20 de Enero de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 29
Año: 1994
Autor: Josefina Zoraida Vázquez y Pilar G.Aizpuru, Comps.
Título: La Enseñanza de la Historia


Aquí y ahora

De la compleja realidad del presente mexicano destaquemos sólo dos componentes: (1) México es un país de fuertes contrastes económicos y culturales con alto nivel de incomunicación cultural interna (2) que vive, en la posición de país económicamente débil, un proceso de transformación favorable a los intereses de las grandes empresas multinacionales.

El violento cambio de final de siglo es un proceso histórico al que sería insensato oponerse. Sin embargo, no es, en modo alguno, tan unilineal como se le ha querido presentar. Es posible intervenir racionalmente en su curso para impedir el desastre al que conduciría una marcha incontrolada. La intervención racional en el proceso exige la conjunción armónica de muchos y diversos medios. Uno de ellos es la educación, formadora de las conciencias de las nuevas generaciones.

Los países cuya principal oferta a la gran empresa son las materias primas y la mano de obra barata quedan en situación particularmente vulnerable en las actuales circunstancias históricas. La cultura es un arma defensiva. La debilidad cultural es peligrosa ante una injerencia que propicia el desarraigo del individuo y que lo induce a una existencia sin profundidad temporal ni cultural.

México, pese a las opiniones de quienes pretenden minimizar los peligros del cambio, no está en condiciones culturales favorables. Una de las principales causas de su debilidad cultural es la tradicional mentalidad colonial. En el difícil presente, esta mentalidad es negativa por varios motivos. Por una parte, impide un reconocimiento pleno de nuestra pluralidad cultural. Mantiene la idea de una cultura nacional donde lo que ha existido es una cultura dominante que pretende la reducción de las demás. La falsa apreciación de la realidad y el desconocimiento de las culturas inscritas en nuestro ámbito político impiden tomar las medidas adecuadas ante las condiciones adversas del cambio, condiciones que serán distintas ante cada tipo de cultura. El flujo innovador no afectará de la misma manera a la tradición occidental que a las tradiciones de estructura fuerte. Si esto no se toma en cuenta, los daños que se ocasionen a las culturas indígenas serán graves, sobre todo si se propicia que sus formas más íntimas de vida queden intervenidas en condiciones directas de asimetría.

Por otra parte, la mentalidad colonial crea un sistema vertical de decisiones en el que los distintos componentes de “lo otro” carecen de participación real. La falta de participación democrática suele replegar a los individuos relegados a un reducto de identidad. La parcelación que esto provoca en la vida nacional desdibuja la diversidad de identidades a las que pertenece cada individuo, privilegia una de ellas y puede conducir a una fragmentación peligrosa en períodos de crisis, pues impide la identificación de los intereses que son comunes en conjuntos de identidad de radios más amplios e imposibilita la unión necesaria para la acción de beneficio común.

Otra característica  de la mentalidad colonial, es la indiferencia ante la inminente prolongación y profundización de las diferencias económicas de la población mexicana. Esta mentalidad las ha considerado normales durante siglos. La prolongación de las diferencias, sobra decirlo, es muy favorable a los intereses de la gran empresa, que gracias a ellas garantiza los bajos costos de producción con la posibilidad de contratar mano de obra barata en condiciones laborales desprotegidas.

Una cuarta situación desfavorable que provoca la mentalidad colonial deriva de la fácil recepción por parte de algunos sectores dominantes de los modelos culturales impuestos desde el exterior. Estos sectores abren el camino hacia el resto de la población, sobre todo a través de los medios masivos de comunicación. Quienes poseen una mentalidad colonial no reconocen paridad en las culturas: las jerarquizan. Niegan el valor de la cultura del “otro”; pero son propensos al reconocimiento de la superioridad de una cultura metropolitana.

A la mentalidad colonial, deberá oponerse una concepción moderna de un México pluricultural en el que los hombres pertenecientes a las distintas culturas puedan decidir autónomamente su destino ante el cambio y, al mismo tiempo, impidan que los intereses externos mantengan la secular negación de la cultura del colonizado. En este difícil trance, insisto, la educación no lo es todo; pero su correcta orientación será indispensable para crear la nueva mentalidad.