20 de Enero de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 29
Año: 1994
Autor: Josefina Zoraida Vázquez y Pilar G.Aizpuru, Comps.
Título: La Enseñanza de la Historia


El mexicano y la identidad

Con La filosofía de lo mexicano (1966) de Abelardo Villegas, y El mito del mexicano (1968) de Raúl Béjar Navarro, se cerró un largo ciclo filosófico que preguntaba sobre el ser del mexicano. La preocupación filosófica había arrancado más de 30 años antes con el libro señero de Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura en México (1934). A partir de 1950 se había avivado el problema, principalmente con la intervención del grupo Hiperión. A lo largo de todos estos años participaron en la polémica muchos pensadores de gran talla. Con omisiones importantes, pueden señalarse los nombres de Zea, Villoro, Guerra, Uranga, Paz, Portilla, Carrión, Fernández McGregor, Ramírez, Vega, Reyes Nevares, Aramoni. Más tempranos y paralelos a la preocupación filosófica sobre lo mexicano, existieron planteamientos de reconstrucción nacional nacidos del movimiento revolucionario. En una obra de juventud, Forjando patria (1916), Manuel Gamio había enfatizado el valor de las culturas prehispánicas y del componente indígena en la tradición mexicana, contraponiéndolo a la triste situación de los indios, desposeídos y extranjeros en su propia patria. Muchos años después, maduro su pensamiento en la lucha teórica y práctica por mejorar la situación que había denunciado, Gamio externó la dificultad de distinguir científicamente al indio en un país mestizo como es México. En 1946 Gamio decía que las gradaciones del mestizaje y las transformaciones culturales en proceso hacían difícil decir en México quiénes eran indios y quiénes no lo eran, y optaba por la solución práctica —que no estrictamente científica— de tomar como criterio de distinción el lingüístico (175-179).

Dejados muy atrás los intentos de comprender lo mexicano con categorías filosóficas propias; dejados también atrás los intentos de Manuel Gamio de distinguir científicamente al indio, y después los de Alfonso Caso, Gonzalo Aguirre Beltrán, Luis Villoro, Julio de la Fuente, Ricardo Pozas, Guillermo Bonfil, Andrés Medina y tantos más, parece una gran herejía buscar en tan reducido espacio algunos elementos de identidad que nos sirvan para encontrar el “aquí y ahora” con el cual enfocar las tareas educativas. Parece y es una gran herejía; pero valgan en mi favor la conciencia de la desproporción de este intento y mi necesidad de encontrar al menos algunas características suficientemente generalizables para cumplir el propósito de este trabajo.

México es un país de fuertes contrastes económicos y culturales. Si bien existen —como lo señaló Gamio— líneas de continuidad cultural que  van  de  lo  indígena  a  lo  occidental,  hay  una  enorme  diferencia entre las tradiciones y un alto grado de incomprensión recíproca no sólo entre los extremos occidental e indígena de las líneas de continuidad, sino entre sus segmentos. Cinco siglos de convivencia y un alto grado de mestizaje no han sido suficientes para producir el flujo de comunicación necesario para la coexistencia equilibrada de una población pluricultural.

Las bases de la incomprensión fueron sentadas desde el inicio de la Colonia. La situación colonial tiene entre sus características, precisamente, la devaluación extrema de la cultura del colonizado por parte del colonizador y la facultad que se arroga éste para sustituir dicha cultura por una modalidad de la propia. El colonizador pretende al mismo tiempo anular la defensa cultural del colonizado, tender su propia cultura como puente de intervención y justificar sus acciones como labor evangélica y civilizatoria. El cumplimiento de estos fines hace que el colonizador atribuya al colonizado una minoría de edad,  lo que fortalece su ideología y justifica las medidas evangelizadoras, impositivas y coercitivas.

Por otra parte, el colonizador se interesa por inculcar su propia cultura sólo en cuanto sirva para garantizar las relaciones coloniales, con lo que el incorporado queda en una situación de desventaja ante un mundo normado e institucionalizado que le es ajeno.

Esta visión colonizadora fue la que prevaleció en el colonizador novohispano y en sus descendientes. El mestizaje, la incorporación del indígena al contexto occidental y la diferencia económica formaron un complejo devaluatorio formado con elementos raciales, económicos y culturales (éstos tanto por el contenido indígena de la cultura como por el bajo nivel de la modalidad cultural impuesta). Quedó establecida una profunda brecha entre una cultura dominante y un conjunto de culturas subordinadas o marginadas que el dominante ignoró y devaluó a priori.

Nadie puede desconocer las grandes transformaciones de México en los dos últimos siglos. Paradójicamente, al conservarse en la vida independiente de México las relaciones económicas y sociales que provocan las enormes diferencias entre la población, se han conservado también muchas de las actitudes coloniales que propician o que son producto de tales diferencias. La brecha de rechazo por desconocimiento a “lo ajeno” es todavía muy grande. México no sólo es un país de fuertes contrastes económicos y culturales, sino de una pluralidad cultural en la que las diversas culturas se mantienen incomunicadas. La barrera ante el complejo racial-cultural-económico queda en pie. No es una mera oposición occidental/indígena, sino una evaluación negativa generalizada del “otro”, “otro” que puede ser por raza, por cultura, por religión, por situación económica, por posición política o por jerarquía. Entre las posibles características del mexicano sobresale su participación en una cotidiana situación identitaria de tipo colonial. Esto implica que el mexicano, cualquiera que sea su posición en estas situaciones identitarias, está familiarizado con un ambiente en el que priva una mentalidad colonial de devaluación del “otro”.