21 de Octubre de 2014
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Colección: INTERAMER
Número: 48
Autor: Julio E. Mora Saucedo
Título: Arquitectura Vernacular en Panamá

CAPÍTULO I

PATRONES DE ASENTAMIENTO Y VIVIENDA
EN EL PANAMÁ CENTRAL
DURANTE EL PERÍODO PREHISPÁNICO

La presencia temprana del hombre en el Istmo de Panamá se remonta, según los registros arqueológicos, a 11.000 años de antigüedad, durante la fase final de las glaciaciones que caracterizaron el pleistoceno. El material cultural encontrado en los sitios de ocupación humana, propios de este período, correspondiente al glaciar tardío, son puntas de lanza o proyectiles bifaciales, descubiertos casualmente en las riberas del lago Alajuela y en la entrada meridional del Canal de Panamá, ambos sitios ubicados en la región central del Istmo.2 Recientemente en las riberas de la laguna de La Yeguada, en la provincia veragüense, se encontró otra punta de proyectil de origen paleoindio, que pudo haber sido usada para cazar mamíferos en la región hace 11.000 ó 10.000 años.3 En ninguno de estos casos, el material lítico fue hallado dentro de un mismo contexto arqueológico, ligado a evidencias paleontológicas o de restos de fauna fosilizada, que hubieran hecho posible su datación por medios radiométricos y, por ende, su inclusión cronológica dentro de este temprano período del primitivo poblamiento de nuestro Continente. Su ubicación se ha basado en comparaciones estilísticas con otros materiales similares que se han hallado en otras regiones americanas, donde fue posible su datación por haberse excavado en asociación con fauna extinta. Las viviendas de los grupos humanos de esta época en el Istmo, tal vez no pasaron de ser pequeños cobertizos temporales, en las chozas improvisadas en los campamentos; en algunas regiones, éstas pudieron ser refugios rocosos, tales como abrigos o cuevas, que constituyen sitios mejor abrigados. El hombre, durante ese período, tuvo que guarecerse de la intensa pluviosidad que caracterizó a la época glaciar en las regiones tropicales; además, debía buscar la protección contra otros animales depredadores y, en muchos casos, para la mantención del fuego de los hogares, puesto que su uso ya se ha registrado hacia el año 11000 a.C., en las cercanías de la laguna de La Yeguada. El material lítico paleoindio encontrado en el Istmo se ha incluido dentro de dos tradiciones diferentes, acorde con su morfología y las técnicas usadas para su confección. Uno de ellos se parece morfológica y técnicamente a las puntas “Clovis” norteamericanas, ubicadas cronológicamente en el 9000 a.C. La arqueóloga norteamericana Betty J. Meggers dice al respecto de este tipo de material lítico:

los fabricantes de puntas Clovis parecen haber seleccionado su propio nicho ecológico en las llanuras y en los valles boscosos de las altas praderas norteamericanas, donde el clima templado y húmedo durante la época se extendía en un área mayor que la actual. Las puntas acanaladas fueron descubiertas primero en el noroeste de los Estados Unidos y luego, en cada uno de los Estados. Los sitios del suroeste son predominantemente sitios de matanza, donde huesos de mamut, bisonte, camello y caballo están asociados con puntas y herramientas usadas para desmembrar el esqueleto y remover las entrañas. En el nordeste de los Estados Unidos, los sitios de campamentos son más típicos, y el inventario cultural incluye objetos de uso doméstico como punzones de hueso, agujas, espátulas, mazas, piedras de pulir, raspadores, cuchillos, cinceles, así como herramientas menos formalizadas.4

Las otras puntas paleoindias encontradas en el Istmo se relacionan con las denominadas “colas de pescado”, que pertenecen al paleoindio suramericano y que fueron usadas por los cazadores de la megafauna pleistocénica, extinta en la actualidad de la región meridional de nuestro Continente, hacia donde habían llegado cerca del año 9000 a.C.

La más temprana presencia del hombre en el Panamá central, se ha ubicado en las riberas de la laguna de La Yeguada, como aludimos antes. Esta es una pequeña laguna natural que tiene cerca de un kilómetro de diámetro durante la época más pluviosa del año, en las provincias centrales. En fecha reciente se han realizado estudios paleobotánicos por parte de los arqueólogos del Instituto Smithsoniano (Smithsonian Institute), los que dieron como resultado la presencia de quemas intencionales de la vegetación natural del área, fechadas alrededor del año 11000 a.C. El hombre panameño, durante el horizonte paleoindio, vagaba por todo el ámbito geográfico del Istmo, movido por la necesidad de proveerse de recursos alimenticios para su subsistencia. Los varones se dedicaban, preferentemente a la caza y las mujeres a la fabricación de cestas para recolección, a buscar especies vegetales silvestres y a la preparación de cobertizos para guarecerse.

El sitio de ocupación humana más temprano para este período, llamado por Richard Cooke precerámico temprano (8000-5000 a.C.)5 fue el denominado Cueva de Vampiros, que es un abrigo rocoso situado en el lado noreste del Cerro Tigre, en las cercanías de la actual desembocadura del río Santa María, donde los arqueólogos del Proyecto Santa María han encontrado fitolitos de un tubérculo comestible conocido vulgarmente como sagú (Marantha arundinacea), que pudo haber sido sembrado por esquejes del tallo por las mujeres de la banda; además, se encontró en el sitio material lítico fabricado con jaspe. En los estratos inferiores de la ocupación humana se dio una fecha de 6610 a.C. æ 160. La ocupación de este abrigo rocoso se produjo por parte de un pequeño grupo de cazadores, pescadores y recolectores de semillas de especies silvestres, entre ellas el corozo (Acrocomia vinífera) y nance (Byrsonima crassifolia).

Otro sitio importante de este período cronológico fue denominado el abrigo del Carabalí, ubicado cerca de la población veragüense de San Juan. En las capas más profundas de la estratigrafía del sitio se nos dio una fecha de 6090 æ 370 a.C.; en él también fueron encontrados instrumentos líticos, tales como perforadores, piedras para moler semillas de especies vegetales silvestres, raspadores de pieles. Sus habitantes también se dedicaban a la caza, la pesca y la recolección de especies vegetales silvestres.6 Otro pequeño abrigo rocoso, perteneciente al período precerámico temprano, se denomina Abrigo de Los Santana y está ubicado en las riberas del río Gatú, en la provincia veragüense, cerca del caserío que tiene el mismo topónimo. Este reportó una fecha por C14 de 5000 a.C æ 290; además en el mismo se encontró material lítico temprano.7

Como hemos podido comprobar, los sitios arqueológicos del período comprendido entre el 9000 y el 5000 a.C. son, en su gran mayoría, pequeños refugios o abrigos rocosos, consistentes en piedras inclinadas que ofrecen al hombre un lugar seguro para resguardarse de la acción de los animales depredadores y de las inclemencias del clima tropical; además, para mantener encendido el fuego de los hogares. La mayoría de estos refugios rocosos tienen un espacio físico reducido, pero lo suficientemente grande para acomodar a una familia nuclear, que buscara cobijo temporal dentro de ellos. En todos se encontraron materiales líticos y diversos ecofactos, tales como fitolitos, gránulos de polen, que nos dan luces sobre el tipo de actividades de subsistencia que realizaban los grupos humanos que recorrían el Panamá central durante este período.

Betty J. Meggers, arqueóloga del Instituto Smithsoniano, en la obra citada anteriormente, nos dice al respecto:

La dieta estaba compuesta por pequeños animales, pescado y plantas silvestres estacionales.  Los campamentos de verano se movían constantemente; pero la acumulación en profundos depósitos en lugares abrigados tales como cuevas sugiere que en algunas regiones el mismo campamento fue reocupado en inviernos sucesivos. Perforadores de piedra, raspadores, cuchillos y cortadores, punzones de hueso, variadas clases de piedras de moler para pigmentos como para la preparación de alimentos y, donde las condiciones de preservación fueron buenas, sandalias, canastas y otros objetos de materiales perecederos dan una evidencia de la forma de vida no diferente a la de los actuales cazadores y recolectores del Canadá subártico y los del este del Brasil.8

Según los períodos cronológicos de nuestra prehistoria regional, propuestos por el Dr. Cooke, el precerámico tardío viene después del período anterior. Éste se ubica cronológicamente entre el 5000 a.C. y el 3000 æ 300 a.C. Es decir, que se inicia antes de nuestra era y concluye con la aparición de la técnica de la cerámica en el Panamá central.

Durante este período, la población prehistórica de las provincias centrales presenta una gran dispersión geográfica, ya que comienza a extenderse desde el litoral del golfo de Parita hasta las estribaciones de la Cordillera Central. En los estratos de dos de los sitios arqueológicos citados en el período anterior, según Cooke, se encontraron fitolitos de maíz (Zea mays), lo que nos indica la aparición de las técnicas agrícolas en este temprano período. Estos dos sitios son el Abrigo de Los Santana y la Cueva de los Vampiros.9

Durante las excavaciones del Proyecto Santa María, realizado entre 1981 y 1986 por las Universidades de Temple, Filadelfia y el Instituto Smithsoniano para Investigaciones Tropicales, se efectuaron estudios arqueológicos en varias cuencas hidrográficas de la provincia de Veraguas, donde se pudieron ubicar cerca de doscientos pequeños campamentos temporales a este período; investigaciones realizadas en las cuencas de los ríos Grande y Santa María, reportaron en ocho sitios estratificados, de los cuales, según Cooke, cinco de ellos eran abrigos rocosos que se denominaron: Vaca de Monte, Río Cobre, Los Santanas, en la Cordillera Central; Corona y Carabalí, en las estribaciones de dicha cadena orográfica. En otros trabajos de campo, realizados en años anteriores, se hicieron excavaciones en el Abrigo de Aguadulce y la Cueva de los Ladrones; el primero de ellos, localizado cerca de la población coclesana de El Roble y el segundo, en las laderas del cerro Guacamayo, cerca de Penonomé. Otro de los sitios importantes del precerámico tardío es el conocido con el nombre de Cerro Mangote, que ya se había reconocido arqueológicamente por Charles McGimsey III, en la década de 1950.10 Se trata de un enorme conchero que pudo haber sido un asentamiento permanente o semipermanente de una familia extendida. El mismo está ubicado en la ribera coclesana del río Santa María, a diez kilómetros de la línea actual de la costa. Su ocupación más temprana dio McGimsey una datación por C14 de 6810 a.C. Anthony Ranere, sin embargo, recogió una fecha de 4720 a.C æ 215, que Richard Cooke considera que “es la mejor estimación de su edad”.11 Los habitantes de Cerro Mangote se dedicaban a la recolección de moluscos y crustáceos; a la cacería de mamíferos y aves diversas, a la pesca en los ecosistemas fluviales y estuarios del Golfo de Parita; además, llevaban a cabo incursiones al interior del territorio para cazar venados de cola blanca (Odocoileus virginianus) y la iguana (Iguana iguana); estos medios de subsistencia se complementaban con recolección de especies vegetales silvestres; los arqueólogos han especulado si en verdad las prácticas agrícolas estaban ya presentes en Cerro Mangote, tesis que parece respaldar el desgaste dentario y las caries que presentaban los esqueletos enterrados en el conchero, que pudieron deberse a que la dieta tenía un alto contenido de carbohidratos, entre ellos los que contiene el maíz.

Cerro Mangote es un sitio arqueológico abierto, que durante la primera ocupación estuvo más cerca de la costa de lo que se encuentra en la actualidad, lo cual se explica por la presencia, en el medio, de una gran cantidad de recursos alimenticios capaces de sostener una población permanente o semipermanente; si esta afirmación resultara cierta, un asentamiento humano de este tipo implicaría la existencia de viviendas más complejas en su construcción que los meros refugios temporales que pudiéramos encontrar en otros sitios usados por grupos temporales que recorrían los diversos ecosistemas de la región en busca de alimentos de origen vegetal y animal. Otro sitio arqueológico, contemporáneo con el anteriormente citado, es el conocido como Abrigo de Aguadulce, citado anteriormente; se trata de una afloración rocosa que se encuentra cerca de la población de El Roble, en la provincia de Coclé. Allí se excavaron acumulaciones estratificadas de instrumentos líticos en la basura del sitio. Los arqueólogos han considerado que se trata de un campamento estacional del grupo que también tenía su asentamiento en Cerro Mangote. Su ocupación más temprana se ha fechado por C14 entre el 4000 a.C. y el 500 a.C. Al respecto en los trabajos realizados por Anthony Ranere y Richard McCarty, ambos científicos sociales afirman:

Parece claro que el Abrigo de Aguadulce se utilizaba más como sitio de ocupación que como lugar de actividades especiales, como taller lítico, campamento de cacería o estación de recolecta. La variedad de comestibles recobrados y la existencia de otros sugeridos por el inventario de instrumentos de piedra (por ejemplo, los instrumentos fabricados para moler y/o machucar sugieren la utilización de plantas como comida) dan a entender que el sitio se ocupaba por grupos de cazadores-pescadores-recolectores, con adición de la agricultura en las capas superiores.12

La ciencia arqueológica nos ha demostrado que ya para el 5000 a.C. algún tipo de agricultura se estaba introduciendo en las sabanas y tierras altas de la vertiente del Istmo que da al Pacífico. En cuanto al Panamá central, esta evidencia paleobotánica se ha encontrado en la Cueva de los Ladrones, excavada por los doctores Junius Bird y Richard Cooke, hace varios años. Su ubicación está en las laderas del Cerro Guacamayo, en las cercanía de Penonomé, como ya hemos dicho. En este sitio se encontraron fitolitos y gránulos de polen de maíz (Zea mays) fechados entre el 4910 a.C. y el 2845 a.C. Las mismas evidencias fueron encontradas en el Abrigo de Los Santana, fechadas cronológicamente, por métodos radiométricos, en 3000 a.C.13 Idénticas pruebas paleobotánicas se hallaron en el Abrigo de Aguadulce, como afirmaron Ranere y McCarty, lo que indica que la agricultura ya se había introducido en las Provincias Centrales para el quinto milenio antes de nuestra era.

Cooke considera que a pesar de la introducción de la agricultura en el Panamá central para la época citada, estas prácticas no constituyen una verdadera revolución, como fue el caso del Viejo Mundo, puesto que ya existen, para esa época, evidencias de la presencia de aldeas nucleadas formadas por la agrupación de varias viviendas bien estructuradas arquitectónicamente. Al respecto, este arqueólogo inglés dice lo siguiente:

Si bien los habitantes de algunos sectores de Panamá comenzaron a producir ciertos alimentos vegetales a partir del precerámico tardío, es un error pensar que la introducción de la agricultura haya conducido a un cambio abrupto en el estilo de vida precolombino. Aún no encontramos evidencias de una deforestación repentina o de grandes aldeas como las que los españoles encontraron en los valles aluviales del país en el siglo XVI, con casas sólidas y permanentes, cementerios de lujo y sistemas jerarquizados.14

La arqueología ha considerado que durante el precerámico tardío la dieta propia de los grupos estaba basada en lo que provenía de las actividades de la cacería, la pesca y la recolección de especies silvestres y la producción agrícola de algunas especies como el maíz y los frijoles (Phaseolus vulgaris). Indudablemente, que este nuevo aporte alimenticio condujo a un aumento relativo de la población y a la aparición de pequeños asentamientos humanos en las zonas costeras y montañosas. Betty J. Meggers considera también, al igual que Cooke, que la aparición de las plantas domesticadas en la dieta diaria del hombre americano no fue realmente una revolución agrícola. Así lo explica la destacada arqueóloga:

Todavía no se ha podido determinar si en el Nuevo Mundo los pasos iniciales de la agricultura pueden haber surgido independientemente en las costas del Perú y en Mesoamérica, o si fueron estimulados por los contactos con Mesoamérica. Lo único cierto es que el período inicial de la domesticación de plantas fue muy largo y que los efectos que tuvo esta nueva fuente de alimentos sobre el tamaño de la población y sobre su organización sociopolítica fue más gradual que revolucionaria.15

Al iniciarse el tercer milenio, antes de nuestra era, aparece la cerámica en la región de las provincias centrales de Panamá. Las primeras evidencias de la introducción de esta técnica en el Istmo se encontró en un conchero situado cerca de la desembocadura del río Parita, en la provincia herrerana, cerca de la población de Monagrillo, razón por la cual este sitio se denominó con tal topónimo. Tipos de cerámica similares a las que allí se hallaron se han podido ubicar en otros sitios de la provincia de Veraguas e incluso en la de Coclé. La cerámica del sitio Monagrillo es densa, basta, monocroma y con decoraciones plásticas en inciso; junto a ella aparecieron, asociados en el mismo contexto cultural, instrumentos líticos hechos con cantos rodados, en su mayoría machacadores, parecidos tipológicamente a los de Cerro Mangote. Los habitantes del sitio se dedicaban a la cacería, la pesca y la recolección; aunque no aparecieron fitolitos de maíz en este emplazamiento arqueológico, su presencia en sitios cercanos nos demuestra que entre las actividades de subsistencia de estos grupos también se encontraba la agricultura. La datación reportada para los asentamientos humanos donde apareció esta cerámica temprana es de 2850 a.C. æ para la Cueva de los Ladrones y de 1295 a.C. æ 100 para Monagrillo.16

Según Cooke, en la Cueva de los Ladrones, entre el 3000 a.C. y el 1000 a.C., se siguió practicando la agricultura, complementada con faenas secundarias de caza, pesca y recolección. La presencia de valvas de moluscos y ostíones en este abrigo rocoso son evidencias de que sus pobladores realizaban viajes esporádicos a la costa para buscar recursos alimenticios; en el Abrigo de Aguadulce también se practicaban la agricultura y las otras actividades de subsistencia ya citadas; en el sitio conocido como El Zapotal, que es un conchero localizado en Santa María, a seis kilómetros de su desembocadura, con una fecha C14 de 1500 a.C. æ 80, se ha determinado por su extensión territorial y por la profundidad de sus estratos culturales que estamos ante la presencia de un sitio de ocupación prehispánica ya permanente.17

En este mismo período entre el 3000 a.C. y el 1000 a.C. ya encontramos aldeas estables con una base esencialmente agrícola, complementadas con faenas secundarias de caza, pesca y recolección. Podemos anotar que, para esta época, se alternaban todavía el uso de los abrigos rocosos como albergues y las aldeas permanentes, con base en la producción de plantas domésticas, en especial cerca de las costas y en las riberas fluviales. Hacia el primer milenio antes de nuestra era, se advierte una intensificación de las  prácticas agrícolas en toda la región del Panamá central.  Aparecen con más profusión que en los períodos anteriores, las aldeas nucleadas en los principales valles fluviales de la región sabanera, donde los terrenos de origen sedimentarios, enriquecidos con el humus producto de la deposición de las avenidas de los ríos, aseguran mejores cosechas. Es en esta época cuando se introduce en nuestra región central la decoración pintada de la cerámica. Uno de los sitios mejor estudiados de este período es el conocido por el nombre de Mula Sarigua. Este último topónimo designa un área de la albina de Parita, situada en su parte meridional en las cercanías de la población de La Mula o El Limón. La cerámica precolombina encontrada allí es un milenio más reciente que la de Monagrillo. Al decir Richard Cooke, la importancia de este sitio radica en que se trata de una de las primeras aldeas agrícolas. Así lo explica este estudioso de nuestro pasado prehistórico:

En las provincias centrales, se pensaba que el desarrollo de la agricultura extensiva y centrada alrededor de asentamientos nucleados y permanentes, no ocurrió hasta fines del primer milenio a.C. Nuevos datos de campo indican que, quizás 500 a 1.000 años antes, algunas zonas estaban ocupadas por aldeas de tamaños apreciables, en las que se sembraban sus cultivos en las áreas de aluvión a orillas de los ríos principales. El sitio arqueológico que mejor ejemplifica este cambio es la Mula-Sarigua (Pr-14), el cual se localiza en la costa de Herrera, cerca de la desembocadura del río Parita.18

Además, se ha considerado que la aldea agrícola que aparece en este emplazamiento arqueológico para el primer milenio antes de nuestra era constituyó una especie de eslabón de la cadena evolutiva del poblamiento de las sabanas del Pacífico, entre los caseríos dispersos del período anterior, con una base agrícola especialmente horticultora y los complejos asentamientos humanos que se iban a iniciar a principios de la era cristiana, en los valles fluviales de los ríos Coclé, Grande, Chico, Santa María, Parita, La Villa y Tonosí, que hacia el final del período precolombino iban a constituirse en verdaderas capitales de los principales cacicazgos regionales.

El período comprendido entre el 300 a.C. y el 500 d.C., según la cronología propuesta por Cooke, se caracteriza por la aparición de densos  y  complejos  asentamientos  humanos  en  la región de las sabanas de nuestra vertiente; estos núcleos poblacionales no son más que aldeas con una base esencialmente agrícola; aparece en ellas un florecimiento  extraordinario  de diversas artesanías, entre ellas la cerámica, la orfebrería, la glíptica, la estatuaria, la lítica, el tallado de la madera,  el  arte plumario, el hilado y el tallado en hueso entre otras. La organización social y política se torna más compleja. Al respecto, Reina Torres de Araúz, en su obra El Arte Precolombino de Panamá, dice:

El período siguiente es de gran importancia en el estudio del arte precolombino panameño. En la península de Azuero, en Coclé y en la provincia de Panamá, se asiste a un florecimiento de las altas culturas, manifestado en un admirable florecimiento de la cerámica policroma, orfebrería, trabajos en concha, glíptica, etc. Se trata de culturas de segura y fecunda base económica agrícola, con poderosos jefes que podían disponer de la vida de sus sirvientes y esclavos —como lo demuestran las tumbas de Sitio Conte y Playa Venado—, como también una gran variedad de rituales fúnebres y manifestaciones artísticas de los seres divinos, que implica la existencia de una estructuración religiosa y sacerdotal importante.19

El sitio más característico de este período es el conocido con el nombre de Sitio Sierra, que está ubicado en la ribera norte del río Santa María, en la provincia coclesana, a una distancia de doce kilómetros de la actual desembocadura de esta importante arteria fluvial. Las excavaciones arqueológicas correspondientes fueron efectuadas por Richard Cooke, hacia la década de 1970, y luego por funcionarios de la Dirección Nacional del Patrimonio Histórico, en 1973, bajo la dirección del citado arqueólogo inglés, quien tiene ya muchos años de permanencia en el Istmo, dedicado por completo al estudio paleoecológico de nuestras culturas precolombinas. Dichas investigaciones lograron identificar los huecos de los horcones que sostenían la estructura del techo de, al menos, tres estructuras habitacionales de la aldea. Estas tenían una planta redonda y ovalada, paredes de cañazas y cubierta del techo hecha de hojas de palma o pencas. Este es el patrón de vivienda descrito por los españoles al momento del contacto de las dos culturas y también el que es característico a los grupos indígenas del occidente del Istmo. Las casas prehispánicas de Sitio Sierra tenían un fogón u hornilla en forma de ocho. Una de estas estructuras le mereció toda la atención al arqueólogo inglés, quien al respecto comenta:

En Sitio Sierra, se logró localizar por lo menos tres, y —probablemente— cuatro estructuras domésticas, una de las cuales, que se excavó completamente probó ser una casa de forma ovalada, la cual medía unos siete metros en el eje largo y tres metros y medio en el corto. Dentro de los confines de las paredes, había fogones hechos en forma de pozos alargados, cuyos contornos se parecen a los de las “hornillas” de hoy en día, y otros consistentes en sencillas agrupaciones de piedras. Por la falta de pedazos de quincha (bajareque)  y por la manera como los basureros se acumulan alrededor de la casa, se cree que las paredes se hacían de empalizadas de cañazas, sin repello, o que éstas no existían. Nidos de avispas, llamadas popularmente congos (Sceliphron) —los cuales pudieron haber caído de los techos de las estructuras, como de las paredes— tenían impresas en sus partes dorsales las huellas de las palmeras y hierbas, así que se supone que estos materiales se empleaban en la construcción de partes de las estructuras.20

Esta vivienda se ubicó cronológicamente hacia el 235 d.C. æ 90; además, en relación con la misma, se excavó un cementerio con enterramientos primarios, donde los cuerpos habían sido enterrados en la forma flexionada. Los cadáveres fueron también inhumados con un ajuar fúnebre compuesto por las herramientas que habían usado en vida. Los habitantes de Sitio Sierra, según Cooke, se dedicaban preferentemente a las labores agrícolas, destacándose en ellas algunas especies como el maíz y el zapallo (Cucurbita spp.). La muestra faunística reportó datos sobre consumo humano de venado, el conejo pintado (Cuniculus paca), el ñeque (Dasyprocta punctata), el sahíno (Tayassu tajacu) y el cusumbí (Potus flavo), etc.21

Durante el período entre el 300 d.C. y el momento de la Conquista hispánica, asistimos al alto desarrollo cultural de la región sabanera del Istmo, cuyas características propias ya hemos señalado en párrafos anteriores.

Si bien en nuestro país no se desarrollaron, durante la época prehispánica, grandes civilizaciones, comparables a las de Mesoamérica y el Área Andina, nuestras culturas prehispánicas lograron un alto grado de desarrollo, cuyas pruebas nos las han proporcionado la arqueología y la etnohistoria. La primera de las ciencias mencionadas, la arqueología, nos ha hablado de la excelencia cultural que se tenía al momento de la llegada de los españoles a la fértiles vegas fluviales de nuestras provincias centrales y la segunda —la etnohistoria— nos ha proporcionado recuentos documentales sobre el hombre y la Tierra, durante nuestra prehistoria, actor uno y escenario la otra, del esplendor cultural que se fraguó en milenios de intensa actividad creativa. El Istmo de Panamá, para los estudiosos de la ciencia arqueológica, se incluye en el centro de la denominada América Intermedia, la que está comprendida, geográfica y culturalmente, entre las dos áreas de mayor desarrollo en nuestro Continente durante la prehistoria americana. Las características esenciales de la misma, según la Meggers, son las que a continuación señalamos:

No obstante la relativa transición temprana de la recolección de alimentos a la producción de alimentos y la vida sedentaria, y no obstante la proximidad geográfica y la consecuente accesibilidad a las influencias de ambas áreas nucleares, el área intermedia o circuncaribe nunca excedió el nivel general de desenvolvimiento cultural alcanzado en las áreas nucleares antes del comienzo de la era cristiana.22

Durante el período que va del 300 d.C. al 1516, que antes reseñamos, vimos que la población precolombina del Panamá central se encontraba concentrada en los principales valles fluviales de esta amplia región central. Según Cooke cada uno de estos territorios:

...tenía su pueblo ‘cabecera’: la sede del cacique. En algunas áreas, este parecía haber sido bastante permanente. En otras, la localización de la aldea cacical cambiaba conforme a los vaivenes políticos internos y a factores de defensa. (En el territorio de Parita los españoles hablaban de un ‘Asiento Viejo’ y un ‘Asiento Nuevo’).23

El cacicazgo de Natá estuvo geográficamente comprendido entre las riberas de los ríos Coclé y Chico, en plena sabana coclesana, que los cronistas describen como “tierra plana como la palma de la mano”. Su capital pudo haber estado localizada en las cercanías del emplazamiento del actual Parque Arqueológico de El Caño, sitio que indudablemente formó parte de ella. En las riberas del río Grande, en la década de 1930, la Universidad de Harvard excavó, bajo la dirección Samuel K. Lothrop, un extraordinario cementerio, conocido como Sitio Conte; algunos años antes, en la década del 1920, un aventurero norteamericano, Hyatt Verryl, saqueó un complejo centro ceremonial o, quizás, un lugar de juego de pelota, conocido con la voz caribeña de “batey”; este consistía en alineamientos de columnas talladas con motivos biomorfos. El cacicazgo de Escoria se limitaba a las vegas del río Santa María, y su capital pudo haber sido la población de Sitio Sierra, ya que ésta, según Cooke:

ha debido ser un pueblo importante del cacicazgo de Escoria-Pacara; su máxima extensión se calcula aproximadamente en 500 a 900 metros.24

El cacicazgo de mayor extensión territorial ha debido ser el del “tiba” o “quevi” Parita, Pariza, Antatara, Antataura, como le llaman indistintamente las crónicas. Reina Torres de Araúz, basada en estos relatos documentales, nos dijo que sus conquistas habían llegado hasta Chame y gran parte de la Península de Azuero parecía estar bajo su dominio político, exceptuando los cacicazgos de Natá y Escoria.25 Pascual de Andagoya, en su relación, nos dejó consignado el territorio de este valeroso cacique indígena, basado en los nombres de los jefes tribales de la época de la Conquista hispánica y nos dijo que:

Este Cutatara, señor de París, fue valeroso hombre, y por guerra sujetó a la provincia de Quema y Chicacotra y Sangana y Guararé. Con los de Escoria tenía siempre guerra....26

Posiblemente, uno de los asientos a los que se refieren los cronistas, para denominar una de las principales poblaciones del cacicazgo de Antatara, pudo haber sido el sitio arqueológico conocido como El Hatillo, excavado por Matthew Stirling y Gordon Willy, en 1948; éste está localizado en la provincia de Herrera, a 3 ó 4 millas de la población actual de Parita y a una milla del río del mismo nombre. Según John Ladd, en su obra publicada en 1964 por el Instituto Smithsoniano, este sitio presenta las siguientes características:

‘He-4’ parece ser un sitio ceremonial o un cementerio, probablemente con áreas de ocupación de la vecindad inmediata(...) No obstante, el hecho de que el Montículo IV y posiblemente el Montículo V parecen ser desperdicios ocupacionales, todos los otros montículos fueron aparentemente construidos con rellenos intencionales.27

Otro sitio arqueológico precolombino que aparenta ser una impresionante aldea prehispánica, con áreas de habitación, ceremoniales y de enterramientos, es el denominado Cerro Juan Díaz, ubicado en las riberas del río La Villa, en el corregimiento de Los Santos. La corriente fluvial mencionada lo rodea enteramente por su parte norte, oeste y sur. El sitio fue excavado durante los enterramientos del trabajo de campo por parte de los estudiantes del Primer Curso de Asistentes del Profesional Arqueólogo, patrocinado por la OEA y el Instituto Nacional de Cultura (INAC), durante la temporada seca de 1970-1980. Estas investigaciones arqueológicas arrojaron importantes datos sobre la ocupación prehispánica de la cuenca del río La Villa y según los resultados de las mismas se pudo constatar que el emplazamiento humano tuvo una larga duración; que se extiende desde los inicios de la era cristiana hasta la llegada a la región del elemento hispánico en 1515. A mediados de la estación seca de 1988, se hizo un importante hallazgo arqueológico en la cima de dicho cerro, por parte de saqueadores de tumbas, que puso en evidencia un rico ajuar fúnebre compuesto por extraordinarias piezas de orfebrería precolombina; éstos posiblemente estén relacionados culturalmente con el período Quimbaya temprano, de Colombia. En la actualidad el Instituto Smithsoniano, la Universidad de Costa Rica y el INAC efectúan un programa de investigaciones arqueológicas en dicho sitio. Este emplazamiento humano fue visitado por Gaspar de Espinosa en 1519. Este conquistador de nuestra región peninsular fue quien denominó al río La Villa, como el río de los Maizales, por la gran cantidad de sementeras de este grano que encontró en sus vegas; además, la relación nos dice que el lugar “estaba todo poblado”.28

Entre 1967 y 1972, el Alain Ichon, del Museo del Hombre de París, en su calidad de Director de la Misión Arqueológica Francesa en Panamá, emprendió excavaciones en el valle de Tonosí, al sur de la península de Azuero, donde logró establecer la cronología de la ocupación histórica de la región, desde el inicio de la era cristiana hasta el momento del contacto entre las dos culturas. Durante el último período de ocupación humana del valle tonosieño, que se extiende del 800 d.C. al 1516, aparecen también grandes centros ceremoniales en la región de las tierras altas, específicamente la denominada Guaniquito Abajo; éstos dieron una fecha C14 de 995 d.C. En el sitio La Bernardina, se reportó también la presencia de montículos artificiales, que arrojaron una datación de 850 d.C. Desafortunadamente, esta expedición arqueológica no realizó estudios sobre los medios de subsistencia que desarrollaron los antiguos habitantes del valle tonosieño; las investigaciones estuvieron orientadas al estudio de los patrones de enterramiento y a establecer una cronología del desarrollo de diversas artesanías durante el período prehispánico, entre ellas la cerámica.

En cuanto al estudio de los métodos de construcción y los materiales usados para las viviendas en la región de Azuero durante la prehistoria regional, objeto de este trabajo de investigación paleoetnográfica, constatamos que no fue hasta la llegada de los españoles al Panamá central, a partir de 1515, cuando encontramos documentos escritos que nos den referencias etnohistóricas sobre las mismas. La primera referencia documental de la época hispánica sobre las poblaciones precolombinas de la región sabanera del Pacífico, la debemos a Gaspar de Espinosa, quien en su relación nos relata el asombro de las huestes conquistadoras al ver, por vez primera, la ciudad de Natá, en la segunda década del siglo XVI. Así lo describe el cronista, quien también consigna la gran cantidad de vituallas que encontró en dicho emplazamiento urbano:

Eran tantos los boíos que había que creo que no hobo nadie que no se espantase y toviesen temor de ver tan gran población; hallamos allí infinito maíz y tantos venados que los que vimos los apodamos en trescientos venados e infinito pescado asado y muchos ánsares y pavas en aulas, y toda comida de indio en mucha abundancia; hice luego recoger maíz en el real, de manera que tovimos a la vuelta todo lo que hobimos menester para cuatro meses que allí estobimos y aún sobramos más de quinientas hanegas.29

La sociedad prehispánica de la región central del Istmo estaba jerarquizada en estratos sociales muy bien definidos. En la cúspide de la pirámide estaban los caciques, “tibas” o “quevíes”, quienes ejercían el poder político y practicaban la poliginia; sus esposas, mujeres de gran belleza y distinción, eran denominadas “espaves”. Les seguían los guerreros o “cabras”, quienes gozaban también de gran prestigio social; luego de ellos, venían los sacerdotes o shamanes; en la base de la escala estaban el pueblo y los esclavos que cobraban en sus continuos enfrentamientos bélicos. Estas diferencias en el orden socio-económico, sin lugar a dudas, se reflejaron en los diversos tipos de viviendas que conformaban las aldeas prehispánicas. Espinosa en su último viaje describe la vivienda del cacique Natá, como una de las más hermosas que había encontrado en el Nuevo Mundo. La descripción de la vivienda natariega nos la ofrece el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, en su Historia General y Natural de las Indias, donde al respecto dice:

Hay otra manera de buhíos o casas en Natá redondos, con unos chapiteles muy altos, y que son de mucho aposento y seguros, porque el viento de la brisa que allí corre, mucha parte del año con mucho ímpetu, no los puede así coger como a los que son cuadrados o de otra forma. Son de recia y buena madera, y más hermosos de dentro que todas las maneras de casas que se ha dicho; y ponen en la punta un chapitel una casa de barro cocido a manera de candelero, y el cuello alto, y en la forma questá aquí pintado...La paja con que se cubre es muy buena, y las cañas de las paredes gruesas, y por fuera y de dentro forradas las paredes con caña delgada muy bien puesta y con muchos apartamentos.30

Fray Bartolomé de las Casas, en el siglo XVI, también describe las viviendas de los indios del Darién, en especial la del cacique Comagre, que presentaban diferencias con respecto a las que se construían en la región sabanera del Pacífico, donde estaba emplazada la ciudad prehispánica de Natá; al respecto, el defensor de los indios dice:

Tenía sus casas reales las más señaladas y mejor hechas que hasta ahora se habían visto en todas estas islas y en lo poco que se sabía de la tierra firme; la longura della era de ciento cincuenta pasos, la anchura y hueco de ochenta; estaba fundada sobre unos gruesos posteles, cerca de cada muro hecho de piedra, entretejida madera por lo alto, como zaquizamí, por tan hermosa arte labrada, que los españoles quedaron espantados de verla, y no sabían dar a entender su artificio y hermosura. Tenía muchas cámaras o piezas y apartamentos; una, que era como despensa, estaba llena de los bastimentos de la tierra, de pan y carne de venados y puerco y pescados y otras muchas cosas comestibles; otra gran pieza, como bodega, llena de vasos de barro con diversos vinos blanco y tinto, hecho de maíz y raíces de frutas, y de cierta especie de palmas y de otras cosas. Había una gran sala o pieza muy secreta, con muchos cuerpos secos de hombres muertos, de la cumbre colgados, con unos cordones hechos de algodón, vestidos y cubiertos con mantas ricas de lo mismo, todas entretejidas con ciertas joyas de oro y algunas perlas y otras piedras que ellos tenían como preciosas.31

Don Juan Requejo y Salcedo, en su Relación Histórica y Geográfica de la Provincia de Panamá, publicada en 1640, dejó también una interesante descripción de las viviendas de los indígenas que poblaban la región occidental del Istmo, conocida como el Guaymí, que presenta las mismas pautas de poblamiento que encontramos en la actualidad entre este grupo étnico de filiación amerindia. Así habla el citado funcionario, refiriéndose a este grupo aborigen que le tocó catequizar a Fray Adrián de Santo Tomás, en la tercera década del siglo XVII:

No había pueblos; mas cada parentela estava de por sí en su ranchería de palmiche grande, en forma redonda, la cual governava el más viejo, y estavan los ranchos divididos unos de otros media legua, o un cuarto, sin otra comunicación más de las que tenían a la junta de sus juegos; y estos mudavan de una parte a otra quando se les antojava, por lo cual ha costado mucho trabajo reducirlos a población.32

Fray Antonio de la Rocha, religioso peruano, sucedió a fray Adrián de Santo Tomás en la misión chiricana del Occidente del Istmo, cuando este religioso se vio obligado a abandonarlas en 1637. Dicho fraile dejó una descripción de las viviendas propias de los grupos indígenas conocidos como doraces y zuríes que a continuación citamos:

tienen poblados de manera que no hay arroyo que no tenga su casa. Éstas las hacen por la mayor parte de tierra de poco más de 30 a 40 pies de largo, y 20 o más de ancho; asegúranlas con palos fuertes, y éstos las atan con sogas que la naturaleza les de en los montes del grosor que quieran que son continuos; cúbrenla con la hoja de una palma, y es provechosa, y útil para bordones, y la hoja es recia para sufrir el agua; empiezan a cubrir por las latas de abajo que son de caña, apartada una de otra un palmo poco menos asidas en las varas con el bejuco, y con él traban de dos en dos las hojas, y como las de arriba caen sobre las de abajo, desciende bien el agua, como la teja, aunque son nocivas, porque crían innumerables cucarachas, y grillos que destruyen toda la ropa y lo demás. Las casas tienen dos puertas, una grande a la parte del camino común, otra angosta hacia el monte, para huir, o para necesidades, y traer agua y leña del arroyo. A la puerta para hermosearla ponen diez y doce pies de plantano que las hace más oscuras, si bien la humedad y sombra de la tierra les cubre el suelo con mucha hierba.33

Leonel Wafer, cirujano inglés, estuvo entre los indios cuna del Darién hacia 1681. En 1669 publicó en su país de origen una gran obra donde recogió sus experiencias entre los aborígenes de la región oriental del Istmo. En ella, dejó una descripción de las viviendas entre este grupo étnico panameño, que para los fines de nuestro estudio resulta muy interesante. Así reza la descripción citada:

La generalidad de las habitaciones de los darienitas están dispuestas acá y allá, especialmente en las nuevas plantaciones, y situadas siempre a la orilla de algún río. Sin embargo, en algunos puntos hay muchas casas juntas, que pueden formar una aldea o villa, aunque no están ordenadas ni hacen una a otras para formar calles. Sucede poco más o menos con esas casas lo que en ciertas aldeas que hay entre nosotros en los países montañosos. Tienen sus plantaciones en la vecindad, a diferentes distancias, y hay siempre un lugar de reserva para construir el almacén común; no cambian de morada con frecuencia, a menos que teman la aproximación de los españoles, o que la fertilidad de sus tierras, que no cultivan jamás, se haya agotado.

No echan ningún cimiento para edificar, se contentan con hacer hoyos a dos o tres pies de distancia uno de otro, en que se clavan las estacas de una altura igual, y de seis a ocho pies de largo. El intermedio lo llenan de varas que embarran para formar el caballete, y se le cubre con hojas de palmera. Todo ese edificio es muy irregular; puede tener hasta veinticuatro pies de largo, y es ancho en proporción. No hay chimenea; el fuego se enciende en su interior, y el humo sale por el agujero abierto en el techo o a través de las grietas. Es más bien el conjunto de casas unidas, que una casa dividida en cuartos; no hay pisos ni puertas, ni armarios y los asientos no son sino troncos de madera.34

Hasta aquí hemos presentado un amplio panorama de la prehistoria de la región estudiada que se extiende desde el lejano horizonte paleoindio hasta la llegada del elemento hispánico. Se ha puesto especial énfasis en las pautas de poblamiento de nuestros indígenas precolombinos y a los diferentes elementos arquitectónicos que les han servido de albergue o vivienda a través de los milenios de residir en este territorio.