18 de Septiembre de 2018
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<<Biblioteca Digital del Portal<<INTERAMER<<Serie Cultural <<El Español en el Nuevo Mundo: Estudios sobre Historia Lingüística Hispanoamericana<<Aspectos Históricos e Ideológicos de las Actitudes Lingüísticas en el Río de La Plata y Chile (1810-1850)

Colección: INTERAMER
Número: 30
Año: 1994
Autor: María Beatriz Fontanella de Weinberg
Título: El Español en el Nuevo Mundo: Estudios sobre Historia Lingüística Hispanoamericana

La generación romántica: Ruptura y equilibrio

La segunda generación posterior a la independencia americana tiene como objetivo consolidar la obra emancipadora extendiendo sus ideales rupturistas hacia la totalidad de los aspectos de la vida nacional, en particular, el aspecto cultural. A dicha generación pertenecen, entre otros, los autores chilenos Francisco Bilbao y José Victorino Lastarria —la llamada “generación del 42”— Andrés Lamas en Uruguay, y los argentinos Juan María Gutiérrez, Juan Bautista Alberdi, Esteban Echeverría y Domingo Faustino Sarmiento. La vinculación entre los mencionados autores era muy estrecha si tenemos en cuenta que, al comenzar la década del 40, la situación política argentina genera una diáspora de sus intelectuales hacia los países vecinos; Alberdi, Gutiérrez y Echeverría emigran hacia Uruguay, mientras que Sarmiento cruza desde San Juan a Chile en 1841. Como observa precisamente Carlos Magis en 1986, las circunstancias históricas “hicieron que su afán de emancipación mental y de libertad idiomática dejara de ser un asunto nacional para cobrar vigencia en un amplio sector de la América del Sur” (488).

Su pensamiento estético y su accionar político están sostenidos por los cánones del movimiento romántico europeo. Toman de él los postulados de libertad creadora, la rebelión contra las normas establecidas, la ruptura con el pasado inmediato, la exaltación de lo popular y la búsqueda de lo nacional. A la luz de estos principios revisan el pasado inmediato de sus respectivas naciones y se sienten impelidos por un destino superior a mejorar el futuro. Para ello parten de un enjuiciamiento de la historia reciente: la consolidación de la emancipación debía hacerse a través de la crítica a valores y tradiciones coloniales e hispánicas que aún permanecían en la vida social, cultural y política de sus respectivas naciones; en Uruguay, Andrés Lamas postulaba:
Dos cadenas nos ligaban a la España: una material, visible, ominosa; otra no menos ominosa, no menos pesada, pero inservible, incorpórea, que como aquellos gases incomprensibles que por sutileza lo penetran todo, está en nuestra legislación, en nuestras letras, en nuestras costumbres, en nuestros hábitos, y todo lo ata, y a todo le imprime el sello de la esclavitud y desmiente nuestra emancipación. Aquélla pudimos y supimos hacerla pedazos con el vigor de nuestros brazos; esta es preciso que desaparezca también si nuestra personalidad ha de ser una realidad; aquella fue la misión grosera de nuestros padres; esta es la nuestra. (cit. Montero Bustamante 15)
Para sustituir las viejas estructuras, estos hombres proponen conformar un nuevo sistema de valores y tradiciones que plasme la identidad de cada nación. Tal como afirma Andrés Gallardo en 1988, para el caso chileno:
la primera generación de jóvenes intelectuales educados en un país oficialmente independiente tuvo que asumir el desafío de darse una identidad cultural de adultos al tiempo que el país se iba dando una identidad como tal. (30)
Al ideal de libertad política de la primera generación viene a sumarse, como complemento y culminación de la tarea emancipadora, el ideal de independencia e identidad cultural de esta segunda generación; retomando el ideal de Lamas:
Hay que conquistar la independencia inteligente de la nación, su independencia civil, literaria, artística, industrial, porque las leyes, la sociedad, la literatura, las artes, la industria, deben llevar, como nuestra bandera, los colores nacionales; y como ella, ser el testimonio de nuestra independencia. (cit. Montero Bustamante 16).
Como hemos señalado al analizar la generación anterior, al romperse la estructura política colonial, las nuevas sociedades nacionales en Hispanoamérica sienten que han quedado sin bases culturales que las expresen: la herencia del pasado significa una literatura que representa sólo a la metrópoli colonial y que además no posee modelos a imitar —crítica que en la misma península realizaba Mariano José de Larra (109 a 119)— y significa, también, un instrumento de comunicación y expresión compartido. Las nuevas sociedades se plantean ahora, en este segundo momento emancipador, el conflicto entre arraigo lingüístico e identidad cultural; Juan María Gutiérrez, en su discurso inaugural del Salón Literario, expresa:
Tratemos de darnos una educación análoga y en armonía con nuestros hombres y con nuestras cosas; si hemos de tener una literatura, hagamos que sea nacional, que represente nuestras costumbres y nuestra naturaleza, así como nuestros lagos y anchos ríos sólo reflejan en sus aguas las estrellas de nuestro hemisferio. (154)
De esa manera el problema de la expresión literaria y lingüística propia, que fuera representación de una identidad cultural distintiva, aparece como una constante en los escritos de la época a modo de extensión de los planteamientos políticos; esta intención es muy clara en el siguiente párrafo del argentino Esteban Echeverría:
Otro tanto sucedería en América si adoptando el consejo del Sr. Galiano rehabilitásemos la tradición literaria española, malgastaríamos el trabajo estérilmente, echaríamos un nuevo germen de desacuerdo, destructor de la homogeneidad y armonía del progreso americano... [la cuestión literaria] está íntimamente ligada con la cuestión política, y nos parece absurdo ser españoles en literatura y americanos en política. 107)
Es necesario recordar que se crean en este momento sendas sociedades literarias en Chile y en Argentina, cuyos discursos fundacionales plantean, por primera vez en sus países, los postulados románticos adaptados a los ideales y acciones emancipadoras americanas. En la Argentina,5 Marcos Sastre funda, en 1837, el Salón Literario, en donde convergen y se harán oír las voces más importantes de esta generación intelectual; en tanto en Chile, Lastarria y Bilbao constituirán en 1842 una asociación similar, la Sociedad Literaria. Allí Lastarria postula por primera vez los anhelos políticos, culturales y literarios del grupo:
Nuestra literatura debe sernos exclusivamente propia, debe ser enteramente nacional. Hai una literatura que nos legó la España... Pero esa literatura no debe ser la nuestra porque al cortar las cadenas enmohecidas que nos ligaran a la Península, comenzó a tener otro tinte muy diverso nuestra nacionalidad... Es necesario que desarrollemos nuestra revolución. (123)
La misma búsqueda de la identidad propia mueve a las dos primeras generaciones del siglo XIX, pero ambas lo asumen con actitudes distintas que se reflejan en lo lingüístico. La primera adoptó una actitud de conservación de la herencia cultural y, en consecuencia, de la lengua a través de un purismo crítico; la segunda generación sostiene una actitud rupturista en lo que hace a la tradición cultural hispana por medio de un afianzamiento de los rasgos distintivos de cada nación. Mientras una busca el rescate de aquellos valores comunes que sostengan la unidad hispanoamericana, la otra halla, ya en la ruptura, ya en la transformación de tales tradiciones y valores, la consolidación de la obra emancipadora. En esa búsqueda, el idioma pasa a ocupar un lugar destacado si bien, precisamente en lo que hace estrictamente a él, es donde se perciben algunos matices diferentes entre las actitudes de chilenos y rioplatenses.

La emancipación lingüística

La aspiración de ruptura definitiva con la tradición hispánica junto al anhelo de plasmar la identidad nacional conduce hacia algunos planteos extremos del conflicto lingüístico del idioma compartido: considerado como parte de la herencia española rechazada, a la vez que el vínculo más visible con la nación opresora, la lengua debe transformarse hasta constituir un idioma distintivo que identifique a la nueva nacionalidad. En la generación argentina de 1837 el tema lingüístico no es en absoluto secundario, sino que adquiere una relevancia y un apasionamiento similar al de los planteos políticos o culturales del grupo.6

Juan María Gutiérrez y Juan Bautista Alberdi son los primeros intelectuales argentinos en plantear el tema de la lengua nacional como un problema de identidad. La pérdida del arraigo cultural e histórico que significó la independencia política, deja a las nuevas naciones sin pasado ni identidad propia, los cuales se buscan, en consecuencia, en los marcadores más claros de identidad, como lo es el idioma (Edwards 1985, 3), que “provee uno de los modos más visibles y comprehensibles de permanecer culturalmente distinto” (Attinassi 1985, 43). Son estos conceptos fundamentales del nacionalismo lingüístico; definiéndolo, en 1972 Fishman señala:
One ingredient of the holy trinity (holy people, holy land, holy language), language has been regarded as a defining characteristic of a nationality. (44)
Las bases ideológicas del nacionalismo lingüístico habían sido postuladas por el romanticismo alemán en Herder y Humboldt; el primero situó al lenguaje en el centro emocional e intelectual del nacionalismo moderno (Fishman 1972, 46), mientras que Humboldt plantea en su teoría que la lengua expresa y modela el espíritu del pueblo, el alma de la nación (véase Marcellesi y Gardin 1979, 24-27). Los rasgos más destacados del nacionalismo lingüístico son expuestos por Gutiérrez y Alberdi; así por ejemplo, plantea Alberdi la identificación de la lengua con la nación que la habla:
Decir que nuestra lengua es la lengua española, es decir también que nuestra legislación, nuestras costumbres no son nuestras, sino de la España; esto es, que nuestra patria no tiene personalidad nacional, que nuestra patria no es una patria, que América no es América sino que es España... La lengua argentina no es, pues,la lengua española: es hija de la lengua española, como la nación Argentina es hija de la nación española, sin ser por eso la nación española. Una lengua es una facultad inherente a la personalidad de cada nación, y no puede haber identidad de lenguas, porque Dios no se plagia en la creación de las naciones... Nuestra lengua aspira a una emancipación, porque ella no es más que una faz de la emancipación nacional, que no se completa por la sola emancipación política. (81-81)
Con similares expresiones, Juan María Gutiérrez plantea, en su discurso de apertura del Salón Literario, la emancipación del idioma como parte de la independencia política:
Nula, pues, la ciencia y la literatura española, debemos nosotros divorciarnos completamente con ellas, emanciparnos a este respecto de las tradiciones peninsulares, como supimos hacerlo en política, cuando nos proclamamos libres. Quedamos aún ligados por el vínculo fuerte y estrecho del idioma; pero este debe aflojarse de día en día, a medida que vayamos entrando en el movimiento intelectual de los pueblos adelantados de la Europa. (153)
El objetivo político de la ruptura lingüística se fundamenta en otro concepto del romanticismo que conduce al cuestionamiento de la autoridad lingüística española sobre el idioma de América: la soberanía de la lengua reside en el pueblo. A partir de esta concepción, Alberdi postula:7
¿Tu lenguaje penetra, convence, ilumina, arrastra, conquista? Pues es puro, es correcto, es castizo, es todo. La legitimidad de un idioma no viene ni puede venir sino del pleno desempeño de su misión... El pueblo es legislador, no sólo de lo justo, sino también de lo bello, de lo verdadero, de lo conveniente... El pueblo fija la lengua como fija la ley; y en este punto, ser independiente, ser soberano, es no recibir leyes sino de sí propio... Los americanos, pues, que en punto a la legitimidad del estilo invocan a la sanción española, despojan a su patria de una faz de su soberanía: cometen una especie de alta traición.8 (82)
Los mismos conceptos son esgrimidos por Domingo Faustino Sarmiento en 1842, cuando enciende, en Chile, la polémica lingüística entre el purismo de los seguidores de las teorías de Andrés Bello y su propio pensamiento romántico de soberanía popular y emancipación lingüística, al proponer su innovadora reforma de la ortografía española:
Convendría, por ejemplo, saber si hemos de repudiar en nuestro lenguaje hablado o escrito, aquellos jiros o modismos que nos ha entregado formados el pueblo de que somos parte, i que tan espresivos son, al mismo tiempo que recibimos como buena moneda los que usan los escritores españoles i que han recibido también del pueblo en medio del cual viven. La soberanía del pueblo tiene todo su valor i su predominio en el idioma. (IV, 215)
Cabe destacar aquí la modernidad de las ideas sarmientinas acerca del lenguaje, en particular sobre aspectos importantes actualmente como la variación lingüística, el contacto de lenguas y la ejemplaridad idiomática, cuya riqueza excede en mucho la extensión de este breve análisis.9 El reconocimiento de la variación en las lenguas puede observarse muy tempranamente en los escritos de Sarmiento, vinculado estrechamente a sus ideales antihispanistas e independizadores como también a su preocupación esencial por la educación y la cultura americanas. Así, en un artículo fechado en 1841, Sarmiento afirma:
Los idiomas en las emigraciones como en la marcha de los siglos se tiñen con los colores del suelo que habitan, del gobierno que rigen y las instituciones que los modifican. El idioma de América deberá, pues, ser suyo propio, con modo de ser característico y sus formas e imágenes tomadas de las virginales, sublimes y gigantescas que su naturaleza, sus revoluciones y su historia indígena le presentan... este paso de la emancipación del espíritu y del idioma requiere la consecuencia, asimilación y contacto de todos los interesados en él. (XII, 127)
La aguda percepción de Sarmiento de la variación lingüística lo lleva a aceptar la evolución distintiva que el idioma adquiere en América, alejado en tiempo, distancia y objetivos de la comunidad lingüística originaria, y a justificar, en consecuencia, que los modelos y la autoridad lingüística se desplacen del antiguo centro peninsular:
Si el idioma en América se ha de diferenciar alguna vez del de España, ya sea en las palabras con que nombre las cosas y las modificaciones, si ha de tomar giros extraños, no nos metamos nosotros en trazarle el camino para el porvenir, que ha de ir por donde le dé la gana y se ha de reír de nosotros. (IV, 132)
Por otra parte, la crítica al pensamiento español de la época, por oposición a su estancamiento intelectual y su falta de modelos genera una aceptación de la influencia de otras lenguas como el francés, que se consideraban vehículos de la cultura moderna; es general también en Sarmiento, como en Gutiérrez y Alberdi durante las décadas de 1830 y 1840, un cosmopolitismo cultural que conduce, en lo estrictamente idiomático, hacia actitudes de apertura al contacto lingüístico; señala Sarmiento:
Un idioma es la expresión de las ideas de un pueblo, y cuando un pueblo no vive de su propio pensamiento, cuando tiene que importar de ajenas fuentes el agua que ha de saciar su sed, entonces está condenado a recibirla con el limo y las arenas que arrastra en su curso... Esta es la posición del idioma español, que ha dejado de ser maestro para tomar el humilde puesto de aprendiz, y en España como en América se ve forzado a sufrir la influencia de los idiomas extraños que lo instruyen y aleccionan. (IV, 222)
Este rechazo a España en lo cultural genera, entonces, una valoración negativa de su instrumento expresivo y un desplazamiento de los juicios de valor positivos hacia otros idiomas, a los que se adjudica superioridad y mayor prestigio; en la apertura del Salón Literario de 1837, Gutiérrez afirma que, para entrar en el movimiento intelectual de los pueblos adelantados de Europa, era necesario:
que nos familiaricemos con los idiomas extranjeros, y hagamos constante estudio de aclimatar al nuestro cuanto en aquellos se produzca de bueno, interesante y bello. (154)
La relación estrecha que establecen entre pensamiento y lenguaje sustenta su postura cosmopolita. La posición alberdiana es la más extremada tanto en hispanofobia como en cosmopolitismo:10
La lengua no es otra cosa que una faz del pensamiento, la nuestra pide una armonía íntima con nuestro pensamiento americano, más simpático mil veces con el movimiento rápido y directo del pensamiento francés, que no con los eternos contorneos del pensamiento español... El día que dejamos de ser colonos, acabó nuestro parentesco con la España; desde la República, somos hijos de la Francia... A la España le debemos cadenas, a la Francia, libertades... El pensamiento francés envuelve y penetra toda nuestra vida republicana. (80-81)
El tono apasionado y aún extremo que imprimen estos hombres a la actitud lingüística de emancipación será más moderado en otros miembros de la generación en la Argentina y en el mismo grupo generacional de Chile.

La actitud de equilibrio

El movimiento literario del 42 en Chile no se plantea la identidad de lengua como un conflicto importante en sí mismo, sino como una parte correlacionada pero secundaria de la cuestión política y cultural; por ello es que no hay alusiones frecuentes al tema lingüístico, sino más bien cuestionamientos a la autoridad y ejemplaridad literaria de España; así afirma Lastarria:
si buscáis la literatura española en los libros científicos, en los históricos, en el dilatadísimo número de escritores místicos y teolójicos que cuenta aquella nación, en el teatro mismo, casi siempre la hallaréis retrógrada, sin filosofía i muchas veces sin criterio fijo. (124)
Al párrafo anterior del discurso de dicho autor chileno en la sesión de la Sociedad Literaria del 3 de mayo de 1842, le sigue otro de significativa defensa del instrumento lingüístico compartido:
Con todo no penséis, Señores, que me estiendo al suscribir estos conceptos, hasta llegar a mirar en menos su hermoso i abundante idioma. Ah! no: éste fue uno de los pocos dones preciosos que nos hicieron sin pensarlo. Algunos americanos, sin duda, fatigados de no encontrar en la antigua literatura española más que insípidos y pasajeros placeres, i deslumbrados por los halagos lisonjeros de la moderna francesa, han creído que nuestra emancipación de la metrópoli debe conducirnos hasta despreciar su lengua i formarnos sobre sus ruinas otra que nos sea más propia, que represente nuestras necesidades, nuestros sentimientos. (125)
Aunque enfrentado ideológicamente a la generación anterior de la que cuestiona su postura idiomática por purista y conservadora, la actitud de Lastarria se acerca más a la de Bello que a la de sus contemporáneos argentinos del 37 como Alberdi; en lo que respecta a la lengua, Lastarria no es rupturista, acepta con algunas reservas la innovación lingüística, pero rechaza, sobre todo, la influencia de las lenguas extranjeras en particular el francés:
siempre tendremos en nuestro idioma un instrumento fácil i sencillo que emplear en todas nuestras operaciones, un ropaje brillante, que convendrá a todas las formas que tomen nuestras facciones nacionales. Estudiad esa lengua, Señores, defendedla de los estranjerismos i os aseguro que de ella sacaréis siempre un provecho señalado, si no sois licenciosos para usarla, ni tan rigoristas como los que la defienden tenazmente contra toda innovación por indispensable i ventajosa que sea. (126)
Esta posición de equilibrio del autor se observa más claramente cuando, en sus años maduros, analiza las polémicas literarias y lingüísticas de su generación;11 en sus recuerdos, Lastarria precisa la diferencia entre su búsqueda de una expresión literaria propia y la ruptura lingüística:
Sarmiento abordaba así una cuestión que nosotros habíamos sólo insinuado en nuestro discurso. Habíamos establecido que la literatura española no era nuestra, ni debía serlo, pero habíamos recomendado el estudio de la lengua, por ser un instrumento valioso que ya poseíamos i que podíamos utilizar i perfeccionar; mas sin hablar de ese vicio que se llama purismo, i que se nos había inspirado por la perversa dirección de nuestros estudios. (144-145)
Andrés Gallardo ha resumido de modo muy claro la postura del movimiento chileno del 42, en su trabajo de 1988:
En lo que toca a la lengua, no se suele poner en duda la vigencia del idioma castellano como idioma de la nación, pero cuestiones como su arraigo, como su adecuado manejo, como la función de la literatura, sólo se tratan en cuanto tienen que ver con el desarrollo político... la lengua estaba ahí con un componente de algún modo perturbador en su permanencia: su condición de legado español. La tarea política consistía, entonces, en desespañolizar la lengua, y en americanizarla. (31-32)
La actitud de equilibrio en el reconocimiento de la validez del instrumento expresivo heredado pero a la vez propio, que busca la modalidad americana dentro del idioma compartido, aparece también en el escritor argentino Esteban Echeverría:
El único legado que los americanos pueden y deben aceptar de buen grado de la España, porque es realmente precioso, es el idioma, pero lo aceptan a condición de mejoras, de transformaciones progresivas, es decir, de emancipación. (110)
Este autor expresa brevemente en el párrafo anterior una actitud cercana al criterio moderno de estandarización policéntrica de la lengua: la variedad en la unidad, la posibilidad de coexistencia de diversas variedades cultas o estandarizadas dentro de una “lengua” en el sentido histórico coseriano (16).

[ÍNDICE] [INTRODUCCIÓN] [LA GENERACIÓN DE LA INDEPENDENCIA] [LA GENERACIÓN ROMÁNTICA: RUPTURA Y EQUILIBRIO] [CONCLUSIONES] [NOTAS] [BIBLIOGRAFÍA]