económicamente.

La misma vivienda de paredes de barro y paja y techo con cubierta de tejas, parece ser una mezcla de elementos hispanos e indígenas. En la región oriental de Azuero, de origen sedimentario, hay carencia de piedras para construir viviendas; la cal y el canto sólo se usó para levantar la fábrica de las principales iglesias de la región durante el siglo XVIII. Las paredes de cañas y techos con cubiertas de hojas de palmeras eran antihigiénicas, por la gran cantidad de insectos que se acumulaban o hacían entre ellas sus moradas, como los grillos y cucarachas que se comían las ropas, según dijo Fray Antonio de la Rocha, en el siglo XVII; por esta razón, la técnica de hacer tejas fue de introducción temprana en nuestro medio; aquí estaba también presente un elemento que es imprescindible para su confección: el estiércol de caballo. A falta de piedras o artesanos que supieran tallar sillares, el elemento hispánico escogió la quincha para construir las paredes de sus viviendas y de otros edificios públicos, de origen civil, militar y eclesiástico. Este elemento nativo de construcción y las tejas son excelentes aislantes térmicos del insoportable calor de los trópicos y, por lo tanto, hacía más llevadera la existencia de los europeos, que añoraban el clima mediterráneo de sus regiones de origen.

Todavía es indudable la presencia en nuestro medio de la vivienda de los grupos indígenas precolombinos, no el rancho de planta circular, pero sí el de planta cuadrada o rectangular; éste es un modelo que todavía utilizan las personas acomodadas para el descanso de la familia o para reuniones de tipo social. Es cuestión de prestigio tener un gran rancho sin paredes, en el patio de la casa, para los fines citados; el elemento arquitectónico que encontramos en este tipo de vivienda campesina, conocido como el “jorón”, es también de raigambre netamente indígena; y se utilizaba como dormitorio, granero o depósito.

La quincha que rellena un esqueleto estructural de cañazas para formar paredes, constituye un elemento cultural cuya filiación étnica no se ha podido establecer aún. Así, las crónicas del temprano siglo XVI no mencionan las paredes embarradas, sólo hacen referencias a las construidas con delgados troncos y forradas en su parte inferior con cañas delgadas. Sin embargo, Fray Adrián de Santo Tomás, en el siglo XVIII, hace alusión a la construcción de paredes usando barro para cubrirlas. Fray Antonio de la Rocha, para la misma época, se refiere a los grupos indígenas doraces y suríes que construían sus casas “hechas la mayor parte de tierra”. En el libro de Leonel Waffer, publicado en 1699, se habla de las casas de los indios cuna del Darién, de esta manera: “El intermedio lo llenan de varas que embarran para formar paredes”.

El trabajo cooperativo de las juntas campesinas, entre ellas la Junta de Embarra, el “peón-dado”, la “media”, el cambio de mano, entre otros, parece que también es un elemento cultural prehispánico que adoptó la población española o mestiza de nuestro interior, como una forma de supervivencia. Luisita Aguilera Patiño nos dice al respecto:

La junta es casi una institución nacional de Panamá. No hay lugar de la República en donde no se practique; a todos es común: indios, blancos y negros. Tal vez, sea ésta una costumbre indígena popularizada después, y a la cual no se opusieron los españoles.85

El trabajo de campo que realizamos durante el mes de mayo, del cual es una realidad este estudio histórico-etnográfico, sobre la arquitectura vernacular de la región azuerense, nos llevó a recorrer varias regiones de nuestra geografía peninsular. Estas regiones fueron las de La Palma, Pocrí, Paritilla, El Cañafístulo y Santo Domingo, al sur del Distrito de Las Tablas y las poblaciones de Cañas, Flores y Tonosí, en el valle del mismo nombre. En la provincia de Herrera, el trabajo de campo correspondiente se realizó en las poblaciones de Pesé, Los Pozos y Las Minas y los caseríos que se ubican a ambos lados de la carretera que conduce al antiguo núcleo poblacional de Santa Bárbara de Vaca de Monte.

En la provincia santeña pudimos encontrar todavía la existencia de este tipo particular de arquitectura mestiza, sobre todo en poblados como La Palma y El Cañafístulo, cerca de Paritilla. Benigno Córdoba, natural de Santo Domingo, antiguamente La Teta, de cerca de 92 años de edad, nos dijo que anteriormente, durante la estación seca, se realizaban cerca de 20 juntas de embarra en esta población santeña; empero, en este año de 1992, sólo se llevó a cabo una.

En la región herrerana visitada, el panorama se presentó aún más desolador; las casas de quincha y de tejas desaparecen a pasos agigantados y la situación es realmente alarmante.

Así las cosas, podemos decir que Ángel Rubio, en su estudio clásico sobre la vivienda rural panameña, señaló:

El tipo peculiar de su vivienda es el rancho que, como instrumento de trabajo, se adapta a la agricultura tropical nómada del campesino y a su bajo nivel económico. Tiene de interés el aprovechamiento de los materiales de construcción existentes en los lugares y comarcas campesinas y la característica de la mezcolanza cultural.86

Las variedades que presenta la vivienda vernacular panameña son diversas: rancho de paja y caña-paja; rancho colgado (sin paredes); rancho de quincha y teja; rancho de quincha y zinc. Entre ellos, para adaptarse a las especificaciones de este trabajo de investigación, describiremos solamente el rancho de quincha y tejas. La vivienda vernacular azuerense de paredes de quincha y techo con cubierta de tejas tiene una sola planta, que puede ser cuadrada o rectangular; su interior se divide en una pequeña sala; uno o más dormitorios, dependiendo del número de personas que compongan la familia, y en la parte posterior un comedor-cocina. En la sección delantera está un portal corrido; a los lados de la estructura habitacional hay unos aleros denominados “limas”, que ofician como depósitos de aperos de labranza, de la carreta, de depósito de pienso y granos o de sitio para que pongan sus huevos las aves de corral.

En el tipo de viviendas de planta rectangular, el frente está más desarrollado, cuando forman parte de una línea de casas contiguas, en una calle. En los casos de viviendas aisladas, el frente está menos desarrollado, ya que el inmueble se prolonga longitudinalmente hacia atrás. La estructura de la casa vernacular azuerense, de paredes de quincha y cubierta de techo de tejas, según Estanislao Arias y Eduviges Martínez, tiene que resistir a dos presiones diametralmente opuestas; éstas son: las fuerzas de gravedad y la de los vientos. La primera discurre de arriba hacia abajo y la segunda, de manera transversal o lateral.87

La transmisión del peso de la estructura del techo, que sostiene la cubierta de tejas, al suelo, se hace por medio de vigas de madera horizontales, que se conocen con el nombre tradicional de “soleras” o “madero durmiente asentado horizontalmente en todos sus puntos, a fin de servir de apoyo a otros”;88 además, el peso se transmite a vigas del mismo material, asentadas en forma oblicua, denominadas “alfardas” o “pares”, cuyas cabezas se apoyan en las “soleras”. Estos dos elementos transmiten el peso referido a los horcones o elementos verticales, cuya cabeza interior se entierra en el suelo y hace las veces de cimientos en otro tipo de construcciones. Generalmente dichos horcones son de madera de macano, que es dura y resiste a la humedad del terreno. Los tirantes o cadenas son también vigas horizontales que actúan por tensión, manteniendo a distancia las paredes, para que no se abran hacia el interior o el exterior de la vivienda. La estructura del techo es la conocida con el nombre de “caballetes”, es decir, una viga que se coloca en la cúspide de la techumbre y que separa las aguas o vertientes; se le conoce también como “cumbrera” y constituye en sí el lomo de la estructura del techo, donde se apoyan las cabezas de las “alfardas” o “pares”; estas van amarradas por medio de piezas denominadas tradicionalmente “nudillos”. Sobre los pares se colocan, en sentido contrario, tiras de madera cuadrada o cañablanca, especie de carriolas, cuya función es sostener las tejas. Estas piezas, según el Diccionario de la Lengua Española, se denominan “latas”.89 Los techos pueden ser de dos aguas, cuatro aguas y a dos aguas con faldones.

Las paredes de la vivienda están formadas por un entramado de maderas colocadas en sentido horizontal y vertical, denominada “jaula” o “lata”. Las piezas verticales o “parales” están hechas de cañaza entera o de corazón de mangle. Sus cabezas inferiores se unen o “injertan” con estacas de agallo, especie vegetal oriunda de las regiones cercanas al mar; estas estacas van enterradas en el suelo; el uso de la madera de agallo se explica porque, por su dureza, es muy resistente a la humedad del terreno. Las piezas horizontales son denominadas “tiras”, son secciones de cañaza o mangle. Ambas, “los parales” y “las tiras”, van amarradas, con nudos de “cruz” o “pecho de cangrejo”, utilizando para ello bejucos conocidos con los nombres tradicionales de “mariquita”, blanco o negro, y la pita; anteriormente se amarraba con tiras de cuero crudo de ganado vacuno.

El uso de la cañaza se explica porque ella es de consistencia muy liviana, por lo tanto resta peso a las paredes; éstas, tanto las exteriores como las interiores, que ofician como divisiones interiores de la casa, son completamente independientes de la estructura general de la vivienda.

La “jaula” o “lata” está cubierta, por su parte exterior e interior, por una mezcla de barro, agua y paja que se conoce como quincha; la tierra para embarrar se encuentra en las cercanías del mar, en las albinas o manglares; la paja usada es la que crece a orillas de las carreteras, de arroz, de faragua o “cadilla”.

El revoque exterior de las paredes se hace con una mezcla de tierra blanca, estiércol fresco de ganado, ceniza de leña y agua. Los pisos de las viviendas pueden ser baldosas, ladrillos, mosaicos de pasta, cemento marquillado o simple tierra apisonada. En la parte delantera o anterior de la casa tradicional azuerense, está el portal, que es el sitio de descanso vespertino de la familia o de recibo de la visitas de ésta; a las personas de “respeto” se las recibe generalmente en la sala. El portal es techado. En su parte externa está sostenido por pilares, con fundaciones de piedra o concreto; además, se le hace en el extremo de abajo un injerto de madera dura, que se cambia con facilidad cuando su cabeza inferior está en malas condiciones por acción de la humedad.

Los pilares, construidos de madera cuadrada sostienen la pieza llamada “pieza de portal”, en cuya unión con el pilar se coloca una “zapata”, que es un trozo de madera tallado ornamentalmente.

Las cabezas inferiores de las “alfardas”, la cara exterior de la pieza del portal y parte de la lata que sostiene las tejas, se cubren con una pieza horizontal, muy decorada, que se llama “fascia”, cuya función es meramente estética. En la parte posterior de la vivienda se encuentra otro espacio abierto, techado, que recibe el nombre de “portalete” y está contiguo a la cocina. Esta es un área informal, donde come la familia, se realizan toda clase de trabajos o se recibe a los amigos íntimos.

Los vanos de la casa lo constituyen puertas de uno o dos batientes, algunas de ellas son una verdadera obra de arte de la ebanistería tradicional. Las puertas delanteras abren generalmente hacia el portal; sobre éstas se colocan luceras en celosías, para lograr la ventilación e iluminación de los espacios interiores de la vivienda, cuando las puertas están cerradas. Estos elementos ornamentales son la única forma de ventilación nocturna pues se evita la entrada del sereno, cuya acción es nociva para la salud, según las creencias de la medicina tradicional. Las ventanas, por esta razón, son escasas y si existen son de pequeñas dimensiones.

La estructura de madera de la casa se encomienda a maestros constructores, que conocen tradicionalmente todos los rudimentos esenciales de la arquitectura vernacular; estos trabajan, generalmente, por un jornal o por contrato; la embarra de las paredes se hace por medio de juntas, en las que participa toda la comunidad; la colocación de las tejas la realizan especialistas en estos menesteres, quienes reciben también paga por su trabajo.

Después de culminados los trabajos de la armazón de la nueva vivienda, incluyendo la estructura del techado, aquélla que la sostiene, así como también la “jaula” o “lata”, colocados los marcos de puertas y ventanas, se procede entonces a escoger los días en los que se va a efectuar la “junta de embarra”; se cursan invitaciones a los miembros de la comunidad y de algunos otros pueblos cercanos. Los gastos en que se incurre, tanto en bebidas como en comidas, corren por cuenta del dueño de la casa que se va a embarrar; se suelen sacrificar, para ello, una o varias reses, dependiendo esto del número de personas que puedan asistir.

Con varios días de antelación se ha cargado en carretas la tierra necesaria para la actividad, así como la paja que se usará en ella. La proporción de los materiales usados será la siguiente: un haz de paja por cada carretada de tierra; un haz de paja es la cantidad de ésta que una persona pueda cargar con las dos manos.

El día anterior al evento social, propio de nuestras comunidades rurales, se riega la tierra sobre el terreno, en un lugar muy cercano a la nueva vivienda; con sumo cuidado se le sacan todos los cuerpos extraños que ésta contenga, para evitar así que los pisadores se lastimen los pies descalzos; luego, se apalea y se procede a mojar la tierra, la que forma una pila de no más de 30 centímetros de espesor.

Durante la víspera, se realizan algunas actividades festivas, en las que participan conjuntos folklóricos, y se organizan varias ruedas de “tambor”. Durante la madrugada, se sacrifican las reses que se emplearán en la comida y las mujeres inician las faenas de moler el maíz cocido, para hacer las tortillas que se repartirán durante el desayuno.

En la mañana temprano, se procede a mojar nuevamente la tierra y se inicia de inmediato la pisada de la misma, para darle plasticidad; para ello, se organizan varias cadenas de varones, con los brazos echados sobre los hombros, que rítmicamente avanzan y retroceden pisando el barro, entre “japeos” o “salomas” y tragos de licor o “chicha de junta”; esta última se prepara con maíz tostado y cocido, que después se muele, agregándole jengibre, pimienta o semillas de malagueta; ésta es una bebida de naturaleza caliente, que se toma durante las juntas de embarra para que las personas sudadas, por la acción de pisar el barro, eviten contraer el pasmo, dolencia propia de nuestra medicina tradicional. De inmediato se riega la paja nuevamente y se inicia el pisado destacándose aquí la denominada “doble pisada”; si el contenido de agua es alto en alguna de las áreas pisadas, se procede entonces a regarle más paja; cuando el barro está muy “aguado” se llama “quereza”.

El capataz de operación, llamado el “cabeza de barro”, indica cuándo la quincha está en su punto para iniciar la embarra; generalmente, para darse cuenta de ello, se desliza rápidamente la planta del pie desnudo sobre la superficie del barro y si éste adquiere cierto brillo, se le considera suficientemente plástico para iniciar el embarrado de la casa. Seguidamente los “cortadores” proceden a preparar las “pellas” o “pegotes”, usando para ello el talón del pie. Estos “cortadores” cuando tienen experiencia, pueden levantarse una “pella”, con esta parte de su anatomía, de espaldas, y colocarla sobre el pecho de los “cargadores” o personas que cargan con sus manos el pegote, hasta donde están los especialistas en embarrar o “embarradores”. Estas personas, colocadas en el exterior y el interior de la nueva vivienda, van embarrando ambos lados de la “jaula”; dándole a la pared un grosor definido; para embarrar las partes altas de la estructura de la casa utilizan andamios. Al culminar la embarra se ensucian o “atollan” los dueños de la casa, sus hijos y todas aquellas personas que no intervinieron en las labores de pisar y repellar, echándolos en el sitio donde se llevó a cabo la primera acción mencionada. De inmediato, se procede a bajar las banderas de los padrinos de la junta, que habían sido colocadas sobre la cumbrera de la estructura del techo y se inicia la ceremonia de entrega de la nueva casa a sus dueños; se da paso entonces a la parte festiva del evento, que puede durar hasta altas horas de la noche.

Pocos días después, se contrata a un especialista en colocar las tejas sobre la estructura del techo, conocido como “entejador”. Esta es una operación que merece cierta pericia, ya que de no hacerse siguiendo ciertas reglas, pueden producirse muchas goteras durante la época de lluvias; desafortunadamente, los tejales han desaparecido por completo en la región azuerense. Luego se colocan las puertas y ventanas en los marcos o vergüenzas, que habían sido instalados previamente a la celebración de la junta de embarra; éstas se mandan a hacer por encargo a carpinteros o ebanistas tradicionales, diestros en el trabajo de la madera; ellos también tallan, con herramientas especiales, las lucetas en celosía, que se instalan sobre la parte superior de las vergüenzas de las puertas y también la fascia, que tiene solamente una función decorativa: impedir que se vean las cabezas inferiores de las soleras, que descansan sobre la pieza del portal. Finalmente se tira el piso, usando para esto baldosas, ladrillos colocados artísticamente, cemento “marquillado” o mosaicos de pasta. Las paredes exteriores e interiores se revocan con una mezcla de tierra blanca, estiércol fresco de ganado vacuno, cenizas del fogón y agua; esta mezcla, al secarse, toma una consistencia muy dura; para colocar el revoque sobre las paredes se hacen huecos previamente en ellas, cuando la quincha aún está húmeda, para permitir que aquél no se caiga con facilidad; cuando la mezcla está ya seca, se procede entonces a pintar las paredes, usando para ello cal o pinturas comerciales. Después de todos estos rituales, la vivienda queda en condiciones de ser habitada por sus dueños.