23 de Julio de 2018
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<<Biblioteca Digital del Portal<<INTERAMER<<Serie Cultural <<El Español en el Nuevo Mundo: Estudios sobre Historia Lingüística Hispanoamericana<<Aspectos Históricos e Ideológicos de las Actitudes Lingüísticas en el Río de La Plata y Chile (1810-1850)

Colección: INTERAMER
Número: 30
Año: 1994
Autor: María Beatriz Fontanella de Weinberg
Título: El Español en el Nuevo Mundo: Estudios sobre Historia Lingüística Hispanoamericana

La generación de la Independencia

Americanismo y purismo lingüístico La ruptura de la unidad colonial hispánica a través de los procesos emancipadores marcó profundamente el pensamiento y la conducta de las nuevas sociedades y focalizó la atención de los intelectuales hacia problemas vinculados a lo político, es decir, hacia ciertos conflictos sociológicos, culturales y lingüísticos. En todos los órdenes de la vida hispanoamericana había que sustituir las estructuras antiguas por otras modernas y diferentes que, en algunos casos, debían crearse o adaptarse; pero esta tarea debía hacerse dentro del marco común que les era proporcionado por un anhelo generalizado de solidaridad y unidad entre las nuevas repúblicas hispanoamericanas, una clase especial de americanismo que se apoyaba en el origen hispano común —si bien repudiado en lo político por el afán independentista— que halló fácilmente en el instrumento lingüístico compartido su más claro reflejo. De allí que el tema del idioma español en América comience a considerarse una cuestión de importancia en casi todos los países recién emancipados de España, como parte de su búsqueda de una sociedad, una cultura y una expresión que reflejasen cabalmente las nuevas identidades nacionales hispanoamericanas. El hecho de priorizar la lengua común como vínculo entre las naciones de Hispanoamérica es una reacción conservadora frente a la desmembración política: la unidad lingüística podía suplir la estructura política de unidad colonial y constituirse en un soporte del americanismo de base bolivariana. Esta es la idea que parece subyacer en el pensamiento de Andrés Bello en sus tempranas obras londinenses, de 1823 y 1827, en las que propone su reforma ortográfica del español “para los americanos” (71-87).

Pero ¿cómo evitar que la desmembración política condujese a una ruptura de la unidad idiomática? La respuesta era sostener una posición purista de lealtad hacia el idioma heredado de la metrópoli colonial; así, Juan Cruz Varela, en 1828, proponía:
Un eminente literato... dijo hace poco, que el único resto precioso que conserva el nuevo mundo de la dominación española es la lengua, que sirve de vínculo común a las repúblicas que lo componen; y en verdad que este resto es precioso, porque la lengua en que hablamos nada tiene que envidiar a los demás idiomas vivos... Pero este tesoro es, en nuestras manos, lo que son los metales preciosos, mezclados con las demás substancias minerales, en manos de quien no sabe beneficiarlas. No conociendo ni su índole, ni la extensión de sus recursos, forzamos, a cada paso, sus construcciones, adulteramos su pureza.3 (46-47)
En consecuencia, en la generación de los así llamados “padres de la Independencia”, la actitud generalizada ante la lengua, entre la intelectualidad chilena y rioplatense, era de purismo idiomático; por eso Bello, aún en pleno auge de la rebelión romántica, mantiene en la Gramática de 1847, su purismo idiomático:
Juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes. (VII)
La conservación de la pureza de la lengua garantizaba la unidad entre las naciones hispanoamericanas, que había anhelado Bolívar;4 al respecto Guitarte señala cuál fue la reacción lingüística ante la ruptura política:
En un primer momento, que puede extenderse aproximadamente hasta finales de los años treinta, a lo que alcanzan mis noticias la posición americana fue unánime: había que conservar la pureza de la lengua. (74)
Es importante destacar que esta postura conservadora en los asuntos idiomáticos tiene bases firmes en la formación intelectual de los miembros de la primera generación del siglo XIX, que mantienen en lo cultural normas, ideas y valores imbuidos por una educación tradicional e hispanista; literariamente, se expresan aún a través de formas y temas neoclásicos y, en su mayoría, pertenecen ideológicamente al pensamiento liberal e iluminista. Por todo ello, la posición casticista ante la lengua no está en conflicto con sus ideas políticas independentistas, sino que tal aparente contradicción se resuelve en un purismo crítico que cuestiona la autoridad y el modelo de ejemplaridad idiomática de la España actual, a la que además se le adjudica el “pecado original” de corromper la lengua:
Pero los americanos no somos responsables de este pecado original. Nuestros opresores nos legaron su idioma como los campos de que eran dueños: fecundísimo pero inculto. En la Península fue donde primero se corrompió... Con Felipe II empezó a retrogradar a pasos largos... Francia logró influir poderosamente y el idioma fue lo primero que se resintió del contagio. Puesto a cada paso en tortura, fue perdiendo progresivamente su belleza primitiva, y esta fuente copiosa y cristalina se enturbió al fin con mil sustancias heterogéneas. (Varela 1964, 47)
Si la variedad peninsular está “corrupta” y no hay en ella modelos literarios ni lingüísticos, América puede intentar una purificación idiomática señalando las causas de la “corrupción”, corrigiendo los “vicios” y aceptando algunas realizaciones americanas que constituían “el buen uso de la gente educada”: este es precisamente el propósito de Bello al elaborar su teoría gramatical “para el uso de los americanos”; plasmar y difundir a través de la educación una variedad culta de español en América —y no de América— que no se aparte del español general, acercándose, en cambio, a ese ideal de lengua “pura” que imaginaban factible de conseguir; esto evitaría una fragmentación lingüística hispanoamericana semejante a la fragmentación del latín. Es interesante recordar que es este un lugar común en las expresiones puristas ya que, como argumento para demostrar la necesidad de pureza y unidad lingüística, recurren al símil latino; así Bello, en su Gramática, afirma:
El mayor mal de todos, y el que, si no se ataja, va a privarnos de las inapreciables ventajas de un lenguaje común, es la avenida de neologismos de construcción, que inunda y enturbia mucha parte de lo que se escribe en América, y alterando la estructura del idioma, tiende a convertirlo en una multitud de dialectos irregulares, licenciosos, bárbaros; embriones de idiomas futuros, que durante una larga elaboración, reproducirían en América lo que fue la Europa en el tenebroso período de la corrupción del latín. (VIII)
El contacto político y cultural con Francia es una de las causas más importantes de la “corrupción” de la lengua para estos autores, puesto que, a su entender, la imitación de los modelos literarios franceses llevó a la incorporación de galicismos tanto léxicos como sintácticos, que es necesario eliminar del caudal idiomático. Cabe señalar que, precisamente durante el apogeo del neoclasicismo, se produjo en la propia España una reacción purificadora similar que trató de frenar la influencia lingüística del francés sobre el español.

La crítica al afrancesamiento del instrumento lingüístico está unida, además, al reconocimiento y la aceptación de algunos usos americanos que podían incorporarse a la variedad culta; obsérvese en la Gramática de Bello que tales usos son muchas veces conservadores, es decir, para su pensamiento, más “puros” que los peninsulares:
No se crea que recomendando la conservación del castellano sea mi ánimo tachar de vicioso y espurio todo lo que es peculiar de los americanos. Hay locuciones castizas que en la Península pasan hoy por anticuadas y que subsisten tradicionalmente en Hispanoamérica, ¿por qué proscribirlas? Si según la práctica general de los americanos es más analógica la conjugación de algún verbo, ¿por qué hemos de preferir lo que caprichosamente haya prevalecido en Castilla? Si de raíces castellanas hemos formado vocablos nuevos... ¿qué motivos hay para que nos avergoncemos de usarlos? Chile y Venezuela tienen tanto derecho como Aragón y Andalucía para que se toleren sus accidentales divergencias, cuando las patrocina la costumbre uniforme y auténtica de la gente educada. En ella se peca mucho menos contra la pureza y la corrección del lenguaje, que en las locuciones afrancesadas, de que no dejan de estar salpicadas hoy día aun las obras más estimadas de los escritores peninsulares. (VIII y IX)
Es claro en el párrafo anterior que el cuestionamiento de Bello hacia España se mide en términos de autoridad lingüística. No hay contradicción entre su intento de purificación lingüística y su ideal americanista el cual, precisamente, lo lleva a buscar y sostener la unidad de la lengua, a través de la conservación de una pureza que la propia España no mantenía; Bello pensaba que el buen uso de la la lengua por parte de los americanos evitaría la desmembración lingüística.

De modo similar la actitud purista de Juan Cruz Varela cuestiona la ejemplaridad lingüística y literaria peninsular planteándose que solamente por medio de la preservación de la pureza de la lengua se tendrá un instrumento apto para lograr una expresión literaria nacional; variedad literaria e ideal de lengua se confunden en su pensamiento:
¿quién no advierte que la falta de conocimiento del idioma patrio es una causa potísima del atraso de la literatura? ... Cómo es posible delinear grandes cuadros, hacer bellas descripciones, producir imágenes sublimes, si se ignora el idioma que ha de servir de intérprete a todas estas ideas? Es imposible escribir bien, si no se sabe antes pensar bien: pero también es difícil pensar bien si no se sabe escribir correctamente. Es indispensable, pues, para que formemos una literatura nacional, empezar a conocer a fondo el idioma en que hablamos. (1964, 47-48)
Dicha búsqueda de ejemplaridad literaria y de modelos lingüísticos es también consecuencia de la extensión del pensamiento independentista a las cuestiones culturales; la falta de arraigo de la lengua en una base cultural firme, a causa de la ruptura política, es un poderoso generador de actitudes lingüísticas que muestran el modo como se asume el problema del arraigo lingüístico; este tema es, según señala Gallardo en su artículo de 1978:
uno de los capítulos más fascinantes de la historia cultural del Nuevo Mundo... es un factor importantísimo del sentido a veces conflictivo de identidad en Norte y Sud América. En términos muy generales, se puede decir que en las Américas ha habido dos soluciones principales al problema del arraigo: según una, se consideran las versiones americanas de los idiomas estándares europeos como continuaciones históricas naturales de estos; según la otra, se consideran esas nuevas versiones como expresiones culturales diferentes y autónomas... Evidentemente, el tipo de enfoque que se adopte dependerá del tipo de actitudes lingüísticas y culturales en general predominantes en cada caso. Si se adopta la primera solución... habrá poco o nada de conflicto entre arraigo lingüístico e identidad cultural de los hablantes. (83)
Esta primera solución, sostenida por su actitud unificadora y purista, es la que adopta la generación de los hombres de la Independencia a ambos lados de los Andes. El grupo al que pertenecen tanto Bello como Varela no plantea el conflicto mencionado entre el arraigo lingüístico y la identidad cultural de las nuevas naciones; diferentes serán las posiciones adoptadas ante esta cuestión por la generación siguiente.