October 23, 2017
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Collection: INTERAMER
Number: 48
Author: Julio E. Mora Saucedo
Title: Arquitectura Vernacular en Panamá

CAPÍTULO II

PATRONES DE ASENTAMIENTO Y VIVIENDA
EN EL PANAMÁ CENTRAL
DESDE LA LLEGADA DEL ELEMENTO HISPÁNICO
HASTA PRINCIPIOS DEL SIGLO ACTUAL

La costa septentrional de la región selvática ubicada en el oriente del Istmo de Panamá fue descubierta en 1501 por el escribano sevillano Rodrigo Galván de Bastidas. En este periplo también le acompañaron el piloto Juan de la Cosa, Juan de Morales y Vasco Núñez de Balboa, futuro descubridor del Mar del Sur. Después de atravesar el Océano Atlántico, esta expedición descubridora entró al Nuevo Continente a la altura de la isla de Guadalupe; luego tomaron rumbo hacia la tierra firme, donde recorrieron las costas entre Venezuela y Panamá. Del Golfo de Urabá se dirigieron hacia el poniente y fondearon en el puerto de Escribano, posteriormente bautizado con el nombre de El Retrete por el almirante Cristóbal Colón. De allí la expedición se dirigió hacia La Española.

En 1505, en otra expedición posterior, Juan de la Cosa atracó en la bahía de Cartagena, siguió rumbo hacia el oeste y desembarcó en la bahía de Cispatá, situada en la desembocadura del río Sinú. De momento no se intentó hacer ninguna población en estas costas y las siguientes expediciones españolas siguieron siempre rumbo al poniente, en dirección al golfo de Urabá. En 1509, Alonso de Ojeda fundó la población de San Sebastián de Urabá, en las márgenes del golfo del mismo nombre, la que fue abandonada finalmente debido al espíritu combativo de sus pobladores aborígenes. Luego se iba a fundar una nueva colonia en las márgenes del río Tarena; ésta recibió la denominación de Santa María la Antigua del Darién. Fue precisamente desde este punto del que se inicia la penetración hispánica hacia el interior de la tierra firme americana. De ella partió Vasco Núñez de Balboa en su viaje de descubrimiento del Mar del Sur en 1513. Finalmente, el 30 de junio de 1514, don Pedro Arias de Ávila, nombrado gobernador del Reino de la Tierra Firme, entraba en Santa María la Antigua, al frente de una lucida expedición. Las primeras instrucciones que se dictan (por parte de las autoridades españolas) para las tierras recién descubiertas, con indicaciones para la fundación de ciudades, fueron dadas a Pedrarias en 1513.

En los primeros años de la Conquista, no hubo disposiciones concretas sobre el establecimiento de asentamientos humanos. Así, en primer lugar, a Pedrarias se le ordenó que debía elegir el sitio o el asiento de las poblaciones que serían fundadas ex novo; que bautizara la tierra, las ciudades, las villas y los lugares; también los sitios elegidos debían brindar requisitos de salubridad que no fueran anegadizos y que se les localizara cerca del mar para facilitar el transporte de mercancías y personas; además, debían estar provistos de buenos aires, aguas y buenas tierras para la labranza; era necesario también repartir los solares según la “calidad” de las personas.35 Es importante destacar aquí el hecho de que en las instrucciones recibidas por Pedrarias ya se advierte un claro racionalismo en la delineación de las ciudades, tanto las que habrían de formarse, que era el caso de las que ya se habían erigido, como de las que habrían de fundarse en un nuevo emplazamiento. Así, pues, para que el pueblo pareciera ordenado en su plano urbano, debían levantarse alrededor de una plaza; tener también un plano regular, siguiendo para ello el sistema de cuadrícula o damero, usado desde la antigüedad clásica en la “polis” griega y la “civitas” romana; esta planta se había popularizado en España durante todo el período de la Reconquista.

En las ciudades grecorromanas, el centro de la actividad pública, civil y religiosa, era la plaza. Esa herencia cultural del urbanismo clásico pasó a América a través de España. De esta manera, los conquistadores, al fundar una ciudad ex novo, delineaban, en primer lugar, el rectángulo del ágora citadina, a cuyos lados se debían erigir los inmuebles dedicados a la iglesia, al cabildo y a los solares de los “notables”. De allí saldrían, tiradas a cordel, las calles principales, orientadas hacia los cuatro puntos cardinales, formando, al cruzarse entre sí, un damero o juego de ajedrez. Así,

En su recinto, de proporciones airosas, se ventilará la vida de la pequeña comunidad. Iglesia y Cabildo, rollo y picota, mercaderes y traficantes, toros y cañas, procesiones y ejecuciones, tendrán efecto sobre sus muros.36

Antes de delinearse el emplazamiento y de trazar los planos de la nueva ciudad, se llenaban las formalidades del acto fundacional, el que José Luis Romero definió como “un acto político”. Éste era en sí una ceremonia simbólica con la que se iniciaba la toma de posesión del territorio y la fijación definitiva del colono al lugar. Durante el mismo, el conquistador arrancaba unos puñados de hierbas, clavaba sus uñas en la tierra, daba golpes con su espada en el suelo, se paseaba por el lugar y asi tomaba posesión del territorio en el nombre del Soberano Monarca. De todo ello, el escribano levantaba un acta fundacional. Después, se escogían las autoridades del cabildo lugareño. Entre ellos, dos alcaldes, cuatro regidores, un escribano y un alguacil mayor.

De Santa María la Antigua partiría la expedición de “conquista y pacificación” de los territorios situados allende las altas montañas, los pantanos y los tremendales de las bajas y cenagosas tierras de la vertiente caribe del Istmo. La conquista de nuestro occidente sabanero se inicia en 1515, según órdenes dadas por el gobernador Pedrarias Dávila. En primera instancia, le tocó cumplirlas al capitán Gonzalo de Badajoz; sería en esta región donde este conquistador encontraría, en pleno florecimiento cultural, a los cacicazgos indígenas. El viaje de Badajoz a través de los territorios de los caciques de nuestra vertiente pacífica fue cruel y despiadado. Allí se “ranchearían” muchos asentamientos humanos, en los que despojarían al indio de sus haberes áureos y se tomarían muchos prisioneros para venderlos posteriormente como esclavos.

Fray Bartolomé de las Casas, en su obra Historia de las Indias, nos relata, aunque de manera indirecta, la toma de la ciudad de Natá por Badajoz y sus huestes conquistadoras:

cuando empezó a rayar el día, viéronse en medio de grandes pueblos, porque era señor aquél muy grande...y dan en el pueblo principal que estaba descuidado, y no acertaron tan mal que al señor del luego no tomaran... Preso el señor creyeron ya estar en salvo y con todo el descuido que pudieron tener en sus casas; danse solamente a robar el oro, que fueron hasta 10.000 castellanos, y prender las mujeres y muchachos encadenados, que con la prisa no se pudieron ausentar.37

Al término de la estación lluviosa de ese año de 1515, los conquistadores lograron someter al cacique Escoria, cuyo asiento estaba localizado en las riberas del río Santa María. Este “tiba” fue sometido a un sinnúmero de vejaciones; y sus mujeres e hijos fueron también tomados prisioneros. Badajoz sigue sus tropelías por las tierras de los cacicazgos vecinos, en los que logró “rescatar” un valioso tesoro, valorado en más de 8.000 castellanos; así, de la comarca del cacique Chirú, este conquistador penetró en tierras de la península azuerense, dirigiéndose hacia el “asiento” del cacique Antataura; pero éste se encontraba escondido en los montes con su familia y su gente, pues había tenido noticias de la llegada de los invasores. Ante la amenaza de Badajoz para que se entregara, el valiente “tiba”, aconsejado por mujeres, decidió enviar un valioso regalo al capitán español, en vano intento de detener el triste destino que se cernía sobre su pueblo. Con respecto a este valioso obsequio, Fray Bartolomé de las Casas, dijo en su relación lo que a continuación citamos:

El señor le envió cuatro hombres principales y un presente, que ninguno tanto nunca a los españoles, ni por fuerza ni de agrado le había dado, y éste fue cuatro petacas llenas de joyas de oro, que dellas eran como patenas, que se ponían en los pechos los hombres, y otras como brazaletes, y otras menores para las orejas, y finalmente eran joyas que hombres y mujeres para se adornar tenían en uso.38

Sin embargo, el rico presente acicateó más la codicia de los españoles, quienes decidieron arrasar el asentamiento del cacique azuerense. La felonía de este feroz ataque, infringido al “asiento” de Antataura, provocó la ira de los aborígenes. La represalia no se hizo esperar y al cabo de cuatro días se produjo el enfrentamiento bélico entre ambos grupos. Y allí, a pesar de la superioridad de las armas de los invasores, los aborígenes lograron una brillante victoria militar; logrando después arrebatarle a Badajoz todo el oro que había robado en sus correrías y aquél que le había regalado Antataura. Este liberó también cerca de 400 indígenas que los invasores habían logrado tomar prisioneros. Badajoz y su gente lograron huir a duras penas del campo de batalla; acción que se tornó más difícil porque la expedición no llevaba caballos; esquivaron también a su llegada a Natá un ataque de los pobladores, pero sin que unos ni otros resultaran vencidos. A su regreso al Darién arrasaron y destruyeron los poblados de Chame, Otoque, Taboga y Chepo. La derrota de Badajoz y la pérdida del tesoro y los prisioneros aborígenes provocó la ira del viejo gobernador del reino de Castilla de Oro. Éste, de inmediato, planeó otra expedición conquistadora para someter a las tribus belicosas del Mar del Sur y, al mismo tiempo, rescatar el tesoro de Badajoz que se encontraba en manos de Antataura. La nueva expedición iba a estar bajo la dirección de Gaspar de Espinosa. La misma se inicia en los dominios del cacique Lacenta y continúa por los cacicazgos de Chimán, Pacorosa, Tamané y Mae, entre los cuales se “rescató” esclavos y oro. En marzo de 1516, prosiguieron por las tierras de Pacora y continuaron hacia la provincia de Panamá, por los territorios de Perequeté, Taboré, Chame y Chirú. La expedición de Espinosa, a diferencia de la de Badajoz, traía caballos. Los conquistadores avanzaban bien armados con armas de fuego y feroces perros carniceros, que eran otros de sus recursos bélicos. En todo su recorrido, cometían toda suerte de tropelías a la inerme población indígena, la que, la mayoría de las veces, huyó despavorida al ver a los cuadrúpedos, especie animal completamente desconocida para ellos. Al llegar a la población de Natá, optaron por atacarla de noche, pero no pudieron apresar a su cacique; éste había huido hacia una “cerrezuela” de las cercanías; sin embargo, lograron arrebatarles a sus habitantes todos sus haberes Aúricos y tomarles muchos esclavos, entre hombres y mujeres. En esta ocasión, la caballería llevó a cabo una matanza innecesaria de indígenas. Cuatro meses permanecieron los conquistadores en Natá. De allí salían a “ranchear” las poblaciones vecinas, así como a enviar menajes a Antataura para que les devolviera el oro a Badajoz. A continuación citaremos la relación de la estadía de los conquistadores de Natá, lugar donde se celebró una misa en una improvisada iglesia, que presumimos se trataba de un bohío indígena:

En todo este tiempo algunos días hacía juntar algunos indios, que eran muchos, en la iglesia que allí teníamos hecha, y el padre vicario les predicaba, por una lengua intérprete, nuestra santa fe católica; aprovechaba mucho, porque los muchachos y mujeres muchos de ellos pedían que los tornasen cristianos, que lo querían ser, que los gandules e indios mayores, es cosa excusada, si Dios no inspira en ellos.39

Poco tiempo después se produjo el encuentro bélico entre las huestes hispánicas y una coalición de guerreros indígenas, bajo la dirección de Antataura. Dicha batalla se libró a orillas del río Grande. En primer lugar, Diego de Albitez se enfrentó a los naturales; esta “guacabara” duró cerca de seis horas; finalmente, la llegada al campo de batalla de Espinosa y la caballería produjo la estampida de los guerreros indígenas y provocó su derrota. Durante la batalla, aparece un extraño personaje que los españoles nunca pudieron identificar. Éste estaba “armado con muchas patenas y armaduras de oro y puñetes, puesto sobre una aljabeta de algodón que traía vestida”. Antataura pudo huir a tiempo del descalabro bélico que le habían infringido los invasores, pero no así lo más granado de los “cabras” o guerreros de toda la región. Después de esta victoria militar, Espinosa continuó su recorrido de “pacificación, castigo y descubrimiento” por tierras peninsulares, donde logró rescatar parte del tesoro que Antataura había arrebatado a Badajoz. Durante el curso de esta expedición, se recorrieron también las islas veragüenses de Coiba y Cébaco. Es en esta región donde Badajoz encontró fortalezas indígenas, que describió de la siguiente manera:

...desde allí en adelante en todo lo que se vio, tienen los caciques sus fortalezas, hechas con dos o tres cercas de maderos y árboles muy gruesos nacidos en sus cavas grandes a la redonda...40

De allí los conquistadores regresaron a Natá donde encontraron la otrora floreciente ciudad casi destruida, así como la empalizada de maderos que los españoles habían construido para defenderla de los naturales alzados. Según Reina Torres de Araúz:

Se había iniciado la autodestrucción aborigen motivada por el desesperado intento de vencer a un enemigo que contaba con recursos bélicos superiores; destruidas las estructuras económicas y políticas tradicionales, los cacicazgos agónicos daban sus últimas batallas.41

Entonces Espinosa emprendió el regreso a Santa María la Antigua del Darién, en enero de 1517. Pasaron por la provincia de Chirú, que también encontraron alzada y todos los bastimentos escondidos. El conquistador, en sus Relaciones, ha dejado un recuento vívido de su regreso a la región oriental del Istmo, lugar donde se encontraba su cuartel general.

En 1519, Pedrarias Dávila envió nuevamente a Espinosa a la región sabanera del Pacífico, con el fin de recobrar parte del tesoro que Antataura había arrebatado a Badajoz. En esta ocasión, la expedición salió,  por la vía marítima,  en dos barcos y dos canoas grandes;  ésta logró desembarcar en las cercanías de Chame; de allí se dirigieron hacia el “asiento viejo” del cacique Antataura.  Desgraciadamente, al llegar al sitio encontraron que el “tiba” había muerto y se le estaban preparando egregios funerales. Es impresionante la versión de este conquistador acerca de aquella ceremonia póstuma; la versión que nos deja en su relación sobre el arreglo mortuorio del fallecido cacique fue la siguiente:

...estaba todo armado de oro, y en la cabeza una gran bacina de oro, a manera de capacete, y al pescuezo cuatro o cinco collares hechos como cañones, todos cubiertos de las dichas armaduras, y en los pechos y espaldas muchas piezas y patenas y otras piezas hechas a manera de piastrones, y un cinto de oro, ceñido todo de cascabeles de oro, y en las piernas asimismo armaduras de oro; por manera de que la manera que dicho cuerpo del dicho cacique estaba armado, parecía un arnés o coselete trenzado.42

De allí Espinosa y sus huestes regresaron a Natá, lugar donde iban a encontrar a un nuevo jefe frente a dicho cacicazgo. Este “tiba”, se llamaba Cochereba y fue utilizado por el conquistador para someter a los vecinos jefes rebeldes. Empieza así a convertirse paulatinamente Natá en un emplazamiento permanentemente hispano, desde donde se acometería el sometimiento de todo el territorio de las sabanas del Pacífico a la autoridad del Rey de España. La expedición finalizó en una pequeña aldea de pescadores, que los indígenas denominaban Panamá; allí los esperaba el gobernador Pedrarias; éste amenazó a las huestes de Espinosa con regresar todo el oro recobrado a los indígenas, si no se quedaban en la región para fundar un poblado. De esta manera, el 15 de agosto de 1519, se fundó la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá, a orillas del gran océano descubierto por Balboa en 1513. Al año siguiente, en 1520, se realizó una nueva expedición hacia el occidente sabanero; en esta ocasión una escuadra, bajo la dirección de Francisco Pizarro, se dirigió por la vía terrestre hacia estas provincias, y otra, al mando de Espinosa, siguió hacia ellas, por la vía marítima. Al llegar a tierras veragüenses, le tocó enfrentarse, por primera vez, con las huestes indígenas que dirigía el cacique Urracá, quien había levantado las banderas de las reivindicaciones aborígenes. El futuro conquistador del Imperio Incaico pudo salvarse de una aplastante derrota, gracias a la llegada a tiempo de Espinosa y su gente. Ambos conquistadores continuaron viaje juntos hasta la punta Burica, desde donde regresaron a Natá.

Con la fundación de Panamá, en 1519, el centro de gravedad de la conquista se traslada definitivamente hacia la vertiente pacífica del Istmo; esto iba a significar un cambio hacia un tipo de dominación más sedentaria, puesto que allí el medio ambiente natural le brindaba al elemento hispánico mejores ventajas para el proceso de conquista y colonización de las tierras recién descubiertas. A estas ventajas ecológicas se sumaba la proverbial riqueza de oro de estas regiones sabaneras. Ello determinó el hecho de que se ubicasen en ella los primeros asentamientos hispánicos; era precisamente allí donde otrora florecieron los cacicazgos precolombinos. Al respecto, Fray Bartolomé de Las Casas nos dice que:

Como aquella tierra de Pararaqueta o de Natá y su comarca sea muy fértil, descubierta, llana y graciosa, y está cercana de las sierras de Urracá o de Veraguas, que siempre tuvo de tener mucho oro, mucha fama, deseaba el licenciado Espinosa hacer por allí un pueblo y aplicar a él todos los indios de las provincias o gentes comarcanas para que sirviesen a los españoles, que es todo tras lo que andan.43

Entonces, la otrora capital del cacicazgo prehispánico de Natá comenzó a convertirse en “punta de lanza” para someter a los pueblos aborígenes que todavía se mostraban remisos a aceptar el dominio español. Allí se prepararon y de allí partieron las expediciones bélicas que trataron de derrotar al indómito Urracá, cuyo bastión defensivo y ofensivo estaba en las tierras veragüenses. La población natariega fue varias veces atacada por la indiada rebelde.

Poco tiempo después, se fundó oficialmente la ciudad de Natá sobre las ruinas de la población precolombina. Este acto se llevaría a cabo el 20 de mayo de 1522. En el mismo estuvo presente el gobernador del Reino de Castilla de Oro, Pedro Arias de Ávila, quien, para las formalidades del acto, se apegó a lo establecido por las autoridades españolas en ese aspecto. Después de repartirse los solares del nuevo emplazamiento, según “la calidad de los vecinos”, tal como rezaban las instrucciones, se pasó a consagrar el solar destinado a la iglesia del lugar, cuyo santo patrón fue Santiago Apóstol; posteriormente, se concluyó la traza urbana del poblado, siguiendo para ello los patrones geométricos renacentistas. Luego de las formalidades de la ceremonia fundacional, se procedió a elegir a las autoridades del Cabildo; de lo que resultó que la nueva comunidad tendría dos alcaldes ordinarios y seis regidores, quienes ocuparían sus respectivos cargos durante el lapso de un año. Después de verificada la elección, se les dieron las “varas de justicia” a los alcaldes y se procedió a juramentar a los regidores. El 28 de mayo de 1522 se reunió, por vez primera, el Cabildo natariego; allí fueron nombrados el mayordomo de la iglesia, el procurador y el escribano público.44 Los alcaldes ordinarios fueron las figuras políticas más importantes en los Cabildos coloniales. Estas corporaciones municipales estuvieron presididas por ellos; también tuvieron funciones judiciales como jueces; manejaron todo lo relacionado con las funciones públicas citadinas; el escribano, por otro lado, levantaba las actas de las reuniones de la corporación, y el procurador debía defender a los ciudadanos contra cualquier autoridad.45

Durante la primera reunión del Cabildo natariego, sus integrantes, en nombre de la ciudad, elevaron a las autoridades correspondientes un conjunto de súplicas de mercedes, entre ellas sobresalieron las que a continuación detallamos: realizar los repartimientos de indios; conceder a la ciudad su propia jurisdicción; hacer merced a la nueva población en el sentido de que cien indios del cacicazgo de París sirviesen en las labores de mantención del sitio; eximir a los colonos del pago de diezmos y primicias de los frutos y una prórroga a la merced de los derechos de la sal por siete u ocho años, entre otras.46 Indudablemente, uno de los propósitos esenciales de la conquista hispánica, aparte de la catequización de los naturales, estuvo dirigida hacia el logro de la dominación política y económica de los indígenas. La primera de ellas se logró mediante el uso de la acción militar, y la segunda pretendió aprovechar la mano de obra de los aborígenes, en favor del colono y, en última instancia, apoderarse de sus tierras.

El indio panameño asentado en las sabanas del Pacífico tuvo que adoptar dos alternativas para poder sobrevivir, ya como ente biológico, ya como ente cultural: una de ellas fue el repliegue colectivo hacia aquellas regiones ecológicamente no aptas para la vida de los grupos leucodermos, entre ellas las selvas de la región oriental y de la vertiente atlántica del Istmo; la otra, su huida hacia zonas inaccesibles para el colono hispano, como lo fueron las tierras montañosas de la Cordillera Central. Así, el indio que no huyó hacia estas regiones fue obligado a trabajar en beneficio del grupo hispánico, mediante la implantación de tres sistemas económicos; estos fueron: la encomienda, la esclavitud y los indios naborias. De este modo, los encomenderos se iban a constituir, desde los inicios del coloniaje, en la aristocracia local de los poblados recién fundados, a pesar de carecer, en la mayoría de los casos, de la nobleza de sangre.

María del Carmen Mena García, en su excelente obra sobre la sociedad panameña durante el siglo XVI, nos da una semblanza histórica de la figura del encomendero durante los primeros años de la dominación española en América. Así nos la describe esta estudiosa de nuestro pasado colonial:

De este modo, el grupo de los encomenderos no se limitó a tener en sus manos la fuerza laboral indígena, garantía necesaria para la obtención de provechosos beneficios, sino que accedieron a los principales puestos del gobierno local y consiguieron acapararlos en sus manos mediante una hábil política de rotación o de perpetuación que permitía a las mismas figuras acaparar por muchos años los cargos electivos de la administración local.47

Castillero Calvo, en su obra Fundación y Orígenes de Natá, advierte que no sabe, por falta de fuentes documentales, el número de indios repartidos en encomiendas entre los primeros colonos de la ciudad de Natá; se especula entonces que aquéllos no pasaban de cerca de 3.500 almas y que el número de españoles beneficiados con esta institución no sumaban medio centenar.48

En la década de 1530, debido al descubrimiento y conquista del Imperio Incaico, la población panameña menguó notablemente por la fuerte inmigración que se produjo hacia esas tierras, donde las condiciones ecológicas más favorables para la vida del español y las facilidades para enriquecerse también fueron mayores. Otros factores que contribuyeron también a incrementar notablemente una disminución progresiva de la población indígena en la Alcaldía Mayor de Natá, fueron: el maltrato dispensado a los mismos por parte del encomendero; las enfermedades que trajo el mismo conquistador a tierras americanas, para las que los indios no tenían defensas orgánicas y las deserciones para incrementar los grupos rebeldes, entre otras. En 1537, algunos años después de fundada la población hispánica de Natá, los indígenas de la jurisdicción respectiva no alcanzaba las 500 ó 600 almas, según una relación del Obispo de Panamá, Fray Tomás de Berlanga.49 Al iniciarse la segunda mitad del siglo XVI había en los territorios natariegos cerca de 24 ó 25 vecinos, de los cuales solamente la mitad eran encomenderos.

Es interesante anotar aquí los datos que nos ofrece el Dr. Castillero Calvo sobre las encomiendas que se habían establecido en la región pariteña, parte integrante de la geografía de la península de Azuero; allí los indígenas criaban cerdos y gallinas y tenían cultivos de melones, caña de azúcar, frijoles y maíz bajo la dirección de estancieros españoles; como podemos darnos cuenta, estos productos agrícolas eran de origen precolombino, menos la caña de azúcar que fue introducida en América por los españoles; además, la cría de animales domésticos se encontraba ya presente en nuestro medio; entre ellos: el ganado vacuno, equino, porcino, ovino, cabrío, que fueron introducidos también a nuestro Continente por los conquistadores. En cuanto a la introducción de ganados en las nuevas tierras de América, Charles F. Bennet, ha dicho:

De significación fue la introducción de animales en el Istmo a principios del siglo XVI. Aunque, aparentemente, se experimentó con un número de especies domesticadas de animales, pronto se hizo evidente que el ganado vacuno y los caballos eran lo que mejor podían sobrevivir en las condiciones físicas del Istmo. Los cerdos también se criaban, como en el presente, pero eran de importancia limitada. En la primera parte del siglo XVII, la cría de ganado de carne estaba bien desarrollada en varias partes del Istmo al sur de la sierra...50

Entre las encomiendas establecidas en la región pariteña, antiguo territorio del cacique Antataura, el citado historiador nacional habla de la encomienda de Rodrigo de la Gala, uno de los primeros colonos de la Alcaldía Mayor de Natá:

Los indios que fueron depositados a su favor sumaban unos 25 y pertenecían en su mayoría al cacicazgo de Tabarabá, aunque había otros procedentes de los cacicazgos de París y Quema. Alonso poseía, además, varios indios esclavos de Nicaragua y tres negros. Asimismo, tenía en explotación tierras en Pacora, Escoria y Parita.51

En la cita precedente es importante destacar que ya para esa época estaban presentes en la región sabanera los esclavos africanos. La llegada de este elemento foráneo a nuestro Istmo iba a iniciar un cruce genético y cultural que trajo como consecuencia un mestizaje trihíbrido que, a la postre, todavía es una de las características esenciales de la sociedad panameña actual. Por otro lado, el emplazamiento urbano de Natá seguía las reglamentaciones indianas para la fundación de ciudades, las que habían sido entregadas a Pedrarias en 1513. Este estaba provisto de abundantes aguas, para un mejor desenvolvimiento de las actividades agropecuarias; de tierras arcillosas para la confección de vasijas, ladrillos, baldosas y tejas, para las labores domésticas y para la construcción de viviendas; de leña para cocinar los alimentos y “quemar” los productos de cerámica; de bosques para extraer maderas para la construcción de casas, embarcaciones y sistemas defensivos, y de abundante agua potable para las necesidades biológicas.

Estos colonos, procedentes de varias regiones de la península Ibérica y de las islas Canarias, comenzaron de inmediato a introducir en el Panamá central una serie de artesanías propias de sus regiones de origen. Estos conocimientos prácticos los habían heredado de los diferentes grupos étnicos que habían poblado la península durante milenios, entre ellos: celtas, iberos, fenicios, cartaginenses, judíos, romanos, godos, visigodos, moros, entre otros, quienes, a la postre, formaron el sustrato biológico y cultural del pueblo español. Entre las nuevas técnicas y materiales que introdujeron a nuestras tierras estuvieron: nuevas estructuras para la construcción de viviendas y el uso de la teja para cubrir los techos, de indudable origen moro; la roturación de los campos de cultivo, por medio del uso del arado tirado por tracción animal; la molienda de caña de azúcar, por medio de los trapiches movidos también por medio de la tracción animal como el caballo o el mismo ser humano; el uso de herramientas metálicas en la carpintería, la ebanistería, entre muchas otras; nuevas técnicas de fabricación de cerámica, la introducción del torno y el vidriado; la utilización de nuevas técnicas piscatorias, como el uso del trasmallo, el chinchorro y la atarraya; así como la introducción de especies botánicas y zoológicas.

Es indudable que durante los primeros años del coloniaje español las poblaciones fundadas no pasaron de ser simples emplazamientos urbanos, donde prevalecieron los tipos de viviendas típicas del grupo aborigen, construidas con materiales vegetales, que el medio natural proveía en abundancia. Tomemos como ejemplo el caso del primer encuentro entre Pedrarias y Balboa, en Santa María la Antigua del Darién, en 1514, reseñado por Fray Bartolomé de las Casas de la siguiente manera:

Llegado el criado de Pedrarias al pueblo, preguntó por Vasco Núñez; dijéronle: ‘Veislo allí ‘, el cual estaba mirando y ayudando a los que tenía por esclavos, que le hacían o cubrían de paja una casa, vestido de una camisa de algodón o de anjeo sobre otra de lienzo, y calzado de unas alpargatas los pies, y las piernas unos zaragüelles.52

Años más tarde, las autoridades españolas recomendaron a los colonos que construyeran los edificios de carácter civil, militar y eclesiástico y las viviendas particulares, con materiales menos perecederos. Así, la piedra fue el material más usado en los lugares fríos; y en las regiones tropicales fueron de uso general las casas de paredes de tablas, adobes, quincha, ladrillos, con la estructura de madera del techo cubierta de tejas, siguiendo patrones arquitectónicos de indudable influencia morisca. La demora en construir los edificios y viviendas con el tipo de materiales que especificaban las nuevas instrucciones, se debió, de manera evidente, a la falta en las Indias de mano de obra especializada en los trabajos de tallar los sillares, de los albañiles y los carpinteros. Por ejemplo, los inmuebles propios de las iglesias de las poblaciones de Parita, Los Santos y Las Tablas, hechos con paredes de cal y canto, pertenecen ya al siglo XVIII. Ello se debió, posiblemente, a la falta de alarifes o de medios económicos para levantar con estos materiales sus fábricas, durante los siglos XVI y XVIII.

A pesar del pomposo título de ciudad, nos imaginamos que Natá, en sus inicios, no pasó de ser un modesto villorrio, con bohíos de raigambre netamente precolombina. Así, pues, como las demás ciudades fundadas en América, en los inicios de la colonización, pasados algunos años es cuando:

se recomendará a los vecinos construir sus casas de piedra u otro material permanente, para dar estabilidad y continuidad a la ciudad, pero las viviendas, por lo general, seguirán careciendo de comodidad y belleza, serán simples construcciones con techos, puertas y ventanas, generalmente de un solo piso con patio y anexos. El mismo aspecto tendrán comercios, tiendas y ventas edificados en la plaza o en sus cercanías. Por mucho tiempo el grueso de las transacciones se realizarán al aire libre, en mercados y ferias semanales, donde el indio de los alrededores, por cuenta propia o ajena, será el principal vendedor.53

Las autoridades coloniales determinaron abolir las encomiendas en el Reino de Tierra Firme en 1558, tras la promulgación de varias disposiciones legales al respecto; entre ellas la Real Cédula de 22 de febrero de 1549, que culminó en la célebre Provisión de Cigales, del 21 de marzo de 1551, la cual realmente implantó la medida abolicionista. A su vez, todas estas disposiciones estaban respaldadas por la promulgación de las Leyes Nuevas de 1542, que declararon al indio persona libre y vasallo de la Corona. En este acto se advierte claramente la influencia del pensamiento dominico. La abolición de las encomiendas y de la esclavitud aborigen provocó los alzamientos de los encomenderos en el Perú y Nicaragua; en el Perú, tenemos a Gonzalo Pizarro, hermano del conquistador del Imperio Incaico y en Nicaragua, a los hermanos Contreras, nietos de Pedrarias Dávila. Estos movimientos pusieron en grave peligro la estabilidad política del Istmo.

La desaparición física del indio en el territorio de la Alcaldía Mayor de Natá se había tornado alarmante, por lo que se consideró necesario el reemplazo de la encomienda por la introducción de esclavos procedentes del África, como dijimos anteriormente. En la región de la ruta, la presencia de indios era casi inexistente, razón por la cual en 1540 se habían introducido en ella cerca de 600 indios procedentes de Venezuela. En Nombre de Dios la encomienda ya había desaparecido para esa época.54 La Real Cédula de 22 de febrero de 1549, ya citada, se promulgó de manera general para todos los dominios de la Corona en el Nuevo Mundo y proveía la supresión de los siervos personales de los indios. El 4 de septiembre de ese año de 1549, en Real Cédula dirigida al gobernador Sancho Clavijo, la Corona expresaba su desconformidad porque no se habían acatado las disposiciones legales de las Leyes Nuevas. La Provisión de Cigales reiteraba estas reglamentaciones y suprimió la encomienda en la Tierra Firme, de cuya aplicación se preocupó el propio Clavijo.

Los vecinos de Natá trataron por todos los medios de suspender las disposiciones reales que abolían tal régimen; así, en 1551, enviaron un memorial a la Corona en ese sentido, a los que ésta no le dio cabida. Álvaro de Sosa sucedió a Sancho Clavijo como Gobernador de la Tierra Firme a inicios de 1555. Entre sus primeros actos de gobierno, éste:

Procedió a liberar a los indios esclavos que habían sido traídos a la fuerza en los primeros años de la conquista desde Santo Domingo, Cuba, Nueva España, Nicaragua y otros lugares, tales como del vecino territorio de Urracá.55

En 1558, el gobernador interino Juan Ruiz de Monjaraz, acompañado del fraile dominico Pedro de Santa María, procedieron a llevar a la práctica la abolición de las encomiendas, dentro de la jurisdicción natariega, y a reducir a la menguada población indígena, que estuvo calculada para la época en 500 ó 600 almas, en las poblaciones de Olá, Parita y Cubita; la primera de ellas, ubicada en la actual provincia coclesana y las dos restantes, en la península de Azuero; Parita a orillas del río del mismo nombre y Cubita, en las riberas del actual río La Villa. La Corona española, para recompensar a los colonos natariegos por la pérdida de la mano de obra indígena, les ofreció entonces la garantía de la conquista del territorio del Ducado de Veraguas, perteneciente a la familia del Almirante Cristóbal Colón. En 1556 ya ésta había renunciado a esa gran propiedad, mediante una renta anual de 7.000 ducados.

La conquista del territorio veragüense, ubicado al occidente de la jurisdicción de la Alcaldía Mayor de Natá, había sido permitida desde 1550, cuando se levantaron las prohibiciones en el sentido de adelantar “entradas” a los territorios de los aborígenes. Debemos consignar aquí también que en esta región no se había abolido el régimen de la encomienda, por lo que esto resultó un acicate para traer hacia ella la colonización, por parte del elemento hispánico. De inmediato, los natariegos, despojados de la mano de obra indígena, dentro de la jurisdicción, emprenden las “entradas” al territorio veragüense, comandados por Francisco Vásquez, antiguo encomendero de la ciudad coclesana; éstos se establecen en el área montañosa de esa región, donde fundan la población de Santa Fe, camino hacia las minas de la Concepción, y en La Filipina, en la región costera, buscando siempre las facilidades portuarias, que debían establecerse según las instrucciones dadas a Pedrarias en 1513. Otro grupo de encomenderos se dirige hacia el sur de la Península de Azuero para desenvolver allí sus actividades económicas; entre ellas, la ganadería y la agricultura extensivas, pero con el oculto propósito de aprovecharse de la mano de obra indígena reducida en Cubita, a orillas del río del mismo nombre, o río de los Maizales, como los nombró Espinosa.

A los colonos que emigraron de las tierras coclesanas a las sabanas azuerenses se les había prohibido terminantemente la fundación de ciudades; a pesar de ello, un grupo de colonos natariegos y habitantes de Parita, Cubita, Mensabé y Guararé decidieron eregir un núcleo poblacional a orillas del río Cubita, al que denominaron Los Santos, porque su fundación se realizó el 1° de noviembre de 1569, día de tal advocación religiosa. Sin embargo, el acto de fundación santeño, a espaldas de las autoridades natariegas, mereció el siguiente comentario de Castillero Calvo, estudioso de este hecho histórico:

En verdad que la provocación santeña no podía menos que tomarse con natural escándalo, aun exhibiendo un carácter menos violento que el del alcalde ordinario; de seguirse la ortodoxia fundacional, en efecto, la iniciativa santeña supondría el inmediato cercenamiento de una porción territorial adjudicada a Natá desde que fuera fundada por Pedrarias, como en efecto ocurrió después... Esto significaba el surgimiento de un área vecinal competitiva en muchos aspectos, lo que se agrava en el caso santeño, considerada la feracidad de sus tierras y su creciente población; a esos recursos se agregaban, además, los varios centenares de indios libres de Parita y Cubita sujetos a su atracción e influencia natural desde muchos años atrás.56

La fundación inconsulta e ilegal del poblado santeño provocó la ira de las autoridades natariegas. Su alcalde ordinario, don Rodrigo de Zúñiga, armó un contingente y se dirigió hacia la región peninsular a revocar el acto fundacional y a detener a los infractores de las disposiciones legales. El enfrentamiento bélico no se hizo esperar. Este tuvo lugar en las riberas de una quebrada, tributaria del río La Villa, que recibió el nombre de uno de los fundadores: Ambrosio Rabelo. Los santeños llevaron la peor parte, ya que al ser derrotados, se les secuestraron sus bienes y se mandaron también a derribar sus casas recién construidas. Los cabecillas del movimiento fueron detenidos y llevados prisioneros a Natá.

Los santeños apelaron a la Real Audiencia de Panamá. Algunos años después esta institución en sentencia de vista revocó el juicio y la disposición del alcalde natariego en lo que atañe a los castigos impuestos a los cabecillas santeños del movimiento fundacional. Estos fueron penados con el destierro de las tierras de la jurisdicción natariega y el pago de una multa en metálico. La revocación a que hacemos referencia fue dictada en Panamá el 30 de enero de 1572. En septiembre de ese mismo año, la Audiencia, después de conocer el informe del Visitador General y Justicia Mayor del Reino, el Oidor Álvaro de Carvajal, sobre la importancia de reconocer el acto fundacional santeño, sentencia en grado de vista que se pueble dicho lugar y se le dé jurisdicción propia como las demás villas de los españoles. Además se ordena que el nuevo poblado tenga condición de villa.

El emplazamiento de la nueva ciudad, en las vegas fluviales del río Cubita, que recibiría posteriormente el nombre de La Villa de Los Santos, presentaba inmejorables condiciones ecológicas para un buen desenvolvimiento del incipiente núcleo poblacional, apegándose a los requerimientos que, para tal fin, disponían las disposiciones reales. Al iniciarse las actividades mineras al norte de Veraguas, Natá y Los Santos comenzaron a proveer de carne a las poblaciones dedicadas al laboreo del metal áureo, en especial a la naciente población de La Concepción. Posteriormente, la villa santeña iba a sobrepasar en producción agropecuaria a su rival Natá.

La región azuerense comienza a saturarse entonces de pequeños núcleos familiares dedicados a las labores agropecuarias; en ellas, el excedente se colocaba en los mercados de la capital y las poblaciones veragüenses; pilares de esta economía serían la pequeña familia nuclear hispánica, indios a jornal procedentes de Cubita y algunos pocos esclavos negros.

Desafortunadamente, no hemos encontrado ninguna referencia documental que nos dé una idea de la apariencia física de la villa santeña en las primeras décadas de su fundación. Posiblemente, los hacendados, burócratas, militares y religiosos, quienes constituían el ápice de la pirámide social, ocuparían los solares privilegiados en torno a la plaza pueblerina, donde también se erigirían la iglesia y el cabildo santeño. Estas viviendas estarían construidas preferentemente con paredes de madera y techos con cubiertas de tejas. Las casas de negros e indios estarían ubicadas en los arrabales y sus patrones de construcción seguirían los patrones precolombinos.

Las diferencias sociales, enmarcadas dentro de un rígido sistema de castas, se reflejaban entonces en el lugar que ocupaban en la disposición urbana de las ciudades coloniales. Por ejemplo, en la ciudad de Panamá, los peninsulares y criollos habitaban las áreas preferenciales de la ciudad, aquélla que tenía un plano urbanístico definido, la que estaba frente al mar, por la tarde atemperada por las brisas procedentes de éste. Igual preferencia tenían los conventos e iglesias principales y los edificios del Cabildo y las Casas Reales; el resto de la población, aquélla que no pertenecía a los estratos superiores, se ubicaba en los arrabales de la ciudad, donde vivían en miserables chozas, construidas con elementos vegetales.

En 1575, Alonzo Criado de Castilla habló de Los Santos en la Sumaria Relación del Reino de Tierra Firme, de la manera que a continuación citamos:

A nueve leguas del dicho lugar de Natá está otro pueblo de españoles que ha poco que se pobló de los que agora están en él, que se dice la Villa de los Santos; tendrá cincuenta vecinos labradores, que con el maíz y el ganado que crían proveen a la ciudad de Panamá, porque cogen cada año más de treinta mil hanegas de maíz; gozan de buenas aguas y campos. Media legua deste lugar está un pueblo de indios que se dice Cubita, do están noventa o cien indios y son libres como los demás y pobres; ejercítanse en coger maíz y criar ganado.57

Es interesante anotar aquí que en el “Testimonio de Autos de la Villa de Los Santos en Suplicación de Mercedes”, se nos da una somera descripción de la iglesia del lugar durante las décadas finales del siglo XVI. La misma dice así:

Otrosí digo que la iglesia que está en la dicha villa es muy pequeña y por ser de madera y paja se está cayendo y en ella se celebran los divinos oficios con mucha indecencia y por no tener fábrica no se podrá hacer en la forma que comúnmente se fabrica que es de tabla y tejas y los vecinos, por ser tan pobres, no pueden socorrer con limosnas para la dicha fábrica y si no se hiciese se despoblaría la dicha villa.58

En ese documento también se hace mención de la existencia, en la villa santeña, de un hospital. Al respecto, Francisco Domínguez Compañy habla sobre la existencia de la institución hospitalaria en las primeras décadas del coloniaje español en América:

Casi todas las ciudades de españoles tuvieron, desde muy temprano, su hospital, que algunas veces era una de las mejores construcciones, hasta el punto de celebrarse entre sus muros misas y reuniones del Cabildo... la ley vendrá más tarde a confirmar esta práctica humanitaria y las Ordenanzas de Población de Felipe II primero y las Leyes de Indias, después, por leyes que se remontan a 1541, dispondrán con “especial cuidado se funden hospitales en todos los pueblos de españoles e indios ‘donde sean curados los pobres enfermos y se ejercite la caridad cristiana.’59

Es importante también anotar aquí que el Testimonio de Autos también nos consigna la introducción del uso del arado en la región azuerense, tirado éste por bueyes y caballos, aunque no especifica de qué clase de arado se trata, pero que pudo ser el conocido como arado dentado, de uso en los pueblos mediterráneos; además, el documento nos habla del cultivo del trigo en la región, cuyo clima, como sabemos, no es apto para la producción de tal especie; además, se producía maíz, frijoles y arroz; con respecto a lo último, esta es la primera evidencia documental sobre su cultivo en el Istmo.

Hacia 1589, cesa la producción minera en el norte de Veraguas, específicamente en los filones de La Concepción. Esta situación produjo el colapso de la economía agropecuaria en Natá y Los Santos. Esta paralización de las actividades comerciales trajo como consecuencia que la población ubicada en ellas se dispersara hacia el sur de Veraguas, donde se fundaron las poblaciones de Montijo, Remedios y Alanje. La migración de santeños también se iba a producir hacia el interior de la Península que le va a dar la fisonomía cultural propia de las regiones rurales de ella: la dispersión campesina y su pulverización en pequeños núcleos poblacionales que, en la mayoría de los casos, están conformados por una sola familia extendida. Otra de las características esenciales de este período es la acentuación cada vez más progresiva del mestizaje étnico y de la afirmación de la sociedad de castas.

Diego Ruiz de Campos, en 1631, nos deja una relación completa de las costas panameñas del Mar del Sur y se refiere a la región azuerense, con especial referencia a los pueblos que en ellas existían. Es interesante anotar que describe con gran cuidado los árboles que existían para la época en las márgenes del río Parita y la fabricación de naves que en ellas se efectúan; describe también dicha población como pueblo de indios que se dedicaban a la ganadería y a las prácticas agrícolas. De inmediato el oidor Ruiz de Campos describe la Villa de Los Santos de la siguiente manera:

Cubita, que por otro nombre se llama Villa de Los Santos, es el mayor pueblo de españoles que hay en la jurisdicción desde la ciudad de Panamá en la costa del Mar del Sur, tendrá hoy cien vecinos y en ella se junta y recoge la mayor cantidad de maíz que se trae a la dicha ciudad de Panamá, porque lo traen de muchos pueblos de indios que hay cercanos y lo compran para grangerías vecinas de la dicha villa que tienen dineros y es lo que cada año se junta y se trae a Panamá de ocho mil fanegas con el cual se sustentan todas las recuas de mulas que trajinan a Puertobelo, porque sin él no fueran de provecho y asimismo se sustentan con ello los negros que andan con las dichas recuas y los demás que hay de servicio en esta ciudad que son muchos y todo el tiempo del año siempre los barcos van trayendo maíz. En esta Villa de Los Santos se cría y hay la mayor parte de ganado vacuno de todo este distrito y dél se compra y trae para todos que hay y la que todos los años entra y sale, que es mucha.60

En un Memorial de Agravios de los vecinos de Veraguas, fechado en 1632, se nos presenta la villa santeña también como una de las poblaciones mayores del Reino de la Tierra Firme y con una cantidad de cerca de noventa vecinos, cuyas viviendas, en su gran mayoría, estaban techadas de tejas. Las actividades económicas principales eran la ganadería y la agricultura; además, se consigna la información sobre el reducido número de esclavos, debido al alto precio que tenían las piezas del África.61

En 1630, Fray Antonio Vásquez de Espinosa, en el Compendio y Descripción de las Indias Occidentales, dice que Natá era una población pequeña poblada por españoles e indios. Con relación a Parita y la Villa de Los Santos, dice:

Ocho leguas adelante [de Natá] está la villa de los Santos, población de doscientos vecinos españoles, muy abastecido y regalado, junto a él el pueblo de Parita, que todos los indios hablan la lengua española, habiendo olvidado la natural y materna.62

Para el conocimiento histórico del Panamá central es de vital importancia conocer la relación geográfica que nos dejó sobre Panamá el Obispo Pedro Morcillo Rubio y Auñón. Escrita en mayo de 1636, en ella dejó una descripción detallada de la mayoría de los pueblos del Istmo, señalando el número y forma de ellos. El documento fue encontrado en el Archivo de Indias por el historiador nacional Carlos Manuel Gasteazoro y publicado en la Revista Lotería en 1958; además de su valor histórico, el escrito tiene un gran interés etnográfico y social. En cuanto a los pueblos de nuestra región peninsular y con respecto a la Villa de Los Santos realizó la siguiente descripción:

La Villa de los Santos, población de españoles, está bien poblada y situada de casas, todas de teja; compónese de dos calles bien largas y otra que sale de la plaza, tira como hacia la costa del mar; habrá en toda la dicha población hasta doscientas casas, y en todo su vecindario, cincuenta familias de españoles, todos los demás, de gente de color de toda especie, porque hay mestizos, cuarterones, mulatos, sambos y negros; es mucho el gentío que hay repartido en toda aquella jurisdicción; viviendo en los montes, así en el sitio de Pesé, como en el de Las Tablas y Pocrí, donde tienen ermita y oyen misa...Es muy pobre la gente de esta jurisdicción; sólo se contentan con tener plátanos y maíz; con que sustentarse; crían muchos cerdos y gallinas que traen a vender a esta ciudad y otros efectos comestibles, que si fuera gente aplicada al trabajo, pudieran tener mucha calidad, pero comúnmente la gente de este reino es muy dejadiza y floja, y se contenta con tener plátanos, maíz, un pedazo de tasajo que comer y no aspiran a más.63

Acerca de la población de Parita, el Obispo dijo que para la época ya había dejado de ser una población de indios, ya que, por motivos de un levantamiento de éstos, se habían llevado allí cerca de ocho a diez familias de españoles procedentes de La Villa de Los Santos; es importante destacar que debido al mestizaje biológico y cultural que se produjo en el pueblo, éste se había llenado de mestizos y solamente quedaban veinte ó veinticinco aborígenes.64

Durante la segunda mitad del siglo XVIII, la región se incorpora al contrabando, que había alcanzado, para ese período, proporciones escandalosas en el Istmo. Este comercio ilícito utilizaba la ruta del río Coclé del Norte, desde 1776, cuando un rico comerciante de la capital logró pasar, a través de esta ruta, las mercancías de una balandra holandesa y sin ninguna dificultad logró transportarla por la vía marítima hasta las costas del Virreinato peruano. El centro de esta actividad ilegal fue el propio pueblo de Natá, donde los contrabandistas poseían un cuartel general; desde allí se introducían mercancías, procedentes de Jamaica, a todos los pueblos circunvecinos, entre ellos Parita y La Villa de Los Santos. El comercio ilícito fue la única forma de despertar la aletargada economía ístmica, paralizada por la suspensión de las Ferias de Portobelo y la supresión de la ruta Panamá, para el comercio entre la metrópoli y sus colonias de la América del Sur. En 1751 se suprimió también la Audiencia de Panamá; este hecho, concatenado con los anteriormente señalados, trajo la ruina económica del Istmo, de la que no saldría hasta el período de la California, al iniciarse la segunda mitad del siglo XIX.

Hacia 1655, el gobernador Miguel Montiano envía un informe al Virrey de Santa Fe en el que ofrece información importante de nuestra región de estudio. Señala que, aparte de Los Santos y Natá, que eran pueblos importantes, había otros más pequeños donde existían ermitas, tales como Santa María, Pesé y Santa Liberata; además, reseña que en comparación con Natá, en la Villa de Los Santos había más movimiento comercial, donde también se producían carnes, quesos, que eran vendidos en Panamá; había también un reducido número de trapiches para la fabricación de melaza y raspadura; agregaba que los habitantes eran pobres, dedicados al cultivo del maíz y los frijoles y a la extracción de maderas para adornar sus viviendas; y que las mujeres se dedicaban a las labores de aguja y a la fabricación de cerámica.65

Hacia 1775, el Obispo de Panamá, Fray Francisco de los Ríos y Almengor dejó testimonio de una visita pastoral llevada a cabo en la región de Azuero; así reza el citado documento:

Respecto a Los Santos nos informa que tenía una ‘Casa de Hospital’, cuya renta era apenas de 170 pesos. Otra ‘casa’ semejante había en Parita. Entonces se procedió a reedificar la iglesia de la Villa a base de madera labrada, para lo cual el Obispo asignó de sus rentas ‘cien fanegas de maíz anuales’.66

En 1790 el presbítero Juan Franco nos da noticias acerca de la ciudad de Panamá, con motivo de las celebraciones de las fiestas de San Juan y San Pedro; allí nos dice que en los pueblos del interior la costumbre de correr a caballo durante estas festividades es más corriente. Esta tradición se ha conservado en varios pueblos de Azuero, en especial en Chitré, Monagrillo y La Arena, y el testimonio al respecto, segun ese religioso señala:

Los hombres son muy aficionados a montar a caballo y tienen vanidad de saberlos llevar mejor que los españoles, como regularmente es cierto, por el mucho uso que tienen. En los días de San Juan y San Pedro los traen a la ciudad, y las personas de todas clases corren parejas dentro y fuera de ella con grandes apuestas que hacen al que más se aventaja. Regularmente en estos casos corren los caballos de una vez más de un cuarto de legua, montados a pelo, por muchachos de siete u ocho años y de igual peso cuya habilidad admira. En el interior del reino es más frecuente este método.67

En otro orden de cosas, en los años postreros del período colonial, advertimos que en nuestra región peninsular existía una muy pequeña cantidad de personas dedicadas a la albañilería y éstos no eran muy prácticos en este arte, en especial en la construcción de la fábrica de edificios de cal y canto. El caso fue que para 1802 un fuerte movimiento sísmico azotó a la región peninsular, afectando la estructura de la iglesia parroquial de Santa Librada, en Las Tablas; pero de inmediato se inició la reconstrucción por parte de los vecinos. Sin embargo, en 1819, en visita pastoral a la población por parte del Obispo de Panamá, Fray José Higinio Durán y Martel, éste dejó constancia, en el acta respectiva, de la inminente ruina que mostraba el templo, ya que el arco toral se encontraba desprendido y las paredes completamente destruidas. Lo que más nos llama la atención es la salvedad que hizo esta alta dignidad eclesiástica en el sentido de que el estado lamentable de conservación de dicho inmueble se debía al poco conocimiento de albañilería que tenían los maestros de obras o alarifes tableños de esa época. Así se expresó el Señor Obispo en el acta referente a su visita pastoral:

Hemos visto por Nos la iglesia de este pueblo, con gran dolor de su inminente ruina, por hallarse el arco toral desprendido y destruidas las paredes principales; así como su campanario; conociendo haber sobrevenido este gran defecto, no tanto y sólo por los temblores de tierra, como del poco conocimiento del abañil en haberla cimentándola con falsedad y viendo igualmente que de nada han servido los estribos que se le han puesto por la parte exterior.68

En 1812, Juan Domingo de Iturralde nos ofrece, en sus Noticias Relativas al Istmo de Panamá, descripciones sobre la región central del Istmo, donde está incluida nuestra región de estudio; contiene esta obra una valiosa información sobre las diversas actividades económicas que allí realizaban sus pobladores. Para esa época, según el citado autor, a inicios del siglo XIX la jurisdicción de la Alcaldía Mayor de Natá se iniciaba en la barranca de Chame, con la que limitaba con la provincia de Panamá, continuaba por las sabanas del Pacífico y por la Cordillera Central hasta el río Santa María, con la que limitaba con la de Santiago de Veraguas. Todo ese territorio comprendía cerca de 22 leguas. Luego, a la izquierda del río Santa María, en dirección meridional, estaba ubicado el partido de Los Santos, que pertenecía a la misma jurisdicción natariega, hasta llegar a Morro de Puercos, en el valle de Tonosí, que tenía una extensión de 30 leguas. Dentro de la Alcaldía Mayor de Natá estaban incluidas, entre otras poblaciones: Parita y Ocú, pobladas por gentes libres; La Villa de Los Santos, con cabildo de españoles y su población compuesta por gente también libre; Pesé, Santa Bárbara del Monte (Las Minas), Las Tablas, Macarcas, Pocrí y Pedasí, que eran pueblos menos importantes.

En todas las tierras de la Alcaldía Mayor de Natá se criaba ganado vacuno, tanto para el consumo local como para su venta en Panamá y Portobelo; también se mandaba, a las poblaciones mineras de Veraguas, carne salada y esquilmos de queso; se criaba también ganado caballar para las necesidades de sus propias poblaciones, como también para enviar a Panamá; el ganado de cerda surtía las necesidades locales y se enviaba salado y en pie a Panamá, Chagres y Portobelo. La región también producía, según Iturralde, mieles, aguardientes y azúcar del país; en Los Santos se daba el cultivo del algodón y se extraía madera de níspero, que se enviaba a la ciudad de Panamá para ser usada en la construcción de viviendas; dicho autor nos brinda también valiosa información sobre algunas artesanías, a las que se dedicaban los moradores de la villa santeña:

Hacen los habitantes del partido de la Villa de Los Santos algunos lienzos de algodón ordinarios que gastan los labradores, algunas medias y trencillas de algodón que difunden por todo el Istmo, teja y ladrillo con que proveen a Panamá, igualmente que otros varios objetos de poca consideración.69

Finalmente, el 10 de noviembre de 1821, los comuneros más relevantes del partido de Los Santos, reunidos en la casa del Cabildo de la villa, declaran rotas las cadenas que los habían unido, durante casi más de trescientos años, al Imperio Español. A este histórico hecho se le conoce como el “Grito de la Villa”, y constituye el ejemplo prístino de la vocación de libertad del pueblo azuerense. La historia regional, durante el siglo XIX, se va a caracterizar por la luchas intestinas entre las nacientes ideologías políticas: liberales y conservadores. Hacia inicios de la segunda mitad de esa centuria, este antagonismo hace crisis, con los enfrentamientos entre los Guardias y los Goytías que, aunque de origen pariteño, iban a involucrar a la cabecera provincial: la Villa de Los Santos. Don Víctor Florencio Goytía, descendiente directo de una de las familias antagónicas, dice al respecto:

fue Los Santos la cuna del liberalismo en oposición a Veraguas, asiento de familias tradicionalistas, conservadoras, respetuosas en extremo de la autoridad y su secuela de jerarquías, especialmente clericales, cuyos extensos latifundios requerían del trabajo esclavo, apenas conocido en Azuero, por ser el sistema laboral imperante. Modalidades diametralmente opuestas en regiones vecinas tuvieron que provocar las primeras luchas en el Istmo, que por extrema ironía reciben el nombre de Guerras de Familia.70

En 1856 se inician en la región azuerense levantamientos campesinos contra la corrupción administrativa de las autoridades locales y las injusticias por la imposición del régimen tributario.

Durante el período colonial, hasta iniciarse la primera mitad de la decimonona centuria, la economía propia de la región azuerense estuvo basada en las faenas propias de la ganadería y la agricultura extensivas, autosuficientes y de subsistencia, pero con un excedente de producción que se destinaba a la venta en la región de la ruta y las poblaciones mineras de Veraguas; artesanías tales como objetos de barro y lienzos y trencillas de algodón, propios de los telares rústicos y las labores de aguja también eran dedicados al intercambio comercial. Se desarrollaron industrias caseras, cuya venta suplía también la adquisición de otros bienes de consumo; así los trapiches producían el guarapo necesario para hacer melaza, aguardientes y azúcar del país; artículos de cuero curtido y crudo, como sillas de montar y zurrones; fabricación de sebos y jabones; carne seca y salada; objetos de barro, tales como vasijas de cerámica de uso doméstico, tejas, ladrillos y baldosas; extracción de maderas para construcciones diversas; cría de aves de corral y producción de huevos; objetos de cesterías, jabas, canastas, motetes, aguaderas, entre muchos otros.

Al culminar la década de 1840, se iba a iniciar en el Istmo un período de bonanza económica debido a varios hechos históricos que se conjugaron. La introducción de la navegación a vapor en el Istmo y el establecimiento de varias líneas marítimas comerciales que incluyen a nuestro país en sus itinerarios; además, tenemos los descubrimientos auríferos en California en 1848 y la consecuente construcción del primer ferrocarril transístmico americano por la región de la ruta, en Panamá. Con ellos se da inicio a una intensa economía de mercado en el Istmo, que iba a determinar nuestra inclusión en un tipo de economía capitalista. Así lo explica el sociólogo azuerense Milcíades Pinzón Rodríguez:

Precisamente la inserción panameña en la economía mundial es producto de acontecimientos ligados a ese rol histórico; tales son los casos del ferrocarril transístmico, el canal francés y el canal norteamericano. Secuela de ellos es la estructuración de un mercado de consumo en la zona de tránsito y, a largo plazo, el desarrollo de una economía macrocefálica que se asienta en la zona de tránsito.71

Este período de bonanza económica coincidió también con la abolición de la esclavitud en la Nueva Granada, a partir del 1° de enero de 1850; pero no fue hasta 1852, durante la gestión gubernativa de don José de Obaldía, cuando se les dio definitivamente la libertad a los negros en el Istmo.

Con respecto a nuestra región peninsular, el régimen esclavista era para la época casi inexistente, según se desprende de afirmaciones del Gobernador de la Provincia de Azuero, Antonio Baraya, a la Cámara Provincial, en sus sesiones ordinarias de ese año de 1852, que al respecto dice:

En esta provincia, en el tiempo transcurrido desde enero citado, no ha habido necesidad de practicar ninguna de las diligencias de que hablan los artículos 2°, 3°, 4°, i 5° de la Ley de 21 de mayo mencionada, lo que prueba que los pocos esclavos que existieron en años anteriores fueron manumitidos o libertados.72

Hacia 1852, el intercambio comercial entre nuestra región azuerense y la capital estaba todavía basado en los productos tradicionales reseñados anteriormente. Así nos lo demuestra Felipe Pérez, en su obra Geografía de Panamá, que data de esa época, al decirnos que la región peninsular producía cerámica o loza, cebollas, y dulces que comerciaba con la región veragüense; de ésta se enviaban a la región santeña maíz, arroz, frijoles y ganado vacuno gordo; los criadores de ganado de nuestra región enviaban a Panamá cerdos, caballos, cabras y mulas.

En la misma se nos ofrece valiosa información sobre diferentes pueblos de la provincia, entre ellos, Macaracas, que estaba localizado entre los ríos La Villa y Estibaná. Era un lugar sano, que se dedicaba a la cría de ganado vacuno y de cerdos; Parita producía maíz, yuca y ganado de cerda; en Pedasí, al sur de la península, existían muchas piaras; Pesé estaba ubicado en un llano, cerca de Ocú y se dedicaba a la cría de ganado vacuno, porcino y cabrío. Con relación a la Villa de Los Santos, este autor nos dice:

Los Santos, antigua capital de la Provincia de Azuero, con casas de teja i sin nada particular, si se esceptúa la iglesia parroquial, que es buena. Es sano, i está situado en un llano junto al río de la Villa, cerca del golfo de Parita. Era villa en tiempo de la colonia, i por haber sido la primera en dar el grito de independencia contra la metrópoli, se le concedió el título de heroica ciudad. Su terreno es fértil i surte de provisiones a muchos puntos del Estado. Se crían en sus campos ganados como en Natá, i hai en sus cercanías una salina pequeña. Habitantes 6.223; metros sobre el nivel del mar 24; temperatura 27°.73

Hacia 1867, la comercialización de diversos productos entre la región de las sabanas occidentales del Istmo y la capital del Estado soberano de Panamá, determinó el inicio de la navegación a vapor entre estas dos regiones. Ese año,los hermanos John y Henry Shubert, de nacionalidad norteamericana, fletaron el vapor Montijo para el transporte de ganado en pie, ya que se dedican al comercio de ganado vacuno en gran escala; posteriormente, fletaron dos vapores más, al intensificarse este lucrativo negocio. Posteriormente, el señor Marcus Kelly, de la misma nacionalidad y agente de la firma Arosemena Hermanos, inició el comercio, por medio de vapores, entre el Istmo y la República de Costa Rica.74

El negocio del ganado vacuno, uno de los rubros económicos más importantes de Azuero desde los tiempos coloniales, se incrementó en las décadas posteriores; por ello se introduce en el Istmo el pasto forrajero, entre el que encontramos la “faragua” (Hyparrhenea rufa) y la “pará” (Panicum spp.). Este nuevo tipo de alimentación herbácea fue sustituyendo paulatinamente a los pastos naturales, en muchas regiones del Istmo. Al iniciarse los trabajos de construcción de la vía transoceánica, por parte de los franceses, en la década de 1880, el precio del ganado se cuadruplicó, debido a la alta demanda de este producto cárnico. Ya para esa época, se inició la introducción del alambre de púas, para cercar los potreros, que iría reemplazando a las cercas de fajina o piñuelas. A pesar del incremento de las actividades mercantiles en nuestra región de estudio, durante la segunda mitad del siglo XIX y su inclusión consecuente dentro del marco de una economía capitalista, el acendrado ethos tradicionalista que caracterizaba a los estratos campesinos y los estratos pueblerinos azuerenses, los primeros no produjeron mayores cambios en las características culturales de los últimos. Uno de los elementos que no se desquiciaron por la penetración cultural o el proceso de aculturación fueron las estructuras arquitectónicas de la vivienda tradicional y el plano urbano de los principales pueblos, además de los métodos seculares de construcción, que se practican en toda nuestra región. Por ello, Belisario Porras, en una descripción de su pueblo natal —Las Tablas— a mediados del siglo pasado, lo describe de la manera siguiente:

Las casas de mi pueblo son todas de buenos pilares y barrotes de cedro amargo, tejas del país, con paredes de cañas y barro mezclados con paja y luego repelladas con cal. Todas tienen patios y en ellos árboles frutales, nísperos, naranjos, cerezos, tamarindos, ciruelas, guanábanas y calabazas. No faltan en ellos las palmas de coco que se cimbrean al viento como dando el saludo a los viajeros o a los hijos del lugar cuando vuelven a sus hogares.75

Otra de las características propias de la región azuerense, que aún estaba presente durante la segunda mitad del siglo pasado, era la dispersión campesina, que como sabemos, comenzó a estructurarse a partir del siglo XVI. Así la describe el propio Belisario Porras en El Orejano, escrito aparecido en el Papel Periódico Ilustrado, en Bogotá, en 1881:

Al establecer residencia fija, el orejano ha debido principiar, como todos los pueblos, por habitar las campiñas. Las casas de sus campos separadas unas de otras por huertecillos y grandes extensiones de terreno...76

Una de las características arquitectónicas de las casas azuerenses, durante esta época, hasta principios de siglo, fueron los amplios portales circundados por una balconada hecha con balaustres de madera torneada; este estilo prosperó tal vez para las viviendas en torno a la plaza lugareña, ya que dicho lugar era utilizado también para las corridas populares de toros, como es el caso de la plaza de la población de Parita, en la actualidad. Así que portales altos, a los que se accedía por medio de escalinatas, rodeadas de barandales de madera, permitían a las personas observar cómodamente las corridas y estar a buen recaudo de los valientes ganados criollos. Por ejemplo, la casa de la familia Barahona, abuelos maternos del Dr. Belisario Porras, estuvo situada, desde los tiempos coloniales, frente a la plaza tableña; ésta se mantuvo en pie hasta 1914, cuando se derrumbó por el mal estado de conservación que presentaba. En el relato de la salida del caudillo liberal de su pueblo natal, en 1871, para continuar estudios en Bogotá, él se refiere de la siguiente manera a los caballos que lo conducirían a tomar la embarcación en el puerto de Guararé:

Amarrados del balcón de mi casa, dos caballos piafaban sobre el empedrado.77

En uno de sus cuentos vernaculares, Belisario Porras también describe la vivienda del cura párroco de Las Tablas, en 1864, cuando tenía ocho años de edad, en la que se nos advierte el uso de balaustres de madera torneada para circundar el perímetro del amplio portal de las viviendas lugareñas. Así reza la descripción:

La casa era de las llamadas embarradas, con una puerta principal en el centro, una ventana a cada lado de ésta, y dos puertas más. Una a cada lado de estas ventanas. El portal estaba alto, defendido por balcón de balaustres labrados, para llegar al cual había necesidad de subir una pequeña escalinata de piedra de tres o cuatro peldaños.78

También es importante destacar, en este estudio histórico de la arquitectura vernacular en Azuero, el caso de la construcción de la casa solariega de la finca campestre del Dr. Belisario Porras Barahona, denominada El Pausílipo y localizada en el pequeño poblado de Las Tablas Abajo, en las cercanías de la playa de las Comadres. La construcción de este inmueble se inició en 1889 y concluyó en el año de 1890. La investigación histórica de la casona nos llevó a una detenida pesquisa heurística en varias bibliotecas y archivos nacionales, entre ellos: el Archivo Porras, en la Universidad de Panamá, el Archivo Nacional y el Registro de la Propiedad entre otros. Esta investigación nos permitió encontrar los contratos originarios para la construcción del inmueble, contratos para colocar cercas medianeras; documentos legales nombrando apoderados; documentos sobre préstamos pecuniarios para culminar la construcción de la casa y demás dependencias de la finca; el registro legal de toda la propiedad en 1895; planos y documentos sobre compra de terrenos entre 1916 y 1930; el resultado de esta investigación se objetivó en una publicación que se realizó gracias al patrocinio económico de la familia Porras.79 Además de los pormenores sobre la construcción de la vivienda campestre, que se realizó bajo contrato con artesanos especializados procedentes de la ciudad capital y a sueldo, los documentos nos dan información histórica sobre el uso de cemento romano en nuestra región, hacia la década de 1880, y la introducción de pastos mejorados y alambre de púas, en las fincas ganaderas de la región. La casa de El Pausílipo era de cal y canto, adobes y la estructura del techo era de madera, cubierta de tejas. La cocina era embarrada, según la costumbre del país; los pisos eran de madera y cemento romano marquillado; y una amplia balconada con varillas metálicas circundaba todo el perímetro del amplio portal.

Por otro lado, para una correcta comprensión de los cambios que se producirían en la vivienda vernácula, debemos considerar las transformaciones que se dan en Panamá a partir de la separación de Colombia en 1903. Recordemos que el 18 de noviembre de ese mismo año se firma el Tratado Hay-Buneau Varilla, sobre la construcción del canal interoceánico. En 1904 se inician los trabajos de construcción de la obra canalera, cuya culminación duraría exactamente una década. La actividad económica en el Istmo, paralizada desde la suspensión de los esfuerzos franceses por construir la vía interoceánica y de la funesta Guerra de los Mil Días, se inició nuevamente. Este impulso a las actividades mercuriales también se observa en el interior de la República y, por ende, en nuestra región peninsular.

Uno de los aspectos que iba a promover grandes transformaciones tecnológicas fue el del servicio de navegación de cabotaje, puertos de la región sabanera del Pacífico y la ciudad capital. Desde entonces se mejoran las facilidades portuarias y los servicios de transporte de mercancías secas, productos agropecuarios y pasajeros. Se genera un intenso intercambio entre mercancías foráneas o nacionales y productos del campo, tales como ganados de toda índole, aves de corral, huevos, cueros, aguardientes, alcoholes, productos agrícolas, sal marina, jabones, melaza, objetos de cerámica, cestería, entre muchos otros. Gran parte del transporte de estos productos se hacía mediante pequeñas embarcaciones de vela. Fue notorio el aporte de las minorías étnicas, en especial, europeos, mediterráneos, asiáticos y latinoamericanos en general, en el incremento de las actividades agropecuarias e industriales, en nuestra región peninsular.

Esta fue la época en que la faz arquitectónica de nuestros pueblos azuerenes comienza a cambiar, en primer lugar, por la misma acción gubernamental. Así, en la primera década del presente siglo, el Gobierno Nacional, en 1906, durante la administración del Dr. Manuel Amador Guerrero, se construyeron en la Villa de Los Santos, dos nuevos inmuebles, en el perímetro de su plaza mayor; destinados a ubicar allí las oficinas de la Gobernación y las instalaciones de la alcaldía municipal y la cárcel pública, dependencia de la Policía Nacional. Ambos inmuebles fueron construidos con cemento armado y techo cubierto de hojas de zinc acanalado. El edificio que ocupaban las oficinas de la Gobernación era de dos plantas. El piso alto, las divisiones interiores, las puertas y ventanas eran de madera importada de los Estados Unidos. El piso bajo estaba porticado. Sobre la estructura del inmueble se levantaba una torrecilla que guardaba el reloj público. El edificio de las dependencias alcaldicias tenía una sola planta y un portal con arquearías de medio punto. Estos fueron construidos por el ingeniero Juan Ángel Vicencini y su asistente Martín Vianet, ambos de nacionalidad francesa. En verdad, estos inmuebles rompieron la unidad arquitectónica de la plaza santeña, que se había mantenido dentro de los modelos de una sola unidad estilística, desde su fundación en 1569.

Posteriormente, los perímetros de las plazas principales de Los Santos y Las Tablas fueron rodeados de una verja metálica, denotando con ello la influencia de la arquitectura francesa, que había sentado sus reales en las ciudades terminales, desde la segunda mitad del siglo XIX. Así se inicia el calvario de nuestra arquitectura vernacular, que fue herida de muerte y cuya lenta agonía iba a durar varias décadas. El período de bonanza económica, que trajo aparejados los trabajos de construcción del canal interoceánico, iba también a acrecentar los haberes pecuniarios de los estratos sociales pueblerinos, en la región azuerense. Don Ángel Rubio, estudioso de la geografía ístmica, en su clásico estudio sobre la arquitectura rural en Panamá,80 distingue dentro de la realidad social del agro nacional, tres estratos sociales bien definidos:

1. El estrato indígena, que conserva aún viva su cultura precolombina. Su vivienda tradicional no ha sufrido muchos cambios durante las épocas. Tiene una economía de subsistencia.

2. El estrato netamente campesino, con habitat disperso en viviendas aisladas o aglomeradas en pequeños núcleos poblacionales, con una economía agrícola de subsistencia, marginada de la economía de dinero.

3. El estrato pueblerino o lugareño, que habita en una formación o aglomeración mayor y que se desenvuelve dentro de una economía monetaria, más comercial y con mayor base pastoral y agrícola.

En cada uno de estos estratos se presenta un tipo diferente de vivienda rural. En el primero, todavía está presente el bohío indígena de pura raigambre precolombina, como ya apuntáramos. En el segundo, debido a su pauperismo económico, encontramos la casa de paredes de pequeños troncos de madera (bajareque) y techo de materiales vegetales y la casa de paredes de quincha y techo del mismo material anteriormente señalado, o de tejas, pero de proporciones modestas. En el tercer estrato encontramos la casa de paredes de quincha y cubierta de tejas, casi siempre repellada y pintada, pero de mayores proporciones y, generalmente, con muchas puertas de madera, que abren hacia los amplios portales.

Sin embargo, ha sido en este último estrato pueblerino en el que se han producido los mayores cambios en la arquitectura de sus viviendas. Es un grupo muy receptivo a cualquier cambio del orden de lo económico, político, social, aunque no de tipo espiritual, como en el aspecto religioso, pues denota un claro clericalismo.

Durante ese período de las primeras décadas de existencia de la nueva República, se iba a acentuar también la propiedad privada de la tierra en la región azuerense, propiciada por los gobiernos liberales, en el poder desde los inicios de la segunda década del presente siglo; además, se advierte una progresiva comercialización de los productos agropecuarios y el nacimiento de una incipiente industria, que iba a estar en manos de las minorías étnicas, con una mentalidad más abierta a cambios de tipo económico. Así, el estrato pueblerino, enriquecido por las actividades económicas de los nuevos tiempos, por razones de prestigio social, generalmente, comienza a cambiar patrones arquitectónicos de sus viviendas y casas de comercio, para plegarse a estilos foráneos, que generalmente introducen maestros de obras de nacionalidad extranjera. Esta situación fue, a todas luces, contraproducente para la permanencia en el tiempo de una arquitectura vernacular, que tenía una tradición secular.

Por esta razón, se comienzan a introducir, a partir de la segunda década del siglo XIX, en nuestra región azuerense, en especial en las poblaciones de Chitré, Los Santos y Las Tablas, elementos arquitectónicos de nuevo cuño, tales como los inmuebles de dos y tres plantas, en los que la planta baja estaba dedicada a negocios; balcones y plataformas salientes de los muros, sostenidos por decoradas ménsulas; cerrados barandales de hierro forjado para los balcones; puertas de madera con persianas; luceras con vitrales o hechas de hierro forjado, vanos con arcos de medio punto; pisos de cemento marquillados; mosaicos de pasta traídos del extranjero; cielos rasos de madera machihembrada; el uso de hojas de zinc acanalado para cubrir las estructuras de los techos y, por último, el uso del cemento armado para construir las paredes de los inmuebles.

Estos cambios, que comienzan a observarse en los pueblos de la región sabanera del Pacífico, afectan sustancialmente la arquitectura vernacula. Así, hoy pertenece al aspecto ideal de la cultura, recordando a Ruth Benedict, aquella visión idealista que observamos en el plano urbanístico de pueblos del interior, a partir de un centro donde se delineaba geométricamente la población, siguiendo un plano reticular o en damero; en este centro que, por lo general, era la plaza del poblado, se ubicaban la iglesia lugareña, los edificios del Cabildo y las viviendas de las familias distinguidas del pueblo; a lo largo de las manzanas se alineaban viviendas con paredes de quincha, adobe o ladrillos y techos con estructura de madera labrada y cubierta de tejas, siguiendo patrones de construcción de indudable filiación morisca; con amplios portales corridos para el descanso vespertino de sus dueños o para que los transeúntes se guarecieran de la lluvia y de las inclemencias del sol tropical; con pilares de madera labrada que descansaban sobre fundaciones de piedra; con pisos de tierra apisonada o con baldosas; con diversas puertas hechas de tablas de madera que abren hacia los amplios portales, con palos de una o dos hojas; sobre estas puertas se colocaban luceras de celosía, verdaderos encajes de finas maderas, para lograr la iluminación y ventilación de los espacios interiores, cuando las puertas de la casa estaban cerradas.

En una visión romántica de ese pasado, varias veces secular, que se fue a pasos agigantados por la introducción de la tecnología moderna y de las mercancías de procedencia foránea, el maestro Isaac Lao, natural de la población de Las Minas, en la provincia herrerana, dijo:

Con el establecimiento de las tiendas o casas comerciales se introdujo la mercancía extranjera. Esto hizo transformar un poco la vida, los hábitos y costumbres de nuestra comunidad. El querosín reemplazó los candiles; el fósforo a la yesca; el jabón al jaboncillo; el agua; el añil a la sacatinta; las máquinas de moler y los molinos a la piedra; las latas de querosín a las tulas. Las telas extranjeras, más vistosas y baratas, hicieron desaparecer los rústicos telares. El pantalón chino al pantalón corto y poco a poco las mujeres fueron vistiendo trajes en lugar de pollera.81

Hoy, ante la progresiva desaparición de los ejemplares de la arquitectura vernacula, los panameños deben comprender que ellos son ejemplo de la expresión típica de la cultura tradicional del país y están en la conciencia colectiva del hombre panameño y, como tales, se constituyen en elementos inalienables. Así se estableció en la Declaración de La Palma, pequeña población de la región santeña, suscrita durante la celebración del III Simposio de la Conservación y Protección del Patrimonio Arquitectónico de Panamá, que se realizó los días 22 y 23 de septiembre de 1991, en la iglesia de San Atanasio, monumento histórico nacional, en la varias veces secular Villa de Los Santos.