16 de Diciembre de 2018
Portal Educativo de las Américas
  Idioma:
 Imprima esta Página  Envie esta Página por Correo  Califique esta Página  Agregar a mis Contenidos  Página Principal 
¿Nuevo Usuario? - ¿Olvidó su Clave? - Usuario Registrado:     

Búsqueda



Colección: INTERAMER
Número: 29
Año: 1994
Autor: Josefina Zoraida Vázquez y Pilar G.Aizpuru, Comps.
Título: La Enseñanza de la Historia


Conclusión

Podríamos señalar, pues, tres grandes etapas en la evolución de la enseñanza de la historia en España, en los niveles pre-universitarios, durante el siglo XX.

Una primera etapa que podríamos denominar de enseñanza tradicional y que sería la más extensa llegando hasta los años 70. Se caracteriza básicamente por la transmisión de una historia narrativa, de corte positivista, que a través de un relato exhaustivo, desde los orígenes hasta la actualidad, de fechas, nombres y acontecimientos político-diplomático-militares, pretende ser “magistra vitae” y proporcionar “moralejas edificantes”.

El menendezpelayismo, de raíz católica integrista y conservadora reaccionaria, será constante inspiración para los libros escolares de historia. Bajo la supuesta objetividad de los hechos, cuidadosamente seleccionados, a veces incluso deformados, se transmite a los alumnos una visión de la historia, que en la época franquista irá encaminada a ensalzar la figura del dictador, como héroe motor de la historia, y del sistema del catolicismo-nacional.

El profesor empleaba una metodología meramente expositiva. El alumnado se limitaba a escuchar y a memorizar después un libro de texto descarnado, al principio, y en el que progresivamente fueron apareciendo imágenes, que ilustraban el texto. Hacia el final de la etapa, los libros se vistieron de color, pero ya se sabe que “aunque la mona se vista de seda, mona es y mona se queda”. El fin era reproducir todo lo memorizado en un examen.

En este panorama, debe señalarse el paréntesis que supuso la Segunda República, que trató de dar una visión menos deformada de la historia, aunque de corte positivista, a través de una metodología didáctica más activa y acorde con las corrientes europeas del momento, adoptadas de modo pionero por la Institución Libre de Enseñanza.

La segunda etapa podríamos caracterizarla como de cambio epistemológico. Durante los años 70 fueron llegando a los textos escolares las repercusiones de los avances epistemológicos que bastantes años antes se habían producido en la historiografía europea. La Escuela de Annales llega a producir verdadera fascinación entre muchos profesores de historia. La narración de hechos fue sustituida por la explicación de conceptos y procesos históricos. Fue un avance importantísimo e imprescindible. Sin embargo, no fue acompañado del cambio didáctico necesario.

La enseñanza por transmisión era coherente con la epistemología de la historia tradicional y se adecuaba a las capacidades de los alumnos. La nueva historia, sin embargo, plantea grandes dificultades a unos alumnos que, al no haber alcanzado plenamente el nivel de las operaciones formales, no consiguen comprender unas explicaciones históricas cargadas de conceptos abstractos. Además, una historia explicativa ya no basta con aprenderla, es necesario comprenderla. Y para comprender, no basta con la explicación del profesor y la memorización del libro de texto. Resulta incongruente transmitir a los alumnos como algo acabado que deben aprender, una historia que se considera ciencia en construcción. Es necesario un cambio en la metodología didáctica que tenga en cuenta al alumno y que sea coherente con una historia explicativa, que permita al alumno, teniéndolo en cuenta, entender la sociedad en que vive y entenderse a sí mismo.

Algo se ha avanzado en los aspectos didácticos de la enseñanza de la historia con la incorporación de actividades y una estructura de los libros de texto mejor organizada y más sencilla, aunque se ha mantenido la obsesión por la exhaustividad. Esto conduce a unos programas sobrecargados de contenidos conceptuales, que hay que tratar con superficialidad, y a desatender los contenidos procedimentales y actitudinales.

La tercera etapa, a la que podemos denominar de la esperanza de un cambio didáctico, comienza ahora con la implantación de la Reforma educativa. Aunque, como hemos visto, en los bloques de contenido sigue primando la fuente epistemológica, en las orientaciones didácticas se insiste en la necesidad de prestar atención a las fuentes pedagógicas, psicológicas y sociológicas.

El profesor debe convertirse en un investigador en el aula, que a partir de la reflexión en equipo, sobre su propia práctica, consiga llegar a ser un mediador adecuado para ayudar al alumno a recorrer el proceso, que le llevará a la realización de aprendizajes significativos y a la construcción de su propio conocimiento.

Pensamos que la didáctica de la historia, igual que todo conocimiento, es en parte al menos, producto de unas condiciones económicas, sociales y culturales determinadas y en parte consecuencia de un proceso histórico, aunque sólo sea en la misma proporción que aquellas condiciones económicas, sociales y culturales. No compartimos la ilusión idealista de que la escuela puede cambiar el mundo, pero tampoco creemos que debamos sentarnos a esperar que el mundo cambie. No sabemos en qué medida, pero estamos seguros de que, enseñando historia, podemos mejor contribuir al cambio.

La historia ha servido, y sirve, para dominar, conservar, someter, reproducir, adormecer, acallar, legitimar al poder, imponer una visión determinada del pasado o del presente, (...) pero también puede servir, y sirve, para libertar, regocijar, emocionar, independizar, tomar conciencia, comprender, hacer comprender, explicar, recordar, reconocer, transformar, (...) para ser más humanos, en definitiva.