October 24, 2017
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Collection: INTERAMER
Number: 36
Author: David Lagmanovich
Title: Oficio Crítico: Notas de Introducción a la Literatura Hispanoamericana


In Memoriam

Alfredo Veiravé

 

INTRODUCCIÓN

El presente libro, Oficio crítico: Notas de introducción a la literatura hispanoamericana guarda relación con otros trabajos míos que se han ido desplegando a lo largo de los años. En mi vida, el trajinar constante con los textos literarios, en especial los de nuestro continente, ha dejado su huella tal cual vez en libros, y muchas veces más en artículos, notas y reseñas. En otras incontables oportunidades, seguramente, esas ideas se transmitieron en clases cuyas únicas y fugaces señales pueden haber sido unas anotaciones en el pizarrón —el «encerado» de Juan de Mairena, que las generaciones actuales han conocido desprovisto de toda cera— y tal vez, en el caso de aquellos discípulos que tan entrañablemente retrata un bello poema de Gerardo Diego, algún impreciso recuerdo, que con el pasar del tiempo habrá de descontextualizarse ineludiblemente.

En forma más inmediata, una parte de estas páginas —aproximadamente la mitad del material de esta edición interamericana— apareció en un librito de limitado número de ejemplares, con el título de Estudiar literatura, en las ediciones de una casa argentina de altos estudios y con referencia inmediata a sus alumnos de posgrado (Tucumán [Argentina]: Universidad Nacional de Tucumán/Secretaría de Post-grado, 1993, 159 pp.). Considero a Estudiar literatura y a Oficio crítico como dos libros distintos, sin embargo. Del primero se han eliminado algunas páginas y al segundo se le han agregado muchas; se ha reestructurado totalmente el volumen, buscando una disposición de los materiales que por sí misma conlleve el sentido propedéutico que el texto desea alcanzar; se han agregado las listas que figuran en el apéndice, reforzando así la condición introductoria del trabajo, y se han tomado en cuenta otras modificaciones de detalle, que precisamente por serlo no vale la pena indicar aquí.

En uno y el otro caso —en rigor, en toda mi obra publicada— lo que se viene a decir procede, como es fácil advertir, de muchos años de actividades relacionadas con la literatura: como lector y como escritor; como  periodista  cultural  y  como crítico;  como investigador y,  a la vez, como orientador de los trabajos de investigación de alumnos y jóvenes colegas.

Va de suyo, pues, que no desconozco las convenciones del estilo erudito, que algunos colegas universitarios —es inevitable pensar en modelos germánicos, pero no son en modo alguno los únicos— quisieran imponer como única modalidad de la comunicación en las materias que nos ocupan. Pero en estas páginas he buscado otro estilo: el de la conversación. Que es más o menos lo mismo que decir: el del ensayismo. Para reforzarlo, he evitado las notas a pie de página;1 me he abstenido —salvo en el material del apéndice— de dar referencias bibliográficas completas (algunas hay, pero enunciadas de manera coloquial, no técnica); y, en fin, me he mantenido a prudente distancia de todo aquello capaz de singularizar la monografía universitaria o el tratado académico. No los menosprecio ni, cuando son el vehículo preciso, los evito: pero en esta oportunidad trato de reivindicar la llana y libre charla que los humanistas del Renacimiento llamaron «diálogo» y que está en la raíz misma del género moderno del ensayo, desde el inimitable Erasmo hasta el tantas veces imitado Chesterton. Un tono, es preciso reconocerlo, cada vez más infrecuente entre quienes hablan de libros y textos, pues muchos de ellos se han entregado a un decir abstruso que en nada favorece la fluida comunicación (¿comunión?) del pensamiento.

He tenido preferentemente en cuenta, como tipo ideal de destinatario, al joven seriamente interesado en los estudios literarios; y he establecido un campo de posibles aplicaciones, a saber, los textos de la literatura americana en lengua española. Pero me atrevo a desear que estas reflexiones puedan ser de interés también más allá de ese marco inicial de referencia. Como quienes fueron mis maestros (pienso sobre todo en Marcos A. Morínigo, en Alfredo A. Roggiano, en Emilio Carilla), he enseñado —y sigo haciéndolo— tanto en mi país como fuera de él. Y quizá ese hecho haya influido positivamente, para hacerme advertir los muchos lazos que unen la literatura de un país, de una región, de un continente, con la literatura toda del mundo. Es decir: con el conjunto de intuiciones y señales transmitidas por escrito, mediante las cuales sociedades e individuos buscan dejar constancia de su experiencia sobre la tierra, sin renunciar por ello —en términos goethianos— ni a la poesía ni a la verdad.

Líneas más arriba me he referido al diálogo; y en verdad —y no es un lugar común de la prologal cortesía— desearía que el eventual lector reflexionara críticamente sobre la sustancia de mis planteamientos. Lo ideal sería que lo hiciese tanto a solas como en contrapunto conmigo, pues me interesan sus disentimientos no menos que su aprobación. Ambiciosamente, si se quiere, aspiro también a entretenerlo; pues me parece que ya hay por ahí, en este desgarrado final de siglo, demasiados gestos solemnes y poco, pero muy poco, sentido del humor.

Si de alguna manera consigo acercarme a ese ideal, si en algún momento —aunque sea fugazmente— el lector siente que escucha mi voz y que desearía responderme, habremos hecho algo en favor de la persistencia de la lectura, en medio de las adversas circunstancias que parecen rodearla hoy en día y de las que tanto se habla. Pues lo paradójico es que nunca como hoy se han publicado tantos libros; y nunca como en estos años de la declinación del siglo XX ha habido tantas voces que en el desierto claman —por lo general con dolor, aunque no falte el refocilamiento cómplice— ante la posible extinción de esta práctica, que ha dado forma y estructuración a lo que más auténticamente podemos llamar nuestra cultura.

La proliferación de voces agoreras no impide,  sin embargo,  que aun las diatribas  contra la lectura se  manifiesten en forma escrita,  y casi siempre a través del vehículo del libro. Con perplejidad, el observador advierte que esa aniquilación tan temida es atribuida a la televisión: como si a las máquinas, y no a los hombres, perteneciera la última palabra.

Pero esto, desde luego, es otro asunto. De momento, baste decir que quien firma estas líneas no ve una guerra a muerte entre la palabra escrita y la imagen electrónica, ni posibilidad alguna de que uno de esos artefactos culturales aniquile al otro. Por cierto que, hasta ahora, la única «realidad virtual» digna de mención es la que incesantemente crea la literatura en la mente y los sentimientos de quienes se acercan a beber en sus obras.

Al comienzo de un libro, es hábito de buena crianza consignar el agradecimiento del autor hacia las muchas personas que, de una manera u otra, colaboraron en su realización. Razones prácticas me impulsan a no seguir aquí esa costumbre: la lista de quienes a través de los años han tratado de atenuar mi ignorancia sería demasiado extensa. En cambio, quisiera dejar constancia de mi gratitud a una institución que, con la paz de su ambiente y el cordial recibimiento de sus miembros, creó el espacio necesario para dar forma final a este proyecto. Ese lugar es Brandeis University (en Waltham, Massachusetts, Estados Unidos), que me acogió como «Scholar in residence» durante el año académico 1992-93. A sus miembros, pues, expreso mi más honda gratitud.

Brandeis y la OEA —el principio y el final de un ciclo— son las entidades responsables de la existencia de este libro. A ambas, es decir a los hombres y mujeres que las constituyen, va mi profundo agradecimiento; sin que, desde luego, ello me exima de la indelegable responsabilidad por mis posibles errores, que los años me han hecho considerar casi con el mismo cariño que mis eventuales aciertos.

David Lagmanovich

Ludwig-Maximilians-Universität München
noviembre de 1993