20 de Junio de 2018
Portal Educativo de las Américas
  Idioma:
 Imprima esta Página  Envie esta Página por Correo  Califique esta Página  Agregar a mis Contenidos  Página Principal 
¿Nuevo Usuario? - ¿Olvidó su Clave? - Usuario Registrado:     

Búsqueda


<<Biblioteca Digital del Portal<<INTERAMER<<Serie Cultural <<El Español en el Nuevo Mundo: Estudios sobre Historia Lingüística Hispanoamericana<<Fórmulas de Tratamiento en el Español Americano (Siglos XVI Y XVII)

Colección: INTERAMER
Número: 30
Año: 1994
Autor: María Beatriz Fontanella de Weinberg
Título: El Español en el Nuevo Mundo: Estudios sobre Historia Lingüística Hispanoamericana

IV

En cuanto a las fórmulas nominales, —si bien, como ya hemos señalado no nos detendremos en el análisis de las variables que inciden en favor de la elección de distintos tratamientos dentro de cada relación— podemos señalar algunos factores que en algunos casos indican tendencias hacia la elección de una u otra fórmula. Así, por ejemplo, el hecho de que el emisor, el destinatario o ambos sean mujeres lleva al uso de fórmulas más afectuosas. Esto hace, por ejemplo, que en los tratamientos a la madre haya mucho más fórmulas de valor afectivo que en los dirigidos al padre y explica, en parte, que la relación con la esposa sea la que mayor cantidad de fórmulas afectuosas acumula. Obviamente en esta díada se une a este factor general, la posibilidad de una relación amorosa más o menos sólida entre los cónyuges.

En cambio, otras variables actúan en favor de una mayor formalidad. Entre estas, podemos mencionar la edad del receptor —cuanto mayor edad mayor formalidad—, su posición social elevada y el extenso tiempo de separación entre el emisor y el destinatario. Otro factor que incide marcadamente, en el grado de formalidad es el carácter de religioso de uno o ambos miembros de la díada. En el caso de que el receptor lo sea, existen fórmulas especiales destinadas a religiosos, como ilustre y muy reverendo, muy magnífico y muy reverendo y muy reverendo y clarísimo padre, usadas todas con destinatarios religiosos y no pertenecientes a la familia. Debe hacerse notar que, cuando los destinatarios eran miembros del grupo familiar y aun en relaciones tan cercanas como la fraternal, el hecho de ser sacerdote podía motivar un tratamiento específico muy formal como muy reverendo padre mío o muy magnífico y reverendo señor, lo que muestra que —a la inversa de lo que ocurriría actualmente— predominaba la formalidad del estado religioso por encima de la solidaridad del vínculo entre hermanos.

Otro fenómeno característico de los usos nominales de tratamiento es la extensión metafórica de algunas fórmulas a relaciones diferentes de las que literalmente expresan. El término que con mayor frecuencia se emplea metafóricamente es hermano/a que se utiliza en varias relaciones familiares, muy especialmente con la esposa, en la que con diferentes modificadores constituye una de las formas más usuales. También se la emplea con primos, cuñados y hasta con un amigo. Sin duda, la carga afectiva que conlleva la relación fraterna se expresa a través de estos usos extensivos. El otro término de frecuente uso metafórico es hijo/a que también se usa, aunque con menor frecuencia, con la esposa, así como con los yernos. Por último, hay que señalar el uso de padre para un hermano religioso.

En lo que hace a las características generales del sistema de fórmulas nominales, dos son las que más llaman la atención: la marcada formalidad que impera en la mayoría de ellas y la gran riqueza que presenta el sistema.

En cuanto a la formalidad, esta es observable tanto en las relaciones familiares como en los usos con personas ajenas a la familia. En este último caso, la fórmula más usual, muy magnífico señor, que según vimos se emplea en el 40% de los casos, conlleva una elevada carga de respeto y formalidad. En efecto, el núcleo señor, como ya hemos señalado, aún mantenía metafóricamente parte del valor feudal que lo había caracterizado en la etapa medieval, y este valor se veía resaltado por el modificador magnífico que expresa una enfática ponderación, reforzada aún más por muy. En las relaciones familiares también se nota el predominio de la formalidad. Así, en las díadas en que existe una relación de poder, el polo de poder recibe prácticamente siempre el tratamiento señor/señora, el que muchas veces aparece reforzado con términos muy enfáticos como en el caso de ilustre señor, muy magnífico señor y muy magnífico señor padre, usados en la relación paterna. También en las relaciones simétricas, aun en las muy cercanas, en las que hoy esperaríamos tratamientos relativamente informales, encontramos fórmulas con una elevada carga de formalidad, como las siguientes empleadas con hermanos: muy magnífico señor, muy magnífico señor hermano y muy magnífico y reverendo señor, esta última empleada con un hermano sacerdote. Hasta en las cartas en las que hay una relación asimétrica dirigidas hacia el polo de menor poder, los tratamientos nominales son muchas veces formales, como señor e hijo o muy magníficos señores y muy deseados hijos. Un fenómeno que muestra la elevada formalidad en los tratamientos entre miembros de la familia es la presencia prácticamente general de términos de parentesco tanto en las relaciones simétricas (hermano, mujer) como en las asimétricas en ambos sentidos. En la práctica, el término de parentesco sólo falta cuando se lo reemplaza por un honorífico (señor, magnífico señor, ilustre señor), que expresa aún más claramente respeto. Si comparamos estos usos con los actuales, en los que, salvo excepciones, los términos de parentesco se emplean sólo en las relaciones asimétricas dirigidas hacia el polo de mayor poder (papá, mamá, tío, abuelo, pero no hermano, mujer, hijo o sobrino) y los honoríficos están ausentes en las relaciones familiares, vemos el gran cambio que ha tenido lugar en este aspecto. A la inversa, el tratamiento menos formal, el nombre de pila —hoy usado habitualmente en relaciones simétricas o asimétricas dirigidas al polo de menor poder—, está prácticamente ausente, salvo dos casos de tratamientos a hijos, la relación más informal como ya hemos señalado, en los que se emplea, aunque en aposición con el término de parentesco: Hijo Pedro, Hijo Manuel. Aparece también un nombre propio en una relación fraternal, igualmente en aposición con el término de parentesco, Hermano Esteban Díaz, pero esta vez se trata de nombre y apellido, lo que, sin duda, indica mayor formalidad.

Este predominio de fórmulas de tratamiento formales, más allá de ser una característica general de la época, parece verse reforzado por el mismo medio americano que tiende a generalizar los tratamientos de respeto a partir de determinado nivel social, por encima de las diferencias de rango, tal como parece deducirse de la siguiente afirmación que se encuentra en una de las propias cartas recogidas por Otte:
Acá no hay vos ni majestades, sino ilustre, en siendo uno señor de vasallos. (361)
La gran riqueza que hemos señalado como uno de los rasgos característicos del sistema se manifiesta de dos maneras:22 por un lado, por la extremada complejidad de muchas de las fórmulas de tratamiento y, por otro, por la enorme variedad de fórmulas que existe para muchos de los destinatarios. Este último aspecto es particularmente observable en las relaciones más cercanas y más usuales, tal el caso de la relación con los hermanos para la que hay cerca de 30 fórmulas diferentes y, más aún, en los tratamientos para la esposa, que suman cerca de 40.

En cuanto a la complejidad que hemos señalado como característica de muchas de las fórmulas de tratamiento, esta se manifiesta tanto por la extensión como por la acumulación de modificadores e intensificadores, que muchas veces se reiteran en una misma fórmula. Así, por ejemplo, encontramos entre los tratamientos a los hijos fórmulas extensas como muy amado y deseado hijo mío de mi corazón, querido y amado hijo de mi alma, y entre los destinados a los hermanos, muy deseada señora hermana mía, muy deseada señora hermana muy amada, deseado y querido hermano de mi corazón y señora hermana de mi corazón y de mi alma. Entre los elementos intensificadores, deben destacarse la presencia de muy y mi/mío, que en más de un caso aparecen reiterados como en muy amado y deseado hijo mío de mi corazón y muy deseada señora hermana muy amada. También deben destacarse en las fórmulas de gran afecto los usos de complementos metafóricos como en señora mía de mis ojos, mujer mía de mi corazón, mujer mía de mi vida, e hija de mi alma, referidas todas a la esposa y el de hijo mío de mis entrañas, para la relación filial.

En algunos casos las expresiones metafóricas no se limitan a actuar como modificadores, sino que desempeñan la función de núcleo de la construcción, como en alma mía, mi hija y mi bien, alma mía y todo mi bien y lumbre de mis ojos y señora mía, usadas todas con la esposa.

Podemos afirmar que en el surgimiento de todo este complejo y elaborado conjunto de fórmulas nominales han confluido largas tradiciones culturales que arrancan de los usos latinos y se refuerzan en la tradición cortés de origen medieval, que se caracteriza por el uso de fórmulas típicas de la relación feudal que implican una fingida relación de servidumbre, tal como señala McIntosh:
The writer or speaker projects an attitude of extreme subservience, humble service, faithful devotion.... (98)
De este uso de fórmulas feudales proviene el empleo de señor, con su valor más o menos atenuado y con los diferentes modificadores en uso que, según hemos señalado oportunamente, tenía en siglos anteriores un valor claramente vinculado a la relación de vasallaje.

Por último, confluye también la tradición literaria constituida por la novela caballeresca, pastoril y sentimental, en las que proliferaban las fórmulas de tratamiento alambicadas, ya que si bien no todos los autores de cartas eran lectores de aquellas, es evidente que todos participaban de una cultura en la que estos géneros habían encontrado un alto grado de difusión.

[I] [II] [III] [IV] [NOTAS] [ BIBLIOGRAFÍA]