20 de Julio de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 29
Año: 1994
Autor: Josefina Zoraida Vázquez y Pilar G.Aizpuru, Comps.
Título: La Enseñanza de la Historia

Los grandes temas de la historia colonial

Al pensar en la aplicación de estas ideas a la época de las conquistas y del establecimiento del régimen colonial, es preciso destacar algunos temas que requieren especial atención. Podrían resumirse en: antecedentes, circunstancias demográficas, entorno cultural y tecnológico, culturas autóctonas, procesos de influencia mutua, mestizaje, instituciones coloniales, causas y consecuencias de la sumisión y de las sublevaciones, y balance interpretativo. Ya al referirnos al tema del descubrimiento, conquista y colonización, y al orientarlo hacia la enseñanza de la historia en grados elementales y medios de pueblos iberoamericanos, surgen una serie de propuestas concretas, en las cuales habrá de aprovecharse la experiencia de los textos actualmente en uso y la existencia de aciertos parciales en numerosos programas y textos; por otra parte, habrá de aceptarse la permanencia de determinados prejuicios inatacables. Planteamientos teóricos, contenidos específicos y tradición local han de conjugarse para proponer una vía de comprensión realista y aplicable a todos o a casi todos los países ibéricos e iberoamericanos.

Inevitablemente, al pensar en la enseñanza y en los programas escolares, recurrimos al ejemplo de los libros de texto, como si éstos constituyeran el único vehículo metodológico. Frente a esto, la primera sugerencia sería que se utilizasen los más variados recursos, para lo cual habría que dar asesoría a los maestros. Se podría fomentar la creación de pequeños museos escolares, la redacción de historias familiares y la decoración de los salones de clase con temas de la historia local. Estas y otras actividades similares aparecen ocasionalmente mencionadas como tarea correspondiente a determinadas lecciones o capítulos; pero pocas veces se recomiendan como entretenimiento colectivo y continuado, apoyado por los conocimientos de sucesivas lecciones y con espacio para la experiencia individual y familiar. No hay que olvidar que la propia biografía y el recuerdo de las vicisitudes familiares son las lecciones que más grabadas quedan en la memoria de los niños.

La influencia de acontecimientos externos, nacionales o internacionales, sobre la vida de la comunidad, y las estrategias de supervivencia adoptadas según las circunstancias, constituyen ejemplos vivos de la interacción de los acontecimientos. Paseos, excursiones, audiciones de música, asistencia a representaciones teatrales o cinematográficas y presentación espontánea de relatos autobiográficos darían excelente apoyo al estudio de la historia.

Pero esto no reduce la influencia de los libros de texto. Partiendo del hecho de que una gran parte de los pequeños estudiantes de nivel elemental nunca llegarán a los estudios secundarios, y aún serán menos los que lleguen a la universidad, debe dedicarse la máxima atención a los libros de primaria. En muchos casos, el libro de texto será la única fuente de información que llegue a tener a su alcance el individuo adulto. Y esta situación adquiere mayor trascendencia al meditar en el hecho de que muchos maestros están escasamente capacitados para dar explicaciones adicionales o enriquecer el contenido de los libros.

Un texto elemental no tiene que ser necesariamente escueto. Los nombres y las fechas son la parte más árida y sin sentido de los contenidos de la historia. Por eso el libro de texto debe contener explicaciones, anécdotas y elementos literarios que sirvan de apoyo a las ideas esenciales y faciliten la comprensión de los fenómenos mucho más que la memorización de datos y conceptos.

Al redactar libros escolares podríamos tomar en cuenta algunas experiencias de nuestro propio pasado. No hay duda de que los frailes evangelizadores del siglo XVI tuvieron una extraordinaria habilidad para aprovechar los recursos didácticos a su alcance; también supieron escribir las obras doctrinales adecuadas a la mentalidad de sus discípulos. Un franciscano, fray Alonso de Molina, publicó, entre otras cosas, dos confesionarios o guías para recibir el sacramento de la penitencia, uno abreviado, sintético, destinado a los confesores, y otro extenso, explicativo, para uso de los neófitos. En el prólogo del mayor expuso la razón de esta diferencia, que bien podríamos aplicar a nuestros libros escolares: el maestro conoce ya la materia, y por tanto basta con que disponga de algo equivalente a una guía de contenidos; el alumno necesita ser estimulado para que se interese en el aprendizaje de algo que no conoce y que se le debe proponer en forma amena y accesible. La historia no puede prescindir del relato, aunque es fundamental que no se mezclen con estos las fantasías del autor.

Para elaborar los libros de texto sería pertinente contar con la ayuda de economistas, sociólogos, antropólogos, geógrafos, literatos y lingüistas, para que ellos explicasen la forma en que los accidentes geográficos, las coyunturas económicas y los valores culturales determinaron tendencias en la evolución histórica de las naciones; los simbolismos implícitos en las creaciones literarias y los significados cambiantes de términos en desuso o modificados a través del tiempo, apoyarían y aclararían los testimonios aportados por las fuentes documentales. Con todos estos elementos, el historiador podría desarrollar aquello que es su tarea propia: dar sentido y coherencia al relato, encontrar las causas y analizar las consecuencias, insuflar calor humano a los protagonistas de la historia y explicar la trascendencia de los acontecimientos.

El objetivo común de fomentar el espíritu crítico y la capacidad analítica de los niños y adolescentes sólo podrá lograrse con textos fundamentados teóricamente, en los que el relato secuencial de viajes, batallas y situaciones de dominación se expliquen mediante causas generales derivadas de procesos económicos, políticos y sociales, no de la voluntad individual, del heroísmo o la crueldad de individuos aislados.

Las circunstancias políticas de los reinos peninsulares fueron favorables al proyecto de conquista y colonización de  América,  al mismo tiempo que su posición en el conjunto de los reinos europeos les permitió disponer de los recursos humanos y materiales y del referendo jurídico que necesitaron.  Los capitanes de las huestes castellanas eran hombres de su tiempo, la actividad del comercio trasatlántico respondía a intereses del comercio internacional y las fluctuaciones de los precios de metales preciosos dependían de circunstancias de la economía europea.

La explicación de las cuestiones más relevantes de la historia medieval no requiere de un amplio espacio, pero sí de la definición de algunos conceptos fundamentales. Es conveniente mencionar la pluralidad de pueblos que formaban la península ibérica, la invasión musulmana, seguida de una larga reconquista del territorio, la persistencia de un vago concepto de unidad hispánica, compatible con la división política, y la unificación en las personas de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

En el ambiente de la Castilla de los siglos XIII a XV puede explicarse el funcionamiento del régimen feudal, basado en el trabajo de vasallos sujetos a los señores locales. No habría inconveniente en hablar de castillos y torneos, siempre que se complementase con la exposición de la penuria de los siervos de la gleba; se mencionarían las batallas campales a la vez que los progresos de las técnicas agrícolas, de los nuevos medios de transporte, del uso de la pólvora para las armas de fuego, de la formación de los gremios artesanales y del auge de las ciudades. La larga convivencia con el mundo musulmán marcó con un sello propio las creaciones intelectuales de los cristianos peninsulares, sus actitudes religiosas y su concepción de la guerra.

Para exponer la idea del mundo en los albores de la edad moderna es fundamental desterrar la vieja leyenda de Colón profeta de la nueva ciencia, único sabio en un mundo de ignorantes, visionario capaz de hacer lo que nadie imaginó. Importa señalar la trascendencia del avance tecnológico y la experiencia viajera de los pueblos del Mediterráneo. La gloria de Colón no se mengua por el hecho de que estuviera obstinado en el error. Y debemos reconocer que nadie regatea al genovés la grandeza de su hazaña, aunque los resultados fuesen destructivos para tantos pueblos y culturas.

Es preciso subrayar que la trascendencia de los viajes colombinos se halla en función de las circunstancias que vivía la cristiandad. En la Europa del siglo XV se extinguía el modo de vida feudal, a la vez que surgían nuevas formas de relación entre propietarios y trabajadores, nuevas técnicas de producción y nuevos cauces en la comercialización de los artículos de consumo. Se iniciaba la era moderna; y América tendría una importante función dentro del nuevo orden.

Algunos datos sobre la situación europea ayudarían a comprender la actitud de los pueblos ibéricos ante la crisis del comercio mediterráneo y el amenazador avance de los turcos. La imperiosa necesidad de obtener especias, imprescindibles para la conservación y aderezo de los alimentos, y el desarrollo del sistema mercantil, fueron acicate para la planificación de los viajes portugueses y españoles.

Las formulaciones ideológicas son inseparables de cualquier actividad intelectual. Ya que reconocemos la ideologización inevitable de nuestros mensajes, es más honesto y fructífero dar a conocer desde las primeras páginas la carga de prejuicios inherente a nuestra propia situación. El planteamiento habrá de hacerse dando a conocer que partimos de nuestras inquietudes y limitaciones, que los problemas que más nos preocupan son los que afectan a nuestra civilización del siglo XX y que las respuestas que buscamos son aquéllas que satisfagan nuestras dudas. Los dogmatismos del siglo XX podrían equipararse a los que atormentaron a muchas personas en un pasado lejano. Podría informarse a los estudiantes de que las creencias religiosas, como las ideas políticas, han sido causa de incomprensiones y rencores entre los pueblos desde tiempos remotos. Mientras América vivía al margen del desarrollo cultural europeo, el viejo continente se escindía en dos grandes bloques hostiles entre sí: la Cristiandad y el Islam. Los períodos de tolerancia alternaban con los de intransigencia y el crecimiento de uno repercutía en la debilidad del otro. Durante una etapa de auge del mundo musulmán, los cristianos vieron amenazadas sus fronteras e interrumpido su comercio con Oriente. La compensación mercantil y territorial se logró mirando precisamente en sentido opuesto, hacia el oeste.

Quienes no se integraron en ninguno de los dos bloques, los pueblos de África central y del sur, sufrieron de todos modos las consecuencias de las ambiciones de los grandes y abastecieron sus ciudades y palacios con esclavos, metales preciosos, marfil y esencias exóticas. América compartió la suerte de la Europa occidental, pero cuando ya la vieja cristiandad se hallaba escindida en facciones enemigas. Su principal función fue la de proporcionar a las metrópolis oro y plata, además de productos exóticos que pronto comenzaron a ser apreciados. Las regiones que durante un tiempo fueron abastecedoras de materias primas para el desarrollo industrial y mercantil de las metrópolis, a duras penas luchan hoy por liberarse del subdesarrollo.

La corrección y belleza del texto es, al mismo tiempo, vehículo y meta del proceso de enseñanza-aprendizaje. Es nefasto obligar a los estudiantes a leer textos incorrectamente escritos, que dificultan la comprensión y vician la asimilación de los conceptos. Por el contrario, la práctica de la buena lectura propicia una correcta expresión, facilita el conocimiento y propicia el perfeccionamiento literario. Siempre podrán encontrarse textos bellamente escritos relativos a temas de nuestro pasado. La desecación del valle de México dio pie a Alfonso Reyes para apuntar un sentido lamento: “Tres razas han trabajado en ella y casi tres civilizaciones (...) De Nezahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de este a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja” (Reyes 57).2

Se ha dicho repetidamente que la historia no debe convertirse en pretexto para la sacralización de héroes y la condenación de villanos. Pero esto no equivale a eliminar de los libros la presencia de quienes se destacaron en la política, la guerra o la cultura. Las personalidades relevantes, en aspectos positivos o negativos, deben aparecer siempre adecuadamente ubicadas en su momento y circunstancia, de modo que se atenúe la tendencia a dictar juicios morales y el anacronismo de aplicar nuestros propios puntos de vista. Es imprescindible mencionar a Cortés y Las Casas, Cuauhtémoc y Moctezuma, pero siempre dentro del contexto que explica su actuación.

La relación de la geografía con la historia debe hacerse patente, no sólo por la continuidad de ambas materias en el mismo texto (como se practica en varios países), sino por la recurrencia a elementos de geografía histórica que expliquen procesos políticos o económicos. En estos casos la geografía debe ofrecer un marco flexible, no sólo regional sino nacional o continental, según convenga a la completa explicación de los acontecimientos. Además, una adecuada integración de la geografía con la historia exige la presentación de mapas históricos, en los que no sólo se ubiquen fronteras y lugares, sino que se aprecien influencias climatológicas, orográficas, de vías de comunicación y de pueblos o culturas en contacto.

Las relaciones con otros pueblos deben comentarse en un tono que incite a la comprensión. De nada serviría ocultar la violencia de la conquista; pero atribuirla a personalidades determinadas significa hacer el juego a quienes perpetúan los imperialismos de cualquier signo. Son las injusticias derivadas de los sistemas las que deben ponerse en entredicho. Para el efecto no es tan relevante el que los dueños de esclavos utilizasen el látigo (como se ilustra profusamente en la mayor parte de los libros) como el hecho de que jurídica y teológicamente se justificase la esclavitud. Y tampoco la bondadosa actitud de algunos misioneros permite aplaudir la intromisión en creencias y hábitos de moralidad de seres humanos igualmente dotados de entendimiento y voluntad propia. En este terreno es fácil señalar la opresión común, la lucha por una situación más justa, la colaboración de individuos de diferentes grupos étnicos y sociales y los paralelismos con otras formas de dominio.

La diversidad de las interpretaciones de momentos traumáticos, como la conquista y colonización, servirá para apreciar la necesidad de comprensión. Los niños saben por experiencia que nadie es completamente bueno o completamente malo, que incluso quienes han obrado rotundamente mal pueden tener alguna justificación ante sí mismos y ante los demás. El mostrarles párrafos de descargo de los presuntos culpables o crónicas de sus contemporáneos, debidamente anotadas, servirá para aguzar su sentido crítico y fomentar el espíritu de tolerancia. En la medida de lo posible deberá incluirse el punto de vista indígena, tanto en lo referente a la conquista como al establecimiento del orden colonial. Hoy disponemos de textos expresivos para ilustrar el temor y desconcierto de los indios mexicanos: “Estaban asustados, asombrados, manifestaban angustia, inquietud; se consultaban, se reunían en grupos, se juntaban. Se lloraba, se lloraba muy fuerte, se lloraba por los otros” (Baudot y Todorov 79).3

En contados casos sucede que algún régimen político pretenda intencionalmente formar soldados en vez de ciudadanos. Aun en éstos, la esperanza de todos es que algún día terminen los enfrentamientos bélicos y se construya la paz. A nada conduce satanizar al enemigo de ayer para enardecer al guerrillero de mañana. En todo caso, el odio nunca es un buen camino para construir el futuro; pero el odio al enemigo del pasado es la más estéril forma de ahogar iniciativas generosas y actitudes creativas.

La presentación demasiado plana de los hechos, como en cuadros de época, tiende a deformar la perspectiva, de modo que lo remoto parezca reciente y el lento camino hacia la justicia se convierta en usufructo de los más modernos gobernantes o revolucionarios. Una presentación ágil y dinámica permitirá apreciar los procesos de resistencia secular, las luchas esporádicas, los avances de la ciencia y los cambios en el modo de vida.

En los pueblos americanos, el simple conocimiento de que pertenecemos a un mismo continente se reforzará al tomar conciencia de que también compartimos una historia común. Para ello es necesario contar con la presencia de los grupos indígenas de la época prehispánica, pero no olvidar su permanencia durante los siglos subsiguientes. Los indios no desaparecieron con la conquista, con la administración virreinal ni con la creación de los estados independientes. Los cambios en su modo de vida constituyen parte esencial de la formación de los países modernos. Y, sobre todo, no se puede confundir cultura indígena con restos arqueológicos, ni civilización con organización política y administrativa. Los indios de selvas remotas y de áridas planicies, nómadas o sedentarios, vestidos o desnudos, agrupados en tribus, comunidades, pueblos o señoríos, colaboraron igualmente en la formación de nuestra identidad. La historia indígena de México no concluyó con la ruina de Tenochtitlan ni los indios del siglo XX podrán enlazar su historia con los del XV, sin solución de continuidad.

También habría que ampliar algunos de los temas relativos al África negra y los orígenes de la esclavitud, la evolución de la península ibérica, que parece haber quedado anclada en el siglo XVI, y la formación de las nacionalidades latinoamericanas.

Después de relatar la forma en que Colón realizó sus viajes, como empresa castellana, podría indicarse la pluralidad de objetivos y métodos en las expediciones de exploración. Las condiciones geográficas, la relativa riqueza de los territorios, la actitud de la población aborigen y su organización política y administrativa, e incluso la capacidad de los colonizadores, determinaron muy diferentes formas de ocupación. Para el caso de México, podría exponerse que a partir de las islas que llamaron Juana y La Española (las dos mayores del archipiélago de las grandes Antillas) la corona de Castilla extendió sus dominios por todo el continente americano. Propietarios enriquecidos, oficiales reales o simples aventureros, planeaban empresas de descubrimiento y conquista. Escasas y confusas, llegaban noticias de grandes riquezas y opulentos señoríos en el interior y hacia el norte de la franja costera apenas reconocida como parte de una península a la que hoy llamamos Yucatán.

Hernán Cortés, perteneciente a la baja nobleza extremeña y con formación universitaria, consiguió ponerse a la cabeza de una expedición, que según el proyecto original se limitaría a explorar las costas, pero que finalmente se dirigió a conquistar el señorío mexica.

También habría que señalar que la derrota de los pueblos indígenas fue precipitada por la diferencia de tácticas guerreras y de tecnología en armamento, pero sobre todo por la habilidad con que el conquistador español aprovechó las divisiones internas entre pueblos sojuzgados por los poderosos aztecas. El joven Cuauhtémoc dirigió la resistencia, pero claudicó ante la superioridad bélica de los españoles aliados con los tlaxcaltecas. La rendición de la ciudad de Tenochtitlan significó el derrumbe de la organización prehispánica. Poco tiempo después fueron cayendo en poder de los nuevos señores todas las comarcas que antes rendían tributo a los gobernantes del gran señorío mexica. Mucho más lenta y azarosa fue la conquista de las regiones del norte, en las que no existía un poder centralizado. La vida nómada de los grupos norteños facilitó su larga resistencia ante el dominador español, ya que no luchaban por defender tierras o privilegios, sino por salvar su libertad e independencia.

El tema de las culturas autóctonas reviste singular importancia. En todo caso se impone el análisis en dos diferentes niveles: el de las culturas indígenas locales, propias de cada uno de los actuales países americanos, y el de las restantes culturas del continente. En ambos casos es preciso tomar en cuenta a toda la población indígena y no sólo a una parte, de tal manera que no se presente como espacio vacío aquel en el que no existieron grandes monumentos artísticos ni una organización política compleja. Es lógico que se dé un lugar destacado a los pueblos prehispánicos que habían logrado instaurar grandes señoríos y elaborar refinadas creaciones del arte y el pensamiento. Pero ello no justifica en absoluto el olvido de los que desarrollaron una cultura rudimentaria y se adaptaron al medio sin oprimir a sus vecinos ni establecer complejos mecanismos administrativos. Al referirnos exclusivamente a aztecas, mayas e incas, estamos compartiendo la visión etnocentrista que sólo valora aquello que de algún modo puede asimilarse a los conceptos dominantes en la cultura occidental. Incluso la terminología empleada para describir los diferentes grupos manifiesta la sumisión a modelos europeos: se habla de imperios, reyes, nobles, caballeros, etc., dando a todos estos vocablos un contenido heredado de las viejas crónicas de sabor medieval.

Seguramente no sería muy difícil que los niños entendiesen los variados niveles de complejidad en la organización política, social y administrativa, si se les hablase de señoríos, cacicazgos, comunidades, minorías dominantes o grupos que controlaban el ritual religioso y estaban especializados en el mando. Y, desde luego, deben señalarse, con la debida explicación, las causas que contribuyeron a la ruina de los pueblos indígenas. No sólo se produjo una cruenta guerra de conquista, sino que junto con los primeros españoles llegó el contagio de enfermedades existentes en el viejo mundo, para las que los aborígenes americanos carecían de defensas naturales. Los malos tratos, el trabajo excesivo, el cambio en el régimen de vida y la pobreza generalizada propiciaron el desarrollo de epidemias, que redujeron a una décima parte la población mesoamericana.

El establecimiento de las instituciones coloniales como culminación de la conquista, es un tema que nos permite alejarnos de la personalización de errores y aciertos para buscar la interpretación del proceso institucional, tomando en cuenta los factores económicos y las motivaciones políticas y sociales propias de una metrópoli en tránsito hacia la modernidad. Al mismo tiempo que aspiraban a fortalecer su dominio sobre la península ibérica, los reyes de España buscaron la fórmula que les permitiese mantener el control sobre el vasto imperio americano. Para gobernar tan extensos territorios, la corona de Castilla estableció los virreinatos de Perú y Nueva España, cuyas capitales, Lima y México, fueron cabeceras de sendas circunscripciones territoriales, que se fragmentaron en el siglo XVIII, al erigirse nuevos virreinatos. El virrey era representante del rey y sólo veía limitados sus poderes por la influencia de la Real Audiencia, máxima instancia del poder judicial y, en ocasiones, con funciones de gobierno.

El orden colonial se impuso de acuerdo con la organización del imperio español, con su ordenamiento jurídico, con sus mecanismos burocráticos y con sus prejuicios étnicos y sociales. La economía dependió de los recursos explotables y de la mano de obra disponible. Tras la ocupación militar se produjo la conquista espiritual, y muy pronto el trasplante de la cultura occidental cristiana, que dio copiosos frutos en obras artísticas y literarias, en instituciones peculiares y en la creación de un modo de vida propio, con el que comenzó a forjarse la personalidad del mexicano de hoy.

Y los contactos exteriores no han de limitarse al hecho de que la historia local ha de ponerse en relación con la de otros lugares, sino que todo el programa de historia debe tener contacto con los de otras asignaturas. La geografía y la lengua nacional, la formación cívica y la evolución de la ciencia, acuden continuamente a pedir auxilio a la historia, del mismo modo que ésta requiere del apoyo de aquéllas.

La esclavitud y el servicio personal impuesto por la encomienda fueron sustituidos desde mediados del siglo XVI por el sistema de repartimiento, que obligaba a los pueblos a prestar determinado número de trabajadores, hasta que se impuso el trabajo libre asalariado, que dio motivo a nuevos abusos de los propietarios.

Muchos clérigos y algunos laicos salieron en defensa de los indios. El más conocido de entre ellos, el fraile domínico Bartolomé de Las Casas, argumentó en contra del derecho de los reyes de España a usar la fuerza en la conquista de las Indias, denunció los abusos de los conquistadores y protestó por la esclavitud de los indios. Los negros carecieron de defensores tan entusiastas y su esclavitud era común en el viejo mundo desde siglos atrás; así que los tratantes de esclavos aprovecharon la escasez de mano de obra para hacer negocio con el comercio de africanos, destinados principalmente a las plantaciones de zonas cálidas.

A mediados del siglo XVII, cuando la trata de negros en las provincias españolas de Ultramar alcanzó su punto máximo, había en la Nueva España 35.000 negros, ya fueran libres o esclavos, poco menos de 14.000 blancos, 1.300.000 indios y aproximadamente 400.000 mestizos, mulatos y miembros de las castas, como se llamaba a quienes procedían de diferentes mezclas.

Fueron pocos los clérigos seculares y regulares que criticaron la guerra de conquista, y muchos utilizaron el trabajo de los indios para su beneficio personal; pero algunos eclesiásticos se vieron envueltos en pleitos con las autoridades y con los ricos propietarios, a quienes reprochaban  el  trato  inhumano  que daban a los indios.   En este terreno destacaron el domínico fray Bartolomé de Las Casas, que denunció los abusos de los españoles y las trágicas consecuencias de su obra para la población americana, y algunos franciscanos del siglo XVI, que interpusieron su autoridad frente a las exigencias de hacendados y encomenderos.  Don  Vasco de Quiroga, primero laico y oidor de la Audiencia, después clérigo y obispo de Michoacán, escribió varios tratados en defensa de la población indígena, con el apoyo de sólidos argumentos jurídicos y teológicos; al mismo tiempo, empleó sus bienes y su posición influyente para fundar pueblos de indios dotados de tierras y exentos de servicios personales, en los que todos los vecinos tuviesen derecho al cultivo de algunas parcelas de tierra y todos participasen en la elección de sus autoridades.  Las reglas de convivencia aplicadas a los hospitales-pueblo de Santa Fe, permitieron a sus habitantes hacer compatible la conservación de sus tradiciones con la  práctica de la religión católica, el trabajo del campo con la instrucción y el esparcimiento, y el sostenimiento de la comunidad con la atención a ancianos y niños desamparados.

Los hijos de españoles nacidos en la Nueva España recibieron el nombre de criollos, disfrutaron de una posición de privilegio, aunque siempre por debajo de los peninsulares, y tuvieron preferencia por las ciudades como lugar de residencia. Como signo de distinción gustaron de usar trajes suntuosos y adornaron sus casas con ricos objetos procedentes de oriente.

Durante casi doscientos años, desde que se consolidó el régimen virreinal hasta que se quebrantó el orden político impuesto por la metrópoli, los novohispanos forjaron un peculiar modo de vida. Los pueblos de indios restablecieron hasta donde les fue posible sus antiguas costumbres y lealtades, asimilaron parcialmente la religión, la lengua y la cultura que imponían los dominadores e iniciaron lentamente su recuperación demográfica.

El mestizaje fue dominante en el medio urbano y las “castas” desempeñaron los oficios serviles y los trabajos artesanales menos apreciados. La placidez de la vida urbana se alteraba esporádicamente por acontecimientos luctuosos o festivos. Procesiones y ceremonias litúrgicas eran la respuesta a la presencia de epidemias y desastres naturales como sequías, inundaciones o temblores, igual que servían de motivo de regocijo en las celebraciones de santos patronos, cumpleaños de la familia real, llegada de los virreyes o victorias de las armas españolas. El primer virrey de la Nueva España, don Antonio de Mendoza, con el decidido apoyo del arzobispo fray Juan de Zumárraga, impulsó la cultura mediante el establecimiento de la imprenta (en 1538) y la fundación de instituciones docentes, que culminaron con la Real y Pontificia Universidad (1551). El colegio de Santa Cruz, para estudios superiores de los indios, los de San Juan de Letrán y Caridad, para niños y niñas mestizos, y los internados para doncellas indias fueron muestra de esa preocupación. A partir de 1553, la Universidad otorgó grados, impartió cátedras y siguió el modelo de las más prestigiadas universidades europeas. La llegada de la Compañía de Jesús, en el último tercio del siglo XVI, contribuyó a la difusión de la cultura clásica a través de sus colegios y del decidido impulso a certámenes literarios, representaciones teatrales y publicación de textos latinos. El estilo barroco se impuso en la oratoria sagrada como en la poesía cortesana, en la ornamentación de altares y mobiliario y en la arquitectura de templos y palacios. El respeto por la cultura clásica y la afición a las letras de los criollos o españoles americanos se expresó en el gusto por la poesía, en la importación y edición de obras literarias y en la obra de figuras como Sor Juana Inés de la Cruz, poetisa ilustre de la lengua castellana, y Carlos de Sigüenza y Góngora, escritor y científico.

Mientras el régimen colonial se afianzaba en lo que hoy es el centro y el sur de la república mexicana, el extremo norte permanecía en gran parte despoblado y casi sin excepción al margen del dominio virreinal. Las empresas misionales constituyeron el medio de penetración de la cultura occidental entre las poblaciones indígenas del norte y el noroeste. Los misioneros, en especial jesuitas y franciscanos, realizaron con perseverancia la tarea de estudiar y catalogar las lenguas, explorar las tierras, identificar latitudes, longitudes y accidentes geográficos y elaborar una ingente obra cartográfica, que serviría de base para futuras empresas.

[ÍNDICE] [INTRODUCCIÓN] [LOS GRANDES TEMAS DE LA HISTORIA COLONIAL] [LOS TEXTOS LATINOAMERICANOS] [NOTAS] [BIBLIOGRAFÍA]