22 de Enero de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 29
Año: 1994
Autor: Josefina Zoraida Vázquez y Pilar G.Aizpuru, Comps.
Título: La Enseñanza de la Historia


Una digresión sobre identidades

Sin un vivo ánimo de polémica sobre este punto, guiado estrictamente por la necesidad de plantear algunas bases para la discusión sobre lo mexicano, creo conveniente definir situación identitaria como un conjunto dado de relaciones sociales en las que uno o más participantes reconocen sus inclusiones/exclusiones en diferentes órdenes y niveles de identidad.

Entre otras cosas, el concepto de situación identitaria es útil para analizar cómo los actores varían de posición de acuerdo con el cambio de las circunstancias. En efecto, en distintas situaciones un mismo individuo puede reconocerse en diferentes niveles de inclusión dentro de una misma línea clasificatoria (pertenencia a un barrio, a una ciudad, a un estado, a una región, a un país...), puede variar de órdenes clasificatorios (clase social, nivel de estudios, credo religioso, partido político), o llegar hasta el cambio del valor de la identidad, adoptando posiciones opuestas según las circunstancias del caso (hijos de extranjeros que hacen ostentación de su origen en su país, y de su extranjería en el país de sus padres). Es mucho lo que puede comprenderse de la identidad si se atiende a las situaciones concretas en las que se construye y funciona.

El estudio de la situación identitaria no es menos útil para entender el carácter histórico de la identidad, dependiente de la reproducción de las situaciones que generan las características identitarias. Y al entender que la identidad es histórica —mutable—, se abren las posibilidades tanto de refuerzo como de erradicación de las características positivas o negativas de la identidad a través de la intervención racional de la educación.

En la situación identitaria se construyen distintos procesos de reconocimiento. Tomemos como ejemplo una situación sumamente sencilla, pero en la que los participantes intervienen ya en un juego de reconocimientos. En una función de boxeo los tres participantes principales —los púgiles y el árbitro— reconocen un orden normativo que les es aplicable a los tres, pero que contiene un buen número de normas específicas que obligan de manera particular a dos de ellos. Hay de entrada, por tanto, dos relaciones distintas: una que incluye a los tres participantes y otra que distingue dos grupos, uno dual y otro singular. A estas relaciones se suma una tercera, una exclusión identitaria muy fuerte que individualiza y opone entre sí a ambos contendientes.

Hay situaciones identitarias que existen gracias a simultáneas relaciones de inclusión y de exclusión entre los participantes. Es el caso de la situación conyugal, definida tanto por la inclusión de sus dos miembros en un orden jurídico, como por la necesaria exclusión recíproca de la naturaleza sexual de cada uno de los compañeros.

En una situación identitaria el reconocimiento inicial puede ser explícito o implícito. El explícito suele incluir a los participantes en un primer vínculo que sirve para dar un fundamento a la situación. Cualquier forma de expresión —recordemos a Vygotsky en cuanto al carácter social del lenguaje interior— es una identificación abstracta o concreta con un receptor. Una expresión basta, por tanto, para dar inicio a una situación identitaria, aunque ésta llegue a casos aberrantes como el de la ficción ritual. Tal fue el caso del “requerimiento a los indios”, fórmula justificatoria que pronunciaban los españoles durante las guerras de conquista frente a los ejércitos indígenas que, obviamente, no entendían el idioma. Ritualmente se incluía en una relación de identidad al enemigo a partir de un supuesto vínculo de comprensión. Dejando a un lado casos tan extraños como el anterior, puede afirmarse que quien se expresa reconoce al receptor como partícipe en el manejo de los códigos de su expresión. Es ésta una relación inclusiva inicial.

Las situaciones identitarias no sólo implican el reconocimiento de las identidades por parte de sus actores, sino que su repetición llega a crear características objetivas y subjetivas en las que pueden fundarse las identidades. La identidad se construye, repito, en las situaciones concretas en las que funciona. Veamos un ejemplo sencillo. ¿Cómo particularizar a los belgas? Una de sus características importantes se relaciona con sus diferentes tradiciones lingüísticas y culturales. No todos los belgas son valones ni todos son flamencos, pero les es común una situación identitaria en la que es muy importante la oposición valón/flamenco. O sea, no importa que el individuo tenga por lengua la francesa, la neerlandesa o la alemana, ni que su actitud sea amistosa, hostil o variable hacia las personas de diferentes lenguas y culturas, ni que sea de tendencias o de convicciones separatistas o anexionistas. Importa que viva cotidianamente, en forma de cualquier modo participante, en un ambiente social caracterizado por una oposición entre dos tradiciones.

La situación identitaria crea distintos tipos de características identitarias. Así como la situación identitaria de oposición valón/flamenco —repetida día con día— llega a caracterizar al belga, caracterizará al belga flamenco, al belga valón y aun al belga de habla alemana, por separado, con particularidades contrastantes.